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Relatos Ardientes

La clienta que aprobó mucho más que mi campaña

La madrugada se me venía encima, pesada como una manta mojada. Tenía la campaña visual ahí, en la pantalla, lista y brillante, pero le faltaba el visto bueno final. Y la única que podía dármelo era Renata, la clienta, la gerente de cuentas con mano de hierro. Casada, por supuesto. Y, como siempre, desaparecida a esas horas.

El hartazgo de tanto esperar me empujó a la locura. En el último correo le dejé mi número personal. «Para ir más rápido», escribí. Y al darle a enviar sentí cómo algo se soltaba dentro de mí, como un seguro que saltaba.

Mi estudio en casa parecía una cueva a esas horas. Solo lo iluminaban la pantalla del portátil y la lamparilla del escritorio, que estiraba las sombras hasta el techo. El silencio era tan espeso que oía la sangre latirme en los oídos.

Y entonces el móvil vibró. No un aviso suave: un zumbido grave, como el ronroneo de una fiera contra la madera. Un mensaje. Un número desconocido. El corazón me dio un golpe seco contra el pecho.

Tomás. Soy Renata. Perdona la hora. ¿Estás para lo último?

Toqué el botón y ahí estaba: «Renata», recién guardada en mis contactos. Un mensaje seco, profesional. Pero el solo hecho de que estuviera ahí, dentro de mi teléfono y a esas horas, ya era cruzar una raya. Respiré hondo. El aire olía a café frío y a algo pendiente.

Le respondí que el archivo iba en camino y que para ella estaba disponible siempre. La conversación empezó normal: detalles técnicos, ajustes de última hora, lo de siempre. Pero cada «vale» suyo tardaba un poco más en llegar. Y cada «perfecto» que yo le mandaba me salía con más peso dentro.

La tipografía del eslogan. ¿Estás seguro seguro de que es la buena?

La pregunta era de trabajo. Pero ese «seguro seguro» me sonó a otra cosa. Sin querer miré mi mano izquierda sobre el teclado. El anillo de boda, una banda de oro mate bajo la luz baja. Algo se me apretó en el pecho, y más abajo, en la bragueta, la polla ya empezaba a moverse sola, engordando contra la tela del pantalón sin que yo hubiera hecho nada.

Tan seguro como tú, imagino, le contesté.

Pasó un rato largo, desvelado. Y el móvil vibró otra vez. No era texto. Era un audio.

Le di a reproducir y su voz me cortó la respiración. No era la de las reuniones, clara y fría. Esta era baja, ronca de noche, como terciopelo arrastrándose por la piedra. «Tu garantía es lo único que me importa ahora mismo, Tomás.» Las palabras podían ser de trabajo. El tono, jamás.

Una ola de calor me subió desde el estómago hasta la cara. Me apoyé en el escritorio con los nudillos blancos y grabé mi respuesta. Mi propia voz me sonó extraña, ronca, como si no fuera mía. «Entonces confía. Cierra los ojos y aprueba el archivo. Déjate llevar por lo que ves.»

La respuesta fue inmediata. Lo he abierto. Las imágenes son intensas. Esa paleta de rojos me atraviesa la pantalla.

Mi respiración se hizo más profunda. Esto ya no era una revisión. Era un baile. Y bajo el pantalón la polla me latía dura, tirando del elástico del calzoncillo, empapando la punta contra la tela.

El rojo es el color del alto. Y también el del permiso. Depende de quién lo mire, escribí.

¿Y qué crees que veo yo, Tomás? ¿Una señal de parar o de pasar?

El aire de la habitación se volvió escaso. La corbata me ahogaba y me la quité de un tirón, dejándola caer al suelo. Escribí con los dedos temblorosos, pero con una intención firme.

Creo que estás viendo exactamente lo que quieres ver. Y que lo quieres tocar.

Minutos de silencio. Cada segundo era una gota de cera caliente en la nuca. Llegó otro audio. Al principio solo su respiración, lenta, controlada. Luego su voz, más cerca del micrófono, húmeda: «Hablas como si pudieras verme. Como si supieras dónde tengo la mano ahora mismo.»

Un escalofrío brutal me recorrió la espalda. Me senté contra el respaldo de cuero y la polla me golpeó contra la costura interior del pantalón como un animal encerrado. La presión bajo la tela era ya dolorosamente evidente. Me bajé la cremallera con dos dedos, solo para aflojar, y la verga saltó hacia arriba, dura y caliente, marcando el algodón del calzoncillo con una mancha oscura de líquido preseminal.

No lo sé. Pero puedo imaginarlo. Y la imaginación, a estas horas, es más peligrosa que cualquier roce.

Su siguiente mensaje fue una foto. No de ella: de su pantalla. Nuestra campaña abierta, con esos cuerpos dibujados solo por sombras y luces. Sobre la imagen, el cursor parpadeaba justo en el centro, en la curva de una espalda.

La composición es perfecta. Cada línea lleva al punto focal. Es insoportablemente buena.

Era una confesión en clave. Me levanté y cerré con llave la puerta del estudio. Mi casa dormida, mi vida entera, quedó sellada del otro lado. Ahora solo existía este espacio cargado y la mujer al otro lado de la pantalla.

Quítate la bata, Renata. Lo escribí sin titubear, una orden clara que cruzaba el último límite.

Demasiado atrevido, respondió.

No. Necesario. Para la campaña. Quiero saber cómo la luz de tu pantalla ilumina tu piel. Para asegurarme del contraste.

Otra pausa eterna. Luego, una foto nueva. Solo un fragmento: el hueco de su clavícula, bañado por el brillo azulado del monitor, y la curva de una teta desnuda asomando por debajo, la areola oscura recortada contra su piel pálida, el pezón duro, tirante, apuntando hacia arriba. La tela de la camiseta caía a un lado. No se veía todo. Se veía lo suficiente para volverme loco.

¿El contraste es adecuado?

Me latían las sienes. Me desabroché otro botón de la camisa. El sudor frío se mezclaba con el calor de dentro. Me saqué la polla del calzoncillo y la dejé al aire, dura, palpitando contra mi vientre, la punta brillante mojada de mi propio jugo. Envolví el tronco con la mano y apreté suave, solo para calmar el latido. Un jadeo se me escapó de los dientes.

Es devastador. Ahora la yema del dedo. Deslízala por esa luz, despacio, chupátela primero para que quede bien mojada, y después bajala hasta el pezón. Dime qué sientes. En ese punto ya había perdido la cordura; eran mis instintos los que escribían.

El audio llegó rápido. Un gemido ahogado, breve y perfecto, que se me coló directo en la cabeza y se instaló más abajo del vientre, en la base de los cojones. Luego su voz, quebrada: «Calor. Y una electricidad absurda. Como si la pantalla quemara. Se me ha puesto durísimo el pezón, Tomás. Lo tengo entre dos dedos, tirando, y me arde el coño.»

La palabra en su boca —coño, dicho así, sin filtro, en su voz de gerente— me hizo apretar la verga con tanta fuerza que me dolió. Empecé a moverme, la mano subiendo y bajando por el tronco con una lentitud que apenas contenía. No aguantaba más. La tensión era un cable de acero a punto de reventar.

No es la pantalla. Es la idea. La idea de mi mirada siguiendo ese dedo. De mi lengua en ese mismo pezón, chupándolo, mordiéndolo hasta que se te salga el gemido que ahora te estás tragando.

Tomás… esto es…

Lo sé. Sigue. Meté la mano entre los muslos. Decime cómo tenés el coño.

El siguiente audio tardó. Cuando llegó, oí primero el roce de la tela, luego un jadeo largo, y después su voz, más grave, más rota: «Empapada. Estoy empapada, hijo de puta. Me acabo de meter dos dedos y salen brillando. Me estoy imaginando que son tus dedos, y quiero más.»

La polla me dio un latigazo en la mano. Grabé mi respuesta con la voz descompuesta, la respiración pesada, la mano todavía cerrada alrededor de la verga. «Yo tengo la polla fuera, Renata. Dura como una piedra. Me estoy pajeando pensando en tu boca. En tu coño. En cómo te chorrea entre los dedos ahora mismo. Contame más. Todo. No te guardes nada.»

Lo que vino después fue un torbellino de audios y mensajes. Frases cortadas, jadeos capturados por el micrófono, descripciones urgentes. Ella me contaba cómo se pellizcaba los pezones con una mano mientras con la otra se abría el coño, cómo giraba los dedos dentro buscando el punto exacto, cómo la palma le golpeaba el clítoris a cada empuje. Yo le describía cómo escupía en la palma para deslizarme mejor, cómo apretaba el glande con el pulgar, cómo se me hinchaban los cojones pesados entre las piernas, cómo el líquido preseminal me chorreaba por los nudillos.

«Estoy chupándome los dedos ahora», me llegó su voz. «Los que tenía metidos dentro. Me estoy comiendo mi propio jugo, Tomás. Me sabe a mí. ¿A ti te gustaría probarlo?»

«Te lamería entera», grabé, la mano acelerando el ritmo sobre la verga. «Empezaría por dentro de los muslos y no pararía hasta tenerte agarrada de las nalgas con la lengua enterrada en el coño. Te haría venir tres veces antes de dejarte respirar.»

Un gemido largo, sin filtro, entró por mis auriculares. Ya no había pudor. «Sigue hablando. No pares. Estoy a punto. Dime qué me harías después.»

«Te daría la vuelta. De rodillas sobre la cama, con el culo levantado. Te separaría las nalgas y te miraría bien antes de tocarte. Y después te la metería entera, hasta el fondo, hasta que gritaras.»

Su respuesta fueron dos audios pegados. En el primero solo se oía su respiración disparada, el ruido húmedo de los dedos entrando y saliendo, y un gemido agudo, casi de llanto, que se rompía en la garganta. En el segundo, más breve: «Me estoy corriendo. Me estoy corriendo, Tomás. Ay, joder…»

Oírla venirse a través del móvil, imaginármela con la cabeza tirada hacia atrás y los dedos empapados y las piernas temblando, fue lo que me acabó. Me corrí sobre mi propio puño con un gruñido que me salió de las tripas, chorros calientes disparándose contra el borde del escritorio y goteándome entre los dedos. Me quedé jadeando, la polla todavía dura y palpitando en la mano, cubierto de mi propia lefa, mirando la pantalla como un loco.

Del otro lado solo hubo silencio. Un silencio pesado, elocuente. Luego, un último mensaje, escrito como con dedos torpes.

He cerrado el archivo. Y he aprobado la campaña. Mañana te invito a desayunar y cerramos los flecos.

Leí su mensaje y supe que era el final por esa noche. El trabajo estaba hecho. El juego, no del todo. Miré mi mano libre sobre el muslo, sucia y brillante: el anillo brillaba débilmente entre el semen.

Entonces está todo confirmado. Buenas noches, Renata.

Apagué la pantalla y dejé el móvil boca abajo sobre la madera. En la oscuridad repentina, el vacío que dejó la tensión fue inmenso, físico. El silencio ya no era cómplice: era un juez.

***

La luz de la mañana entraba por la ventana del café, dura y reveladora, borrando las sombras de la noche anterior. Llegué diez minutos tarde, a propósito. Necesitaba verla ya sentada, ese segundo de ventaja para observarla en la realidad, sin el halo digital. Ahí estaba, al fondo, con un traje color arena que parecía capturar todo el sol. Renata. La clienta. La mujer del audio.

Al acercarme, su perfume cítrico cortó el aroma a café y bollería. Ella alzó la vista. No hubo sonrisa de cortesía. Su mirada fue un escáner rápido que bajó de mis ojos a mis manos —a la alianza inevitable— y volvió a subir. Y siguió bajando, sin disimulo, hasta la bragueta, donde se detuvo un segundo de más.

—Pensé que te arrepentirías de la cita —dijo. Era la voz de las reuniones, pero con un ronquido nuevo.

—De aprobar la campaña, no —respondí, sentándome enfrente—. Del desayuno, todavía no lo sé.

Pedimos café y zumo, nada de comer. Mientras hablaba, sentí su mirada fija en mi boca, un estudio descarado hecho con los ojos. Cuando nos quedamos solos, el silencio se llenó de todo lo que no decíamos.

—Has dormido poco —afirmó, sin preguntar. Su dedo trazaba un círculo lento en el borde de la taza, y yo pensé en ese mismo dedo la noche anterior, dentro de ella, brillando.

—Tuve que terminar unos detalles después de la confirmación —dije, cargando la última palabra.

—Sí. La confirmación. Fue exhaustiva.

La palabra quedó flotando sobre el humo de los cafés. Ella bebió un sorbo lento sin apartar los ojos de mí, y yo seguí el movimiento de su garganta al tragar. Pensé en lo que le había prometido por audio: la lengua enterrada entre las nalgas. Se me empezó a hinchar la polla otra vez, ahí, bajo el mantel.

—Teníamos que hablar del lanzamiento —empecé, forzando el registro profesional.

—Pero necesitas mi firma física —me interrumpió—. En el contrato de ejecución. En persona. Política de la empresa. Mi oficina, a las once. ¿Te viene bien?

No era una pregunta. Era una invitación a entrar en su territorio.

—Perfecto.

Pagó ella, un gesto seco que reafirmaba que esto, aquí, era profesional. Pero al levantarse, su mano rozó mi hombro. No fue un accidente: fue una presión exacta que me transmitió todo el calor de su piel a través de la lana.

—Hasta luego, Tomás —dijo, y su voz era ya el susurro del audio.

***

A las once en punto llamé a su puerta. Una placa de latón: «Renata. Gerencia de Cuentas». El aire de la oficina era frío, climatizado, olía a papel de calidad y a ese perfume, ahora más concentrado. Una pared entera de cristal con la ciudad al fondo. El escritorio, enorme y minimalista, de acero y vidrio, era una isla de poder. Ella estaba de espaldas, recortada contra el cielo.

—Cierra la puerta —dijo sin volverse.

El clic de la cerradura resonó como un disparo sordo.

—La campaña es excelente —comenzó, girándose despacio, con las gafas de lectura bajadas sobre la nariz—. La mejor en años. Has captado el enfoque exacto.

—Es lo que hago —respondí, manteniendo la distancia—. Captar focos.

Soltó una risa baja y se acercó al escritorio. Avanzó hacia mí con la lentitud de quien revisa un territorio que ya cree suyo, y se detuvo a un metro. El perfume era una nube palpable. El primer botón de su camisa estaba desabrochado y, por el hueco, se le veía el nacimiento de una teta y el encaje negro del sujetador.

—El contrato —dije, forzando la neutralidad.

—Ah, sí. El contrato. —Se inclinó sobre un cajón y la falda se le tensó sobre las caderas en un discurso completo, marcándole la línea del culo, la separación de las nalgas bajo la tela. Sacó un documento y apoyó la palma sobre el cristal—. Ven. Tienes que ver el punto séptimo. Hubo una modificación de última hora.

Me acerqué. La distancia se redujo a centímetros. El costado de mi brazo rozó el suyo, un contacto que quemó a través de la tela. Al inclinarme a leer, sentí su aliento en la sien, caliente y rítmico.

—El punto séptimo —murmuró, a un centímetro de mi oído—. Habla de la ejecución íntegra. De la obligación de ambas partes de consumar el proceso. Sin reservas. Sin interferencias externas.

Yo no leía el contrato. Leía la tensión en los tendones de su cuello, el pulso rápido en su muñeca. Y sentía cómo la polla se me ponía dura otra vez, apretándome contra la bragueta.

—Es un lenguaje muy explícito —logré decir, girando la cabeza. Nuestras caras quedaron a un palmo. Sus ojos, detrás de las gafas, eran dos pozos de fuego controlado.

—Tiene que serlo —susurró—. Para que no haya duda de lo que se espera. De la entrega total.

Una de sus manos se despegó del cristal, flotó entre nosotros y, con una lentitud agónica, se posó sobre mi corbata. No tiró. No acarició. Solo la sujetó, envolviendo la seda entre los dedos, tomando posesión del símbolo. Sentí el leve tirón contra la nuca, un anclaje que me unía a su voluntad.

—Renata… —dije, y mi voz fue solo un ronquido.

—Aquí soy la gerente —recordó, pero su tono la contradecía: era la voz de la que ordena y también la de la que suplica. Su mirada bajó a mis labios, y luego más abajo, al bulto de mi pantalón—. Y tú eres el proveedor. Y los buenos proveedores siempre reciben una gratificación especial.

Su otra mano se sumó a la corbata. No era violencia: era una tensión deliberada, un punto de no retorno. El cristal frío me presionaba el muslo. La ciudad tras la ventana se desdibujó. Solo existía nuestra respiración entrelazada y el milímetro de aire que separaba sus labios de los míos.

La línea entre el deseo y el acto se desvaneció cuando sus dedos, firmes, encontraron mi cinturón. El clic de la hebilla fue el punto final a cualquier pretensión de mundo exterior. No hubo prisa: solo la certeza aplastante de lo inevitable. Me bajó la cremallera con una lentitud calculada, sin apartar los ojos de los míos, y cuando metió la mano dentro y me agarró la polla por encima del calzoncillo, se le escapó un suspiro corto.

—Ya estás durísimo —murmuró—. Igual que anoche. Lo noto.

—Anoche te tenía en el oído. Ahora te tengo entera.

Me sacó la verga con dos dedos, la liberó del elástico. Se me salió tiesa, latiendo, contra el vientre. Ella la miró un segundo largo, como estudiándola, como catalogándola, y una sonrisa breve le curvó los labios.

—Mucho mejor en persona —dijo. Y se arrodilló.

Al arrodillarse, el roce de su falda contra el suelo fue el único sonido. Su mirada no se apartó de la mía ni cuando sus labios se posaron sobre la punta, respirando el calor. La exhalación fue una caricia, una promesa. Sacó la lengua y me lamió el glande de abajo hacia arriba, recogiendo la primera gota de líquido que ya asomaba, y la saboreó con la boca cerrada como quien prueba un vino.

—Sabes exactamente como me imaginé —dijo.

Y me la metió en la boca. Entera. De una vez. Hasta el fondo, hasta que sentí la punta rozando la parte blanda de su garganta y ella tragó alrededor, apretándome. Un gruñido brutal se me escapó del pecho. Le enterré la mano en el pelo, todavía peinado, y sentí las horquillas cediendo bajo mis dedos.

No fue un recibimiento pasivo: fue una toma de control. Su lengua trazó un camino lento por el tronco, de la base a la punta, con la precisión de quien firma la cláusula más importante. Después bajó a los cojones, se los metió en la boca uno a uno, los chupó con cuidado mientras la mano me subía y bajaba por la verga con la palma bien mojada de saliva. Y siempre sus ojos clavados en los míos, atrapándome en esa red verde.

En ellos no leía sumisión, sino otro poder: el de quien decide el ritmo, la profundidad, la intensidad. Cada subida y bajada de su cabeza era un latido de ese poder, una presión que se acumulaba en mi vientre, en los músculos tensos como acero, en el sudor que me bajaba por la columna.

Escupió sobre el glande, una escupida generosa que dejó todo brillante y resbaladizo, y volvió a tragarme entera. Ahora con ritmo. Un ritmo húmedo, sonoro, sin el menor pudor, la garganta abriéndose para recibirme cada vez más hondo. Se le empezó a caer el rímel por las mejillas. Los ojos le lagrimeaban y no se retiraba. Al contrario: cada arcada la usaba para presionar más, para tenerme más adentro, mientras la mano libre se le colaba bajo la falda y yo oía, por encima del ruido húmedo de su boca, el chapoteo de sus propios dedos entrando en su coño.

—Te estás tocando —jadeé.

Ella asintió con la polla dentro, gimiendo contra el tronco, y la vibración me atravesó como una descarga.

No crecía: se acumulaba, como una presa a punto de reventar. Cada sonido húmedo, cada vez que sus manos se aferraban a mis muslos buscando un ángulo más profundo, me empujaba más cerca del borde. Mi respiración se volvió una serie de gruñidos roncos. Enterré las manos en su moño y lo deshice del todo, dejando que el pelo le cayera como una cortina oscura sobre los hombros. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la boca yo, empujándole la cara contra mi vientre, sin dejarla respirar entre embestidas. Ella se dejó, la garganta abierta, los ojos llorosos, la saliva chorreándole por la barbilla y goteando sobre el escote de la camisa.

Vi el momento en sus ojos justo antes de que llegara. Una chispa de triunfo. Aumentó el ritmo, la succión, convirtiendo su boca en una cámara de vacío que extraía no solo el placer, sino la voluntad y el pensamiento. Mis dedos se crisparon en su pelo. Una advertencia gutural escapó de mis labios.

—Renata, me voy a correr…

Ella no se detuvo. No apartó la mirada. Al contrario, la profundizó, aceptando, desafiando. Sacó la lengua fuera, plana, ancha, y me miró desde abajo como diciéndome dónde. Y fue en ese instante, con sus ojos perforando los míos, cuando la presa se rompió.

El clímax fue una descarga eléctrica pura, un rayo que partió desde la base del cráneo hasta los talones. No fue una liberación: fue una expropiación. Mi cuerpo se arqueó, rígido, entregándole en oleadas todo lo que había acumulado desde la madrugada. El primer chorro le cayó en la lengua, espeso, blanco, y ella lo recibió sin cerrar los ojos. El segundo le atravesó los labios y le pintó la mejilla. El tercero se lo tragó, envolviendo la punta con la boca justo a tiempo, chupándome hasta la última gota mientras yo temblaba con la mano apretada en su nuca.

Permaneció así un instante eterno, hasta que el último espasmo cedió. Solo entonces, con lentitud ceremonial, se separó y tragó despacio, sin romper el contacto visual. Después se pasó el pulgar por la comisura, recogiendo lo que le había quedado en la mejilla, y se lo llevó a la boca. Su sonrisa fue la más tenue, la más victoriosa.

—Contrato firmado —dijo con la voz enronquecida.

La oficina volvió a existir: el aire acondicionado, el brillo del sol en el vidrio, las carpetas en el suelo. Pero nada era igual. Le tendí una mano, no para ayudarla, sino para reclamarla, para igualar de nuevo la altura. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una fuerza que hablaba de urgencia.

Al levantarse, la subí de un tirón y la senté en el borde del escritorio. Le arranqué los botones de la camisa uno a uno, sin cuidado, hasta que el encaje negro del sujetador quedó al aire. Le bajé las copas de un tirón y las tetas le saltaron, pesadas, con los pezones oscuros y erectos, marcados aún por el elástico. Me lancé sobre uno, chupándolo entero, mordiéndolo hasta que ella arqueó la espalda y soltó un grito ronco. Le pasé la lengua al otro, tirando con los dientes, mientras con la mano le subía la falda hasta la cintura.

No llevaba braguitas. O se las había quitado antes de que yo entrara.

—Te preparaste —murmuré contra su cuello.

—Llevo preparada desde anoche —jadeó.

Le abrí las piernas y me arrodillé yo esta vez. El coño se le abrió delante de mis ojos, brillante, hinchado, los labios internos rojos y separados, chorreando ya sobre el cristal del escritorio. Le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, con fuerza, y ella se agarró al borde del escritorio con las dos manos, echando la cabeza hacia atrás con un gemido largo. Le chupé el clítoris, se lo envolví con los labios, se lo mordisqueé suave, mientras le metía dos dedos y los curvaba dentro buscando el punto exacto.

—Ahí, Tomás, ahí, no pares, no pares…

Se le empezaron a temblar los muslos contra mis orejas. Aceleré, chupando y bombeando los dedos con el mismo ritmo, y sentí cómo se cerraba alrededor de mis dedos, apretando en oleadas, mientras me clavaba los tacones en la espalda.

—Me corro… me estoy corriendo…

Se corrió sobre mi lengua, empapándome el mentón, con un gemido rabioso que llenó la oficina entera. Le lamí todo el jugo, sin dejar ni una gota, hasta que ella me apartó la cabeza con la mano temblorosa porque no aguantaba más el estímulo.

Me levanté con la boca todavía brillante y la besé. La besé profundo, para que se saboreara a sí misma en mi lengua, y ella gimió en mi boca y me chupó los labios con hambre.

Cogí la polla, que estaba dura otra vez, hinchada como si no me hubiera corrido nunca, y la restregué entre los labios de su coño, empapándome con su jugo. El cristal frío le recibió la espalda cuando se recostó, y ella contuvo el aliento en un jadeo cortante.

—Aquí —susurró, áspera, tirando de mí con las dos manos en mi culo—. Ahora. Métemela.

No hubo más preámbulos. Fue un choque de necesidad, un ajuste de ángulos bajo la guía de sus manos en mis caderas. Al entrar en ella, un gemido largo y gutural se liberó de lo más hondo de su pecho. La sentí ceder, abrirse, tragarme entero centímetro a centímetro hasta que mis huevos chocaron contra la piel de sus nalgas. No era dolor: era reconocimiento. Sus ojos se cerraron un instante, la frente arrugada en concentración pura.

—Sí… —siseó, las uñas clavándose en mis brazos—. Así. Eso era lo que quería. Toda. Métemela toda.

El ritmo empezó lento, profundo, cargado de la memoria de cada mensaje y cada mirada robada. Salía casi entera para volver a hundirme del todo, y cada embestida le arrancaba un gemido nuevo. Podía verla desde arriba: las tetas rebotando con cada empujón, el sudor perlándole el cuello, el rímel corrido, la boca abierta. Pronto la paciencia se agotó. Su respiración se volvió jadeante.

—Más, Tomás —ordenó entre dientes, abriendo los ojos, un fuego verde—. No te contengas. Ya es tarde para eso. Fóllame como si me odiaras.

Sus palabras fueron un disparo directo a mi autocontrol. Aceleré, las embestidas más firmes, más profundas, haciendo crujir la estructura del escritorio con un quejido metálico. La agarré por debajo de las rodillas y le levanté las piernas hasta apoyarle los talones sobre mis hombros, doblándola en dos, hundiéndome más adentro. Ella arqueó la espalda, ofreciéndose, retándome.

Cada palabra suya era combustible. Gemía con cada empuje, sonidos bajos que no intentaba sofocar. El lenguaje se redujo a lo esencial, a lo visceral.

—Ahí… justo ahí —exigió, los talones apretando la parte de atrás de mi cabeza, forzando una profundidad que nos dejó sin aire—. Dios… más fuerte. Más fuerte, hijo de puta.

La fuerza contenida de semanas estalló. Ya no había gerente ni proveedor, solo dos cuerpos saldando una cuenta pendiente con sudor y piel. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, un ritmo primario, obsceno, húmedo, que ahogaba el tic-tac del reloj de pared. Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté, le pellizqué los pezones hasta que ella gritó, y seguí embistiendo.

—Date la vuelta —le ordené, sacando la polla de golpe.

Ella obedeció sin protesta. Se dio la vuelta, se inclinó sobre el escritorio con las tetas aplastadas contra el cristal, y me sacó el culo con las piernas abiertas. Le vi el coño abierto, rojo, chorreando mi baba y su propio jugo, y encima el otro agujero, apretado, oscuro, a la vista. Le pasé el pulgar por ahí, presionando suave, y ella gimió y empujó las caderas hacia atrás pidiendo más.

La agarré de las caderas y volví a metérsela entera de un solo empuje. Ella soltó un aullido que rebotó contra los cristales. Le empecé a follar así, brutal, agarrándola del pelo con una mano y del hueso de la cadera con la otra, tirando hacia atrás para que se empalara con cada embestida. Sus tetas chirriaban contra el vidrio sudado. El sonido de mis huevos golpeándole el clítoris llenaba la oficina.

—No pares… no pares… —suplicaba ahora, entre gemidos rotos, la voz deshecha, lejos de cualquier orden corporativa—. Lo estás haciendo perfecto. Más… más adentro… rómpeme…

Sus músculos internos empezaron a palpitar a mi alrededor, un espasmo anticipado. Su rostro, aplastado de lado contra el cristal, se contrajo en una mueca de éxtasis abandonado. Le solté el pelo y le metí dos dedos en la boca. Ella los chupó, gimiendo, ensalivándolos, y yo se los saqué y se los bajé hasta el otro agujero. Se lo mojé bien y le metí uno, hasta el fondo, mientras seguía bombeándole el coño con la verga.

Fue demasiado para ella.

—¡Tomás! —gritó mi nombre, no como un susurro sino como una afirmación rabiosa, y ese reconocimiento en el clímax fue la mecha.

Su cuerpo fue sacudido por oleadas de contracciones. La sentí estallar bajo mí, un torrente de temblores y gemidos ahogados, el coño mordiéndome la polla en espasmos rítmicos, el culo apretando el dedo. Verla, sentirla, oírla perder todo control fue demasiado. Con un gruñido ronco que salió del centro del pecho, me dejé ir. Le saqué la polla en el último segundo y le eché el chorro sobre las nalgas y la parte baja de la espalda, marcándola, chorros gruesos y calientes de semen que le resbalaron por la piel y le mancharon la falda arrugada. Ella, aún convulsionando, se giró la cabeza para verlo, y sonrió con la boca abierta.

El silencio que siguió fue físico, pesado, roto solo por nuestros pulmones buscando aire. El escritorio, nuestro frágil mundo de cristal, estaba empañado bajo nosotros y salpicado de fluidos. Sus piernas todavía temblaban.

No hubo palabras por un largo rato. Solo el lento descenso de la fiebre, el regreso de la conciencia: el aire frío en la piel húmeda, el desastre del suelo, la puerta cerrada, el semen enfriándose sobre su piel. Ella se incorporó despacio, se pasó dos dedos por la espalda baja recogiendo un poco de mi corrida, y se los llevó a la boca, chupándolos sin dejar de mirarme.

—El contrato… está más que cumplido —susurró por fin, la voz ronca y gastada.

Era una afirmación, un cierre y, quizá, el inicio de algo infinitamente más complicado. Me separé de ella, y el mundo, con todas sus reglas y consecuencias, volvió a colarse por cada rendija de la habitación. Miré la alianza en mi mano y supe que esa madrugada no iba a quedarse encerrada en la pantalla.

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Comentarios(7)

DarioBNA

me enganchó desde la primera linea, no pude parar de leer!!!

carlitos_mdq

por favor seguí, me dejaste con ganas de saber como termina todo esto jajaja

Renata_Noche

estas situaciones pasan mas de lo que la gente cree... me recuerda a algo que viví hace un tiempo. Muy bien contado

Seba_GBA

tremendo relato, la tension esta muy bien lograda. Se siente real

FelipeGdl

esa parte de las 3am y el numero personal... uff. Todos sabemos perfectamente lo que significa eso

MariaJoseR

Que bien escrito! Se nota que sabes generar suspenso antes de llegar a lo bueno. Lo leí de un tirón y quedé con ganas de mas. Seguí publicando!

nacho_cba

jajaja así empiezan estas historias y siempre terminan igual, pero uno igual cae

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