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Relatos Ardientes

Me colé por la ventana de la casa de sus padres

Cecilia. Solo con pronunciar su nombre dentro de mi cabeza, el aire del coche parecía volverse más espeso. Llevaba más de cuatro horas conduciendo por la autovía y aún me faltaban dos. La carretera estaba vacía, los faros del Mégane abrían una cuña de luz amarilla en la oscuridad, y yo repetía cada curva, cada gasolinera cerrada, cada pueblo dormido como si fueran cuentas de un rosario.

Nuestra historia era de esas que no se cuentan en voz alta. Ella vivía en otra ciudad, casada con un tipo que se llamaba Andrés y que la trataba como a un mueble caro: con orgullo de propietario y ningún cariño. Tenían dos hijas pequeñas, una hipoteca, una rutina y una foto de boda en el aparador del salón. Yo no tenía nada de eso. Yo tenía un piso de soltero, un trabajo que me importaba poco y la voz de Cecilia en mensajes de audio que escuchaba antes de dormir.

Nos habíamos conocido dos veranos atrás, en un curso de fotografía en un pueblo costero. Tres días de talleres y una noche en la terraza de un hotel, con el ruido lejano del mar y una botella de vino tinto que ninguno quería terminar. Desde entonces, todo había sido mensajes, llamadas furtivas y dos encuentros breves en hoteles a mitad de camino entre nuestras vidas.

Pero esa semana estaba pasando unos días en casa de sus padres, en un pueblo del norte. Sus suegros se habían llevado a las niñas al campo. Andrés había aprovechado para acompañarla y trabajar desde allí. Y ella, en uno de esos audios susurrados a las tres de la madrugada, me había contado un detalle por accidente: la ventana de la habitación que ocupaban siempre quedaba entreabierta porque su madre detestaba el aire acondicionado.

—No se te ocurra hacer una locura —me había escrito después, riéndose, segura de que sería imposible.

A las dos y media de la madrugada aparqué a tres calles del jardín. El motor se apagó con un chasquido suave. Cerré la puerta como si cualquier ruido fuera a delatarme. El aire olía a tierra mojada y a higueras. Era uno de esos pueblos donde las farolas se apagan a medianoche y la única luz era la luna, una luna llena que parecía pintada con tiza sobre el cielo.

La casa de sus padres era la última de una calle estrecha, con un muro bajo de piedra y una verja de hierro entornada. Empujé la verja con un dedo y entré. El jardín delantero olía a romero. En el primer piso, dos ventanas. Una con la persiana bajada hasta el suelo. La otra con la celosía levantada un palmo, justo como ella la había descrito.

Me temblaban las manos. No era miedo, no del todo. Era esa mezcla rara de adrenalina y vergüenza que aparece cuando uno está a punto de hacer algo que sabe que no debería. Si me descubrían, terminaba en el cuartelillo. O peor: terminaba siendo la anécdota humillante de su familia para los próximos veinte años. Pensé en darme la vuelta. Lo pensé durante medio segundo.

Junto al muro había una pila de leña vieja apilada contra la pared, perfecta para hacer pie. Subí con cuidado, intentando no romper ninguna rama. El alféizar quedaba a un metro de mi cara. Me agarré, hice fuerza con los brazos y me deslicé adentro sin más ruido que el de mi propia respiración.

La habitación olía a ella. A ese perfume cítrico que se ponía detrás de las orejas y en el hueco de la garganta. Tardé unos segundos en acostumbrarme a la oscuridad.

***

Cecilia dormía de costado, dándole la espalda a su marido. La sábana le llegaba a la cintura. Llevaba una camiseta blanca de algodón fino y, debajo, supuse que poco más. Andrés roncaba boca arriba, con un brazo cruzado sobre el pecho como si se vigilara a sí mismo en sueños.

Me acerqué descalzo. Cada paso era una negociación con la tarima. Me arrodillé junto a la cama, apoyé los labios en la sien de Cecilia y le acaricié el cuello con la punta del dedo, justo donde sabía que tenía cosquillas.

Ella se removió. Frunció el ceño. Abrió los ojos despacio, como quien sale de un agua profunda. Cuando enfocó mi cara, su boca se abrió por completo. No gritó. Casi. Se llevó las dos manos a la boca y se mordió los nudillos, los ojos enormes, redondos, brillantes en la penumbra.

Le puse un dedo sobre los labios. No hizo falta más. Le tendí la mano. Ella se incorporó sin apartar los ojos de los míos, salió de la cama con un cuidado de gato y nos deslizamos hacia el pasillo.

Bajamos las escaleras agarrados. En el último escalón se permitió un susurro.

—Estás loco —me dijo al oído, apretándome el brazo con los dedos—. Estás completamente loco. Y yo más, por seguirte.

La giré contra la barandilla y la besé. Olía a sueño, a pasta de dientes y a esa fragancia cítrica que conocía mejor que ningún mapa. Cuando nos separamos, ella seguía con los ojos cerrados.

—Voy en camiseta. Ni siquiera tengo zapatos.

—La noche está perfecta —le contesté, tirando suavemente de su mano hacia la puerta del jardín trasero.

***

El jardín daba a una huerta vieja. Higueras, un limonero, una glicinia que cubría medio techo de un cenador de madera. Y, debajo del cenador, un banco columpio con respaldo de mimbre y cojines descoloridos. Llegamos hasta allí descalzos sobre la hierba fría.

Cecilia se dejó caer en el banco y tiró de mí. Su camiseta era casi transparente bajo la luz de la luna. Tenía los pezones erguidos por el frío, el pecho subiendo y bajando con una respiración rápida. Le aparté un mechón de la frente y la miré en silencio. Hay miradas que sustituyen párrafos enteros.

—Me has hecho llorar de rabia muchas veces —me dijo, sonriendo a medias—. ¿Lo sabes?

—Lo sé.

—Y aun así estoy aquí. Otra vez.

La besé despacio. La besé como si el resto del mundo no existiera, ni Andrés roncando arriba, ni sus padres durmiendo en la planta baja, ni las niñas a setenta kilómetros, ni mi vida vacía esperándome a la vuelta. Cuando se entregaba a un beso, Cecilia ponía las manos detrás de mi cuello y me clavaba ligeramente las uñas. Era su forma de decir que estaba lista para más.

La senté entre mis piernas, de espaldas a mí, con su columna apoyada en mi pecho. Le aparté el pelo a un lado y le besé la nuca, ese punto donde nace la piel más fina. Mis manos subieron por debajo de la camiseta. Las tenía heladas. Las suyas, ardientes.

Recorrí sus pechos con una lentitud calculada, dibujando círculos alrededor de los pezones antes de apretarlos entre los dedos. Cecilia echó la cabeza hacia atrás contra mi hombro y se mordió el labio para no hacer ruido. Una de mis manos bajó por su vientre, encontró el elástico de la braguita y se quedó ahí, esperando.

Ella tomó mi muñeca y la guió. Me hizo entrar en ella con sus propios dedos sobre los míos, marcando el ritmo. Estaba empapada. Lo estaba antes de que yo llegara, y la idea de que hubiera pensado en mí mientras se dormía junto a su marido me golpeó como una descarga eléctrica.

—No hagas ruido —le susurré en la oreja, mordiéndole el lóbulo.

—Inténtalo tú —contestó, conteniendo la risa, antes de tener que taparse la boca con la otra mano porque mis dedos encontraron el punto exacto donde dejaba de ser una mujer racional.

Trabajé despacio al principio, círculos pequeños sobre el clítoris, sintiendo cómo cada movimiento le tensaba un poco más el cuerpo contra el mío. Después introduje dos dedos, lentos, profundos, mientras el pulgar seguía con la presión justa. El banco se mecía a un ritmo apenas perceptible, marcado por nuestros propios cuerpos. Su mano izquierda buscó la mía libre y entrelazó los dedos con tanta fuerza que me dolían los huesos.

Cuando se vino, no gimió. Se quedó rígida, las piernas apretadas contra mi mano, la espalda arqueada, el cuello en tensión. Solo escapó un sonido ronco, ahogado en el fondo de la garganta, y unas lágrimas que no eran de tristeza le bajaron por las mejillas. La sostuve así durante un minuto entero, mientras volvía a respirar.

***

Después se giró. Se arrodilló frente a mí, en la hierba húmeda, con la camiseta arrugada y la luna detrás. Me desabrochó el pantalón con dedos que ya no temblaban como antes y me liberó de la tela con una sonrisa que conocía bien: era la sonrisa de antes de hacerme perder el control.

Me tomó en su boca despacio. Sin prisa. Como quien lleva semanas esperando ese momento exacto y no piensa malgastarlo. Su lengua trazaba recorridos completos, de la base a la punta, antes de hundirse hasta donde podía. Yo le sostuve la cara con las dos manos, no para imponer ritmo, sino para mirarla. Quería recordarlo. Sabía, aunque no quisiera saberlo, que iba a recordar esa imagen muchas noches de invierno.

Cuando estaba al borde, la detuve. La levanté del suelo, le quité la braguita haciendo que se enrollara hasta los tobillos y la senté a horcajadas sobre mí. La camiseta blanca quedó arrugada a la altura de las costillas. Nos miramos un segundo más. Después ella me guió dentro suyo, despacio, centímetro a centímetro, hasta que se sentó del todo y dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

Nos movimos en silencio. El cenador crujía levemente bajo nuestro peso. La glicinia soltaba alguna flor seca que caía sobre nuestro pelo. Cecilia tenía los ojos fijos en los míos y yo en los suyos, y entre los dos había una conversación entera que no necesitaba palabras: ya sé, también yo, esto es lo que tenemos, no hay más, lo sé, lo sé.

El ritmo se aceleró sin acordarlo. Mis manos en sus caderas, las suyas en mis hombros. Su frente apoyada contra la mía. La sentí estremecerse otra vez, más larga ahora, más profunda, y supe que estaba arrastrándome con ella. Le mordí el hombro a través de la camiseta para no hacer ruido. Ella me arañó la espalda. Nos vinimos casi a la vez, abrazados, mientras una estrella fugaz cruzaba el cielo a nuestras espaldas sin que ninguno la viera.

Nos quedamos así un rato largo, abrazados en el banco, sudados y temblando, oyendo el ruido lejano de un grillo solitario. Le besé la sien. Ella me besó la palma de la mano abierta. Ninguno de los dos habló.

***

—No me acompañes a la puerta —dijo cuando el cielo empezaba a clarear por el este—. No quiero ningún adiós.

—¿Cuándo te vuelvo a ver?

—No lo sé. Pronto. Te llamo mañana.

Me miró con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa que no encajaba con ellos. Después se dio la vuelta, se ajustó la camiseta y caminó descalza por la hierba hacia la casa. No volvió la cabeza ni una sola vez, y se lo agradecí. Habría podido aguantar muchas cosas esa madrugada, menos una despedida con palabras.

Yo volví por el mismo camino. La verja, la calle vacía, el coche frío. Me senté en el asiento, encendí el motor y dejé caer la frente sobre el volante. Algo me corría por la mejilla. No era sudor.

Una lágrima. Una lágrima de tristeza, de alegría, de pasión, de rabia. Una lágrima de Cecilia, que se había venido conmigo metida en el bolsillo.

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Comentarios (2)

RodriBAires

Tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, que tension desde el primer parrafo

PabloEnc

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas

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