Salió a la calle sin ropa mientras su marido la miraba
Adriana bajó las escaleras del portal con paso decidido y, antes de salir, se detuvo un instante junto al buzón a observar la calle. El enfado por cómo la había tratado en el apartamento seguía ahí, latiendo bajo la piel, pero se mezclaba con una excitación que no se apagaba. Respiró hondo y dejó que las dos cosas convivieran.
Era un juego. Y había decidido seguir jugando.
Se miró en el espejo manchado del portal y comprobó lo que ya sabía: nadie notaría que no llevaba nada bajo el vestido de verano. Solo unas medias de encaje, inútiles, casi un chiste privado entre ella y Marcos. El algodón fino le rozaba los pezones cada vez que respiraba, y entre las piernas el aire entraba sin obstáculo, directo contra su coño ya empapado de las dos horas anteriores. Levantó la vista hacia la fachada de enfrente, donde estaba el café al que habían bajado a desayunar esos dos primeros días de viaje.
No pudo evitar acordarse del dueño.
Un hombre maduro, de manos grandes y barba canosa, con una calma que le había parecido casi insolente. Darío, se llamaba. Se lo había dicho mientras les servía el segundo café, mirándola a ella un segundo de más, lo justo para que Adriana se preguntara, esa misma mañana, cómo serían esas manos apretándole las tetas, cómo se sentiría esa barba raspándole el interior de los muslos, si la tendría gruesa y si sabría follar como miraba. Habían hablado largo rato: del casco viejo, de las ruinas que él recomendaba visitar al sur, de su acento que no era de allí. Marcos había escuchado todo con una sonrisa cómplice, como si supiera adónde llevaba aquella conversación antes que ellos mismos.
—¿Por qué estoy pensando en esto ahora? —murmuró, y sintió cómo la sonrisa traviesa se le formaba sola en los labios.
Tomó el picaporte. Detrás de ella, lejano, oyó la puerta del apartamento abrirse en el segundo piso y la voz de Marcos diciendo su nombre, una sola vez, sin alcanzarla. Dos sonidos se sumaron en su cabeza: el rumor de la calle al otro lado y el de él, arriba, dejándola ir.
Salió.
***
La plaza estaba tibia. Había oscurecido hacía un par de horas y las farolas encendían los adoquines de un amarillo viejo. Lo primero que vio fue la terraza del café, con sus dos hileras de mesas y las sillas de mimbre, y supo en ese momento que no iba a desaprovechar la oportunidad. El camarero joven, o el dueño, o quizá los dos, pensó, y se sorprendió de su propia audacia. Se imaginó por un instante entre los dos, una polla en la boca y otra hundida en el coño, y tuvo que apretar los muslos al caminar.
Echó a andar en dirección contraria, hacia la calle estrecha que subía hacia el mercado. No quería llegar tan rápido. Quería estirar el momento, sentirlo crecer. Una pareja de policías cruzó la esquina con paso aburrido y, por un segundo, el poco miedo que le quedaba se disolvió del todo: nadie podía ver lo que ella escondía, nadie sabía que iba con el coño desnudo bajo la tela, chorreando de flujo, con los pezones duros marcados contra el algodón. Era una turista más en una noche de verano. Anónima. Libre. Una puta secreta caminando bajo la luz amarilla.
Caminó hasta la fuente seca y cruzó al otro lado para bajar de nuevo por la acera opuesta. Los hombres se fijaban en ella, era evidente. No tanto en la cara como en el movimiento del pecho bajo la tela, en la forma en que el vestido se ajustaba a cada paso y dejaba adivinar que no llevaba braga. Adriana no bajó la vista. Dejó que miraran. La brisa se colaba bajo el dobladillo y le subía por los muslos como una caricia furtiva, le lamía los labios del coño, le tocaba los hombros desnudos, le recordaba a cada metro que iba ofrecida, expuesta, cazando bajo la mirada de su marido.
Porque sabía que él la observaba.
***
Marcos estaba de pie junto a la ventana del apartamento, las manos apoyadas en el alféizar, sin encender la luz. La había dejado ir hacía apenas unos minutos y todavía sentía en las palmas el calor de su piel. La había desnudado despacio en el recibidor, le había chupado los pezones hasta que ella le suplicó que la follara, le había metido tres dedos en el coño y los había sacado brillantes para hacérselos lamer, y después le había pasado el vestido por la cabeza con una delicadeza que contrastaba con la firmeza con que la había empujado hacia la puerta, sin bragas, sin dejar que se corriera. La misma firmeza con la que habían estado jugando las horas previas, mientras él subía la intensidad poco a poco, a petición de ella, hasta dejarla así: ardiente, con el coño hinchado, sin paciencia, dispuesta a follarse al primero que se le pusiera a tiro.
La vio alejarse por la calle, ajena al mundo, y pensó que usaría el paseo para perderse de su vista, para hacer lo que tuviera que hacer lejos de donde él pudiera intervenir. Se equivocó. La vio dar la vuelta entera a la plaza y volver por la acera de enfrente, y detenerse, por fin, en la terraza del café, a pocos metros del portal. Justo debajo de su ventana.
Lo está haciendo para que yo lo vea.
Tragó saliva. Había sido idea suya, el juego entero. Y ahora descubría que la parte más difícil no era imaginarla con otro: era mirar. Se llevó la mano al pantalón sin pensarlo y se agarró la polla ya dura por encima de la tela. La imagen de su mujer abriéndose de piernas para un desconocido debajo de esa misma ventana le pegó una punzada en las pelotas que casi le hace correrse ahí mismo.
***
Adriana se sentó en una de las mesas de la terraza, de espaldas al apartamento, las piernas cruzadas y el bolso sobre el regazo. Sacó el teléfono. Nada. Lo silenció y lo guardó otra vez. No quería un mensaje de Marcos ahora. Quería que el siguiente movimiento fuera del hombre que ya salía del interior del café, secándose las manos en un paño, con esa calma de dueño que recuerda cada cara que ha pasado por sus mesas.
—La del desayuno —dijo Darío, deteniéndose a su lado. No era una pregunta—. Pensé que ya os habíais ido de la ciudad.
—Mañana —contestó ella, sosteniéndole la mirada—. Esta es la última noche.
Él asintió despacio, como si entendiera mucho más de lo que ella había dicho. Acercó una silla y se sentó al otro lado de la mesa, sin pedir permiso, y Adriana sintió el primer tirón cálido entre las piernas, un chorro fino de humedad resbalándole por el muslo.
—¿Y tu marido? —preguntó Darío, mirando un instante hacia las fachadas oscuras.
—Arriba. —Hizo una pausa larga, deliberada—. Mirando.
El hombre no se inmutó. Solo sonrió de medio lado y dejó que el silencio creciera entre ellos, denso, casi físico. Le sirvió un vaso de agua sin que ella lo pidiera y, al dejarlo sobre la mesa, sus dedos rozaron los de Adriana. No retiró la mano enseguida. Ella tampoco. Le atrapó dos dedos entre los suyos y se los llevó al borde de la boca, sin metérselos, solo rozándose los labios con las yemas ásperas.
—La terraza cierra en diez minutos —dijo él en voz baja—. Pero la trastienda no cierra para nadie.
Adriana sintió que el corazón le golpeaba en la garganta. Miró el vaso, las manos del hombre, la curva de su antebrazo bajo la manga remangada, y bajó la vista un instante al bulto que se le marcaba a él en el pantalón, generoso, ya despierto. Pensó en Marcos, en la ventana, en lo que él estaría imaginando en ese mismo momento, y entendió que esa imagen —su marido mirándola desaparecer con otro, sabiendo que iban a follar a pocos metros suyos— era exactamente lo que los dos habían perseguido toda la tarde.
—Diez minutos —repitió ella, y se levantó.
***
La trastienda del café olía a té, a madera vieja y a algo cálido que no supo nombrar. Darío bajó la persiana de la terraza desde dentro y, cuando se giró, ya no había mesas entre ellos. Adriana se apoyó contra el borde de un mostrador de mármol frío y dejó que él se acercara, sin prisa, midiendo cada paso como había medido cada palabra.
—¿Sabe él que estás aquí? —preguntó Darío, con la boca a un palmo de su cuello.
—Cuenta con ello —susurró Adriana—. Y sabe que vas a follarme.
Las manos del hombre se posaron sobre sus caderas, sobre la tela fina, y descubrieron al instante lo que escondía debajo. La sorpresa duró apenas un segundo; después, una sonrisa lenta.
—Puta —murmuró, sin rabia, casi con admiración—. Salió a la calle así, sin nada.
—Con esto —contestó ella, subiéndose el dobladillo hasta enseñarle las medias de encaje y el coño depilado, ya brillante—. Solo con esto.
Darío soltó un gruñido bajo. Subió las palmas por sus costados, rozando el contorno de los pechos sin llegar a tocarlos del todo, y Adriana arqueó la espalda buscando ese contacto que él le negaba a propósito. Llevaba horas así, al borde, y el cuerpo entero le pedía que no esperara más. Él le agarró por fin las tetas por encima del vestido, las apretó fuerte, le pellizcó los pezones a través del algodón hasta arrancarle un gemido y solo entonces le bajó los tirantes de los hombros. El vestido cayó a la cintura. Sus pechos quedaron al aire, blancos, con los pezones tan duros que dolían.
Él la besó por fin. No en la boca, sino en el hueco del cuello, justo debajo de la oreja, y ella sintió la barba áspera contra la piel y un calambre que le bajó hasta las rodillas. Bajó la boca al pezón derecho y lo chupó entero, aspirando, mordiendo la punta con los dientes, y Adriana le hundió los dedos en el pelo canoso y lo atrajo hacia ella, empujándole la cara contra la teta como si quisiera que se la tragara. Él pasó al otro pecho sin soltarle el primero, ahora rodando el pezón mojado entre índice y pulgar, y ella sintió el coño contraerse en vacío, pidiendo relleno.
—Darío, por favor —jadeó.
—Por favor qué —murmuró él contra su pecho.
—Fóllame.
Cuando las manos de Darío encontraron el dobladillo del vestido y subieron por la cara interna de sus muslos, Adriana ya estaba empapada, abierta, deseando que terminara de una vez lo que su marido había empezado horas antes. Los dedos gruesos del hombre resbalaron por los labios hinchados de su coño, se untaron enteros, y él los levantó a la luz para mirarlos brillantes antes de metérselos en la boca y chuparlos despacio, sin dejar de mirarla.
—Sabes a follada —dijo—. Tu marido te ha estado calentando bien.
—Toda la tarde —contestó ella, sin aliento—. Y no me ha dejado correrme ni una vez.
—Despacio —murmuró él, y fue casi una orden mientras volvía a hundirle los dedos, esta vez dos, hasta los nudillos.
—No —contestó ella, agarrándole la muñeca y guiándola más adentro—. Despacio ya estuve toda la tarde.
Los dedos del hombre se movieron dentro de ella con la rudeza justa que necesitaba, doblándose contra el punto que la hacía temblar, entrando y saliendo con un ruido húmedo que llenaba la trastienda. Ella se mordió el labio para no gritar. Se aferró al borde del mármol con una mano y a la nuca de Darío con la otra. Él le abrió las piernas con la rodilla, se arrodilló entre sus muslos sin sacarle los dedos y hundió la cara en su coño. Le lamió los labios enteros, chupó el clítoris con la boca abierta, se lo atrapó entre los dientes con cuidado, y Adriana echó la cabeza atrás y golpeó el mármol con las palmas.
—Sí, así, no pares —jadeó—. No pares, no pares, no pares.
El primer orgasmo la partió en dos. Se le doblaron las rodillas y Darío tuvo que sostenerla por las nalgas mientras seguía comiéndosela, prolongándoselo, sacándole todo el placer que llevaba horas guardado. Cuando quiso apartarlo, él la mantuvo contra su boca un poco más, hasta que ella le suplicó parar entre risas ahogadas.
Él se levantó despacio, limpiándose la boca con el dorso de la mano, y se abrió el cinturón. Adriana bajó la vista. La polla que sacó era gruesa, más gruesa que la de Marcos, la cabeza morada y ya brillando en la punta. La agarró con una mano y se la llevó a la boca sin pensarlo, arrodillándose sobre el suelo frío. Le pasó la lengua por toda la longitud, desde las pelotas hasta la punta, y después se la metió entera hasta ahogarse. Darío soltó un gruñido y le agarró el pelo, no con brusquedad, sino con una firmeza dueña de sí, guiándole el ritmo.
—Así, guapa —le dijo—. Mámala como se la mamas a él.
—Mejor —contestó ella al soltarla un segundo, mirando hacia arriba con los labios brillantes—. Se la mamo mejor.
Volvió a tragársela, esta vez más profundo, ayudándose con la mano en la base. Le chupó las pelotas una por una, las lamió enteras, volvió a la polla y la aspiró con las mejillas hundidas hasta que él tuvo que apartarla tirándole del pelo.
—Para —jadeó él—. No quiero correrme en tu boca. Todavía.
La levantó del suelo, la giró contra el mostrador y le empujó la espalda hasta doblarla en dos sobre el mármol frío. El vestido, todavía enrollado en la cintura, le dejó el culo al aire. Darío le abrió las nalgas con las dos manos, escupió sin ceremonia sobre su coño ya empapado, y colocó la punta contra la entrada.
—Métemela —jadeó Adriana, con la mejilla contra el mármol—. Métemela toda de una vez.
Él obedeció. Se la metió entera de una embestida, y a Adriana se le escapó un grito que se ahogó contra la piedra. La polla la llenó por completo, más de lo que estaba acostumbrada, y por un segundo se quedó quieta, ajustándose a esa carne caliente clavada hasta el fondo. Después Darío empezó a moverse. Salió casi entero y volvió a meterla de golpe, y otra vez, y otra, agarrándola por las caderas con las dos manos, follándosela con el ritmo pausado y bestial de quien sabe lo que hace.
—Más fuerte —pidió ella—. Más fuerte, joder.
Él le agarró un puñado de pelo, tiró para levantarle la cabeza, y aumentó el ritmo hasta que el mostrador de mármol empezó a golpearse contra la pared. El sonido de sus pieles chocando, del coño mojado tragándose la polla una y otra vez, llenaba la trastienda entera. Adriana se llevó una mano al clítoris y empezó a frotárselo mientras él la embestía, y sintió llegar el segundo orgasmo mucho más rápido de lo que esperaba.
—Me corro, me corro, me corro —jadeó.
—Córrete en mi polla —le contestó él, sin parar—. Empápamela.
Se corrió con un grito largo, los músculos del coño apretándose alrededor de la verga como un puño, y él aguantó a duras penas. Cuando ella colapsó sobre el mármol, temblando, Darío la sacó, la giró como a un muñeco y la sentó de un tirón sobre el mostrador, con las piernas abiertas.
—Ábrete —le ordenó.
Ella se abrió los labios del coño con dos dedos, todavía sin aliento, y él volvió a hundírsela hasta el fondo, ahora cara a cara. La agarró por la nuca, la besó por primera vez en la boca con un beso sucio y hambriento, mezclando el sabor de su coño con la saliva de los dos, y se movió dentro de ella con estocadas lentas y profundas, mirándola a los ojos.
—Piensa en él —le susurró contra los labios—. Piensa en tu marido ahí arriba, sabiendo lo que te estoy haciendo.
Adriana gimió y le clavó las uñas en los hombros. El vestido se le había subido hasta la cintura. Las medias de encaje, las únicas que llevaba, seguían en su sitio, inútiles y obscenas a la vez.
Pensó en Marcos. En la ventana a oscuras, en sus manos apoyadas en el alféizar, quizá masturbándose ya, imaginándola con esa polla dentro. En lo que él estaría sintiendo al no poder ver ya nada más que una persiana bajada y una luz tenue colándose por los bordes. Esa idea —él imaginando, él esperando, él ardiendo en silencio mientras ella se entregaba a otro, con las piernas abiertas sobre el mostrador de un desconocido— la empujó por encima del límite por tercera vez.
—Me voy a correr otra vez —jadeó—. Córrete conmigo. Córrete dentro.
—¿Dentro? —gruñó él.
—Dentro. Todo. Quiero llevarlo dentro cuando suba.
Fue lo que lo desató. Darío la agarró por las caderas con las dos manos, la clavó contra el mármol, y se corrió a chorros dentro de ella con un gemido ronco que se prolongó durante embestidas cada vez más lentas. Adriana sintió la polla latir dentro suyo, sintió el calor del semen llenándola, y se dejó ir con él, arqueada, con las tetas al aire y la boca abierta.
Se dejó caer contra el pecho de Darío, temblando, con la respiración rota. Él la sostuvo sin decir nada, una mano firme en la espalda baja, todavía dentro de ella, y por un momento los dos se quedaron así, escuchando el rumor lejano de la plaza al otro lado de la persiana. Cuando por fin él salió, un hilo espeso de semen le corrió a Adriana por el muslo hasta el borde de la media. Ella lo recogió con dos dedos y se lo llevó a la boca sin apartar los ojos de los de él.
—Para el camino —murmuró.
Darío se rio bajo, agotado.
—Tu marido tiene suerte.
—Lo sabe —contestó ella, bajándose del mostrador con las piernas todavía temblando.
***
Cuando salió de nuevo a la calle, el aire de la noche le pareció más fresco. Tenía el vestido en su sitio, el pelo revuelto, el coño y el culo pegajosos bajo la tela, y una calma nueva instalada en el cuerpo. A cada paso sentía cómo el semen le resbalaba lento por dentro del muslo, y la idea de subir así, marcada, todavía llena, le arrancó una sonrisa. Cruzó la plaza despacio, sin esconderse, y al llegar al portal levantó la vista hacia la ventana del segundo piso.
Marcos seguía allí. Una silueta inmóvil contra el cristal oscuro.
Adriana sacó el teléfono del bolso. Un mensaje suyo, enviado hacía veinte minutos, esperaba sin abrir: «¿Estás bien?». Ella escribió una sola palabra antes de subir, sabiendo que esa noche el juego acababa de cambiar de reglas para siempre, y que ninguno de los dos querría volver atrás.
«Mejor que nunca».





