Lo que pasó esa tarde de miércoles en la biblioteca
Esto ocurrió hace casi dos inviernos, en el lugar donde sigo trabajando hoy. Soy encargado de la biblioteca de un colegio privado del sur de la ciudad, un puesto que llevo desempeñando desde hace ya casi cuatro años. La rutina es siempre la misma: catalogar los libros nuevos, ordenar las devoluciones, atender a los pocos alumnos que vienen a estudiar después del recreo y rezar para que ningún padre venga a quejarse por la novela que su hijo se llevó.
En mi empleo anterior, cuando todavía trabajaba para una editorial pequeña en el centro, conocí por internet a una chica que vivía en Tulancingo. Se llamaba Camila, tenía veinticuatro años y nunca habría podido salir en una revista. Lo digo sin rodeos: era delgada, de pechos pequeños pero firmes, con las nalgas grandes y un poco caídas, de esas que se ven mejor con un pantalón ajustado que sin nada. Aun así, había algo en su mirada, en la forma en que sonreía cuando se sabía observada, que volvía irrelevantes los detalles de portada.
Habíamos hablado por mensajes durante meses. Nunca nos habíamos visto en persona. Ella sabía que estaba casado, que tenía una vida ordenada, una esposa a la que respeto y con la que llevo más de una década. Y aun así, esa tarde de miércoles, sin previo aviso, se presentó en la biblioteca.
Eran las dos y cuarto, más o menos. A esa hora el colegio está prácticamente vacío. Los alumnos salen al mediodía y el personal administrativo se va alrededor de la una y media. Quedamos sólo el vigilante del portón, dos personas de mantenimiento que casi nunca pasan por el ala donde está la biblioteca y yo. Es el día más muerto de la semana.
Me saludó con un beso en la mejilla, como hacen los conocidos que en realidad apenas se conocen. Pero ese beso lo dejó dos segundos más de lo necesario. Olía a un perfume cítrico, ligero, y traía el pelo recogido en una cola alta que le dejaba el cuello descubierto.
Hablamos diez minutos, quizá quince. De su viaje, del tráfico, de cómo había encontrado la dirección. Yo respondía con cortesía desde el otro lado del mostrador. Y mientras hablábamos, sus ojos no dejaban de bajar. Una y otra vez, a la altura de mi cinturón. No era una mirada distraída. Era una pregunta repetida que no necesitaba palabras.
—¿Viene alguien a esta hora? —preguntó, con tono casual.
—No —respondí—. A esta hora prácticamente no entra nadie.
Se quedó callada un momento. Me sostuvo la mirada.
—Entonces cierra la puerta —dijo—. Y apaga las luces.
No hizo falta que repitiera la frase. Caminé hasta la puerta principal de la sala, eché el cerrojo y volví. Cuando regresé al pasillo central, entre las estanterías más altas, ella ya se había sentado en una de las sillas de lectura. Tenía la blusa entreabierta hasta el segundo botón. Se veía el encaje sencillo del sostén y, detrás del encaje, los pezones marcándose duros contra la tela.
Mientras yo daba unos pasos, ella se pasaba la mano derecha por encima del pantalón, justo en la entrepierna. Lenta, deliberada, sin apuro. Cada vez que la mano subía, se mordía el labio inferior un instante.
—La luz —me recordó.
Crucé hasta el interruptor y bajé las llaves de los focos del techo. Sólo quedó encendida la lámpara verde de la mesa central y la luz natural que se filtraba por las ventanas altas, esa luz amarilla de las tardes de invierno que cae sesgada entre los libros. Antes de que pudiera darme la vuelta, ya sentí su mano sobre mi pantalón.
—Desde que entré —me susurró al oído— no he podido pensar en otra cosa.
Su mano apretaba, recorría el contorno por encima de la tela. Yo llevaba duro un buen rato. Me giré, le puse las dos manos en la cara y la besé. No hubo preámbulos suaves. Nuestras lenguas se encontraron al instante y mis dedos bajaron a su blusa, terminaron de desabotonarla y se colaron bajo el sostén.
Camila trabajó mi cinturón con una urgencia que me sorprendió. Yo la ayudé con la hebilla y el botón. El resto —el cierre, la trusa— lo hizo ella, arrodillándose en el piso de mosaico frío de la biblioteca.
—Mira esto —murmuró—. ¿Todo esto es para mí?
No esperó respuesta. Se metió la cabeza de mi verga en la boca, la lamió desde la base hasta arriba, recorrió cada centímetro con la lengua. No era una mamada de manual. Era el tipo de mamada que da una mujer que disfruta haciéndola, que se toma su tiempo, que mira hacia arriba para confirmar que el otro está perdiendo la cabeza.
Me apoyé en el borde de una mesa de roble vieja, de esas largas donde los alumnos copian apuntes a mano. Le tomé la cara con las dos manos y le marqué el ritmo hasta la mitad de la garganta. Ella no se resistió. Al contrario, abrió más la boca y dejó que entrara hasta el fondo, con los ojos llorosos pero sin apartar la mirada.
Le pedí que se levantara. La senté en una silla a mi lado y le bajé el pantalón hasta las rodillas. Llevaba una tanga negra muy básica, de algodón, y estaba empapada. Cuando colé la mano por debajo, sus dedos me apretaron el antebrazo. Le metí dos dedos primero y los presioné contra esa zona dura por dentro. Estaba estrecha, más de lo que esperaba en una mujer de su edad. Le agregué un tercero. Ella se mordió el dorso de la mano para no gritar y echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo.
—Quiero esa verga dentro —dijo entre dientes—. Ya. Hasta el fondo.
La levanté de la silla, le terminé de bajar el pantalón y la tanga hasta los tobillos y la incliné contra la mesa larga. Las palmas se le apoyaron sobre las solapas de un diccionario abierto. Le aparté las nalgas con las dos manos y entré despacio, una entrada lenta porque la sentí muy estrecha incluso con todo lo mojada que estaba.
—Métela ya, no juegues —me ordenó.
La empujé hasta el fondo de un solo movimiento. Camila clavó las uñas en la madera y dejó escapar un quejido que tuve que ahogar tapándole la boca con la mano. Si alguien hubiese pasado por el pasillo en ese momento, mi carrera en ese colegio habría terminado esa misma tarde, y mi matrimonio probablemente también.
***
Empecé a embestirla con golpes secos. Ella echaba el culo atrás cada vez que yo entraba, buscaba que llegara más profundo, gemía contra el dorso de su propia mano. Con la otra mano libre le abrí las nalgas y empecé a pasarle un dedo por el ano. Era pequeño, estaba muy apretado, intacto. Lo supe por la forma en que se estremeció al primer contacto.
—Ahí no, ahí nunca —jadeó—. Bueno, sí. Hazlo. Mete el dedo.
Le introduje uno, despacio, mientras seguía con el ritmo en la vagina. Después dos. Cuando sentí que ya no se resistía, agregué el tercero. Para entonces ella decía cosas que apenas recuerdo, frases sueltas pidiendo que la usara, que de ese día en adelante sería mía las tardes que quisiera, que su novio no le servía para nada.
Saqué la verga de la vagina y la presenté en la entrada del ano. Estaba bien lubricada con sus propios jugos. Le advertí que iba a doler. Me dijo que la metiera de un golpe, que no la cuidara.
Le hice caso. La metí entera. El grito que se le escapó lo recogió mi mano otra vez. Tardó casi un minuto en respirar bien. Yo me quedé quieto, sintiendo cómo cada centímetro de su interior me apretaba. Después empezó a mover ella la cadera, primero apenas, después con más decisión, y entendí que podía continuar.
La cogí por el culo unos veinte minutos largos. La biblioteca olía a sudor, a libros viejos y a sexo. Ella estaba doblada sobre el diccionario, con las páginas arrugadas bajo el sudor de las palmas, y yo le sujetaba la cintura con las dos manos para mantener el ritmo. Cuando sentí que ya no aguantaba, le avisé.
—Adentro —jadeó—. Termina adentro.
Me vacié dentro de Camila con la frente apoyada en su espalda. Salí lentamente. Cuando ella se incorporó y se dio la vuelta, vio lo que quedaba en mi verga y, en lugar de apartar la cara, se arrodilló otra vez y se la metió en la boca sin pensarlo dos veces. Me la limpió entera. No paró hasta que volvió a tenerme duro.
***
—Siéntate —me ordenó, señalando una silla entre dos estanterías.
Me senté. Camila se subió encima, todavía con la blusa abierta, todavía con el sostén descolocado. Se ensartó en mi verga de golpe, soltó un suspiro largo y empezó un sube y baja lento, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio. Yo la sostuve por las nalgas. Le mordí los pezones, primero uno, después el otro, los dos pequeños y duros como piedras.
El segundo orgasmo fue compartido. Ella lo soltó primero, apretándome el cuello con los dos brazos, ahogando el grito contra mi hombro. Yo me dejé ir dentro de ella unos segundos después. Cuando se levantó, volvió a hincarse y me limpió otra vez con la boca.
Nos vestimos en silencio. Yo recolocaba los libros que se habían desplazado, ella se ataba el pelo de nuevo. Antes de irse, se acercó al mostrador, se inclinó sobre él y me lo dijo con la naturalidad de quien anuncia un horario de trenes.
—De ahora en adelante soy tu amante personal. Nadie más me toca. Vengo una vez por semana. Tú eliges el día.
Me sostuvo la mirada, esperando una respuesta. Yo sólo asentí.
—Sé que estás casado —agregó—. No me importa. Respeto a tu mujer. Pero esta verga es mía las tardes que tú quieras.
Salió por la puerta lateral del jardín, la que da a la calle de atrás del colegio. Yo me quedé sentado en el mostrador un buen rato, mirando el diccionario abierto sobre la mesa larga, con las páginas todavía arrugadas. Después lo cerré, lo guardé en su estantería y bajé la luz de la lámpara central.
***
Han pasado casi dos años. Camila viene una vez por semana, a veces dos. Casi siempre los miércoles. Nunca dejamos huellas: nada de mensajes comprometedores, nada de fotos, nada de planes que no quepan en una hora y media. Mi mujer no sabe nada. Yo la quiero, soy un buen marido en todo lo demás, y nunca pienso dejarla. Pero los miércoles, cuando el colegio se vacía y la última campana suena al mediodía, una parte de mí ya está mirando el reloj. Esperando.