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Relatos Ardientes

La vieja vecina que celebraba mis infidelidades

Aitor había salido un momento mientras Sonia se arreglaba en el otro cuarto. Tenía algo pendiente en el piso de Amparo y disponía de muy poco tiempo. La vieja abrió al tercer timbrazo y él entró como una exhalación hasta el salón. Ella cerró la puerta y lo siguió sin la menor prisa, arrastrando las zapatillas por el pasillo.

—Mire esto —dijo, plantándole el móvil delante de la cara con el brazo estirado.

Amparo observó con calma lo que el chico trataba de enseñarle. Tras unos segundos eternos, apartó la vista de la pantalla y la clavó en él.

—Tendrás que ser tonto si crees que a mi edad leo esa letra de hormiga sin las gafas.

Aitor se tragó un exabrupto y barrió el salón con la mirada. No tardó en localizar las gafas sobre la mesita y se las tendió.

—Tenga —urgió—. Y ahora lea.

Ella cogió las lentes y el aparato y se sentó en el sofá con una parsimonia que sacó de quicio al joven. Con las gafas a media nariz y el móvil sujeto con las dos manos, leyó despacio, moviendo los labios y deslizando el dedo hasta el final del texto. Frunció el ceño y releyó una segunda vez, como si no terminara de creérselo.

—El mensaje es de mi novia —explicó él, harto de esperar una reacción.

Amparo asintió, como si ya hubiera llegado sola a esa conclusión, y empezó a dibujar una sonrisa maliciosa. Se quitó las gafas, las guardó en su funda y le devolvió el teléfono.

—Tu novia… ¿te odia?

—No. Me quiere con locura. ¡Me adora! —corrigió, algo avergonzado.

La mujer levantó una ceja, suspicaz, y se recostó en el sofá. Eso no se lo creía ni harta de vino.

—Que sí, joder. Lo que ha leído es un juego nuestro. Unas pruebas que nos ponemos para mantener la chispa.

—Para torturaros —matizó ella.

—Sí… no. Bueno… —se frotó la frente con dos dedos—. De eso va. Nos gusta picarnos, y ahora me toca cumplir a mí.

—A ver si me entero. Tu novia, esa que te quiere con locura, ¿te pide que te grabes meneándotela con las bragas de tu «vecina la vieja»?

—Con mi vecina la «modelo de bañadores» —puntualizó.

Amparo soltó una carcajada por lo ridículo que sonaba todo aquello. Después apoyó los brazos en el respaldo, en ademán de reina en su trono. Acababa de recibir la noticia más morbosa de los últimos años de su vida: su vecino joven, ese que quitaba el aliento, iba a masturbarse con una braga suya. Se mordió el labio inferior, paladeando la fantasía.

—No se haga ilusiones, doña Eustaquia —dijo él, adivinándole el pensamiento—. No pienso tocar sus trapos de vieja ni con pinzas. He traído las mías de casa.

Del bolsillo sacó unas bragas blancas de encaje. Las últimas que le quedaban de Sonia, la novia de su padre. Su vecina chasqueó la lengua, fastidiada, pero no perdió la sonrisa traviesa.

—Esto es lo que vamos a hacer —explicó—. Usted se pone ahí, hablando de sus batallitas, como si estuviera ocupada. Yo grabo a escondidas, para que parezca un vídeo robado. Luego hago como que voy al baño, entro a su cuarto, cojo estas bragas de donde sea que guarde sus cosas y me la meneo encerrado. Le mando el vídeo a mi novia y listo.

Amparo lo escuchaba con un interés que no se molestaba en disimular, asintiendo a cada paso del plan. Cuando él terminó, ella señaló con el dedo hacia el dormitorio. Lo que aquel crío se traía con su novia era una chiquillada absurda, pero se lo estaba pasando en grande participando.

—Segundo cajón de la mesilla de la izquierda.

Era cuanto Aitor necesitaba oír. Dio media vuelta y enfiló el pasillo hasta el cuarto de la anciana. Un dulce aroma a fruta le llenó la nariz; eso, junto con las fotografías amarillentas de la pared, completaba la estampa retro de la habitación.

Sobre la mesilla descansaban los retratos del difunto marido y de ella con un niño en brazos. Debajo encontró el cajón. Lo abrió y dentro halló un montón de ropa interior. Comparó la prenda que llevaba con las que estaba viendo.

Dan el pego. Pueden pasar por suyas.

Dejó las bragas con cuidado, como si temiera contaminarlas, y cerró el mueble. Antes de salir pensó en fisgar en el resto de los cajones, pero la posibilidad de toparse con algún juguete de la vieja lo hizo desistir.

***

—Has tardado mucho —le soltó Amparo cuando volvió al salón.

—¿Qué esperaba? He hurgado en sus cosas lo más rápido que he podido.

Ella alzó una ceja, dudando si creerle, pero la mirada que él le devolvió casi le chamusca las cejas.

—Venga, póngase ahí como si hiciera algo de provecho —ordenó.

La mujer, que ya se levantaba, fue hasta una vitrina y abrió la puerta acristalada. Dentro había unas copas de cristal fino e hizo como que las limpiaba. Aitor levantó el móvil y empezó a grabar.

—¿Que si la mili? —dijo ella de espaldas, fingiendo una conversación a medias—. La que pasó mi difunto en Ceuta, dónde va a parar.

—Voy un momento al baño, Amparo —anunció él en un volumen exagerado.

Con el brazo en alto, intentando que la imagen no temblara, recorrió la casa hasta colarse otra vez en el cuarto de la anciana.

—El cabo Otero —se oía de fondo—, menudo elemento estaba hecho.

Aitor abrió el cajón y pasó la mano por encima de la lencería, simulando elegir.

—Estas mismas —susurró pegado al micrófono.

Después fue al baño y se encerró. De nuevo, un agradable olor a jazmín le produjo una calma extraña, como un recuerdo feliz. Apoyó el teléfono sobre la cisterna y se colocó enfrente, desnudo de cintura para abajo.

Desplegó las bragas ante la cámara y se las llevó a la nariz, aspirando con los ojos cerrados.

—¿Es esto lo que querías? —le dijo al objetivo—. Pues toma, para que veas que te quiero más que a mi propia vida.

Volvió a olerlas, a besarlas. Luego se enrolló la prenda alrededor del miembro y empezó a frotarse, despacio al principio. No tardó en ponérsela dura.

—Lo hago por ti, Noelia. Me la estoy pelando con las bragas de una tía mucho mayor que yo. —Tenía la frente arrugada y la cara tensa de esfuerzo—. Y voy a pensar en ella mientras me corro, en cómo me la follo, justo como tú querías.

Un buen rato más tarde, entre obscenidades y jadeos, terminó dejando la prenda perdida. La mostró a la cámara para que su novia lo viera bien.

Y… enviar.

***

—¿Ya está? —se sorprendió Amparo al verlo entrar—. Qué rápido.

Estaba de nuevo en el sofá, con las gafas a media nariz y el periódico abierto.

—Porque tengo prisa. Y porque venía motivado: acabo de estar con la novia buenorra de mi padre. —Guiñó un ojo—. Casi hacemos las paces.

—Y eso significa…

—Que la cuenta vuelve a cero.

—Eso está bien —sonrió ella—. No siempre se puede empezar de nuevo en casos como el tuyo. Ahora toca esperar la ocasión.

—Ya, lo que pasa es que ahora tengo otro plan.

Amparo cerró el periódico y se giró despacio hacia él, casi salivando. Aitor ya esperaba la reacción con una sonrisa lobuna.

—La madre de Noelia —soltó.

—¿La madre de tu novia? —preguntó estupefacta.

Él asintió con una caída de ojos.

—En serio, chico —dijo ella, incapaz de creérselo—, no dejas de sorprenderme.

El halago hinchó el pecho del joven.

—Su padrastro debe de ser impotente, o algo así —explicó—. El caso… —se acercó y se sentó a su lado— el caso es que va a flipar… me ha ofrecido a su mujer. —Enderezó la espalda—. ¡A su mujer! —La sonrisa de oreja a oreja era de pura felicidad—. Pienso follarme a esa zorra en su misma cara.

La expresión de su vecina se congeló, como si lo que acababa de oír no fuera de su gusto.

—¿Se lo vas a restregar a tu suegro? —Tono neutro.

—No lo dude. Buf, cómo me pone solo de pensarlo.

—Eso… no está bien. —Frente arrugada, mirada seria.

—¿Pero qué dice? Si es un gorila gilipollas. Y encima ha sido idea suya: busca un macho que satisfaga a su mujer.

Amparo movía la mandíbula de un lado a otro, cavilando.

—¿Y ella está de acuerdo?

—Qué va. Pasa de enrollarse con nadie, y menos con el novio de su hija. O a lo mejor es frígida, yo qué sé. Pero me da igual, esa cae fijo. Solo hay que saber mover los hilos.

La cara de la vieja seguía con la misma mueca de recelo. Su rostro se había ensombrecido y sus labios formaban una línea recta de desaprobación.

—Déjalo estar. No merece la pena meterte en ese pantano.

La advertencia fue seria, y al joven no le gustaron ni el tono ni el pesimismo. No era la reacción que esperaba, y respondió en el mismo registro.

—¿Pero qué dice? Si usted disfruta con esto tanto como yo.

—Solo cuando nadie sale malparado. Y tu plan no deja a nadie en pie. —Lo señaló con el dedo—. Mira, mocoso, una cosa es jugar sin que el cornudo se entere, y otra muy distinta es mearte en su orgullo y convertirlo en una humillación pública delante de la mujer que ama.

—¿Per-do-ne? ¿Y me lo dice usted, que le ponía los cuernos a su marido con el cabrón de su jefe?

—Yo encontraba placer en el silencio y en la dulce ignorancia de mi esposo, que nunca sufrió por mi culpa. Tú lo que buscas es herir, humillar, alimentarte de su vergüenza y rebajarlo cuanto puedas.

—¡Pero si ha sido él, joder!

—Porque la quiere tanto que es capaz de renunciar a su orgullo —elevó la voz—. Ya ha perdido la cabeza de pura pena y no sabe dónde se mete. Apártate de esa mujer.

—Ni de coña.

Amparo hervía de rabia. Respiraba agitada, y en sus ojos brillaba la ira de quien discute con un imbécil convencido de tener razón.

—Vas a hundir a ese hombre y a convertir a ella en una desgraciada. —Negó con la cabeza, apenada—. Por no hablar de tu novia. La vas a perder, y nunca podrá volver a mirar a su madre a la cara.

—Deje a Noelia en paz. Ella no tiene por qué enterarse de NADA.

—Se enterará. Es su madre, y esas cosas siempre acaban saliendo a la luz. —Cogió aire, buscando ser más diplomática—. Vas a destrozar un matrimonio y tu propio noviazgo. Retírate, chico. Esto no es como lo que te traías con tu madrastra. Esta no va a ceder.

—¿Que me retire yo? Soy Aitor, ¡AITOR!, y todavía no se me ha resistido ninguna que se me haya metido entre ceja y ceja.

—Vas a meter la pata, y esta vez no habrá segunda oportunidad.

—¡Calle, vejestorio! Usted no me conoce.

—Te equivocas, niño. Te conozco mejor que tú mismo. Y te digo que no va a salir bien. Déjalo.

—¿Por qué?

—Porque sé de lo que hablo. Su padrastro cambiará de idea cuando llegue el momento de dar el paso. Su madre se sentirá sucia por haber aceptado traicionar a su marido. Y su hija… —hizo una pausa para tomar aire— su hija dejará de hablarles a los dos. —Se levantó, irguiéndose por encima de él—. Pero, sobre todo, porque solo eres un crío tonto que confunde manipular con entender, y follar con importar.

—¡Y usted, una vieja amargada y sola que se muere de envidia por no poder conseguir lo que tengo yo!

La mujer se quedó con la palabra en la boca, sorprendida por lo que él había dicho y, sobre todo, por el tono. La conversación se había ido por completo de las manos.

—¡Mire a mi novia, a mi familia, a mis colegas! A todas las tías con las que me he acostado —casi gritaba—. Hasta mi suegro, que es un ogro, me ofrece a su mujer. ¡Me la ofrece él! —Se levantó, marcando la diferencia de altura—. Y usted… usted… ¿qué tiene?

Se puso a dar vueltas por la habitación, respirando con dificultad. Amparo lo observaba temiendo que se pusiera violento, pero sin dar la menor muestra de miedo.

—Mírese: viviendo de recuerdos. Es lo único que le queda, ecos miserables de sí misma. —Se volvió hacia ella y la apuntó con el dedo—. Sí, ese es su problema, que vive en el pasado, de cuando era alguien. Me di cuenta la primera vez que entré a su cuarto. No hay fotos de amigos, ni de fiestas, ni de viajes. Solo retratos suyos, de lo que fue, de lo que no volverá a ser. —Estaba realmente furioso—. En toda la casa no hay una sola imagen de nadie que no sea usted de joven. ¿Y qué le queda de verdad? Nada. Una pobre vieja triste persiguiéndose a sí misma por las paredes. Sin familia, sin amigos.

—¿Y tú? ¿Acaso tienes amigos? —escupió ella—. No. Solo colegas. —Le temblaba el labio—. «CO-LE-GAS». Así se llaman los tontos útiles de un niñato con ego de estratega y cerebro de peón. Comparsas que solo sirven para beber en tu compañía.

—¿Como la compañía que le hace su hijo? Ese que la rehúye y que lleva años sin dirigirle la palabra a su propia madre. —Se acercó hasta quedar cara a cara—. ¿Qué pasó? ¿Lo pilló metiéndose en la cama de otro mientras su marido lloraba en un rincón?

Los ojos de Amparo brillaron. Habrían llorado de no ser porque hacía demasiado que habían olvidado cómo se hacía.

Se quedaron en silencio, mirándose el uno al otro, dejando correr los segundos. El eco de lo dicho aún resonaba con fuerza. Tal vez ambos empezaban a arrepentirse o, tal vez, solo preparaban el siguiente asalto.

—Vete de mi casa.

Aitor apretó la mandíbula hasta que los músculos del maxilar se le marcaron a ambos lados. Tardó en hablar, dejando caer los segundos antes de mover los labios.

—Claro. —Se irguió y dio dos pasos hacia la puerta. Antes de desaparecer, se giró hacia ella—. Hágase un favor y llámele. Dígale que quiere volver a verle reír como en esa foto de su cuarto que tanto añora y que guarda tan cerca. —Fue a salir, pero se detuvo de nuevo—. O mejor: dígale que es dueña de su cuerpo, que puede acostarse con quien le dé la gana y que, si a alguien no le gusta, ya sabe dónde está la puerta.

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Comentarios (5)

Carlos84

que bueno!!! el giro del final no me lo esperaba para nada

Silvia_RM

jaja me recordó a una vecina que tuve, de esas que parecen inocentes pero lo saben todo. Muy buen relato!

NorbertoLector

Esperando la continuacion, el personaje tiene mucho mas para dar. Saludos desde Mexico!

Leonidas77

Muy buena la dinámica entre los dos personajes. Se hizo corto, quería que siguiera mas

DiegoCba77

el final tremendo, no lo vi venir. Felicitaciones, de lo mejor que leí ultimamente

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