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Relatos Ardientes

La noche que mi esposo me confesó su aventura

Me llamo Mariana y aquella noche lo esperaba con las maletas hechas en mitad del dormitorio. Damián llevaba casi tres semanas fuera, en una obra del interior, y durante los últimos días algo en su voz al teléfono se había vuelto esquivo. Una mujer sabe. No necesita pruebas, le basta con los silencios.

Llegó pasadas las diez de un viernes, dejó la bolsa de viaje en la entrada y me encontró sentada en la cama, con el bolso al hombro y la mirada dura. No hizo falta que dijera nada. Él bajó la cabeza como un niño al que han descubierto.

—Me fui con otra —dijo al fin, con la voz quebrada—. Una sola noche. Te juro que fue una sola noche.

Lloró. Lloró de verdad, con esos sollozos torpes que no se pueden fingir, repitiendo que me amaba, que sin mí su vida no tenía sentido, que le diera otra oportunidad. Y yo, que tampoco era ninguna santa, sentí que el suelo se me ablandaba bajo los pies.

Yo también tengo cosas que callo, pensé. No puedo ser tan severa.

—No te prometo nada —le dije—. Esto no se olvida así como así. Me lastimaste. Dame unos días para ordenar mis ideas. Y esta noche duermes en el sillón.

Él aceptó sin discutir. Yo dormí en mi cama, sola, con una camiseta y nada más, y por la mañana no fui a trabajar: me reporté enferma. Cuando salí del baño envuelta apenas en una toalla, lo vi recién bañado, en ropa de casa, mirándome con una mezcla de culpa y deseo que conocía de memoria.

Desayunamos en la habitación. Hablamos de cosas pequeñas, como cuando éramos novios, y por un momento la traición pareció lejana. Entonces él intentó acariciarme y yo lo aparté. No por orgullo, sino porque en mi cabeza acababa de tomar forma una idea.

—Quiero que me lo cuentes todo —dije—. Cómo la conociste, cómo pasó, cada detalle. Esa será mi condición para perdonarte. Y como sienta que me mientes, me voy.

—Mariana, no me pidas eso —respondió, incómodo—. Vamos a terminar peleando.

—¿Quieres reconciliarte o tomo mis maletas? Tú decides. Empieza por el principio.

Damián respiró hondo, se sentó contra el respaldo y empezó a hablar. Yo me acomodé boca abajo, con la barbilla apoyada en las manos, y lo dejé contar sin interrumpirlo más de la cuenta.

***

—Llegué a la obra un lunes —dijo—. El miércoles apareció la encargada del municipio con su auxiliar, a levantar un inventario. Se llamaba Carla. La primera vez que la llamé «licenciada» me corrigió: «Dime Carla, y deja de tratarme de usted». Comíamos en la misma casa, pasábamos el día entero entre planos y fotos.

—O sea que estuviste pegado a ella desde el primer día —lo corté—. ¿Y cómo era? Descríbemela. Quiero imaginármela.

—Mayor que tú, unos treinta y tantos. Alta, de piel morena clara, el cabello castaño muy largo. Delgada, de piernas firmes; se notaba que hacía ejercicio. Tenía una manera de moverse… —se detuvo, buscando la palabra—. Segura. Como alguien que sabe que la miran.

—Más bonita que yo —dije, hincando el dedo en la herida.

—No hay comparación, Mariana. Pero no voy a mentirte: tenía lo suyo.

Apreté los labios. Por dentro, sin embargo, no era furia lo que crecía. Era otra cosa, más tibia, más confusa, que todavía no sabía nombrar.

—Una mañana vio tu foto en mi teléfono —siguió él—. Me preguntó quién eras. Le dije que mi esposa. Se quedó mirándola un rato largo y dijo que tuve suerte, que eras muy joven y muy guapa. Lo dijo sin rencor, casi con tristeza.

—Qué considerada —solté con sarcasmo—. ¿Y la noche? Ve al grano.

***

—El sábado era el cumpleaños de Andrea, su auxiliar —contó Damián—. Era el último día que estarían ahí, así que organizamos una pequeña fiesta en la casa donde se hospedaban. Los albañiles y yo pusimos la comida y las cervezas. A media tarde ya estaba la música, la gente bailando. Carla y yo nos quedamos sentados, conversando, ya con unas copas encima.

—Y ahí empezó.

—Me contó que su matrimonio andaba mal —dijo—. Que su marido le había sido infiel, que ya casi no se tocaban. Me preguntó si la encontraba poco atractiva. Le dije que no, que claro que no. Y me confesó que envidiaba a la mujer que tuviera a alguien que la escuchara así.

Recordé entonces que esa misma noche yo lo había estado llamando. Que él no me contestó. Que habíamos quedado en que me acompañaría a la cena de fin de año de mi trabajo, y que me dejó plantada delante de todos. Y recordé, también, lo que yo hice esa madrugada para vengarme, lo que nunca le confesé. La rabia y la culpa se me mezclaron en el pecho.

—Sigue —dije, con la voz más ronca de lo que pretendía.

—Salimos a bailar. Ella llevaba una falda corta de mezclilla, ajustada. Bailando se pegaba a mí, disimuladamente, rozaba su cuerpo con el mío. Tomaba mis manos y las llevaba a su cintura. Cuando se acabó la canción me dijo al oído que no estaba acostumbrada a beber, que se sentía mareada, que no la dejara sola.

—Qué casualidad —murmuré.

—Cerca de las once me pidió que la acompañara a su cuarto. Tenía miedo de caerse. La llevé del brazo. Y ya adentro, antes de que yo pudiera irme, me dijo que le demostrara que no era fea, y trató de besarme.

—¿Y la rechazaste? —pregunté, casi esperando que dijera que sí.

—Al principio, sí. Pensaba en ti. Pero ella se echó a llorar, me dijo que me fuera, y yo… la tomé de la cintura y la besé.

***

Mientras hablaba, algo dentro de mí cambió de dirección. Esperaba sentir celos, ganas de gritar. En cambio empecé a notar el calor subiéndome por el cuello, una humedad incómoda entre las piernas que no tenía nada que ver con el enojo. Me acomodé mejor en la cama, boca abajo, y noté que Damián me miraba de reojo, midiendo mi reacción.

—¿Te detengo? —preguntó.

—No —dije, y mi propia voz me sorprendió—. Es mejor saberlo de tu boca que de la de otros. Sigue.

—La recosté en la cama. Ella se subió encima, me fue quitando la camisa sin dejar de besarme. Se sacó la blusa. Llevaba un sostén blanco que contrastaba con su piel morena. Tomó mis manos y las llevó a sus pechos. «Por esta noche son tuyos», me dijo.

Cerré los ojos un instante. No quería que él lo notara, pero me estaba imaginando la escena con un detalle que me asustaba. Mi marido en otra cama, otras manos, otra boca. Y yo, en lugar de odiarlo, mordiéndome el labio para no suspirar.

—Se inclinó y empezó a usar la boca —siguió Damián, ya con la voz más baja, más espesa—. Lento, mirándome. Le dije que iba a terminar y no se detuvo. Después se quitó la falda, yo busqué un preservativo, y ella se acomodó debajo de mí.

—¿Y entró así, sin más? —pregunté. Tenía la respiración entrecortada y rezaba para que él no se diera cuenta.

—Despacio. Ella gemía bajito, casi en secreto. La madera de la cama crujía con cada movimiento. En un momento me pidió que parara, que era demasiado, y al segundo siguiente me clavaba las uñas en la espalda y me rodeaba con las piernas. Tuvo un orgasmo largo, callado, y después me abrazó y me dio las gracias.

Yo ya no sabía dónde poner las manos. Discretamente deslicé una bajo mi cuerpo, hasta el borde de la ropa interior empapada, y apreté los muslos para contenerme. ¿Qué me está pasando?, pensé. ¿Cómo puede gustarme esto?

***

—Después me pidió que me quedara —continuó él, ahora mirando el techo, perdido en el recuerdo—. Que lo que pasara ahí se quedaba ahí. Que al día siguiente cada uno volvería a su vida y no nos buscaríamos. «Entre mujeres hay que respetarse», me dijo, «tu esposa no tiene por qué enterarse». Lo prometió como si fuera un pacto sagrado.

—Qué discreta, la muy… —empecé, pero la palabra se me deshizo en la boca. No tenía fuerzas para el insulto. Solo quería que siguiera.

—Volvimos a empezar —dijo Damián, y noté que su mano se movía despacio por debajo de la sábana—. Esta vez quiso ponerse ella encima. Se movía en círculos, con los ojos cerrados, repitiendo que nunca había sentido algo así. Tuvo otro orgasmo, y otro más, hasta que me pidió que parara, que ya no podía más.

Lo miré fijo. Mi esposo seguía con la vista clavada en el techo, ajeno a la batalla que yo libraba contra mi propio cuerpo. Llevé una mano a mis pechos por encima de la camiseta, los sentí duros, pidiendo que los tocaran. Bajé la otra entre mis piernas, por encima de la tela mojada, y empecé a acariciarme apenas, conteniendo el aliento.

—Hubo algo más —dijo él, en voz casi inaudible.

—Cuéntamelo todo —pedí, y ya no era una orden: era una súplica.

—Al amanecer escuché ruidos en el cuarto de al lado. Andrea estaba con uno de los albañiles. Carla se despertó, me sintió levantarme y no me dejó ir. Se acurrucó de espaldas a mí. Y entonces me pidió algo que su marido llevaba años suplicándole y ella siempre le había negado. Quería que fuera yo el primero.

Tragué saliva. Mis dedos se movían solos, en círculos lentos, mientras escuchaba.

—Fue despacio, con cuidado —dijo Damián—. Al principio se quejó, le dolía, hasta se le escaparon unas lágrimas. Le dije que se relajara, esperé sin moverme hasta que dejó de temblar. Y poco a poco empezó ella misma a buscar el movimiento, a levantar las caderas, a respirar más fuerte. Terminó con un orgasmo que la dejó deshecha sobre la colchoneta.

Esa imagen fue demasiado. Cerré los ojos, mordí la almohada para ahogar el quejido y todo mi cuerpo se tensó de golpe. Llegué al orgasmo en silencio, a apenas un palmo de mi marido, que seguía hablando sin enterarse de nada, con la mano perdida bajo la sábana y la mirada en el techo.

***

Cuando recuperé el aire, no me sentía satisfecha. Al contrario: la excitación seguía ahí, a flor de piel, más viva que nunca. Damián terminó su relato con voz cansada.

—Por la mañana llegaron por ellas. Desayunamos todos juntos y se fueron. No volví a saber de Carla. Esa es la verdad, Mariana, toda. No me queda nada por ocultarte.

Me incorporé despacio. Lo miré, y en lugar del rencor que había traído conmigo en aquellas maletas, encontré otra cosa. Una idea nueva, peligrosa, que me ardía por dentro. Me subí encima de él y lo besé como no lo besaba desde hacía meses.

—Te amo —le dije al oído—. Y quiero que me hagas sentir lo mismo que le hiciste a ella. Pero no aquí.

—¿Dónde, entonces? —preguntó él, desconcertado y ya duro debajo de mí.

—En un hotel. Donde pueda gritar sin que nos oiga nadie. Pide prestado el coche de tu padre, báñate y vístete. Yo voy a arreglarme.

Mientras lo veía levantarse a toda prisa, sonreí para mis adentros. Él creía que me había confesado su único secreto. No sabía que esa noche acababa de despertar el mío.

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Comentarios (5)

MilenaBsAs

Increible!!! me tuvo enganchada de principio a fin

Roxana_45

Por favor seguilo, necesito saber como termina esto. Me quede con ganas de mas

DespertarTardio

Me recordo a algo que vivi hace unos años. Esa mezcla de bronca y algo que no podes explicar bien... lo describiste perfecto.

LauraJ22

Como termino?? me quede con la duda jajaja

moreno28

Buenisimo, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

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