Le escribí al ex de mi amiga la noche que la dejó
Tenía veinticuatro años y me sentía un fantasma de mí misma. Mi madre se había muerto hacía unos meses y yo había abandonado la facultad sin avisarle a nadie. Vivía en un dos ambientes prestado, dormía a horarios raros y me pasaba más tiempo del que conviene mirando la pared.
Joaquín, en cambio, llevaba meses metido en mi cabeza como una canción que no podía sacarme. Moreno, callado, con esa voz grave de tipo que mide cada palabra antes de soltarla. Cuando te miraba, no parpadeaba: se quedaba ahí, esperando que vos te delataras primero.
Me gustaba desde la primera vez que lo crucé, en un cumpleaños del que apenas recuerdo el motivo. Pero era el novio de Camila, una mujer a la que yo llamaba «amiga» más por costumbre que por convicción. Esa palabra hacía rato que no significaba lo que debería. Igual me mantuve al margen. Hasta que dejé de tener motivos para hacerlo.
Era un sábado helado de junio. Aburrida, abrí el celular y vi su estado de WhatsApp: una imagen gris, deprimente, con una frase de Instagram en letra cursiva. «A veces amar también es soltar». No me reí, pero levanté una ceja. Traducción inmediata en mi cabeza: Joaquín la había dejado.
—¿Estás bien? —le escribí, en mi mejor tono de amiga preocupada.
No tardó ni dos minutos en llamar. Me lo contó entre sollozos. Que era una loca celosa, que lo agotaba, que él ya no podía más. La escuché casi media hora, dejando los silencios justos, ofreciendo frases prefabricadas. «Capaz necesitás estar sola un tiempo». «Tomate un té, dormí, mañana lo ves distinto». Apenas cortó, abrí Instagram y busqué a Joaquín.
—Hola. Me enteré. Si querés hablar, acá estoy.
Cinco minutos. Tardó cinco minutos en responder.
—Gracias, en serio. No esperaba que me escribieras vos justo.
Justo yo. Como si fuera una casualidad.
Fui tirando carnadas suaves. Primero un «si querés tomamos unos mates», después un «si te pinta, caé que estoy sola». Le mandé la ubicación y me puse a ordenar el living con la música baja. Me bañé, me puse un buzo gris, holgado, que apenas me llegaba al medio del muslo. Nada debajo. Cero ropa interior. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Llegó cerca de la una. Tenía la cara hinchada, esa cara de alguien que llora o que no llora pero quiere parecer que sí. Olía a perfume recién puesto. Olía, sobre todo, a hombre recién soltado.
—Pasá. ¿Mate o algo más fuerte?
—Mate está bien.
Nos sentamos en el sillón. Me crucé de piernas como quien no quiere la cosa, sabiendo que cualquier movimiento se volvía un descuido calculado. Y lo fue. A propósito.
—No entiendo cómo llegamos a esto —dijo él, mirando el piso.
—A veces uno no llega, Joaquín. Uno huye. Es distinto.
Levantó la cara. Me clavó la mirada y se quedó ahí, demorándose. Como si recién en ese instante se diera cuenta de que el living no era un lugar neutral. Que el aire entre nosotros tenía otra densidad. Que yo no lo había invitado solo para que descargara.
No sé exactamente en qué momento le apoyé la mano en el muslo. Fue natural. Casi una caricia de consuelo. Él se tensó, bajó la vista, y vi cómo se le marcaba el bulto contra el pantalón. Y ahí, justo ahí, supe que ya estaba todo decidido.
—Joaquín, si viniste a hablar, hablá. Pero si viniste por otra cosa, no hace falta que finjas.
No contestó. Me agarró la cara con las dos manos y me besó. Fuerte. Sin pedir permiso. Como si necesitara romper algo y yo me hubiera ofrecido para ser ese algo. Lo dejé. Me abrí. Le mordí el labio inferior.
Me trepé encima suyo y sentí su erección dura contra mí. Froté sin pudor, gimiendo bajo. Él gemía también, callado, mordiéndose el cachete por dentro. Bajó las manos a mi cintura, después a mis nalgas, y me apretó como si fuera un objeto que recién acababa de comprar. Me sacó el buzo de un tirón. Me quedé desnuda en su regazo, alumbrada apenas por el velador del living.
—La puta madre, qué hermosa sos —murmuró, y bajó a chuparme los pechos, alternando uno y otro con una desesperación que no le había visto a ningún tipo.
Le bajé el pantalón y el bóxer en un solo movimiento. Su verga me quedó cerca de la cara. Gruesa, larga, durísima. Me la metí en la boca sin sacarle los ojos de encima. Chupé con ganas, con saliva, con esa rabia caliente de saber que se la estaba robando a otra. Él me sostenía el pelo, me lo recogía en una cola improvisada y, entre dientes apretados, me decía cosas.
—Camila nunca me la chupó así. Nunca.
Me reí con la verga adentro. Lo sabía. No hacía falta que me lo dijera. Lo había sabido desde el primer mate.
Me levantó de un movimiento y me empujó contra la mesa del comedor. Me abrió las piernas con las dos manos y se agachó. Me lamió entera, sin apuro, recorriéndome con la lengua como si fuera la primera vez que probaba a una mujer. Yo me aferré al borde de la mesa, los talones colgándole de los hombros, esperando lo único que ya quería.
—Dale. Cogeme.
La metió de una. Hasta el fondo. Sin pausa. Empezó a empujar fuerte, parejo, con un ritmo que hacía temblar los vasos sobre la mesa. Yo arqueaba la espalda y los gemidos me salían sin filtro, sin acordarme de los vecinos, sin acordarme de nada que no fuera ese cuerpo encima del mío.
Después me llevó al sillón. Me tiró boca abajo, me acomodó las caderas con un par de palmadas y volvió a metérmela desde atrás. Me agarraba del pelo. Me decía cosas sucias al oído, cosas resentidas, cosas que sonaban a venganza contra ella y a deseo conmigo. Yo le respondía empujando para atrás, gimiendo roto, las piernas temblando. Estaba tan mojada que se escuchaba.
Cuando se cansó de esa postura, me agarró del brazo y me hizo girar. Caí de rodillas frente a él sin que tuviera que pedírmelo. Le agarré la verga con las dos manos y se la chupé de nuevo, lenta esta vez, paseando la lengua por el frenillo, mirándolo desde abajo. Él me miraba como si no terminara de entender de dónde había salido yo.
—Quiero tu leche —le dije, ronca, con la boca abierta sobre la punta.
Y se vino. Con una sacudida larga, agarrándome la cabeza con las dos manos. El semen me chorreó por la mejilla, por el mentón, por el cuello, manchándome los pechos. Pasé el dedo por una de las gotas, lo levanté frente a él y me lo metí en la boca despacio. Como si estuviera saboreando una victoria que él todavía no terminaba de entender.
—¿Estás mejor? —pregunté, burlona.
—Mucho.
***
Se dejó caer en el sillón, agitado, y yo me quedé tirada encima suyo, la piel pegoteada, el pelo enredado, la boca seca. Él me pasaba la mano por la espalda, despacio, como si recién entonces se acordara de que también podía ser tierno.
—¿Y vos? —preguntó después de un rato, con la voz baja—. ¿En qué andás?
Solté una risa cortita.
—En una crisis existencial que no te imaginás.
Se rio él también, despacio, sin separarse. Nos quedamos así, abrazados, sudados, hablando boludeces, como si no nos hubiéramos cogido con bronca cinco minutos antes. Como si esto fuera lo más normal del mundo.
Me incorporé de a poco.
—Pará, voy a buscar los cigarrillos. Los dejé en la mesa de luz.
Me fui caminando desnuda hacia el cuarto. Sabía que me estaba mirando. Caminé despacio, dejando que se llenara los ojos. Entrando al pasillo, escuché sus pasos. No hizo ruido, pero lo sentí. Una de esas cosas que uno sabe sin saber.
Me di vuelta justo cuando me alcanzaba. Me estampó contra la pared sin decir una palabra. Me besó el cuello, el lóbulo, la clavícula. Me agarró fuerte de la cintura. Su erección estaba dura otra vez, contra mi vientre, como una promesa que no había terminado de cumplir.
—Vení —le dije, y lo arrastré hasta la cama.
Me tiró boca arriba y se me subió encima. Me besó el ombligo, subió a los pechos, al cuello, otra vez a la boca. Me abrió las piernas con las manos calientes y me la metió de nuevo, esta vez más despacio, mirándome a los ojos.
Después aceleró. Crudo, rápido, sosteniéndome las muñecas contra el colchón. Me cogía con hambre, con bronca, con esa necesidad que tienen los hombres cuando descubren que estuvieron demasiado tiempo en el lugar equivocado.
Cuando salió, yo todavía jadeaba. Me bajé de la cama, me arrodillé frente a él al borde del colchón y le agarré la verga, dura, brillante, palpitante. Se la chupé otra vez. Con ritmo. Con saliva. Con las ganas justas de hacerlo terminar.
Lo miré a los ojos mientras la tenía adentro, metiéndola profunda, provocándolo. Él gemía bajito, con la mandíbula apretada. Cuando sentí que estaba por explotar, lo masturbé y se la froté contra mis pechos. Acabó así, en espasmos, con la cabeza tirada hacia atrás. Toda su leche me chorreó tibia, espesa, bajándome por la piel como un mapa caliente.
Pasé el dedo por las gotas y me las llevé a la boca otra vez. Me las tragué sin apartarle la mirada. Él se quedó mudo, con los ojos vidriosos, mirándome como si hubiera descubierto un país nuevo.
Me limpié tranquila con una remera vieja. No dije nada. No hacía falta. Él se vistió en silencio, sin apuro, observándome de reojo. Cuando llegó a la puerta, se inclinó y me besó. Me agarró un pecho. Sonrió.
—Espero verte pronto.
Me acerqué a su oído y le dije, casi en un susurro:
—Cuando vos quieras, mi amor.
Y se fue.
***
Después de esa noche vinieron muchas más. Más sábados, más mensajes a la madrugada, más excusas mediocres para terminar enredados en mi cama, en su auto o en cualquier rincón con luz baja. No nos enamoramos. Tampoco hicimos como que sí. Era otra cosa: algo crudo, físico, sin etiquetas. Después de cada noche con él, yo me sentía un poco menos rota.
Cuando Camila nos vio juntos en el auto, meses después, hizo el escándalo que correspondía. Me gritó zorra, traidora, robanovios. Yo la miré sin sacar la mano del muslo de Joaquín y no le contesté. No tenía mucho para decir. La verdad incomoda más cuando uno no la defiende.
Hoy seguimos viéndonos. No tenemos nombre, no tenemos promesas, no tenemos planes. No sabemos qué somos. Pero hay algo entre nosotros que se siente más real que casi todo lo que tuve antes. Y, dicho sin culpa: nadie me coge como Joaquín. Nadie se le acerca.