La tarde que casi nos pilla su novio
A Mariana la conocí una noche cualquiera en el pub donde paraba con mi cuadrilla. Era amiga de un amigo de un amigo, una de esas cadenas borrosas que terminan en una mesa con seis personas y dos botellas vacías. Acababa de aterrizar en Madrid desde Lisboa y se había instalado con su hermana en un piso del mismo barrio que yo. Bajita, piel muy blanca, pelo corto con un mechón rubio que le caía sobre el ojo izquierdo. Cara de niña buena. Sonrisa que decía exactamente lo contrario.
Tenía novio. Y no cualquiera: Rubén, un tipo bastante mayor que ella al que todos conocíamos de vista desde hacía años. No éramos amigos, pero coincidíamos en los mismos sitios, los mismos garitos, las mismas barras. Solían venir juntos casi todos los fines de semana, ella siempre un paso por detrás de él, él siempre con la mano en su cintura como si la marcara.
En las semanas siguientes me la cruzaba mucho. Hablábamos. Demasiado, tal vez. Rubén me miraba con cara de pocos amigos desde la barra, pero como nos conocíamos del barrio nunca se metía. Yo notaba algo raro en la forma en que ella se reía conmigo, en cómo se acercaba cuando los demás hablaban a voces para que pudiera oírla, en cómo me hacía preguntas que ningún novio querría que su novia me hiciera.
—Un chico como tú no puede estar sin pareja —me dijo una de esas noches, apoyada en mi hombro con una caña en la mano—. ¿O es que las españolas no saben mirar?
Le reía las gracias y le seguía el juego con prudencia, sin atreverme a más. La prudencia, sin embargo, era un músculo que tenía atrofiado en aquella época. Acababa de salir de una relación de cuatro años. Estaba liberado, harto, con ganas de estrellarme contra cualquier cosa que se moviera. Y Mariana se movía mucho.
Una tarde, hablando de tonterías, descubrimos que vivíamos a tres portales de distancia. Ella sonrió con esa sonrisa suya de niña buena que no engañaba a nadie.
—Vente un día a casa por la tarde. Tomamos café. Mi hermana no llega del curro hasta las ocho.
Lo dijo como quien recita el menú del día. Tan natural, tan sin malicia aparente, que durante un segundo me pregunté si era yo el que estaba malinterpretando todo. Pero ya estaba inclinada hacia mí, los labios pintados muy cerca, y supe que el café era una excusa.
Me estoy metiendo en un lío de los gordos.
El pensamiento llegó y se fue en menos de un segundo. Le pedí el teléfono. Quedamos para el jueves a las cinco.
***
Llegué con cinco minutos de retraso, los justos para no parecer ansioso. Me abrió con un vestidito corto de algodón y los pies descalzos. Olía a algo cítrico, suave, y la luz de la tarde entraba por las cortinas blancas haciéndole el favor a la sala entera.
—Pasa, pasa, no te quedes ahí.
Me hizo sentarme en el sofá, ella a mi derecha, lo bastante cerca para que nuestras rodillas se rozaran. Puso música. Algo lento, en portugués, una voz de mujer que arrastraba las palabras. Trajo el café en dos tazas pequeñas y se sentó con las piernas dobladas debajo del cuerpo.
—¿Y qué tal Madrid? —pregunté, por decir algo, por darle tiempo a la situación.
—Madrid es Madrid. La gente es rara. Tienen mucho dinero y poca alegría. En Lisboa, aunque no haya un duro, la gente sabe disfrutar. Sale a bailar, a follar, a vivir.
Lo dijo con tanta naturalidad que casi se me cae la taza. Me limpié los labios con el dorso de la mano y la miré.
—Pues ya se nos podría pegar algo de eso aquí.
Mariana no contestó enseguida. Me observó un momento largo, demasiado largo, y luego se mordió el labio inferior. Yo sentí un calor en el estómago que no tenía nada que ver con el café.
—Dime cosas en portugués —le pedí, como si fuera un juego inocente—. En el bar me gusta cómo lo pronuncias.
Empezó a soltar frases enteras, susurradas, con esa cadencia lenta y arrastrada de su idioma. No entendía la mitad, pero el cuerpo lo entendía todo. Cuando le preguntaba qué significaba, ella se reía y traducía con la mirada antes que con la voz.
—Esa última. ¿Qué quiere decir?
—Que me tienes mala desde hace mucho tiempo.
La miré. Ella se acercó un palmo más. El mechón rubio le rozaba la mejilla.
—¿Y cómo se cura eso? —pregunté.
No respondió. Me pasó el brazo izquierdo alrededor del cuello, soltó un suspiro hondo y se lanzó a mi boca. Fue un beso rápido y sucio, sin negociación previa, como si llevara semanas esperando ese momento exacto. Le contesté igual. Sabía a café y a algo más, a un chicle de menta tal vez, y a impaciencia.
Nos besamos así un rato largo, con la música de fondo y el mechón haciéndome cosquillas en la frente. Sentí su mano derecha bajar por mi pecho, por mi estómago, hasta apretarme la entrepierna por encima del pantalón. La tenía dura desde que crucé la puerta. Ella lo notó y sonrió contra mis labios.
—Joder, qué cara se te ha puesto —dijo separándose un poco—. Se te nota que esto te pone malo, ¿eh?
—Más que malo. Mira cómo la tengo.
Empezó a desabrocharme el botón del pantalón sin dejar de mirarme a los ojos. Me bajó la cremallera, metió la mano y me sacó la polla con la naturalidad de quien recoge algo de un cajón. Empezó a hacerme una paja lenta, con la palma fresca, mirándola como si calculara algo.
—Espera —dijo—. Te voy a hacer una cosita.
Se agachó. Sacó la lengua y dibujó un círculo en la punta. Después otro. Me iba mojando con saliva muy despacio, sin metérsela todavía, como si quisiera verme aguantar. Yo me dejé caer contra el respaldo del sofá, cerré los ojos y solté el aire.
Cuando por fin se la metió en la boca lo hizo con ganas. No hasta el fondo, hasta la mitad, pero con una succión cerrada y la lengua moviéndose dentro como si tuviera vida propia. Apretaba los labios al sacarla, hacía un ruido sonoro y volvía a tragarla. Estaba a cuatro patas sobre el sofá, con el culo en pompa, el vestidito subido por la espalda. Le pasé la mano por la curva y le acaricié el muslo. Ella gimió bajito y aceleró el ritmo.
—Hostia, Mariana, qué bien lo haces —murmuré.
Se rió con la polla en la boca. El sonido me recorrió entero. Empecé a tirar de la goma del pantalón corto que llevaba debajo del vestido, decidido a devolverle el favor, cuando un timbrazo bestial llenó la casa.
El telefonillo. Tronando.
Los dos pegamos un salto. Ella se incorporó de golpe, con los labios rojos y brillantes, y se quedó mirando el pasillo como si hubiera visto un fantasma.
—¡Hostia, es Rubén!
—¿Qué?
—Es él, te lo digo yo, llama así siempre.
El timbre sonó otra vez. Dos veces seguidas, larguísimas, impacientes.
—¿Y qué hacemos? ¿Dónde me meto?
La cabeza se me había llenado de tópicos de comedia: el armario, debajo de la cama, el balcón. Pero no era una comedia. Era mi cara magullada en la calle si aquel tipo me veía salir de su novia.
—Espera, espera —dijo ella—. Le digo que se vaya. Hoy hemos discutido por la mañana, paso de verle. Le digo cualquier cosa.
Se levantó, se atusó el pelo y descolgó el telefonillo. Yo me quedé inmóvil en el sofá con la polla todavía fuera, dura, ridícula. Me la guardé como pude. La oí discutir desde el pasillo, primero en voz baja, después subiendo el tono.
—Que no, te he dicho que no subas. La casa está hecha un asco… No, hoy no… Rubén, te he dicho que no…
Una pausa larga. Después un silencio peor que cualquier grito.
Volvió al salón con la cara blanca.
—Dice que sube. Ya ha entrado al portal.
Se me cayó el alma a los pies. Miré alrededor buscando una solución, cualquier cosa, y se me ocurrió la única que tenía sentido.
—Me salgo a la escalera. Subo en el ascensor a un piso alto y me quedo en el descansillo. Tú, cuando se vaya, me silbas por el hueco y yo bajo. ¿Vale?
—Vale, vale, corre.
Salí pitando. Crucé el rellano, llamé al ascensor con las manos temblando y subí hasta el séptimo. Me quedé al lado del hueco de la escalera, pegado a la pared, con el corazón saltándome dentro del pecho. La polla seguía dura, increíblemente, y los huevos empezaban a dolerme con un latido sordo, como si me los apretaran con una pinza.
Estuve veinte minutos así. El tiempo más largo de mi vida. A cada chasquido del ascensor pensaba que algún vecino iba a salir a por la basura y me iba a preguntar quién era y qué hacía allí. Ensayaba mentalmente una excusa cualquiera: una empresa de mensajería, un repartidor que se había confundido, lo que fuera. No salió nadie. Tuve suerte.
Al rato oí un silbidillo agudo subiendo por el hueco. Me asomé. Ella estaba abajo, asomada en su rellano, haciéndome señas. Bajé los escalones de tres en tres.
***
—¿Qué ha pasado? —pregunté en cuanto cerró la puerta.
—Nada, no ha notado nada. Le he puesto cara de perro, le he soltado dos cortes secos y se ha ido. Le dije que en una hora pasaba yo por su casa. Se la ha tragado.
—¿Y va a volver?
—No, qué va. Se ha ido. Está en su piso esperándome.
Suspiré. Me apoyé en la pared del recibidor y dejé caer la cabeza. Ella se acercó, me puso una mano en la mejilla y otra, otra vez, justo donde la había dejado.
—Pobrecito, lo has pasado peor que yo. Con esto duro todo el rato.
—Casi se me cae a trozos —dije, riéndome ya, porque la situación se había vuelto absurda y la adrenalina me pedía hacer algo con ella.
—Eso hay que solucionarlo.
Me cogió de la mano y me llevó al dormitorio. La cama tenía una colcha azul oscura y olía a su perfume. Me tumbó, me terminó de bajar el pantalón y los calzoncillos, y se puso entre mis piernas con una determinación nueva. Esta vez ya no había juego previo. Esta vez iba a por todo.
Se la metió entera. Bueno, casi entera. Subía y bajaba la cabeza con un ritmo cerrado, los labios apretados, el mechón rubio rozándome el muslo cada vez. Yo notaba los huevos a punto de reventar de tanto aguantar. No iba a tardar mucho.
—Mariana, así, dame fuerte que me corro.
Aceleró. Cogió la base con la mano y la movió al compás de la boca, sin sacarla apenas, succionando más fuerte. Hizo eso dos o tres veces más y sentí que ya no podía pararlo.
El primer chorro le llenó la boca. Soltó un sonido sorprendido y se la sacó, todavía con la mano moviéndome. El segundo le cayó en la barbilla. El tercero, por cómo apuntó hacia arriba en el último segundo, me alcanzó la mejilla. Después de tanto rato aguantando, salía con una fuerza que ni yo me esperaba.
Me quedé tendido en la cama, jadeando, con la mirada clavada en el techo. Mariana se incorporó, se limpió con el dorso de la mano y se rió.
—Bueno, ya estás curado.
—Tú también, supongo.
—Yo te debo todavía la próxima vez.
Me lavé en su baño, me vestí despacio y salí del portal mirando a izquierda y derecha como un fugitivo. Crucé la calle por la acera contraria al bar de Rubén. Llegué a mi casa con las piernas todavía temblando.
Volvimos a vernos muchas tardes después de aquella. Siempre con la misma rutina del café, la música baja, el vestidito corto. Nunca volvió a llamar Rubén a destiempo. Al cabo de unos meses Mariana se mudó a Barcelona con la hermana y perdimos el contacto. Hoy, cuando paso por delante de aquel portal, todavía miro hacia el séptimo y me río solo.