Mi mujer quiere que todos la vean en lencería
Aquel jueves llegué a casa antes que Marina. Había sido uno de esos días en los que apenas nos cruzamos: yo salí de madrugada a terminar una instalación que se había complicado, ella abrió la cafetería al amanecer y nos mandamos dos mensajes cortos, «te echo de menos» y «llega pronto», nada más. Cuando entró pasadas las nueve, traía el pelo revuelto por el viento y una energía distinta, como si cargara algo que no podía guardarse para sí.
Llevaba unos leggins negros que se le pegaban como una segunda piel. La tela fina marcaba cada curva de sus caderas anchas y de sus muslos firmes, y subrayaba ese trasero respingón que parecía desafiar la gravedad. Cada paso movía la carne con una cadencia hipnótica. Pensé en la cantidad de miradas que habría recogido durante el día sin proponérselo.
Cerró la puerta, dejó caer el bolso y vino directa al sofá donde yo esperaba con una cerveza. Se desplomó a mi lado, se quitó los zapatos con un suspiro largo y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Joder, Diego… ha sido un día eterno —murmuró, besándome el cuello—. Pero me llamó Sonia esta tarde. Y… no te lo vas a creer.
La miré. Le brillaban los ojos verdes con esa mezcla de nervios y excitación que me desarmaba siempre. Mi mano bajó casi por instinto, rozando la curva de su cadera sobre la tela caliente.
—Cuéntame —le dije, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella respiró hondo y empezó, removiéndose contra mi mano.
—Estaba cerrando la cafetería cuando sonó el teléfono. Una marca pequeña de lencería, de esas que hacen ropa para mujeres reales, de nuestra edad, con curvas, vio las fotos que Sonia subió a su portafolio. Las que me hizo el mes pasado. Les gustaron y preguntaron directamente por «la modelo». Quieren montar un catálogo, nada enorme, conjuntos cómodos pero sensuales, corsés suaves, bodis que marquen sin apretar. Buscan a alguien con un cuerpo como el mío.
Hizo una pausa y separó un poco las piernas para que mi mano siguiera bajando por el interior del muslo.
—Sonia les dijo que justo teníamos pendiente una sesión, la de exteriores del viernes. Que, si yo quería, podrían venir solo a observar. Ver cómo poso, cómo me muevo, si me siento cómoda con ese tipo de ropa. Y si les convenzo, me harían una oferta formal, una sesión pagada con sus prendas.
Sentí el pulso acelerarse. Marina estaba preciosa así, cansada del día pero encendida por dentro. Apreté la mano contra su cadera, notando el calor que subía a través de la tela.
—¿Y tú qué le contestaste? —pregunté.
Se rio bajito y abrió un poco más las piernas.
—Que me lo pensaría esta noche. Contigo. Me da vértigo, Diego, pero también me pone muchísimo. Imagínate: posar para una marca de verdad, sabiendo que mujeres como yo van a ver esas fotos y pensar «yo también puedo verme así». Y que al mismo tiempo siga siendo yo, la que les sirve el café cada mañana.
Se inclinó y me besó profundo, la lengua enredándose con la mía. La tumbé en el sofá, le bajé los leggins de un tirón y me deshice de los vaqueros. Entré despacio, buscando su ritmo, mientras ella me clavaba las uñas en la espalda.
—Hazlo —le dije al oído, sin dejar de moverme—. La sesión, todo. Deja que la marca mire si quiere, pero que la decisión sea tuya. Y cuando vuelvas, me cuentas cada detalle: cómo te sentiste expuesta, cómo te miraron, cómo posaste pensando en ese catálogo.
Marina aceleró, jadeando contra mi cuello, y se corrió temblando antes de que yo la siguiera. Pero la conocía bien, y supe, por cómo se quedó quieta después, que algo en ella seguía hambriento, sin terminar de saciarse. Era una vieja conversación pendiente entre nosotros, una que siempre dejábamos para otro día.
***
A la mañana siguiente, viernes, el móvil de Marina vibró mientras preparaba la máquina de café para la apertura. Era Sonia. Contestó en voz baja, todavía con el delantal puesto.
—Hola, buenos días. ¿Todo bien?
Escuché desde el otro lado de la barra, donde había pasado a llevarle el desayuno antes de irme a trabajar. Sonia quería verla esa misma mañana, antes de hablar de la nueva sesión. Algo importante. Marina colgó con un nudo en el estómago y siguió montando la cafetera con las manos un poco temblorosas.
Media hora después, Sonia entró con la bolsa de la cámara al hombro y unas gafas de sol coronándole la cabeza. Se sentó en la mesa del fondo, lejos del mostrador, y esperó a que Marina le llevara un café con leche y un cruasán. Yo me quedé un momento más de lo necesario, fingiendo revisar el móvil en una esquina.
Cuando Marina se sentó frente a ella, Sonia dio un sorbo y fue directa.
—Mira, he estado pensando mucho en la sesión urbana. Quiero aplazarla unos días. No cancelarla, solo moverla una semana, para plantearla mejor. Hay tiempo para que pruebes más ropa, para que yo busque un sitio más bonito y seguro, y para que las dos salgamos ganando.
—Vale —respondió Marina—. No me importa esperar si el resultado es mejor. ¿Qué tienes en mente?
—Replantear el nivel. Nada de desnudos. Lencería sensual, ropa interior bonita, poses sugerentes pero elegantes. Corsés, bodis, ligueros, tangas que se marquen sin quitarlos, manos cubriendo lo justo, miradas a cámara que digan mucho sin enseñar nada explícito. Quiero fotos calientes, sí, pero con clase. Que cualquier mujer pueda mirarlas y pensar «quiero sentirme así», no «esto es demasiado».
Marina removió el azúcar de su taza, aunque ya no lo necesitaba.
—Lo entiendo. Me da hasta más tranquilidad. No quiero pasarme de la raya. Quiero sentirme sexy, poderosa… pero sin cruzar una línea de la que luego no pueda volver.
—Exacto. Y hay algo más —Sonia bajó un poco la voz—. Sobre el catálogo de la marca. Si terminas posando para ellos, esas fotos serán públicas. No solo en mi portafolio. Van a estar en su web, en redes, quizá en catálogos impresos que repartan en tiendas. Tu imagen será reconocible. Clientes de la cafetería van a verte. Familiares. Vecinos. Cualquiera que entre a pedir un café podrá buscarte y encontrarte en corsé, posando con esa mirada tuya. Tienes que pensarlo muy bien. Es un paso grande. Te va a exponer de verdad.
Marina bajó la vista a la taza, se mordió el labio y respiró hondo.
—Joder… sí que lo es. No lo había pensado tan en serio. Me flipa la idea de que mujeres como yo se vean representadas… pero saber que mi tía, o el señor del super de la esquina, me van a ver en lencería… me da un vértigo que me pone y me asusta a partes iguales.
—Normal. Por eso te lo digo ahora, con calma. No tienes que decidir hoy. Hazlo cuando estés sola, habla con Diego, piénsalo unos días. Si dices que sí, la prueba con la marca será suave y profesional. Si dices que no, seguimos con lo nuestro, en privado, para ti y para él. Tú mandas. Siempre.
Marina asintió despacio, jugueteando con la cucharilla.
—Lo voy a pensar bien. Gracias por ser tan clara. Pero sigo queriendo esa sesión en la calle, para nosotros, aunque la hagamos después.
—Por mí, ningún problema. Cuando tengas la cabeza despejada, me escribes —Sonia se levantó, le dio un beso en la mejilla, quizá más largo de lo habitual, y se fue.
Marina se quedó sentada un rato, mirando la taza vacía, con el corazón golpeándole fuerte. Yo salí sin decir nada, dándole el espacio que necesitaba.
***
Esa noche, en casa, me lo contó todo. Llegó con unos shorts vaqueros ceñidos, se sentó a mi lado en el sofá y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Sonia quiere aplazar lo de exteriores. Y me ha soltado todo esto del catálogo público, de que si acepto me verá todo el mundo —susurró, con la voz temblorosa pero encendida—. Me da miedo. Pero también me pone, y mucho.
Le besé el cuello y solté un botón del short lo justo para colar la mano.
—Piénsalo con calma —le dije—. Lo que decidas, lo hacemos juntos. Pero imaginarte posando para una marca, sabiendo que vas a estar en webs y catálogos… te confieso que me enciende solo de pensarlo.
Ella se giró y me besó profundo. Esa noche volvió a pasar lo mismo: la dejé al borde, jadeando, pidiéndome más, y yo no supe llegar adonde ella necesitaba. Se apartó frustrada, se levantó y se metió en la ducha. Desde la cama oí cómo terminaba ella sola, y entendí que la conversación pendiente ya no podía esperar mucho.
Más tarde, en silencio, con ella tumbada de espaldas y solo un tanga marcándole esa línea profunda entre las nalgas, intenté apoyar la mano en su muslo. Me la apartó sin brusquedad, pero con firmeza. Aprendí a leer ese gesto: no era rechazo, era una advertencia.
Fue ella quien rompió el silencio, girándose hacia mí con los ojos muy abiertos, como si acabara de tener una revelación.
—Diego… cuanto más lo pienso, más me atrae —dijo, en voz baja pero firme—. Al principio me daba pánico que la familia, los vecinos, todos me vieran en lencería. Pero ¿y qué? Es como cuando voy a la playa con el bikini más pequeño que tengo, me quito la parte de arriba, me tumbo al sol y la gente pasa y mira. A mí me gusta. Me siento libre, deseada. Nadie se escandaliza. Pues esto es lo mismo: un catálogo de lencería, curvas reales, conjuntos bonitos. No es exhibicionismo salvaje. Es mostrarme como soy.
Se rio, nerviosa pero decidida, y me sostuvo la mirada.
—Me pone. Y sé que a ti también. Saber que van a verme así, en corsé, con la cara que pongo cuando estoy cachonda, y que al día siguiente les sirva el café como si nada. Es el mismo morbo que en la playa cuando noto las miradas. Solo que ahora quedaría grabado para siempre.
La besé profundo, deslicé la mano por su cintura y aparté el tanga empapado para rozarle el clítoris hinchado.
—Entonces… ¿quieres ir a por ello? —pregunté, mientras ella gemía contra mi boca.
—Sí —jadeó—. Dile a Sonia que cierre con la marca el día de la prueba. Que vengan a ver cómo me muevo, cómo poso, cómo miro a cámara. Quiero que me vean en acción. Y si les gusto, que me hagan la oferta. Pero sin prisas. Paso a paso.
Se quedó un momento callada, y luego añadió algo que pesaba más que todo lo anterior.
—Pero también te digo una cosa: lo nuestro tenemos que arreglarlo. No puedes dejarme a medias cada vez. Si quiero que el mundo me desee, lo primero es que tú aprendas a desearme bien. Tenemos que solucionarlo, los dos.
Asentí. Tenía toda la razón, y por primera vez no busqué una excusa. La promesa quedó flotando en la habitación, tan excitante como el catálogo, tan urgente como su deseo.
***
Esa misma noche, perdidos los dos en el mismo morbo, Marina cogió el móvil y le escribió a Sonia. Le dijo que lo había pensado bien, que la idea le atraía mucho más de lo que creía, que quería hacer la prueba con la marca presente. Que concertara el día que mejor les viniera a todas. Que estaba lista.
Sonia respondió en menos de cinco minutos. Hablaría con ellas a primera hora, pero apostaba por el martes por la tarde: estudio privado, horario discreto, las dos solas como observadoras. Nada de presión, solo ver cómo se desenvolvía. Que llevara lo que quisiera ponerse, o usara lo que ella tenía. «Va a ser brutal —terminaba el mensaje—. Prepárate para ser una estrella.»
Marina dejó el teléfono en la mesilla, se giró hacia mí con una sonrisa lenta y peligrosa, y se subió a horcajadas.
—El martes —susurró, apoyando las manos en mi pecho—. El martes poso para una marca de verdad, y a lo mejor me ven miles de personas en lencería. Y tú… tú vas a tener que aprender de una vez a darme todo lo que necesito. Con fantasías o sin ellas.
La sujeté por las caderas y, esa vez, le prometí en silencio que no la dejaría a medias.