Fingí estar dormido para ver a mi mujer con otro
Esto lo venía arrastrando desde hacía mucho. Al par de años de casado con mi dulce Lorena, empecé a despertar con la misma fantasía clavada en la cabeza: ella en brazos de otros hombres, más grandes y descarados que yo, haciéndola gozar como yo nunca había logrado. No sé qué tenía mi mujer que encendía esa obsesión enfermiza en mí. Quizá su dulzura intacta a sus veinticinco años, esa forma suya de ser amable con todo el mundo sin darse cuenta de lo que provocaba.
O quizá era su cuerpo. De cintura estrecha, pechos pequeños y firmes, una figura esbelta que cuidaba con disciplina absurda. La carita de ángel, el pelo castaño largo y liso, y un trasero que a ella la acomplejaba y a mí me volvía loco. Si pudiera, me sacaría un poco, decía siempre, sin entender que ese era justamente el motivo de mis desvelos.
Fui un afortunado de cruzármela tan jóvenes. La criaron entre rezos y reglas, encerrada en la torre más alta, y yo terminé siendo su único contacto con el mundo de afuera. Sobra decir que fui el único hombre en su vida. En todo sentido. Y eso era el problema: el salto de la fantasía a la realidad parecía imposible, y eso me consumía. Sabía que jugaba con fuego, pero igual me pasaba las noches buscando candidatos a la altura.
Hasta que Bruno volvió a la ciudad.
***
Bruno era como mi hermano. Un hijo de perra que estuvo conmigo en lo peor y en lo mejor. Se había ido lejos por trabajo, pero la vida lo trajo de vuelta. Y para mis fantasías turbias era el candidato perfecto: piel trigueña, pelo oscuro, un cuerpo grueso y trabajado de tanto fierro, barba prolija y esa actitud de galán que le había conseguido conquistas de sobra. Encima cargaba fama de semental y de estar bien dotado. Y de todo el mar de amigos que alguna vez tuve, Lorena solo se había llevado bien con él. Eso me dio esperanzas que no debía tener.
Lo invité ese mismo día a casa. Esa noche nos pusimos al día a punta de cervezas frías, y cuando mi mujer llegó cansada del trabajo, lo saludó con un beso en la mejilla y un abrazo cálido: de todos los que habían pasado por casa, solo a él lo recibía así. Por cortesía la invité a quedarse un rato, seguro de que se iría a la cama. Para mi sorpresa, aceptó. Se sacó los zapatos y se sentó con nosotros.
Las semanas volaron. Con Bruno volvimos a ser los críos inseparables de antes, juntándonos religiosamente los fines de semana. Y lo que más me gustaba era que Lorena ya no era una testigo silenciosa que se iba temprano a dormir: ahora se hacía parte de nuestras locuras. De a poco, en las madrugadas, empezó a aparecer otra cosa en el aire de la sala, algo espeso y con gusto a prohibido. No era invento de mi cabeza calenturienta. Los tres lo sentíamos, sobre todo ella.
Me enloquecía que me permitiera cosas que antes la incomodaban. Una noche, mientras Bruno fue al baño, me asaltó la boca con un beso de los que reservaba solo para la cama. Me separó las piernas, se levantó el vestido y me mostró la ropa interior empapada antes de que la puerta volviera a abrirse y ella retomara la compostura.
***
Para romper la rutina empezamos a planear una escapada a la playa. Yo era el último en salir del trabajo ese día, así que Lorena y Bruno me esperarían en casa. Pero hubo un contratiempo: ella necesitaba un traje de baño nuevo y se acordó a último momento. Fastidiado, salí corriendo a comprárselo apenas terminé mi turno, con algunas indicaciones suyas sobre cómo lo quería.
Ahí estaba yo, incómodo en esa enorme tienda, parado en la sección de ropa interior femenina. Solo, molesto, sintiéndome ridículo. Hasta que una idea atrevida me cambió el humor por completo. ¿Y si modificaba apenas su recatado gusto? En lugar del traje de una pieza, discreto, que tapara todo, le compraría un bikini diminuto, tipo tanga, de un rosa escandaloso. Atrás solo unos hilos finos; adelante un triángulo mínimo que apenas cubría su sexo; arriba dos pedazos de tela sostenidos por elástico. Pagué con el pulso acelerado y salí casi corriendo.
Al llegar ya estaban los dos esperándome. Con la excusa del retraso le exigí que se cambiara en la privacidad de la carpa. Cargamos las cosas en la camioneta y partimos entre risas. En el camino me puse cada vez más nervioso y, a la vez, más extasiado que nunca, entre el terror y la excitación. La miraba de reojo a cada rato y todo en mí se estremecía de imaginar la noche que nos esperaba.
***
Llegamos a un rincón escondido, de aguas claras y arena blanca, de esos que solo los lugareños saben encontrar. Prácticamente la playa era nuestra. Armamos la carpa y prendimos la parrilla. Como otras veces, llevamos un colchón inflable grande para nosotros y uno chico para Bruno, con medio metro de separación. Nunca había sido problema; yo me acostaba siempre en el medio para evitar roces indebidos.
Cuando todo estuvo listo le pasé el traje de baño. Me tembló la mano. Ella tomó la bolsa sin mirar lo que había adentro y se metió a la carpa. Tardó una eternidad en salir. Creí que se negaría rotundamente y arruinaría la jornada. Pero no. Se lo puso, aunque decidió tapar la parte de abajo con su short de jean. Los tirantes del bikini asomaban por sus caderas, y sus pechos se veían magníficos en ese sostén mínimo de rosa chillón que casi no los cubría.
Al verme me clavó una mirada de reproche. Estaba cohibida, con la piel del rostro cada vez más roja. Intentaba taparse los pechos sin éxito, y cuando soplaba el viento se le erizaba la piel y los pezones se marcaban a través de la tela.
—Vayamos a nadar un rato —insistió Bruno, sin entender del todo nuestra tensión.
Yo estaba listo, pero Lorena no se quería sacar el short, así que fuimos solo nosotros dos. Después de unos minutos de chapuzón, Bruno salió decidido a conversar con ella, que se acaloraba sentada sola en la arena. Los vi hablar y reír largo rato. Cuando me acerqué, alcancé a escuchar:
—¡Dale!… somos solo nosotros, no tenés de qué avergonzarte.
Supuse que ella le había contado lo del traje de baño, pero apenas llegué cambiaron de tema.
***
Nos pusimos con el almuerzo. La notaba mirando las olas, con ganas de meterse, pero también nerviosa, restregándose las manos. Hasta que de golpe se sacó las sandalias y llevó los dedos al botón del short.
—¿Qué hacés? —pregunté con mi mejor cara de tonto.
—Voy a nadar —respondió, sin animarse a mirar en nuestra dirección.
Después de un par de cervezas y de mucha duda, se bajó el short de un solo tirón, como diciéndose al diablo con todo. No lo podía creer. En el maniquí de la tienda parecía atrevido; sobre su piel recién depilada era casi pornográfico. Atrás apenas un hilo; adelante, nada librado a la imaginación. Se alejó caminando nerviosa pero firme sobre la arena caliente, y Bruno y yo quedamos boquiabiertos, sin poder creer lo que veíamos.
Comimos, bebimos y nos tiramos a tomar sol. Ella quedó boca abajo. Disfrazando mis intenciones de preocupación por su piel, me ofrecí a ponerle protector en la espalda. Aceptó. Le di un masaje lento, bajando despacio, mientras Bruno aprovechaba sus lentes oscuros para mirarla sin disimulo. Al llegar al borde de la toalla, sin preguntar nada, deslicé las manos por debajo y le solté el nudo. Creí que me detendría. En cambio, levantó apenas el vientre del suelo para dejarme hacerlo. Mis manos aceitosas recorrieron sus glúteos expuestos, trazando círculos. Yo jadeaba de placer, deleitándome con su piel íntima frente a un testigo. La pobre no levantaba la cara de la toalla, incapaz de creer el espectáculo que estaba dando.
***
Las horas pasaron y el sol empezó a caer. Con las panzas llenas y la mente entorpecida por los mojitos cargados, nos pusimos íntimos. Bruno, fiel a su estilo, soltó que esa bien podía ser nuestra playa nudista. Me paré de un salto y me saqué el bañador, dejando todo al aire. Una libertad indescriptible me recorrió entero. Él no tardó en imitarme, ignorando por completo a mi Lorena, que se reía sin parar con las manos en el estómago.
A cada rato notaba sus miradas tímidas perdiéndose en mi sexo a medio despertar y en el de Bruno, que incluso en reposo era evidentemente grande. Empezamos a convencerla de que hiciera lo mismo. Negaba con la cabeza, pero después de insistir accedió a sacarse la parte de arriba entre risas nerviosas. Llevó las manos a la espalda, tiró del nudo y dejó libres sus pechos, pequeños y delicados, con los pezones color caramelo endurecidos.
No lo podía creer: mi tímida Lorena mostrando los pechos a otro hombre. Sentía mariposas en el estómago, las piernas me temblaban y la vista se me nublaba de lo caliente que estaba. Mis fantasías más turbias podían volverse reales.
Empezamos un inocente juego de verdad o reto que, de a poco, se fue poniendo subido de tono. La frutilla del postre llegó cuando Lorena eligió «reto» y Bruno la desafió a sacarse la parte de abajo. Ella me miró preocupada por mi reacción. Le dejé claro que me moría por que lo hiciera. Para ayudarla, tomé despacio una de las tiras del bikini y tiré del elástico. Lorena se tapó la cara con las manos, riéndose nerviosa. Cuando uno de los nudos cedió, me dejó tirar del otro, levantando apenas la cadera hacia mí. La última tela cayó.
Si su madre pudiera ver a su nena inocente ahora…, pensé, mientras admiraba su pubis desnudo. Vi a Bruno morderse el labio con descaro, antojado de la carne privada de mi mujer.
En un viaje de Bruno a orinar en la oscuridad, nuestras bocas se devoraron desesperadas. Antes, una muestra así con alguien cerca le habría dado rechazo absoluto. Esta vez no: ahora era ella la que quería ser tocada. Me abrió las piernas y me dio toda la vista de su sexo, que acaricié sin dudar. Estaba empapada, los labios mojados al punto de humedecer la toalla. Me rogaba en silencio que la penetrara ahí mismo. Nos interrumpió el regreso de Bruno, así que calmé mis instintos y seguí esperando el momento.
***
Llegada la madrugada, el ambiente volvió a enturbiarse. La linterna se había descargado, pero la luna casi llena alumbraba lo suficiente para distinguir las siluetas. Estábamos los tres pasados de copas, sobre todo ella, que ya arrastraba las palabras. Repitiendo mi convincente actuación de borracho, me disculpé y me fui a acostar tambaleando. Recé para que ella encontrara el valor de quedarse y no me siguiera por miedo a estar a solas con Bruno. Y así fue. Jadeaba de excitación mientras entraba solo a la carpa, sin nadie detrás.
Me dejé caer en el colchón chico y me quedé escuchando cada palabra coqueta que se cruzaban afuera, con el mar de fondo. Minutos que deseé eternos. El solo hecho de saberlos a solas, conversando y sin ropa, bastaba para hacerme flotar. Tenía la erección más dura de todas, y no me atrevía ni a rozarla porque el mínimo estímulo me habría hecho terminar al instante.
Unas ganas incontenibles de orinar interrumpieron la charla. Por lo mareada que estaba, no le quedó otra que aceptar la ayuda de Bruno.
—¡Mi traje de baño! —exclamó, buscando cubrirse antes de pararse, pero no había tiempo. Ni con las linternas de los teléfonos lo encontraron.
—No te preocupes, preciosa… está oscurísimo, no veo nada —le dijo él, y solo eso le permitió animarse a ponerse de pie.
La carpa tenía cuatro aberturas con malla que dejaban ver hacia afuera pero no hacia adentro. Busqué el mejor ángulo hasta que aparecieron justo frente a mi ventana. Vi cómo el enorme sexo de Bruno se hundía descaradamente contra el trasero de mi mujer, y ella, lejos de molestarse, se derretía contra su pecho. Llegaron a un rincón oscuro detrás de la carpa, dándome visual completa. Lorena tomó la posición natural para orinar y Bruno se inclinó con las piernas separadas, sosteniéndola de la cintura.
—No tenés de qué disculparte… esto queda entre nosotros dos —le susurró al oído, y ella respondió con un gemido suave y una risa cautivada.
Cuando terminó, sin dudarlo, Bruno tomó unas servilletas y con total naturalidad le secó la intimidad, de adelante hacia atrás. Ella no dijo una palabra; solo separó las piernas para dejarlo hacer. Volvieron igual de pegados, supuestamente a dormir. Cuando entraron, que yo estuviera en el colchón chico no fue tema: se apoderaron del grande sin discutir.
***
No veía casi nada en la oscuridad, apenas siluetas, pero estaba tan cerca que escuchaba todo. Caí dormido a intervalos, despertándome una y otra vez por el aura de ella a centímetros, hasta que me venció el sueño. Desperté una última vez con un sonido extraño y a la vez familiar. Húmedo, pero no era el mar; algo resbalando contra algo mojado. Agudicé el oído: venía de adentro. Más precisamente, de donde dormían esos dos.
Abrí los ojos. Los primeros rayos ya dejaban ver algo con su luz fría. Tenía que ser cuidadoso o me descubrirían de mirón cobarde. El sonido venía de debajo de la fina sábana que los cubría a los dos por completo. El pecho se me aceleró, los latidos me retumbaban en los oídos. Me di vuelta despacio, fingiendo dormir, y me cubrí la cara con una almohada apuntada hacia ellos, dejando los ojos escondidos. Una acomodada sobre el colchón y un gemido ahogado de Lorena me lo confirmaron.
Hasta que, ahogados por la falta de aire, se descubrieron hasta el pecho para respirar. Lorena me lanzó una mirada aterrada, directa; de no haberme tapado con la almohada, habría descubierto que estaba despierto. No paraba de mirarme con culpa y terror, mientras Bruno le besaba el cuello y le amasaba los pechos.
—Va a despertar… nos va a ver… no podemos —susurró ella, sin aliento.
—Está dormido… relajate… un último beso y ya —respondió él, llevando la mano bajo la sábana, bajando por su vientre—. Tu boca dice no… pero el resto te suplica que siga.
—¡Estás loco! —le dijo, y aun así le permitía todo.
—Loco por vos… desde que te volví a ver que no dejo de pensarte.
Extasiada, mi pequeña giró el rostro y le dio el beso más fogoso de su vida. Sus lenguas se enredaron como animales. Ese beso lo desató todo. Lorena separó las piernas, levantando las rodillas bajo la sábana, y la mano de Bruno volvió a bajar hasta su entrepierna. El sonido húmedo regresó con fuerza, acompañado de sus gemidos sofocados.
—Estás empapada —dijo él—. ¿Te dejo meter los dedos ahora… o sigo jugando?
—¡Metelos… meté los dedos! —gimió ella, apretando los labios para no gritar.
No pude evitar recordar todas las veces que me había frenado a mí, con su pudor descomunal. No podía creer que ahora rogara lo mismo. Bruno se inclinó a mamarle los pezones mientras su mano aceleraba. Los sonidos húmedos parecían una cascada cayendo sobre el plástico. Un gemido imposible de contener se le escapó a todo pulmón antes de que quedara inmóvil en un orgasmo largo.
—Basta… basta —suplicó, intentando recuperar el aliento.
—Ahora viene lo mejor… ya no hay vuelta atrás. Date vuelta.
Con el pecho todavía agitado, obedeció. Se giró para que él la abrazara desde atrás, mientras me miraba con los ojos perdidos. Bruno apartó la sábana del todo para refrescarse, y ahí tuve la visual completa: sus cuerpos sudados, la posición íntima en la que se enredaban.
—Tratame con suavidad, por favor… —pidió ella.
—Tranquila. Voy a ser cuidadoso, es tu primera vez con uno así —susurró, mientras rozaba la entrada de ella—. ¿Lo deseás?
—Sí… ¿Cómo puede ser tan grande? —exclamó, aterrada y excitada a la vez—. Nos vamos a meter en problemas.
—Pedímelo con tu boca.
—Metelo, Bruno… metelo todo… te lo suplico.
Con la primera embestida, un sonido húmedo resonó: se había hundido en ella. Un gemido corto, de placer y de miedo a la vez, confirmó que oficialmente estaba siendo penetrada por mi mejor amigo. El enorme sexo le entraba de a poco, y ella todavía no lo recibía entero. Con un antebrazo le mantenía la pierna abierta; con la otra mano le tomaba el rostro para los besos y le amasaba los pechos.
—Ya no puedo más con vos —jadeaba él, acelerando las estocadas—. No puedo dejar de fantasear con tu cuerpo.
Mi pequeña parecía desfallecer, mecida con cada empuje. Cuando él aceleró hasta el fondo, ella empezó a gemir con todo. El colchón rechinaba como si fuera a reventar, los cuerpos resbalaban sobre el sudor.
—Me corro, Lorena… voy a terminar adentro tuyo.
De ella ya no salían palabras, solo gemidos. Al borde del orgasmo más intenso de su vida, empezó a gritar sin importarle nada: ni que la escuchara, ni mi presencia, ni nada. Solo el placer de entregarse a quien no debía.
Terminado el acto, quedaron pegados unos minutos, mientras él se aseguraba de descargar hasta la última gota. Después de un rato interminable se despegaron. En silencio, cada uno se fue a un extremo del colchón. Lorena se envolvió en la sábana maltratada; Bruno fue por su bañador. Ambos cayeron rendidos, mientras yo, del otro lado, seguía despierto, incapaz todavía de creer que mi fantasía más oscura por fin se había vuelto real.