El médico del gimnasio me llevó al sauna esa noche
Voy a contarles algo que pasó hace unos meses, cuando todavía dudaba si seguir entrenando por las tardes o cambiarme al turno de la mañana. Después de darle vueltas mucho tiempo, decidí que valía la pena ponerlo por escrito.
Mi marido y mi hijo entrenan a diario en el gimnasio de unos amigos nuestros, gente que conocemos desde la preparatoria. Yo siempre me había resistido a entrar, hasta que un problema de presión me obligó a moverme. De eso hace casi tres años. No soy de las que se matan en el aparato; voy un rato, hago algo de cardio, alguna serie de pesas y me regreso a casa. Más por salud que por vanidad.
Coincidía a diario con Adrián en la escaladora. Alto, de barba canosa y hombros anchos, con esa mezcla de cansancio elegante de los hombres que han vivido mucho. Médico, divorciado dos veces, con una pareja estable según me dijo la primera vez que hablamos en serio. Empezamos saludándonos con un gesto, después con un «buenas tardes», más adelante con esas charlas largas que duran toda la rutina de cardio.
Yo iba siempre de seis a ocho, o de siete a nueve, según el día. Mi hijo iba conmigo porque en esa época estaba en preparatoria y le acomodaba el horario. Mi marido prefería ir entre dos y cuatro, cuando salíamos de trabajar. Así que Adrián y yo, sin proponérnoslo, terminamos siendo los compañeros fijos del turno de la tarde.
Voy a confesar algo: me gustaba mucho. Pero pensaba que un hombre así jamás iba a fijarse en mí. Soy chaparrita, llenita, de pechos grandes, con las marcas de un embarazo que dejé atrás hace más de una década. En el gimnasio hay mujeres veinte años más jóvenes, planas y firmes, y yo siempre me sentí una más del montón. Por eso, cuando empezó a seguirme de máquina en máquina, me costó creerlo. Cambiaba de la escaladora a la caminadora curva, después a la bicicleta, después al elíptico, y ahí estaba él, como si nada.
—Te estoy buscando. No te escondas —me dijo una tarde con sonrisa de pillo.
Yo me sonrojé. No supe qué contestar. Volví a la rutina como si no hubiera pasado nada, pero la cabeza ya se me había ido a otro lado.
Con el tiempo, Adrián se convirtió en una especie de entrenador improvisado. Me decía que con puro cardio iba a quedarme flácida, que necesitaba pesas para tonificar. Me corregía la postura, me ponía rutinas distintas según el día. Y aprovechaba para tocarme. No con descaro, pero tampoco con discreción. Una mano en la cintura para enderezarme la espalda. Los nudillos contra el muslo cuando me ajustaba la sentadilla. El pecho rozándome el hombro mientras me explicaba un ejercicio. Yo lo dejaba hacer y guardaba todo eso para más tarde, en mi cabeza.
Hasta que llegó esa tarde.
Hoy me toca sola, pensé al mediodía, cuando mi hijo me avisó que se iba al cine con su novia. Me puse la licra negra, el top, una sudadera por encima, agarré la toalla y la botella y me fui caminando las cuatro cuadras que separan mi casa del gimnasio. Cuando entré, Adrián ya estaba en la escaladora.
—¿Y tu hijo? —me preguntó.
—Se fue con la novia. Hoy vine sola.
Asintió. Empezamos los diez minutos de calentamiento, codo con codo. Calculé que iba a soltarme alguna broma como las otras veces, esas que terminaban en risa nerviosa y nada más. Pero esa noche no.
—Este clima no está como para quedarse aquí —dijo a media máquina—. ¿Y si nos vamos a otro lado?
—¿A dónde? —pregunté, fingiendo no entender.
—A coger.
Lo dijo así, sin rodeos, mirándome de frente. Yo me puse colorada como una adolescente de quince años. Pensé en mi marido, en mi hijo, en todas las razones por las que tenía que decir que no. Y en lugar de eso le pregunté a dónde me llevaría.
—Sube al coche. Yo bajo en cinco minutos.
Me dio las llaves y siguió fingiendo cardio. Yo bajé, pasé el dedo en el checador para registrar mi salida, me despedí de Joaquín, uno de los dueños, y caminé al estacionamiento sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo. Abrí el coche, me subí, dejé la mochila en el asiento de atrás. A los cuatro o cinco minutos, Adrián apareció con su bolsa al hombro. Encendió el motor sin decir nada y arrancó.
Me llevó a un sauna privado a unas diez calles. Pagó por los dos. Me dijo, bromeando, que era el hotel más barato del mundo, que cobraban cien pesos por persona y a nadie le importaba quién entraba con quién. Subimos por una escalera estrecha hasta un cuarto con su propio vestidor, una banca de madera larga y la puerta de vidrio del vapor.
Apenas cerró la puerta, me abrazó. Yo me puse de puntitas para alcanzarle la boca, porque medía casi un metro noventa y la diferencia se notaba hasta en los besos. Se quitó la licra, después la playera, y se sentó en la banca completamente desnudo. A mí me bajó la sudadera, el top, el sostén. Quedé en tanga, parada frente a él, con la respiración acelerada y un calor en la cara que no tenía nada que ver con el vapor.
Se levantó un momento, abrió la puerta de vidrio y encendió el sauna. Del otro lado empezó a salir esa nube blanca y tibia que olía a madera mojada. Volvió a sentarse, me jaló hacia él y empezó a besarme los pechos. Apretaba uno mientras chupaba el pezón del otro, los juntaba para morderlos al mismo tiempo. Yo lo miraba desde arriba, hipnotizada, sin saber qué hacer con las manos.
Sentí sus dedos buscándome entre las piernas. Me agaché lo suficiente para deslizar la tanga hasta los tobillos y patearla a un lado. Adrián metió un dedo, después dos. Mientras me lo hacía, seguía con la boca pegada a mis pechos. Yo trataba de no hacer ruido. Los cuartos de sauna de ese lugar están pegados, las paredes son finas, y a través de los muros se oye casi todo.
—Adentro —me dijo en voz baja, señalando la puerta de vidrio.
Entramos al vapor. El aire ahí dentro era denso, casi líquido. Empezamos a sudar de inmediato. Yo no aguanté: le agarré el sexo con la mano y empecé a moverla mientras él me abrazaba por la espalda, una mano en mis pechos, la otra entre mis piernas. Me besaba la nuca, los hombros, el cuello.
Me volteó. Me sentó en la mitad de una banca interior, extendió una toalla y me empujó suavemente para que me acostara. Se arrodilló entre mis piernas, las separó con las manos y bajó la cara. La lengua llegó primero al clítoris, después los dedos entraron de nuevo. Yo apretaba los ojos y mordía la toalla para no gritar, porque oía voces lejanas de otros cuartos.
—Levántate —le pedí.
Se puso de pie. Yo me acomodé de lado en la banca y le metí la verga en la boca. Era larga y delgada, exactamente como me gusta. Mamaba despacio, mirándole la cara. Él tenía los ojos a medio cerrar, la mandíbula tensa, los labios entreabiertos. Le bastaba con verme para encenderse.
—Ven —dijo al rato—. Quiero metértela.
Se sentó en la orilla de la banca y me jaló hacia él. Yo levanté una mano y le dije que no.
—Condón —insistí—. No empieces.
—Estamos en confianza, mujer.
—Te conozco del gimnasio. Ni más ni menos. Ponte el condón.
Sonrió. Salió un momento al vestidor, donde tenía la mochila, y volvió con tres preservativos. Se puso uno con la calma del que ya sabe que va a ser una noche larga.
Me acomodé encima, todavía acostada de lado en la banca. Él, sentado en la orilla, me la metió toda de una sola embestida. Sentí cómo me llenaba. Mis piernas se sacudían sin que yo quisiera, los pies golpeaban el aire con cada metida. Me agarraba la cintura, me jalaba hacia su cuerpo. Cambiamos de posición y terminé sentada sobre él, ambos en la banca, yo brincando en su verga mientras me sostenía con los brazos en su espalda.
—Más despacio —le pedí, sintiendo cómo se ponía más grueso.
No me hizo caso. Se vino al rato, con un gemido ronco contra mi cuello. Yo seguí moviéndome despacio, frustrada, porque todavía no había llegado. Sentí cómo se ablandaba dentro de mí y, después, cómo se salía solo.
—Perdón —murmuró—. Es la excitación. Tenía todo guardado.
—Yo no terminé —le contesté.
Se rió.
—Eso lo arreglamos ahorita.
Salió y volvió con dos bebidas frías que el del mostrador le pasó por una ventanita de madera del vestidor. Nos acostamos en la banca de afuera, el vapor metiéndose por debajo de la puerta. Hablamos del gimnasio, de Joaquín, de la rutina nueva que me había prometido enseñarme. Yo le dije que me había gustado, pero que me había quedado a medias. Él me dijo que esperara.
Se levantó. Se agarró la verga con la mano derecha y empezó a sacudirla mirándome a la cara. Yo lo miraba acostada, todavía con los pechos enrojecidos por la presión de sus dedos. Cuando lo vi listo, no esperé. Tiré la toalla al piso, me arrodillé sobre ella y me recogí el pelo en una mano. Le metí la verga en la boca. Todavía sabía a látex y a sudor. Empujé lo más adentro que pude, lo aguantaba con una mano en la base y la otra apoyada en su muslo.
—Ponte —me dijo al rato.
Me levanté, extendí la toalla sobre la banca, pegué el pecho a la madera y me puse en cuatro. La cola levantada, las rodillas en la orilla. Sin condón se acercó. Yo lo paré.
—De nuevo no. Ponte otro.
Esa vez no discutió. Se puso el preservativo y, cuando volvió, me la metió con una fuerza que no esperaba. Me cogía mientras me daba palmadas en las nalgas. La verga delgada y larga me llegaba hasta el fondo. Yo gemía bajito y le pedía que no parara. Él se tomaba sus descansos, me acariciaba la espalda y volvía a empujar.
Cuando paró, me dio la mano para que me levantara. Se sentó en la orilla. Me colocó delante de él, dándole la espalda, y empezó a besarme la columna. Yo apretaba las piernas y las movía juntas para que el clítoris se rozara contra sí mismo. Le pedí más.
—Siéntate.
Me senté sobre su verga, dándole la espalda. Empecé a moverme, apoyada en sus rodillas. Él me apretaba los pechos con las dos manos. Sentí la primera contracción, esa que avisa que el orgasmo está cerca. Aproveché. Le pedí que se acostara y él obedeció. Quedé yo arriba, en control. Cabalgaba a mi ritmo, deteniéndome cuando me convenía, hundiéndolo cuando quería sentirlo entero.
Me detuve un segundo, me di la vuelta sin sacármelo y quedé encima, mirándole la cara. Le acomodé una toalla doblada bajo la nuca. Me apoyé con las manos en su pecho, los pies plantados sobre sus muslos. Él levantó una mano y me apretó el cuello suavemente.
—Más fuerte —le dije—. Aprieta.
Me apretó. Con la otra mano me agarraba un pecho, los dedos hundidos en la carne. Yo me movía como una loca, sintiendo cómo la contracción crecía. Cuando ya no aguanté, le dije que no parara, que estaba por venirme.
—Cógeme, papito. No pares.
Solté el orgasmo como un golpe. Lo mojé entero. Salió en chorro, algo que nunca me había pasado con tanta fuerza. A él se le iluminaron los ojos. Siguió moviéndose despacio, mientras yo le pedía piedad porque estaba demasiado sensible. Me bajé de él, me tomó de la cintura, me besó. Me metió dos dedos.
—Dame la tuya —le pedí—. Métemela parada.
Me llevó hasta la pared del vestidor. Apoyé las palmas, me puse de puntitas y le ofrecí la cola. Me la metió desde atrás, agarrándome de la cintura con una mano y nalgueándome con la otra. Pegaba la cara a mi nuca.
—Eres una gorda exquisita —me dijo al oído.
—¿Sí? ¿Soy exquisita? —le contesté, jadeando.
Una mano me subió al cuello, la otra al pelo. Tiró con fuerza.
—Así, papi —le dije—. Me excita que me ahorquen, que me jalen del pelo, que sean malos conmigo.
—¿Te gusta, putita?
—Así. Dame todo. Dame tu leche.
Me bajó la mano del pelo a la boca. Me metió un dedo entre los labios. Después dos, después tres. Yo los chupaba como si fueran su verga. Me sacó los dedos.
—Me vas a limpiar la verga con la boca cuando termine.
—Sí, papi. Te la limpio. Pero no pares.
—¿Te vas a tragar lo que me sobre?
—¡Sí! No pares. Dame más.
Me cogía con todas sus ganas, todavía ahorcándome con cuidado, todavía jalándome del pelo. Sentí cómo se le ponía más dura, más gruesa, y supe que estaba a punto. Yo también. Le pedí que aguantara un poco más. Llegamos casi al mismo tiempo. Me corrí otra vez, parada contra la pared, con sus dedos en el cuello y el pelo enredado en su mano.
Cuando recuperé el aire, me arrodillé frente a él. Le quité el condón con cuidado, lo dejé en una toalla. Le pasé la lengua por toda la verga, todavía hinchada, todavía caliente, hasta limpiar el último resto de leche que se había escapado. Me lamí los labios. Tragué.
Salimos del cuarto cerca de la medianoche. Nos bañamos en regaderas distintas, nos cambiamos despacio, sin hablar mucho. En el coche, él me dejó a media cuadra del gimnasio. Caminé las cuatro cuadras hasta mi casa con la sudadera abierta y la sensación de que el vapor todavía me seguía dentro.
No me ofendió que me dijera gorda. Es algo con lo que vivo desde siempre, mi marido me llama gordita de cariño y yo lo asumí hace años. No todas somos perfectas, y menos las que tenemos hijos. Pero esa noche fui exquisita, como dijo Adrián. Y eso me lo guardo entero para mí.
Con Adrián seguimos coincidiendo en el gimnasio. A veces pasan semanas sin que nos veamos, porque es médico y tiene su propio mundo. Cuando volvemos a coincidir, hablamos del clima, de las pesas, de la rutina. A veces, no muy seguido, repetimos lo del sauna. Pero siempre con condón, siempre por la tarde, siempre cuando mi hijo se va con la novia al cine.