Verdad o reto: la noche que crucé el límite
Desperté con el cuerpo pesado y un nudo en el estómago. No era cansancio físico: era culpa. Las pesadillas me habían perseguido toda la noche como sombras que conocían mi nombre y mis secretos.
Todo había empezado la noche anterior, ya con la luz apagada. Yo tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Andrés, respirando al ritmo de él, fingiendo paz. Entonces lo escuché tragar saliva.
—Tenemos que hablar —dijo con esa voz grave que solo le salía cuando algo lo carcomía.
Se me cortó la respiración. Pensé en mil cosas a la vez: un mensaje mal borrado, una mirada captada en un video, un comentario suelto en alguna grupal. Me incorporé apoyada en un codo, con el corazón golpeándome la garganta.
—Me llegaron rumores sobre tu jefe —dijo, sin mirarme.
¿Cuál de todos?
Damián, mi error reincidente. Octavio, con quien también había cruzado líneas que ya me costaba nombrar. O Leo, el artista, la figura central del show, el único con quien jamás había pasado nada.
—¿Quién? —pregunté, eligiendo el tono más neutro que pude.
—Leo. Dicen que a veces se sobrepasa con sus bailarinas. Me llegó por gente que trabajó con él en otros países. Quiere asociarse con nuestro bufete y eso me puso en alerta. No quiero que algo te toque a ti.
Respiré hondo. Si era por Leo, todavía estaba a salvo. De los tres, era el único que siempre se había comportado.
—Nunca vi nada raro con él —dije, y la voz me salió firme—. Con nadie del elenco —agregué, bajando la mirada para no delatarme.
No era mentira del todo. Era una omisión. Una más.
—Prométeme que si pasa algo, cualquier cosa, me lo vas a contar.
Me tomó la mano. Sentí su calor, su confianza, y eso me dolió más que cualquier pregunta directa.
—Te lo prometo —mentí, por primera vez tan abiertamente que me ardió la garganta.
Esa noche soñé con escenas que mezclaban placer y castigo, miradas que me señalaban, orgasmos que se transformaban en gritos. Me revolví entre las sábanas como si me quemaran. Soñé con una polla anónima entrando y saliendo de mi coño empapado, con manos que me abrían las nalgas, con corridas que me llenaban la cara mientras una voz —a veces la de Damián, a veces la de Leo— me decía «puta» al oído. Me desperté con las bragas mojadas y una parte de mí seguía con hambre.
***
El vuelo era al mediodía. Llegué al aeropuerto con tiempo y, para mi sorpresa, el primero que vi fue a Leo, acompañado de su escolta personal, un tipo de casi dos metros que parecía hecho de piedra. Leo nunca era puntual.
—Qué milagro —le dije, arqueando una ceja—. La puntualidad no es lo tuyo.
—Por accidente, te lo juro. El vuelo se retrasó y a mí no me avisaron. A vos tampoco, ¿no?
Fui al mostrador a confirmar. Hora y media de demora. Genial.
—Vení, te invito un café —dijo, señalando con la cabeza el local más cercano.
Pedí torta de chocolate con helado; él, un irlandés. Durante esa hora y media, descubrí a otro Leo. Hablaba sin la pose del videoclip, sin las cadenas ni las cámaras. Me contó de su infancia con muchas carencias, de la madre que lo empujó con uñas y dientes, de su obsesión casi infantil por el cine.
Cada tanto se acercaba alguien a pedirle una foto. Accedía con paciencia, sonriendo de verdad.
—¿No te cansa? —pregunté.
—Cansa. Pero a mí me toma cinco segundos y a ellos les hace el día. Sería una mierda de persona si les negara una foto.
Esa respuesta me desarmó. Lo había escuchado decir cosas mucho más vulgares en escena. Y, sin embargo, ahí, con un café entre los dedos, parecía un tipo simple, lúcido, casi tímido. La contradicción me atraía. Me descolocaba. Y, al mismo tiempo, hacía sonar una alarma que decidí ignorar.
Cuando aparecieron los demás del elenco, me despedí de él con un gesto un poco más cálido de lo habitual. Subí al avión junto a Bárbara, cerré los ojos y caí rendida.
Aterrizamos sin que me diera cuenta. Mientras bajaba la escalerilla, una frase me golpeó la memoria: «Leo es peligroso». La había dicho Andrés. Tal vez tenía razón. Tal vez lo que me había mostrado esa mañana era, justamente, lo que lo volvía peligroso.
***
En el lobby del hotel nos esperaba Octavio, junto a una mujer que ninguna de nosotras conocía.
—Chicas, les presento a Renata —dijo—. Va a suplir a Sofía estos dos conciertos. Es veterana, se sabe todas las coreos, individuales y en pareja.
Renata sonrió con la seguridad de quien ya conoce las reglas del juego. Aparentaba unos cinco años más que nosotras, piel morena, rizos color café con mechas claras, piernas fuertes, cintura de avispa. Cuerpo de bailarina hecho en el escenario, no en el gimnasio.
—Buenas tardes. Soy Renata, de Bogotá. Espero que nos llevemos bien —dijo, mirándonos una a una.
Los chicos la abrazaron con la confianza de viejos conocidos. Nosotras, las nuevas, fuimos más distantes. No por desconfianza, sino por costumbre.
El descanso en la habitación duró media hora. Pronto estábamos en el bus rumbo al coliseo: uno chico, de tres mil personas como mucho, con esa acústica íntima que vuelve a un show algo más cercano a la confesión que al concierto.
El ensayo fue impecable. Renata nos sorprendió. No era la técnica más fina, pero tenía un carisma que contagiaba.
—¡Qué pendeja soy! O como dicen ustedes, ¡qué boluda! —gritaba cada vez que erraba un paso, y nos arrancaba carcajadas.
Nos corregía sin soberbia. Con cariño, como una hermana mayor que ya pasó por todo lo que estamos pasando.
—Mirá —me dijo, después de un bloque—, en esta canción no te dejes guiar por la música. Que Damián te marque el ritmo. Cuando él rompa la distancia y te toque, vos respondés, te pegás, te meneás. Que la energía fluya entre los dos.
Durante el resto del ensayo, sentí que la sincronía con Damián era casi perfecta. Aunque con él, lo profesional y lo físico siempre vivían sobre la misma línea, y esa línea estaba cada vez más borrosa.
Bajamos a los camerinos. Los hombres al fondo, nosotras más cerca del escenario. Y por más que intentaba negármelo, una parte de mí —la rebelde, la desleal— todavía esperaba que Damián apareciera por la puerta entreabierta y me empujara contra la pared del baño, me subiera la falda del vestuario, me arrancara la tanga y me metiera la verga hasta el fondo mientras me tapaba la boca para que nadie escuchara.
***
El show fue magia. La energía del público se nos colgaba de los pies. Los pasos salieron afilados, el sudor en su lugar.
O casi en su lugar. Porque Damián, donde la coreo pedía un roce, metía la mano entera. Donde había que simular un contacto, él lo hacía real. Sus dedos se afirmaban en mis caderas sin pedir permiso, se colaban por debajo de la cintura del short, me pellizcaban la carne del culo en el segundo justo en que la luz del reflector se apagaba. Sus caderas chocaban contra mis nalgas con una firmeza que no era accidental: sentía el bulto duro de su verga aplastarse contra mi raja, restregándose al ritmo del tema, marcándome. No era la primera vez. Ya no me molestaba. Tal vez porque me había resignado. O porque, en el fondo, esa parte oscura me lo agradecía y llegaba al final del show con el coño mojado, palpitando dentro de la malla.
Bajamos del escenario flotando. Subimos al bus en una fiesta improvisada: brindis con botellas de agua, pasos entre los asientos, risas. Renata, claro, era el centro.
Y yo seguía pensando en Damián.
No en lo que había pasado en escena. En lo que todavía no había pasado.
***
—Nadie se va a su cuarto. Todos a la mía a celebrar —dijo Leo en el lobby, señalando el ascensor.
—¡Wuuuu! —gritamos en coro.
Movimos los sillones de la suite para armar un círculo. Bárbara se sentó en el sofá de dos plazas; quise acompañarla, pero Iván se me adelantó. Terminé en el sillón largo, en el medio, con Damián a un lado y Renata al otro.
—Tres botellas de ron, una de vodka y un tequila —pidió Leo por teléfono.
—¿No es demasiado? —preguntó Octavio.
—Demasiado es el talento que hay en esta habitación —respondió Leo.
Cuando llegaron las botellas, las dejó en el centro.
—Verdad o reto —anunció.
Las reglas eran simples. Quien no contestaba o no cumplía, tomaba un shot. Las primeras rondas fueron livianas. Pero a los veinte minutos, todos llevábamos dos o tres shots encima y el aire de la suite se había vuelto denso.
—¿Quién de las chicas te parece más atractiva? —le preguntó Damián a Iván.
—Bárbara. Mírala —dijo él, guiñándole un ojo.
Ella tomó del vaso para disimular el rubor. Me pregunté si Sofía no estaría faltando por algo más serio que una excusa amable.
—Lucía —dijo Iván, mirándome—. ¿Verdad o reto?
—Verdad.
—¿Engañarías a tu novio?
La respuesta «correcta» era no. Pero sentí la mirada de Damián clavada en el costado de mi cara. Él sabía. No me salió mentir. Sin decir una palabra, tomé el vaso de tequila y me lo bajé de un trago. Bárbara me miró con los ojos como platos. La risa del resto fue inevitable.
—Renata, ¿verdad o reto? —pregunté, para cortar el momento.
—Verdad.
—¿Alguna vez te besaste con alguien del elenco?
—Obvio. Con algunos hasta tuve sexo —respondió, lanzándole a Damián una mirada cómplice—. Y déjame decirte, mamita, que el flaco coge como los dioses. Esa verga la tiene bendita.
El estómago se me apretó. Celos. Inesperados, absurdos, pero ahí estaban.
El juego siguió. Damián se sacó la polera al primer reto y dejó al aire ese abdomen marcado que yo me sabía de memoria, y el bulto en el jean se le notaba a metros. Leo terminó solo en calzoncillos, y no pasaba desapercibido el bulto grueso, la forma clara de la polla dormida contra la tela. Octavio se negaba a quitarse el saco. Camila empezó a aflojarse con él. Bárbara con Iván.
—Reto —respondió Leo cuando le tocó.
—Bailale sexy a una de las chicas —dijo Octavio.
Leo se paró frente a mí y empezó a mover las caderas con un ritmo lento, descarado. El grupo lo animaba con palmas. Su paquete, a la altura de mi cara, se movía con una soltura que me hizo querer extender la mano, agarrárselo por encima del calzoncillo, sacárselo ahí mismo delante de todos y metérmelo en la boca. Cuando la canción cambió, volvió a sentarse, sin tocarme. Yo seguía con la boca seca y el coño chorreando dentro del pantalón.
—Damián —dijo Leo—. ¿Verdad o reto?
—Verdad.
—Si tuvieras que besar a alguien acá, ¿a quién?
—No estaría mal un remember, ¿no, Renatita?
Algo se me rompió. Por dentro, en silencio. ¿Por qué no me eligió a mí? Lo peor fue darme cuenta, en esa misma fracción de segundo, de que había olvidado por completo el nombre de Andrés.
El juego siguió. Hasta que volvió mi turno.
—Lucía, ¿verdad o reto? —dijo Camila.
—Reto —respondí, ya con la lengua pesada.
—Besá a quien vos quieras.
Mi primer impulso fue tomar el vaso, pero un shot más y vomitaba ahí mismo. Pensé en besar a Damián. Recordé que él no me había elegido. Me puse de pie, caminé hasta Leo y lo besé. Al principio fue por cumplir. En cuanto se abrieron los labios, el beso se alargó. Lenguas que se reconocían, profundas, hambrientas. Diez, doce segundos. Sentí su mano subir por mi muslo, colarse por debajo del ruedo del vestido, rozarme el borde de la tanga. Cuando me separé, explotaron las risas del resto. Damián tenía la mandíbula apretada y una mirada que no le había visto antes.
—Bueno, me quedo acá —dije, dejándome caer sobre las piernas de Leo, arrastrando un poco las palabras.
—Me parece bien, nena —respondió él, sosteniéndome de la cintura, apretándome el culo contra su verga, que ya había empezado a hincharse debajo de la tela fina del calzoncillo.
***
Unas rondas después, Octavio se fue a su cuarto. Después Camila. Después Bárbara. Quedamos Leo, Damián, Iván, Renata y yo.
—Leo, ¿verdad o reto? —dijo Renata.
—Reto.
—Diez minutos a solas en la habitación, ustedes dos —dijo, señalándonos.
Leo no contestó. Me tomó de la mano y me guió hasta su dormitorio. Antes de cerrar, miré por encima del hombro. Renata levantaba el pulgar. Iván estaba a punto de dormirse. Damián tenía la mirada clavada en mí. La misma expresión dura, como si todavía no creyera que me estaba yendo con él.
Apenas cerró la puerta, empezamos a besarnos. Eran besos casi obscenos, donde lo que importaba no era el contacto de los labios, sino que las lenguas se cruzaran, se buscaran, se enroscaran como si quisieran comerse la boca la una a la otra. Él me tomó la mano y la llevó directo a su paquete, por debajo del calzoncillo. La palma me quedó llena de carne caliente: la polla semi erecta, gruesa, considerable, palpitando contra mis dedos. La cerré en un puño y empecé a bombearla despacio, sintiendo cómo crecía en mi mano, cómo la piel se le tensaba, cómo la punta ya soltaba una gota espesa que me untó el pulgar. Sus manos me apretaron las nalgas por encima del pantalón, me lo desabrochó de un tirón, metió la mano entera dentro de la tanga y me clavó dos dedos en el coño empapado. Un gemido ronco se me escapó contra su boca.
—Ya estás toda mojada, putita —murmuró contra mis labios, sacando los dedos brillantes y llevándoselos a la boca para chuparlos—. Sos una guarra.
Me empujó hasta sentarme en el borde de la cama.
Me sacó la ropa por capas: el pantalón primero, después la polera, al final la tanga, que me la bajó por los muslos con los dientes, mordiéndome la piel en el camino. Cuando se bajó el calzoncillo de un tirón, vi su verga liberada. No era tan larga como la de Damián, pero era gruesa, densa, de una circunferencia bestial, con las venas marcadas latiendo a lo largo del tronco y el glande hinchado, morado, brillando de líquido pre-seminal. Supe que iba a doler, y esa certeza me hizo apretar los muslos.
—Chupala —ordenó.
Me arrodillé sin pensar y me la metí en la boca. No entró entera. Apenas llegaba a la mitad del tronco y ya sentía la garganta empezar a cerrarse, la mandíbula estirada al límite por el grosor. Empecé a chupar como una desesperada: subía la lengua por el frenillo, hundía las mejillas para hacer succión, dejaba caer un hilo de saliva sobre el glande para mojarla entera y después bombear con las dos manos lo que no me entraba en la boca. Él me agarró de la nuca y empezó a marcar el ritmo, empujando la cadera contra mi cara, forzándome un centímetro más cada vez.
—Así, así, tomala toda —gruñó—. Abrí más esa boca, puta.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, el rímel me chorreó por las mejillas, y él me miraba desde arriba con una sonrisa canalla, sujetándome del pelo. Cada arcada mía le arrancaba un gemido. Sentí la punta de la polla golpear el fondo de la garganta y las babas cayéndome del mentón sobre las tetas, colgándome de los pezones ya duros. Cinco minutos, quizá más, con la boca hecha una cloaca, chupando, escupiendo, tragando el pre-semen salado que no dejaba de brotar del agujerito.
Cuando la retiré para respirar, un hilo de baba unía todavía mis labios al glande. Él me empujó suave contra la cama, boca abajo, y empezó a repartir besos por mis nalgas antes de abrírmelas con las dos manos. Me metió la lengua entre ellas, larga y golosa. Cada tanto bajaba, me lamía el coño de arriba abajo, me chupaba el clítoris hasta hacerme temblar las piernas, pero su atención volvía, una y otra vez, al mismo punto: el ojete. Me lo mojaba con saliva, lo abría con la punta de la lengua, lo penetraba de a poco, entraba y salía, hacía círculos alrededor del agujero apretado. Yo hundía la cara en el colchón y gemía como una perra en celo, moviendo el culo hacia atrás en busca de más lengua.
—Qué culito rico tenés, mamita —murmuró—. Cerrado, apretadito, virgen como me gusta.
Se puso de pie. Apoyó la verga sobre mis nalgas, dejándomela caer entre las cachas como una amenaza cálida y pesada. Empezó a restregarla por el surco, arriba y abajo, mojándome con su saliva y con el líquido que le seguía brotando. Y me hizo la pregunta que no esperaba.
—¿Y si me regalás tu culito? ¿Lo puedo meter por ahí?
Me quedé en blanco unos segundos. Nunca lo había hecho por ese lado. Los pocos intentos habían terminado en fracaso, con la verga rebotando contra el esfínter cerrado y yo mordiendo la almohada de dolor.
—No, nunca lo hice por ahí —respondí, girando la cabeza.
Y entonces vi su cara. Leo, el artista soberbio, el de los videoclips con joyas y mujeres, me hacía un puchero. Parecía un cachorro regañado. Pidiéndome permiso, con la polla en la mano.
—Por favor —dijo, masturbándose despacio frente a mí—. Si me lo permitís, te prometo que vas a ser mi bailarina principal. No solo en esta gira. En todas las que vengan.
Tenía que estar fingiendo. O quizá lo decía empujado por el alcohol. Pero yo también estaba ebria, y si me hubiera ofrecido el Palacio de Versalles en ese momento, le habría creído.
—Si tenés lubricante… —empecé.
De un salto fue a la mesa de luz y volvió con un bote. Se embadurnó la verga entera, la manoseó a conciencia hasta dejarla brillante de arriba abajo, y después me abrió el culo con una mano y me vació medio bote entre las nalgas. Sentí el chorro frío caerme sobre el ojete y bajarme por el perineo hasta el coño. Con dos dedos me trabajó el agujero, primero uno, después dos, entrando y saliendo con paciencia, girándolos adentro, forzándome a abrirme. Yo apretaba la sábana con los puños, gimiendo con la cara contra el colchón, sintiendo cómo el esfínter cedía milímetro a milímetro.
—Relajate, nena, respirá —susurró—. Vas a ver cómo te va a gustar.
Sacó los dedos y apoyó la punta de la polla contra mi ano. La sentí enorme, mucho más ancha que dos dedos, empujando con firmeza contra la entrada. Empecé a respirar hondo, casi temblando. Tenía miedo. Me había olvidado por completo de Andrés. Solo pensaba en mí, en lo que estaba por pasar, en la promesa que acababa de aceptar, en esa verga gruesa que estaba a punto de partirme en dos.
Y entonces sonó la puerta.
—¡Toc, toc! —era la voz de Renata—. Tiempo. Se acabaron los diez minutos.
Me iba a girar para decirle que ya salíamos. No alcancé. Leo me sujetó por las caderas, me jaló contra él, y de un solo impulso entró.
—¡AUUUUUUGGGH!
El grito me salió desde un lugar que no conocía. Lo bastante alto, estaba segura, como para llegar al pasillo, hasta los oídos de Damián, de Iván, de Renata. Como para que todo el hotel supiera que la promesa que le había hecho a Andrés acababa de romperse, también, por ese lado.