Mi secretaria me ganó la apuesta de la oficina
Llevaba siete años casado cuando entró Mariana al despacho. No fue un trueno ni una revelación: fue una incomodidad. Pasó por el pasillo principal con una carpeta bajo el brazo, saludó a Recursos Humanos y siguió hasta el departamento de Compras. Yo estaba en mi cubículo firmando un pliego de proveedores y levanté la vista por inercia. Ella ya no.
Tenía treinta y cinco años, según escuché después en el comedor. Cuerpo de mujer hecha, sin nada de adolescente. Caderas anchas, cintura corta y un trasero que el uniforme corporativo no conseguía esconder por mucho que la blazer fuera dos tallas grande. Mido un metro ochenta y ocho. Ella, calculé, andaba por el metro setenta. La diferencia justa para mirarle la nuca cada vez que pasara a mi lado.
Lo de mi mujer no estaba mal, conviene aclararlo. Llevábamos siete años, dos hijos pequeños, una rutina que funcionaba. No bajé al despacho buscando nada raro. Pero hay mujeres que te entran por los ojos antes de que tu cabeza pueda decidir si quiere mirarlas o no.
Durante los primeros meses la veía solo de pasada. Cuando le tocaba bajar a firmar la nómina, cruzaba mi sección para sacar copia del recibo y volvía sin saludar. Yo levantaba la cabeza el tiempo justo para verla caminar de espaldas. Tenía un andar pausado, sin prisa, con un movimiento de caderas que no parecía calculado y por eso mismo era peor.
—Buenos días —le dije la cuarta o quinta vez que pasó.
—Buenos días, señor Ortega —respondió sin detenerse.
Señor Ortega. Como si tuviéramos veinte años de diferencia y no cinco. Sonreí mirando la pantalla y pensé que algún día le iba a pedir que dejara de llamarme señor.
***
El cambio vino seis meses después. La reorganización del segundo trimestre la pasó del departamento de Compras a Administración, justo enfrente de mi pasillo. Ahora la veía todos los días. No por accidente: la veía porque yo me ocupaba de que mi escritorio quedara orientado hacia su mesa.
Empezó a usar falda. No siempre, pero los jueves y los viernes sí. Falda recta, hasta la rodilla, nada provocador en apariencia. Hasta que se levantaba, caminaba hacia la fotocopiadora y la tela se le ajustaba en cada paso. Mariana tenía piernas torneadas, de mujer que va al gimnasio sin obsesionarse, y unos zapatos de tacón medio que la hacían moverse con una seguridad que me sacaba del trabajo durante minutos enteros.
—¿Estás bien? —me preguntó una vez Carla, mi compañera de cubículo—. Llevas tres minutos mirando ese correo sin contestarlo.
—Pensando —mentí.
Pensando en qué pasaría si en algún momento ella decidía mirarme de verdad.
***
El ascenso llegó en octubre del año siguiente. Subdirector de Operaciones. Despacho propio, presupuesto, dos asistentes asignadas. Cuando Recursos Humanos me mandó la lista de personal disponible para apoyar el puesto nuevo, el nombre de Mariana aparecía primero. Lo leí dos veces y firmé sin hacer comentarios.
El primer lunes en el despacho nuevo la tenía sentada a tres metros de mi puerta. Empezó a entrar cuatro o cinco veces al día con papeles para firmar, agendas para revisar, llamadas para devolver. Cada vez que se inclinaba sobre mi escritorio, la blusa se le abría dos botones y yo perdía la frase a mitad.
—¿Le repito la última parte? —me preguntó la segunda semana.
—Por favor.
Lo hizo sin sonreír, pero noté que tardaba más de lo necesario en enderezarse. Empecé a creer que no era casualidad.
Las conversaciones fueron volviéndose personales sin que ninguno lo planeara. Que si el café del piso era horrible. Que si los lunes amanecen siempre nublados. Que si llevaba años divorciada y prefería seguir así, sin compromisos, sin explicaciones. Que si yo tenía dos hijos. Que si mi mujer no entendía nada de mi trabajo.
—Cualquier cosa que necesite, dígamelo —me dijo un viernes, ya con el despacho casi vacío.
—¿Cualquier cosa?
—Cualquier cosa —repitió, y se demoró medio segundo antes de salir.
Esa frase me dio vueltas todo el fin de semana.
***
El inventario anual cayó en una semana mala. Cierre de trimestre, dos auditorías encima y nadie del equipo disponible para quedarse después de hora. Le pedí a Mariana que me ayudara a revisar los almacenes del segundo piso un jueves a las siete de la tarde. Me dijo que sí sin pestañear.
—Mi mujer… —empecé a explicar, por algún motivo.
—No tiene que justificarse, señor Ortega.
—Ricardo. Llámame Ricardo.
Lo dijo despacio, como si probara el nombre por primera vez.
—Ricardo.
A las siete y media bajamos los dos al sótano del edificio. El almacén estaba dividido en pasillos angostos, con estantes hasta el techo cargados de cajas de papelería y archivos viejos. Apagamos la mitad de las luces para no llamar la atención del personal de limpieza y empezamos a contrastar inventario con la planilla que ella había impreso.
Trabajamos en silencio durante media hora. Yo iba diciendo códigos, ella iba marcando con un bolígrafo. En algún momento sugirió cambiar de pasillo y yo decidí seguirla.
El pasillo de papelería era el más estrecho. Apenas cabía una persona, y los dos lo sabíamos cuando ella entró primero y yo entré detrás. Cuando quise pasar para mirar el estante del fondo, ella se giró al mismo tiempo. No había espacio. Su trasero rozó el frente de mi pantalón con una presión que no fue accidental, pero que tampoco lo pareció del todo.
—Perdón —dijo, sin moverse.
—Tranquila.
Ninguno se apartó.
Ya tenía una erección que no había manera de disimular y ella, lo supe después, llevaba quince minutos mirándomela cada vez que yo me inclinaba sobre los estantes. Volvió a girarse, esta vez lentamente, y se quedó mirándome a los ojos.
***
—Necesito que me ayudes con algo —le dije.
—Lo que sea, ya te lo dije.
—Esto no es trabajo.
—Mejor.
Avanzó un paso. Yo me quedé quieto, con la espalda contra una columna de cajas. Me puso una mano en el cinturón sin apartar los ojos de los míos.
—Llevo siete meses esperando que me lo pidieras —me dijo en voz baja—. En el departamento hicimos una apuesta el día que llegó la lista del ascenso. A ver quién se acostaba primero con el subdirector nuevo. Las otras dos ya se rindieron.
Solté una risa corta, mitad incrédulo, mitad excitado.
—¿Y tú vas a ganar?
—Voy a ganar.
Me bajó el cierre del pantalón con una sola mano, sin apuro. Me liberó la verga, que ya estaba tensa al punto del dolor, y se arrodilló sin pedir permiso. Lo que vino después no fue ningún tipo de inocencia. Era una mujer de treinta y cinco años que sabía exactamente lo que hacía. Me tomó en la boca con una lentitud premeditada, mirándome desde abajo, y yo tuve que apoyar las dos manos contra las cajas para no perder el equilibrio.
—Mariana —dije, y mi voz salió rota.
—Cállate, jefe. Déjame trabajar.
***
La levanté después de unos minutos porque, si no, aquello terminaba antes de empezar. La giré contra la mesa de inventarios y le desabotoné la blusa de arriba abajo. Llevaba un sostén negro, sencillo, sin encaje. Le bajé las copas y le besé los pechos con una rabia que no era exactamente deseo: era algo más sucio, más cercano a la rendición.
—Quítate la falda —le dije.
Lo hizo sin discutir. Se la subió hasta la cintura y se inclinó sobre la mesa, apoyada en los codos. Tenía un tanga negro, igual de sencillo que el sostén. Se lo bajé hasta las rodillas y me quedé un segundo mirando esas dos nalgas que llevaba dieciocho meses imaginando. Eran exactamente como las había imaginado: firmes, duras, redondeadas. Le apoyé las manos encima y ella arqueó la espalda.
—Más rápido —murmuró.
La penetré de una sola vez. Mariana soltó un sonido contenido, se mordió el antebrazo y empujó hacia atrás para que yo entrara hasta el fondo. La agarré del pelo con una mano y de la cintura con la otra. Empecé a moverme con un ritmo que no tenía nada de cuidadoso.
—Así, Ricardo. Así.
El golpe seco de mis caderas contra ella retumbaba en el almacén vacío. Cada cierto tiempo me detenía un segundo, asustado de que alguien hubiera bajado al sótano, pero ella me ordenaba seguir y yo seguía. Le pasé la mano por el vientre y luego más abajo. Estaba completamente lista, y se lo dije.
—Llevo así desde que bajamos —me contestó—. Llevo así desde el primer día, en realidad.
***
La di vuelta para mirarla de frente. La senté en la mesa, le abrí las piernas y volví a entrar. Ahora podía verle la cara: tenía los ojos entrecerrados, el labio inferior atrapado entre los dientes, el pelo desarmado. Le tomé el cuello con la mano izquierda, sin apretar, solo para sentirla, y le besé la boca por primera vez en toda la tarde. Sabía a café y a algo más, algo que no supe identificar y que después comprendí que era simplemente ganas viejas.
—Estoy tomando pastillas —me dijo al oído, como respondiendo una pregunta que yo no había formulado.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Diez minutos, quince. Sentí que se le tensaban los muslos contra mi cintura, que la respiración se le cortaba, que clavaba las uñas en mi espalda a través de la camisa. Cuando terminó, lo hizo en silencio, mordiéndome el hombro para no gritar. Yo aguanté treinta segundos más y terminé adentro, igual de en silencio, con la frente apoyada en la suya.
Nos quedamos un rato sin movernos. Ella con las piernas todavía rodeándome la cintura, yo con las manos sobre sus caderas.
—Ganaste la apuesta —le dije.
—No era ninguna apuesta —respondió, y se rio bajito—. Eso me lo inventé recién. Quería que entendieras que no era la primera vez que pensaba en esto.
***
Nos vestimos despacio. Ella se acomodó el pelo en el reflejo de un vidrio sucio, se abotonó la blusa y revisó la planilla del inventario como si nada hubiera pasado. Yo subí el cierre del pantalón, busqué el cinturón en el suelo y traté de recuperar algo parecido a una expresión profesional.
—El lunes a primera hora le entrego el informe corregido, señor Ortega —dijo cuando salíamos del almacén.
—Mariana.
—¿Sí?
—El lunes.
Asintió sin mirarme. Subimos por el ascensor del personal sin hablar, ella en su rincón, yo en el mío. En el cuarto piso se bajó primero. Antes de que se cerrara la puerta, giró la cabeza.
—Y, Ricardo —dijo en voz muy baja—. La próxima vez, en hotel.
La puerta se cerró. Yo me quedé solo en el ascensor, con el pulso todavía alterado, pensando en mi mujer esperándome con la cena lista y en lo que iba a inventarle para explicar el olor a perfume ajeno que llevaba pegado a la camisa.
No inventé nada, al final. Llegué tarde, dije que el inventario se había complicado y subí a ducharme antes de cenar. Mi mujer no preguntó. Nunca preguntaba.
El lunes, a primera hora, Mariana entró al despacho con el informe corregido y una sonrisa contenida. Cerró la puerta detrás de ella sin que yo se lo pidiera. Y entendí, mientras la miraba acercarse al escritorio, que aquello no iba a ser un episodio aislado, sino el principio de algo que iba a costarme mucho más caro de lo que estaba dispuesto a admitir esa mañana.