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Relatos Ardientes

Mi novio me empujó a desear a mi entrenador del gym

Me llamo Romina, aunque casi todos me dicen Romi. Tengo veintitantos, soy morena, de pelo enrulado, caderas anchas y unas piernas que me costó años aprender a querer. Hace poco había vuelto al gimnasio después de meses sin entrenar, y la rutina me había devuelto algo que ni sabía que extrañaba.

Todo empezó un domingo de lluvia. Bruno y yo seguíamos en la cama, despiertos pero sin ganas de movernos, escuchando el agua golpear la ventana. Habíamos hecho el amor al despertar y ahora solo charlábamos, con esa pereza tibia de las mañanas sin planes.

—¿Y en el gimnasio? —preguntó de pronto, jugando con un mechón de mi pelo—. ¿Alguno te mira de más? ¿Se te acercan?

No lo dijo con celos. Lo dijo con curiosidad, casi divertido, como quien quiere conocer un detalle nuevo de la persona que duerme a su lado. Así que fui sincera.

—Y… a veces. Hay chicos que se acercan a pedirme el número o a invitarme a salir. Pero siempre les digo lo mismo: que tengo novio.

Se quedó pensando un momento. Después giró la cabeza sobre la almohada y me miró fijo.

—¿Nunca te arrepentiste de decir que no?

Me reí, un poco asombrada por la pregunta.

—No.

—No te creo. Sé sincera. ¿No hay nadie ahí a quien desearías?

Sentí que el calor me subía por el cuello antes de contestar. Había algo, sí, y nunca se lo había dicho a nadie.

—Quizás… el entrenador. Tomás. Me parece lindo, buena onda. Nada más.

No era «nada más» y los dos lo sabíamos.

A Bruno le brillaron los ojos. Se acomodó de costado, apoyado en un codo, y siguió tirando del hilo.

—¿Y te calienta cuando te corrige algún ejercicio? ¿Te toca?

—No mucho. A veces me agarra suave de la cintura, desde atrás, para acomodarme la postura. —Bajé la voz—. Y sí, alguna vez me puse un poco caliente.

Fue ahí cuando lo noté: Bruno se estaba acariciando por encima del boxer, despacio, mirándome como si le estuviera contando el secreto más excitante del mundo. Entendí todo de golpe. A mi novio le encendía imaginarme con otro.

Decidí seguirle el juego. Le conté que, cuando el gimnasio estaba por cerrar, Tomás se quedaba haciendo pesas y yo me demoraba a propósito guardando mis cosas, mirándolo de reojo, con la excusa de acomodar la mochila.

Para entonces Bruno ya se masturbaba sin disimulo, frente a mí. Me metió la mano por debajo de la ropa interior y se rió bajito al darse cuenta de lo mojada que estaba.

—¿Nunca pensaste en cogértelo ahí mismo? —me susurró al oído, acariciándome el clítoris con la yema de los dedos.

—Sí —admití, y la palabra me salió temblando—. Pensé en subirme arriba de él mientras entrena, lamerle los músculos transpirados, bajarle el pantalón, chupársela despacio… y después cabalgarlo hasta que se venga.

Lo dije mientras un orgasmo me partía en dos. Bruno acabó pocos segundos después, salpicándose la mano, agitado. Después de eso no preguntó nada más. Nos duchamos, desayunamos tarde y el domingo siguió como cualquier otro. Pero algo había quedado encendido entre los dos.

***

Al día siguiente me tocaba entrenar y, por primera vez, fui incómoda. Sentía que la escena que le había inventado a Bruno realmente había pasado, como si Tomás pudiera leérmela en la cara. Casi no podía mirarlo a los ojos.

Él, por supuesto, no se enteró de nada. Me llevó por la rutina con total normalidad, profesional como siempre. Pero cada vez que me apoyaba la mano en la cintura para corregirme, un sudor frío me bajaba por la espalda y se me cerraba la garganta.

Con los días, la sensación se fue diluyendo y volví a sentirme cómoda. Hasta que Bruno reapareció con el tema, y esta vez más insistente.

—¿Te sigue gustando que te agarre de la cintura? —me preguntaba de noche—. ¿O preferirías que te agarre de otro lado?

Sabía exactamente lo que hacía. Había sembrado un morbo en mí y no quería que se apagara. Yo no me iba a quedar atrás.

—¿Querés saber cómo se la chuparía si tuviera la oportunidad? —le contesté.

No le di tiempo a responder. Me tiré sobre él y se la metí en la boca todavía blanda, hasta sentir cómo crecía contra mi lengua. Se la chupaba con desesperación, sacándomela de vez en cuando solo para preguntarle si le gustaba imaginar que era el entrenador. Bruno gemía con los ojos en blanco. No tardó nada en llenarme la boca, y tragué todo sin pensarlo.

Quedé caliente, inquieta, con la fantasía pegada al cuerpo. Esa misma tarde decidí ir al gimnasio en el último horario, cuando casi no queda nadie. Me llevé la menor cantidad de ropa posible: una tanga mínima que se me perdía entre las nalgas y un short tan ajustado que se incrustaba en el mismo lugar.

***

Entrené piernas, glúteos y cintura, y esta vez decidí pedirle ayuda a Tomás para todo. Quería que estuviera pendiente de mí, que no pudiera mirar a ningún otro lado.

Cada ejercicio que hacía, le pedía que me corrigiera, y él lo hacía con amabilidad. Cuando me tocaba el turno de glúteos, le pedí que me tocara para «sentir si estaban trabajando bien los músculos». Lo dije con cara de inocente. Él, descolocado, apenas me rozó, con una timidez que me dio ternura y ganas al mismo tiempo.

Insistí varias veces. Y a medida que lo hacía, sus manos se fueron animando, abarcando más, apretando con más firmeza. Hasta que sentí, contra el dorso de su muñeca, que se le marcaba una erección. Tomás se puso colorado, intentó disimular y se metió un rato al baño.

Cuando volvió al salón se fue a ayudar a otro chico, pero lo cachaba mirándome de reojo desde el otro extremo. La tensión entre los dos era tan densa que casi se podía tocar.

Cuando ya quedaba poquísima gente, se acercó de nuevo a preguntarme cómo iba con la rutina. Yo empecé a hacer el ejercicio mal a propósito, y él, desde atrás, me agarró de la cintura para corregirme. Aproveché para apoyar la cola contra él y moverme apenas, despacio, fingiendo que era parte del movimiento.

Tomás miró hacia los costados, nervioso, comprobando que nadie nos viera. En vez de soltarme, me agarró más fuerte de la cadera y me llevó hacia él. Lo sentí duro contra mis nalgas, frotándose suave, conteniéndose. Después se obligó a parar. Su mano izquierda bajó, me dio un último apretón en la nalga, y se apartó.

No volvió a acercarse. Cuando ya no quedaba nadie, como era su costumbre, se puso a entrenar solo. Yo me quedé mirándolo sin disimulo, y él me esquivaba la mirada, todavía dudando.

Decidí ducharme ahí por primera vez. Saqué mis cosas, dejé la mochila en un banco del salón y, a propósito, me olvidé el jabón. Necesitaba una excusa para volver.

***

Me metí a las duchas, me saqué todo menos la tanga y volví al salón envuelta en una toalla. Me aseguré de que no hubiera nadie y caminé hasta mi mochila. Tomás ya estaba guardando sus cosas. Agarré el jabón, lo levanté frente a él y le sonreí, como mostrándole lo que me había olvidado.

Él me sonrió de vuelta. Entonces dejé caer la toalla, dije «ups» con toda la intención del mundo, y no la levanté. Me quedé ahí, casi desnuda, mirándolo. Tomás se puso colorado, miró hacia la puerta por donde podía aparecer el dueño, que todavía andaba dando vueltas.

Empecé a caminar hacia las duchas y me di vuelta a mitad de camino.

—Ahora sí me voy a bañar —le dije.

—¿Querés ayuda también con eso? —preguntó, sonriendo, vencido.

—Puede ser.

Entré al vestidor. Tomás vino detrás, me dio vuelta y me comió la boca de un beso largo, contenido durante semanas. Lo senté en el banco, me subí encima y empecé a frotarme contra su entrepierna mientras le besaba el cuello. Le saqué la musculosa y le lamí los pectorales, justo como se lo había contado a Bruno. Él me apretaba las nalgas y me chupaba los pechos con una urgencia que me volvió loca.

Me arrodillé. Le bajé el pantalón y me la metí entera en la boca, chupándosela tal como le había prometido a mi novio que lo haría. Tomás me levantó, me sacó la tanga y me recostó en el banco para devolverme el favor con la lengua.

—¿No te molesta que esté toda transpirada? —le pregunté.

—Estás riquísima así —murmuró sin levantar la cabeza.

En pocos segundos tuve un orgasmo que me arqueó entera, y le supliqué que me la metiera de una vez. Pero él tenía otra idea. Me alzó en brazos, sin penetrarme todavía, y me llevó así hasta la ducha, besándome todo el camino.

Me apoyó contra los azulejos y abrió el agua. Yo seguía encima de él. Con una mano logré guiarlo hasta la entrada de mi sexo; como la tenía bastante larga, le bastó un pequeño empuje para entrar. En ese momento sentí que la fantasía había quedado superada por completo.

No solo me estaba cogiendo con mi entrenador: me lo estaba haciendo en la ducha del gimnasio, mojados los dos, el agua corriéndonos por la cara. La fuerza de sus brazos sosteniéndome, mi clítoris rozando su pubis y él entero adentro mío me provocaron el orgasmo más intenso de mi vida. El gemido que se me escapó seguro se escuchó hasta el salón.

Tomás bajó el ritmo mientras yo temblaba abrazada a él. Me apoyó despacio en el piso, me di vuelta para enjabonarme, y él me acariciaba los pechos y me besaba el cuello bajo el agua. Me enjuagué rápido, salí de la ducha y lo agarré de la verga para que me siguiera, sin decir una palabra.

Me arrodillé sobre el banco, en cuatro, y él se agachó detrás de mí, recorriéndome con la lengua de abajo hacia arriba, saboreándome sin apuro. Cuando ya no aguanté más, le pedí que volviera a entrar. Lo sentí más duro que antes, más hinchado; se ve que esa posición le gustaba todavía más.

—Metémela toda —le pedí.

Obedeció hasta que sentí su cuerpo pegado al mío. Empecé a moverme despacio, sacándomela hasta la mitad y volviéndomela a clavar lo más profundo que podía. Al principio él acompañaba, pero a medida que aceleraba fue tomando el control, agarrándome fuerte de la cintura, llevándome hacia él una y otra vez.

Empecé a gemir más fuerte y eso lo encendía. De repente empezó a darme nalgadas, y a mí me volvía loca. Sin bajar la intensidad, me agarró del pelo y me avisó, con la voz entrecortada, que estaba por acabar.

—Adentro —le pedí entre gemidos—. Lo más profundo que puedas.

Los últimos empujes los hizo bien hondo. Sentí los espasmos de su pene descargando dentro de mí mientras me abrazaba desde atrás, agitado, con la respiración rota contra mi nuca.

***

Nos vestimos rápido. Antes de salir del vestuario nos dimos un beso corto, de lengua. Tomás, de pronto preocupado, me preguntó si había riesgo de embarazo. Lo tranquilicé: me cuidaba con anticonceptivos.

Cuando salimos, el dueño del gimnasio estaba esperando para cerrar. Me morí de vergüenza, segura de que había escuchado todo, pero no hizo ningún comentario. Solo levantó la vista.

—¿Te llevo, Sofi? —preguntó.

—Dale, gracias.

(Sí: mi verdadero nombre es Sofía. Romina es como me presento cuando no quiero que un desconocido me ubique después.)

En el auto charlamos de cualquier cosa menos del gimnasio. La conversación fue corta, porque no vivo lejos. Cuando llegamos a la puerta de mi casa, esbozó una sonrisa pícara y yo le pregunté qué pasaba.

—Nada —dijo—. Espero que la hayas pasado bien hoy.

En ese momento me sentí la más descarada del lugar. Me puse colorada y bajé del auto sin contestar.

Adentro me esperaba Bruno. Apenas me vio, preguntó por qué llegaba tan tarde del gimnasio. Yo solo le sonreí y lo llevé de la mano hasta la habitación. Me acosté boca arriba, me saqué el short y la tanga y abrí las piernas. Bruno abrió los ojos enormes al verme todavía dilatada.

—¿Te lo cogiste al final? —preguntó, con la voz tomada.

—Sí —le respondí—. Metéme un dedo, bien adentro.

Cuando lo sacó, lo tenía manchado. Le agarré la mano y le chupé el dedo despacio, sin sacarle los ojos de encima. Bruno se desorbitó. Se bajó el pantalón y empezó a masturbarse, suplicándome que se lo contara todo, desde el principio, sin saltearme un solo detalle.

Y eso hice. Esa noche entendí que algunos juegos, una vez que empiezan, ya no tienen vuelta atrás. Y que ninguno de los dos quería que la tuvieran.

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Comentarios (4)

RosaDelCampo

que buenoooo!!! me encantó de principio a fin

MateoR_91

Por favor que haya una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber cómo termina todo esto

NocheFelina

Se siente muy real, esas situaciones pasan mas de lo que uno imagina jajaja. Muy buen relato!

ClaraM_Bsas

Me recordo a algo parecido que me paso a mi hace unos años jajaja. Lo leí de un tirón, excelente!

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