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Relatos Ardientes

Mi marido grabó un audio antes de irse con la otra

El sillón de cuero crujió cuando Marisol cambió de posición, apretando el celular contra su pecho. Había escuchado el audio cuatro veces seguidas y aún no terminaba de creerlo. La pantalla se había apagado dos veces. Volvió a desbloquearla, volvió a pulsar el ícono del reproductor.

—Sol. Cuando oigas esto, ya estaré lejos. Siempre fui un peso para ti, una pared entre la vida que querías y la que tenías. Yo, hace mucho que no podía seguir aguantando lo que pasaba. Tuve algo con alguien. Con Carolina. La chica nueva de Contabilidad. Hace tres meses que estamos juntos. Y... ella quedó embarazada. Por eso me voy. No tengo ni el coraje ni la dignidad para enfrentarte cara a cara. Me voy con ella. No me busques. Sé feliz, Sol.

El nombre quedó suspendido en el aire del living como una mosca atrapada en una telaraña. Carolina. La chica nueva. La que ella misma había saludado dos veces en la cena de fin de año, la que sonreía con la boca cerrada y miraba a Diego cuando él no se daba cuenta. Marisol se acordó del vestido azul, de los aros largos, de las piernas largas también.

Embarazada.

La palabra le pegó en el estómago con la misma fuerza que el día en que el médico le había dicho que sus ovarios estaban hechos para mirar y no para tocar. Tres años. Tres años de tratamientos, de inyecciones, de turnos a las siete de la mañana. Tres años de Diego diciéndole «no importa, lo importante somos nosotros» mientras la abrazaba en la sala de espera. Tres años para que ahora, en un audio de cincuenta y siete segundos, le contara que iba a ser padre de la hija de otra.

Se levantó. Las piernas le temblaban, pero la rabia ya estaba empezando a desplazar al llanto. Caminó hasta el dormitorio. El armario tenía la mitad de las perchas vacías. La mochila gris ya no estaba. El portarretrato con la foto de la madre de Diego, ese que él tenía sobre la mesa de luz desde antes incluso de casarse con ella, tampoco. Lo único que quedaba era el espacio cuadrado, más oscuro que el resto de la madera, donde el sol no había llegado en cinco años.

Volvió al living y abrió el bar. Se sirvió dos dedos de whisky y se los tomó como si fueran agua. El alcohol le quemó la garganta y le devolvió un poco de claridad. Si Diego pensaba que iba a llorarlo arrodillada en la cocina como una viuda, no la conocía tanto como creía.

Marcó el número de Sergio antes de pensarlo demasiado.

—Hola —contestó él con la voz pastosa, como recién despertado, aunque eran las once de la noche.

—¿Estás solo?

Hubo una pausa demasiado larga.

—Sí.

—Mándame la dirección. Voy para allá.

Cortó antes de que él pudiera preguntar. Sergio era el mejor amigo de Diego desde los catorce años. Habían compartido la facultad, los partidos de los domingos, los asados de verano. Y también habían compartido, durante todos esos años, esa tensión silenciosa que Marisol fingía no notar. Las veces que Sergio se quedaba un segundo de más mirando la curva de su cintura cuando ella se inclinaba para servir el café. Las veces que él le sostenía la mano un instante más al saludarla. Cosas pequeñas, cosas que ella había guardado en una caja mental y nunca había abierto.

Esa noche iba a abrir la caja.

***

El edificio quedaba cerca del parque, en una calle arbolada donde los árboles formaban un techo verde. Marisol estacionó mal, dejando una rueda sobre el bordillo de la acera. Le importó poco. Subió al sexto piso y, cuando Sergio abrió la puerta, no le dio tiempo a saludar.

—Diego se fue —dijo, entrando sin que la invitara—. Hace dos horas. Con otra. Embarazada.

Sergio cerró la puerta despacio. Llevaba puesta una camiseta blanca vieja y un pantalón gris. El pelo revuelto, los pies descalzos. Olía a cigarrillo y a jabón de menta. Marisol caminó hasta el ventanal y se quedó mirando los autos pasar por la avenida.

—¿Quieres que llame a alguien? —preguntó él detrás de ella—. ¿A tu hermana, o...?

—No.

Se dio vuelta. Sergio estaba a tres pasos de distancia, con los brazos cruzados, sin saber qué hacer con el cuerpo. Marisol lo miró de arriba abajo, sin prisa, como si lo viera por primera vez. Los hombros anchos. La cicatriz vieja en la ceja izquierda, de una caída en bicicleta a los doce años, según Diego le había contado mil veces. La línea de la mandíbula, áspera, sin afeitar.

—¿Quieres tomar algo? —dijo él.

—No.

—¿Quieres sentarte y...?

—No.

Marisol acortó la distancia. Le puso una mano en el pecho, justo arriba del corazón, y sintió cómo se le aceleraba el pulso bajo la palma. Sergio no se movió. La miraba con esa mezcla de deseo viejo y miedo nuevo que ella había aprendido a reconocer en los hombres a lo largo de su vida.

—Tú siempre quisiste esto —dijo Marisol, en voz baja—. Lo supe desde la primera vez que vine a comer aquí con Diego. Hace cuatro años.

—Sol, no es momento.

—Es el único momento.

Le pasó la otra mano por la nuca y tiró de él hacia abajo. La boca de Sergio tardó un segundo entero en responder. Después respondió como si llevara años ensayándolo. La besó con la urgencia de alguien que sabía que esa puerta no se abriría dos veces. Le sostuvo la cara con las dos manos, los pulgares apoyados en los pómulos, mientras le mordía el labio inferior y se lo soltaba para volver a buscarlo enseguida.

Marisol cerró los ojos. Por primera vez en dos horas, no escuchó el audio en su cabeza.

Le sacó la camiseta de un tirón. Sergio tenía el torso bronceado de la piscina del verano, una línea de vello oscuro que bajaba desde el ombligo y desaparecía bajo el elástico del pantalón. Ella le pasó la lengua por la clavícula, despacio, midiendo el sabor de la sal. Sergio le agarró las caderas y la pegó contra el ventanal. El vidrio estaba frío contra la espalda. Marisol arqueó la columna, sintiendo cómo el deseo se le subía por la pelvis y le borraba la imagen del armario vacío.

—Aquí no —murmuró él contra su cuello—. Ven.

La llevó hasta el dormitorio sin soltarle la mano. La cama estaba sin hacer, las sábanas blancas revueltas. Marisol se quitó el vestido por encima de la cabeza y lo dejó caer al piso. No traía sostén. Sergio se quedó quieto un segundo, mirándola, y después negó con la cabeza muy despacio, como si no terminara de creer que estaba pasando.

—Si te vas a arrepentir mañana —dijo—, para ahora.

—Mañana es problema de mañana.

Lo empujó sobre la cama. Le bajó el pantalón y la ropa interior con un mismo gesto. Sergio estaba duro, tenso como un alambre, y Marisol se tomó su tiempo. Le pasó la lengua desde la base hasta la punta, despacio, mirándolo a los ojos. Sergio cerró los párpados y dejó caer la cabeza hacia atrás contra la almohada, soltando una palabra que se le rompió en la garganta.

Ella lo trabajó así durante varios minutos, escuchando cómo la respiración de él se iba haciendo más corta, más entrecortada. Cuando sintió que estaba al borde, se detuvo. Le puso la mano sobre el pecho y le hizo entender, sin decirlo, que ese no iba a ser el final.

—Sube —dijo él, agarrándole las caderas.

Marisol se sentó a horcajadas. La penetración fue lenta, premeditada, casi cruel. Cada centímetro era una decisión que ella tomaba. Sergio tenía los dedos clavados en sus muslos, los nudillos blancos. Cuando lo tuvo entero adentro, Marisol se quedó quieta, mirándolo desde arriba.

—¿Cuántas veces pensaste en esto? —preguntó.

—Demasiadas.

—Diego me engañó tres meses —dijo ella, empezando a moverse—. Tres meses. ¿Tú lo sabías?

Sergio dudó. Esa duda fue la respuesta. Marisol aceleró el ritmo y le clavó las uñas en el pecho. Sergio gritó algo que no era una palabra.

—No me importa —siguió ella—. Ya está. Esto es lo que hago con la pena.

Se movió con una furia ordenada, con una cadencia que no perdía nunca el control. Sergio intentó incorporarse para besarla; ella le puso una mano en el pecho y lo mantuvo abajo. Quería que él la mirara, que la mirara y supiera que esa noche era de ella y de nadie más. Quería sentir que su cuerpo todavía servía para algo, que la palabra «estéril» que el médico había usado tres años atrás no la definía del todo.

Cuando llegó al final, lo hizo en silencio. Una sacudida larga que le empezó en los muslos y le subió hasta los hombros. Apoyó las manos en el pecho de Sergio y se quedó así, temblando, con el pelo cayéndole sobre la cara. Él la agarró por la cintura y la giró, poniéndola debajo. La penetró otra vez, más fuerte, más profundo, y terminó enseguida con la cara hundida en su cuello.

Después, durante varios minutos, el único sonido en el dormitorio fue el de las respiraciones. Marisol miraba el techo. La luz amarilla de la calle se filtraba por la persiana y dibujaba líneas paralelas en el cielorraso.

—Sol —dijo Sergio, todavía sin moverse—. Tenemos que hablar.

—No.

—Lo que pasó...

—Pasó. Punto.

Se levantó. Se vistió en silencio mientras él la miraba desde la cama, con los brazos detrás de la nuca, sin pedirle que se quedara porque sabía que no iba a servir. Marisol se acomodó el pelo frente al espejo del armario. Tenía la cara enrojecida, los labios hinchados, los ojos secos. Estaba más entera de lo que se había sentido en todo el día.

—¿Sabías lo de Carolina? —volvió a preguntar.

—Sospechaba. No estaba seguro.

—Y no me dijiste nada.

—No me correspondía.

Marisol asintió. Era una respuesta de hombre. Era la respuesta que esperaba.

—¿Vas a contarle?

Sergio se quedó pensando un momento.

—No.

—Bien.

Se puso los zapatos. Caminó hasta la puerta del dormitorio y, antes de salir, se dio vuelta. Sergio seguía en la cama, desnudo, mirándola.

—Si te llama —dijo Marisol—, dile que no me viste. Que ni siquiera contesté el teléfono.

—Hecho.

Bajó por la escalera. El ascensor le daba claustrofobia esa noche. En la calle, el aire de septiembre olía a pasto recién cortado del parque. Marisol caminó hasta el auto, abrió la puerta, se sentó al volante. No arrancó enseguida. Sacó el celular del bolso. Tenía cinco mensajes de su hermana, dos llamadas perdidas de su madre, ninguna de Diego.

Abrió la conversación con su marido. Su último mensaje, de las cuatro de la tarde, decía: «Llego un poco más tarde, no me esperes para comer». Marisol releyó la frase tres veces. Después bajó hasta el audio. Lo escuchó una vez más, entero, con los ojos cerrados. Cuando terminó, lo borró. Borró también la conversación entera.

Arrancó. Manejó hasta su casa con la radio puesta, eligiendo una emisora de boleros viejos porque no quería pensar. Cuando llegó, se dio una ducha larga. Después se sirvió otra copa y se sentó en el sillón, en el mismo lugar exacto donde había estado dos horas antes.

Levantó el teléfono. Buscó el contacto de Carolina, esa chica nueva de Contabilidad cuyo número había anotado en la cena de fin de año, por si en algún momento Diego se olvidaba el celular. Le escribió un mensaje corto.

«Felicitaciones por el embarazo. Mañana en el café de la esquina de la oficina, a las once. Tenemos que hablar.»

Lo envió. Apoyó la cabeza en el respaldo. Por primera vez en toda la noche, sintió que sonreía. No con alegría. Con otra cosa. Con la certeza fría de que la peor traición todavía no había terminado de pagarse.

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Comentarios (2)

RosaL_lectora

Dios mio que historia. Me dejó con el corazon en la garganta desde el primer parrafo!!!

GabrielaRS

Necesito la segunda parte urgente!! Quedé con demasiadas ganas de saber qué paso despues

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