Mi jefa casada me citó a solas en su despacho
Después de aquella noche con Nuria y Carmen, decidí poner distancia. No fue una huida, sino una retirada calculada. Algunas de sus exigencias me habían molestado, y necesitaba que entendieran, sin que yo dijera una palabra, que los papeles que habíamos repartido eran inamovibles: yo daba las órdenes, ellas las obedecían. No quería dramas de pareja ni convertirme en el amante fijo de dos compañeras de trabajo casadas. En el fondo era un castigo para ellas, aunque también lo fuera para mí. Una abstinencia forzosa, un fastidio.
Mi punto débil de siempre ha sido comprar pantalones por internet. Nunca me quedan, y por eso acabé citándome en casa de mi vecina Lorena, que cosía a domicilio. Era un espectáculo en miniatura: un metro cincuenta y ocho de pura provocación, ojos color miel que prometían pecado, una melena castaña que pedía a gritos que la agarraras y un trasero pequeño y redondo, perfecto como un melocotón. Su marido, Tomás, era su opuesto exacto: una bola de hombre, divertido y sin ningún filtro.
Mientras Lorena me medía la cintura, su torpeza era tan evidente como mi erección creciente. Quería preguntarme algo y no sabía cómo. Fue Tomás, con su encanto bruto, quien lo soltó desde el sofá:
—¿Hacia qué lado te cuelga la cosa?
Ante mi cara de desconcierto, lo aclaró sin pudor. Lorena se puso roja como un tomate.
—¡Tomás! Te tengo dicho que en esta casa, y delante de mí, ni una palabra malsonante.
El caso es que, entre mediciones y roces, su mano se topó «sin querer» con mi bulto varias veces. La vi enrojecer, sintió cómo me endurecía a su contacto y no supo qué hacer. Acordamos que me avisaría cuando tuviera lista la prueba, pero yo ya había tomado una decisión: cero líos con vecinas. Quería mi piso como un refugio, no un campo de batalla con maridos de por medio.
El destino, sin embargo, tiene un humor perverso.
***
En el trabajo me subieron a la planta de dirección para un proyecto urgente. La directora regional, Beatriz, nos reunió a todos. Era una mujer que entraba en una sala como si fuera la dueña del lugar: un metro setenta de autoridad, una melena pelirroja que parecía arder y un cuerpo escultural para sus cuarenta y siete años. Delgada, de pecho desafiante y trasero firme bajo trajes impecables. Siempre vestida para matar, con tacones que la hacían aún más imponente.
Ese día el circo se montó en la oficina. De pronto todos cantando el cumpleaños feliz, porque cumplía nada menos que medio siglo. Entró su marido, un señor de unos sesenta con un ramo de rosas y la presencia de un mueble. Los de dirección le regalaron un collar con un colgante que le caía justo en el inicio del escote: una libélula, o quizá una mariposa. Beatriz llevaba un traje violeta, sin nada bajo la chaqueta, que se cerraba para exhibir un escote generoso. Me pilló con la boca abierta contemplándola, y se acercó a darme dos besos que sentí como una caricia directa.
Más tarde, cuando todos se marchaban, su secretaria me dijo que Beatriz quería verme. Entré en su despacho. La atmósfera había cambiado. Estaba seria.
—Mateo, no es correcto, ni como subordinado ni como hombre, mirar tan descaradamente el pecho de una mujer. Y no me lo puedes negar.
—Pues se lo tengo que negar —respondí con calma—. Si miraba esa zona era por curiosidad. Quería saber si el colgante era una libélula o una mariposa.
Su expresión se transformó. La seriedad dejó paso a algo distinto, algo casi animal. Apoyó el trasero en el borde del escritorio y, en un movimiento que me cortó la respiración, se abrió la chaqueta. Llevaba un sujetador violeta a juego.
—Ahora puedes salir de dudas —dijo con voz ronca.
Me acerqué, pensando en mil cosas que podía hacerle a esa mujer. Pero cuando estuve a punto de tocarla, me detuvo con una mano.
—Espera, que igual no lo ves bien.
Y entonces soltó el cierre delantero del sujetador. Sus pechos quedaron libres, pesados, con los pezones pequeños, rosados y duros como piedras. Su gesto ya no era de directora ni de mujer respetable. Era el de alguien cansada de fingir.
El silencio en el despacho era absoluto, roto solo por el sonido de mi propia respiración. El aire se espesó. La fachada de jefa se había hecho añicos.
—Ya lo ves —susurró—. Pero lo que de verdad quiero saber es si es cierto todo lo que se cuenta de ti.
Me miró de arriba abajo, deteniéndose con descaro en mi entrepierna.
—En los pasillos se susurran cosas, Mateo. Dicen que eres un animal. Llevo meses viéndote entrar y salir de esta oficina con ese aire de que te sobra todo, y me he tocado en este mismo escritorio más veces de las que admitiría. ¿Vas a ser tan bueno como dicen, o vas a ser otra decepción?
Bajó del escritorio y se acercó, desafiante. Sus pezones rozaron mi camisa.
—Te lo digo sin rodeos de directora. Estoy caliente desde que entraste hoy. Quiero que me folles aquí mismo. Que me dejes sin voz, sin aliento, sin poder andar mañana.
Su mano bajó por mi pecho hasta detenerse sobre la dureza que se adivinaba en mi pantalón. La apretó, midiéndola.
—Joder, sí. Aquí hay algo que merece la pena. No me hagas esperar.
Ya no era una orden, era un ruego. La palabra fue el detonante. La agarré del cuello, no para asfixiarla, sino con la autoridad bruta de quien marca a su presa. Su respiración se cortó y sus ojos se abrieron de par en par, llenos de un miedo que mutó al instante en deseo.
—¿La quieres de verdad? —le siseé a la cara.
Asintió, incapaz de hablar. La giré de un empujón y la aplasté contra el cristal frío del ventanal de su despacho, las palmas abiertas sobre la superficie. Abajo se extendía su reino, sus oficinas, ahora el telón de fondo de su rendición.
Con una mano le desabroché los pantalones y se los bajé. No llevaba ropa interior. Estaba húmeda, brillando bajo la luz de la oficina. Me liberé, dura como un hierro, y la guié por su hendidura, frotando el clítoris hinchado, torturándola con la espera.
—Métemela ya, no me tortures —gimió, golpeando el cristal.
Me hundí en ella de un solo empujón, hasta el fondo. Su cuerpo se tensó en arco, un alarido de placer hizo vibrar el ventanal. No hubo ritmo medido, no hubo ternura. Cada embestida era un golpe seco y profundo que la levantaba de puntillas. La sujetaba por las caderas, los dedos clavados en su carne.
—¿Así soñabas que te follaría? —gruñí.
—Sí, más fuerte. Más.
Se giró para mirarme por encima del hombro, la cara contorsionada, el maquillaje corrido por el sudor.
—Córrete dentro de mí. Quiero sentirlo.
La aparté del cristal y la arrojé sobre el escritorio. Papeles, bolígrafos y el dichoso collar de la libélula volaron por los aires. La tumbé boca arriba, la agarré por los tobillos y la abrí de piernas. La penetré de nuevo, mirándola a los ojos.
—Mírame mientras te lleno. Soy el que te folla.
—Sí. Joder, no pares.
Su cuerpo empezó a convulsionarse en un orgasmo brutal que la sacudía como a una muñeca. Sentí sus paredes contraerse, exprimirme, y fue demasiado. Con un último rugido me vacié dentro de ella. Nos quedamos así, jadeando, sobre los restos de su tarde profesional. Cuando por fin habló, su voz era un hilo rendido.
—Joder, Mateo. No me han mentido.
La besé. No fue un beso de amor, sino de conquista. Mientras nos recomponíamos me dijo que tenía prisa, que su marido la esperaba en el coche.
—Se te nota un poco sofocada —comenté con sorna—. ¿No te preocupa que se dé cuenta?
—Mi jovencísimo Mateo —rió—, mi marido es mi confidente, mi aliado.
No supe interpretar del todo aquellas palabras. Fue un encuentro corto, un polvo fugaz pero intenso, y me pregunté si sería un desahogo aislado o algo más. Sobre el comentario de los pasillos, solo podía haber salido de Nuria. A Carmen no la miraba con buenos ojos, se le notaba.
***
Ese mismo día, al llegar a casa, me encontré a Lorena y a su marido en el portal. No perdió el tiempo. Su voz fue un susurro cálido.
—Si te viene bien, pásate por mi taller. Una clienta me ha fallado y el hueco es tuyo.
Asentí, pero mi mente ya estaba en la ducha. Mi piel olía a sexo, a sudor y a otra mujer, y no quería llevar ese rastro a su casa. Mientras me enjabonaba me repetía lo mismo de siempre: nada con vecinas, mi edificio tenía que ser terreno neutral.
Una hora después estaba en su puerta. Abrió él, Tomás, enfundado en el mismo chándal de la calle, una prenda que parecía una burla para alguien a quien el deporte le provocaba urticaria. Ella, en cambio, se había transformado. Un vestido holgado de cuello cerrado la hacía parecer aún más diminuta y frágil. Pero su pecho robaba la mirada: en un cuerpo tan menudo, aquellas curvas eran una declaración de intenciones imposible de ignorar.
Mientras me ofrecían un café, sonó el timbre. Era un amigo de Tomás. Por la forma en que se le tensó la mandíbula a Lorena, supe que su presencia era una afrenta.
—Pues ya sabes, querida, marchaos a vuestros dominios —le soltó él con falsa sonrisa.
—Vamos a mi estudio —ordenó ella, y el portazo que dio resonó en toda la casa.
No vi al amigo, pero lo oí: la tele a todo volumen, voces broncas y desagradables.
—No lo aguanto, es un viejo verde —se quejó—. Anda, vamos a lo nuestro.
Me entregó los pantalones a medio terminar y se dio la vuelta para que me los probara, advirtiéndome que tuviera cuidado con los hilvanes. Me los puse como quien cumple un ritual. La tela me abrazaba, ajustada, delineando cada músculo. Lorena empezó a marcar las costuras con su tiza de tres colores, un baile de dedos elegantes sobre mi cuerpo. Y entonces los vi: a través de su vestido, sus pezones se erizaban como dos puntas que delataban un frío que no hacía.
Fue como si alguien accionara un interruptor dentro de mí. La imaginé entre mis brazos, su pequeño cuerpo apretándose contra el mío. Y ocurrió: un descuido, un hilván demasiado débil, y mi ropa interior quedó al descubierto. Ella, agachada, reaccionó por instinto para cubrirme, pero para eso su mano tuvo que deslizarse por dentro del pantalón. Sentí su piel pequeña y suave rozándome la dureza.
Se quedó paralizada, su mano atrapada entre la tela y mi piel. El mundo exterior se desvaneció. Sin mediar palabra, posé la mano sobre su cabeza con suavidad, una invitación silenciosa, atrayéndola apenas. Su mejilla rozó la tela. La estatua de cera se derritió.
—Joder, qué verga tienes —susurró con una voz que no le pertenecía—. Me la quiero meter entera.
El cambio fue tan brutal que me recorrió como una descarga. Vio cómo me endurecía aún más contra el tejido, y sonrió como una depredadora que acaba de encontrar a su presa.
—¿Te gusta que esta hembra te hable sucio? —su tono subió de octava—. Porque te voy a mamar hasta que te corras en mi boca.
No era la Lorena modesta y malhumorada de la puerta. Se irguió, fue hasta la puerta y echó el cerrojo. Cada palabra suya era un latigazo.
—Voy a ser tu puta esta tarde. Tu puta sumisa. Pero después vas a ser tú quien me deje saciada a mí.
Con una agilidad felina terminó de arrancar los pantalones de prueba. El aire frío besó mi piel cuando me liberó, y se arrodilló. Su boca descendió con una voracidad que me robó el aliento. No fue un beso, fue una posesión. Su lengua trazaba círculos lentos, saboreándome como si fuera el primer manjar en años. Un gemido escapó de mi garganta. Enredé la mano en su pelo, no para guiarla, sino para anclarme a la realidad.
Se retiró un instante, un hilo de saliva entre sus labios y mi punta.
—He soñado con esto. Con tenerte aquí, duro, para mí sola.
Y volvió a la carga, esta vez sin delicadeza. Me la tragó entera, hasta que su nariz se hundió contra mí. Resultaba alucinante que esa boca tan pequeña pudiera. Su mano libre se apoderó de mis testículos, masajeándolos en esa frontera fina entre el placer y el dolor. Cuando me sentí cerca, se detuvo de golpe.
—Todavía no. No te vas a correr aquí. Eso es para otro sitio.
Se puso de pie, cruzó las manos en el borde del vestido y se lo quitó de un solo movimiento. Quedó desnuda frente a mí. Su piel morena parecía brillar en la penumbra del taller. Sus pechos, perfectos en aquel cuerpo menudo, y un vientre plano que descendía hasta unos labios ya hinchados de excitación.
—Tu turno —susurró, tendiéndome la mano—. Demuéstrame de lo que eres capaz.
Esperaba que la tumbara en la mesa de trabajo, pero yo tenía otros planes. La cogí por la cintura, ligera como un saco de plumas, y la coloqué de espaldas a mí, su columna pegada a mi pecho. Luego la incliné, separé sus muslos y hundí la boca en su sexo. El primer contacto fue eléctrico. Mi lengua encontró sus labios húmedos y su sabor inundó mis sentidos. Ella se estremeció como recorrida por una corriente.
—Nadie me lo había hecho así, de pie —gimió, la voz quebrada—. Joder, sí.
Su reacción fue el combustible que necesitaba. Encontré su clítoris, un botón duro que empapé de saliva antes de batirlo con movimientos rápidos y precisos. Su cuerpo se contorsionaba contra mí, las piernas temblando, hasta que el orgasmo la golpeó como una ola. La sostuve firme mientras se deshacía, completamente rendida.
—Nunca me había corrido así —susurró cuando recuperó el aliento—. Pídeme lo que quieras. Lo que sea.
No respondí con palabras. La guié hacia la mesa de costura y la incliné sobre ella, ofreciéndome su espalda arqueada y aquel trasero diminuto y perfecto. Exploré con los dedos su humedad, introduciendo dos lentamente, y luego usé esa lubricación para preparar con cuidado el otro camino, masajeando el anillo que se tensaba y relajaba.
Ella no se hizo la tonta; sabía lo que venía y lo ansiaba.
—Por ahí solo ha entrado el tonto que está afuera —dijo con la voz cargada—. Pero hoy tú mereces hacer lo que quieras conmigo.
Comencé a penetrarla sin prisa pero sin detenerme, centímetro a centímetro en aquel calor ajustado. Su cuerpo se abría para mí y se cerraba a mi paso. Cada embestida era más profunda, y la imagen de cómo ese cuerpo menudo me recibía entero era el mejor afrodisíaco.
—Así, joder, qué bien me lo haces —se soltaba por completo, una letanía de obscenidades que nos alimentaba a los dos.
Le susurré al oído, marcando el ritmo de nuestra transgresión con cada palabra.
—Mira qué eres. Aquí, con tu marido en el salón, con su amigo, sin importarte nada.
La crudeza la empujaba al borde. Busqué su clítoris con una mano y lo froté con la misma ferocidad. Su cuerpo reaccionó con una convulsión que la obligó a ponerse de puntillas.
—¿Te gusta que te toque mientras te poseo? —le di una palmada en la nalga que dejó una marca roja.
—Sí. Me encanta. Úsame —gritó, sin importarle si la oían desde el salón.
La agarré del pelo, obligándola a levantar la cabeza.
—¿Qué diría tu marido si te viera ahora?
—Que se joda él y su amigo. Solo quiero que te corras dentro. Dámela toda.
Su orgasmo la golpeó como una ola, un grito gutural que se perdió en la habitación. Sentí cómo se contraía violentamente alrededor de mí, intentando exprimirme, y alcancé el punto de no retorno. Exploté dentro de ella en una descarga larga y profunda. Me quedé unos segundos, sintiendo mi pulso latir en su interior.
Me retiré despacio. Ella se desplomó sobre la mesa, temblando, sin fuerzas. El aire olía a sexo y a vicio. La había destrozado, tal como había pedido, y por su cara de satisfacción supe que no sería la última vez.
***
La calma duró apenas un instante. Lorena se enderezó con lentitud deliberada, las piernas todavía temblorosas pero los ojos brillantes de victoria. Sacó del bolso unas toallitas, se arrodilló frente a mí y, con una delicadeza que contrastaba con la violencia anterior, me limpió.
—Adoro esto —murmuraba casi para sí misma—. Me has dejado hecha polvo, en el buen sentido.
Alzó la vista y dibujó una sonrisa maliciosa.
—¿Sabes lo que daría por ver la cara de las vecinas de la urbanización si supieran lo que acabas de hacerme? Pensar en todas ellas encerradas con sus maridos aburridos mientras yo siento esto… me pone tanto que no me arrepiento ni un segundo.
Guardó las toallitas y se arregló la ropa lo mejor que pudo, aunque el pelo revuelto y el rubor delataban la intensidad de lo ocurrido. Abrió la ventana para ventilar, salimos, y la duda sobre si esto era el final o el principio se disipó en cuanto llegamos al salón.
Allí estaba Tomás, en el sofá con su amigo, absorto en un partido de fútbol. Nos miró con una sonrisa bonachona, ajeno a todo.
—¿Ya estáis? —preguntó con la naturalidad del mundo, sin la más remota idea de lo que acababa de pasar bajo su techo.
—Sí, cariño, ya está —dijo ella, acercándose a darle un beso en la mejilla—. Pero tiene que irse ya. Y tiene que volver muy pronto, ¿eh?
Lo dijo mirándome por encima del hombro de su marido. No pude evitar una sonrisa.
—Totalmente de acuerdo. Hay que seguir trabajando en ese proyecto. Hay que insistir hasta que quede perfecto y se adapte.
Sus ojos se encendieron con una llama nueva. Contuvo la risa.
—Es verdad, tiene razón. Es un trabajo muy… intenso. Hay que insistir mucho.
Tomás, en su infinita ingenuidad, asentía como un perro faldero.
—Claro que sí, chicos. El trabajo es lo primero. Lo que sea por un buen trabajo.
Ella me acompañó a la puerta. Mientras la abría, se giró y, en un susurro de doble sentido que su marido jamás podría descifrar, me dijo:
—Ya estás tardando en volver. Te espero para ajustar esos detalles. No te demores, que si me enfrío luego me cuesta arrancar.
No había sido algo buscado, pero no me arrepentí. Mientras bajaba las escaleras me prometí a mí mismo que ninguna vecina más. Ninguna. Lorena y su formidable trasero serían la única excepción.