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Relatos Ardientes

La noche que ella decidió que su amante era mejor

Carolina y Esteban llevaban doce años casados. Él era un contable apocado, de voz suave y hombros caídos, de esos que pedían perdón sin saber por qué. Ella, a los treinta y ocho, seguía siendo una mujer que paraba el tráfico: pelo negro hasta media espalda, pechos altos, caderas que se movían solas cuando caminaba. Al principio lo había querido. Ahora solo lo aguantaba.

Esteban no la follaba; la rozaba. Cinco minutos torpes, un gemido pidiendo permiso, y la disculpa de siempre antes de darle la espalda. Carolina había fingido orgasmos durante años, hasta que dejó de molestarse en hacerlo.

Todo cambió un viernes por la noche. Esteban salió a tomar cervezas con sus amigos del barrio: Hugo, el mecánico de hombros anchos; Ramiro, el vecino del segundo, casado pero con ojos hambrientos; y Damián, el repartidor que siempre tardaba más de la cuenta en marcharse de las casas. Carolina se quedó sola.

Se vistió como si fuera a otra parte. Un vestido negro corto, sin nada debajo, y los labios pintados de un rojo oscuro que no usaba desde antes de la boda. Bajó al garaje con la excusa absurda de buscar un destornillador. Allí estaba Hugo, fumando junto al coche de Esteban, mirándola subir desde abajo.

—¿Buscas algo? —preguntó él.

—Algo que mi marido no me da —respondió ella, y le sostuvo la mirada.

Hugo apagó el cigarro contra el suelo. Carolina se apoyó en el capó, levantó el dobladillo del vestido y le ofreció lo que él llevaba años imaginando. No hablaron más. Cuando él la penetró de un empujón seco, ella gritó por primera vez en mucho tiempo un grito que era suyo, sin actuación, sin culpa.

—Así —jadeó entre embestidas—. Así me tiene que follar un hombre.

Subió a su piso con los muslos húmedos y la cabeza dándole vueltas. Se acostó en la cama matrimonial sin lavarse, abierta de piernas sobre las sábanas blancas. Esteban llegó pasadas las dos. Olió el cuarto antes incluso de encender la luz.

—¿Carolina…? —su voz se quebró en la puerta.

Ella encendió la lámpara, despacio, y le sonrió.

—Hugo. Tu amigo Hugo me ha dado en media hora lo que tú no has sabido darme en doce años.

Esteban no se movió. La bandeja invisible con la que aguantaba toda su vida se le cayó dentro del pecho.

—Vas a limpiarme —añadió ella, abriendo las piernas un poco más—. Con la lengua. Y no quiero oír una sola queja.

El contable apocado obedeció. Lloraba mientras tragaba, y ella le hablaba muy bajito, contándole lo grande que era Hugo, cómo la había tirado contra el coche, cómo le había mordido el cuello. Cada palabra era un clavo. Cuando Esteban terminó, Carolina le acarició la cabeza como a un perro que aprende un truco nuevo.

***

Al día siguiente organizó una barbacoa en el jardín. Invitó a los tres amigos de su marido. Esteban encendió las brasas sin atreverse a mirar a Hugo a los ojos. Carolina apareció con un short vaquero tan corto que se veía el borde de las nalgas y una camiseta blanca sin sujetador.

Se sentó en el regazo de Hugo delante de todos. Como si nada. Como si fuera una novia recién estrenada.

—Cariño, tráenos más cervezas, por favor —dijo, sin desviar la mirada del mecánico.

Mientras Esteban entraba en la cocina, Carolina metió la mano dentro del pantalón corto de Hugo y empezó a masturbarlo despacio, mirando a Ramiro y a Damián con una sonrisa torcida. Los dos primero apartaron la vista. Luego no.

Esteban regresó con la bandeja. Vio. Se quedó quieto.

—Mirad cómo se le pone —dijo Carolina, señalándole la entrepierna con la barbilla—. La tiene chica, mi marido, pero dura como un clavo cuando me ve con otro. Le encanta sufrir, ¿a que sí, cariño?

No esperó respuesta. Hugo se corrió en su mano con un gruñido largo. Carolina se levantó sin limpiarse, fue hacia Esteban, le besó en la boca y le untó el semen del amigo en los labios.

—Pruébalo. Es lo que más le gustas al hombre que folla a tu mujer.

Esteban lo lamió. Los otros dos se rieron. Para entonces, una vecina del bloque de enfrente, asomada a la ventana del cuarto, ya había sacado el móvil.

***

Los rumores fueron primero. Luego fueron espectáculo. Carolina dejó de molestarse en cerrar las cortinas del salón. Recibía a los amigos de Esteban casi todas las tardes; los follaba en el sofá, en la encimera, en la cama matrimonial, mientras él los miraba sentado en una silla que ella había puesto en el rincón. A veces le ponía un collar de tela negra y le ataba la correa al pomo del cajón.

—¡Más fuerte, Hugo! —gemía, mirando a su marido a los ojos—. ¡Así no me folla este cornudito de mierda!

El barrio supo. Primero fueron miradas raras en el portal. Luego dejaron de saludar a Esteban en el ascensor. En la oficina, sus compañeros empezaron a recibir vídeos por mensajería: Carolina doblemente penetrada por Ramiro y Damián sobre la mesa del comedor, y él, de rodillas en el suelo, sosteniendo los vasos como un camarero descalzo.

Esteban perdió kilos. Dejó de afeitarse. Una mañana se orinó encima cuando oyó la risa de Carolina por el pasillo, antes de bajar a desayunar. El jefe le ofreció una baja por estrés con la mirada huidiza de quien ya ha visto los vídeos pero no se atreve a decírselo.

***

Carolina organizó lo que ella llamó la fiesta de bienvenida del verano. Invitó a ocho hombres: los tres amigos de siempre, dos vecinos nuevos del cuarto piso, un compañero de gimnasio y hasta el cartero que repartía las tardes de los martes. Los colocó en círculo en el salón, con las cervezas a mano y la luz cálida de las lámparas bajas.

Esteban servía las copas, descalzo, con una camiseta vieja y unos calzoncillos grises. Su mujer lo había sentado antes en el sofá, le había peinado el escaso pelo que le quedaba, y le había susurrado al oído:

—Hoy te toca quedarte mirando. Si lloras, te quedas sin postre.

Se tumbó en la mesa del comedor con un vestido satinado y dejó que pasaran uno a uno. Cada vez que alguno terminaba dentro, miraba a Esteban y le hacía un gesto con dos dedos. Él se arrodillaba entonces entre las piernas de su mujer y limpiaba en silencio, mientras el siguiente esperaba detrás con la mano en la entrepierna.

—Cornudito —le iban llamando, casi con cariño, como si fuera el mote de un primo torpe—. Lame, cornudito. Que se enfría.

Que se enfría, repitió él en su cabeza, sin saber por qué le parecía la frase más triste del mundo.

Cuando los invitados se fueron, al amanecer, Esteban se quedó hecho un ovillo sobre la moqueta del salón, temblando, con la cara mojada de semen y de lágrimas que ya no distinguía. Carolina se sentó a su lado, desnuda, descalza, y le acarició el pelo con una ternura sincera, casi maternal.

—Esto eres ahora, amor. Mi cornudo oficial. Y me encanta.

***

El derrumbe vino sin avisar. Esteban empezó a ver sombras en los pasillos. Le hablaba a personas que no había en la cocina. Se levantaba en mitad de la noche y revisaba puerta por puerta, contando hombres invisibles que se follaban a su mujer en cada cuarto del piso.

Un domingo se despertó al oír los muelles del colchón. Cuando entró en el dormitorio, Carolina cabalgaba a un chico nuevo del bloque, un crío de veinticinco años con un tatuaje de tigre en el pecho. Ella ni se molestó en girar la cabeza.

—Buenos días, cornudito. Ven, lámeme las tetas mientras me llena este toro.

Esteban se acercó. Se subió al borde de la cama. Y, sin avisar, empezó a reírse. Una risa rota, hueca, que le subía desde el estómago y le hacía temblar el cuerpo entero. Reía y lloraba al mismo tiempo. El chico del tatuaje se incorporó asustado. Carolina, por primera vez en meses, dejó de moverse.

—¿Cariño? ¿Te estás volviendo loco?

Esteban no podía parar. Se golpeaba la frente contra el cabecero. Gritaba que él ya no tenía polla, que se la habían robado todos, que solo era un agujero por donde entraba el semen del barrio. La risa se le mezclaba con el llanto y con un canturreo desafinado que no recordaba haber aprendido nunca.

Dos días después lo internaron en el psiquiátrico de las afueras. Diagnóstico: trastorno psicótico breve, episodio inducido por estrés prolongado. Le pusieron un pijama azul y lo metieron en una habitación pequeña que olía a lejía y a sábanas planchadas.

***

Carolina fue a verlo la primera semana. Se puso un abrigo largo de paño gris y nada debajo. En la sala de visitas, las luces eran demasiado blancas y los enfermeros demasiado amables.

Esteban estaba sentado en una silla de plástico, las manos sobre las rodillas, la mirada perdida en una ventana sin paisaje. Ella se sentó frente a él. Despacio, sin que nadie viera desde fuera, abrió un poco el abrigo. Estaba todavía húmeda.

—Mira, amor. Acabo de venir de casa de Hugo. Me ha dejado tan llena que aún chorrea por el muslo. ¿Quieres oler?

Esteban no levantó la vista, pero el labio inferior empezó a temblarle. Bajo el pijama, algo se movió por primera vez en semanas.

—Buen chico —susurró Carolina, sonriente—. Si sigues así de quieto, vendré todas las semanas. Te contaré cómo me folla cada uno. Mañana vienen juntos Ramiro y Damián a casa. Te grabaré el vídeo y te lo enseñaré la próxima visita.

Se inclinó por encima de la mesa. Le rozó la frente con los labios. Le habló al oído.

—Te quiero, cornudito. Y voy a hacer todo lo posible para que no te dejen salir. Aquí estás seguro… y yo, por fin, soy libre de ser exactamente quien siempre quise ser.

Una sonrisa rota, pequeña, se le dibujó en la cara a Esteban. Cerró los ojos. Carolina se cerró el abrigo, le acarició la mejilla y se levantó con la calma de una mujer que ha encontrado por fin su sitio en el mundo.

En el pasillo, el enfermero la detuvo un momento.

—¿Todo bien?

—Perfecto —contestó ella, sosteniéndole la mirada un segundo de más—. Mi marido por fin ha encontrado su lugar.

Cerró la puerta tras de sí. En la habitación, Esteban se quedó solo con su risa rota, con la erección inútil bajo el pijama y con el eco lejano, dulcísimo, de las risas de los hombres que ahora poseían a su mujer.

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Comentarios (2)

RocioBaires

Que relato tan intenso!!! me dejo sin palabras.

MateoNocturno

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber como termina. No podes dejarnos asi!!

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