La noche de frío que Sofía y yo nunca olvidamos
Llevábamos horas estudiando cuando el frío se hizo insoportable. Sofía me invitó a su cama para calentarnos. Ninguna esperaba lo que vino después.
Llevábamos horas estudiando cuando el frío se hizo insoportable. Sofía me invitó a su cama para calentarnos. Ninguna esperaba lo que vino después.
Habíamos pasado la mañana bromeando entre los cinco, con esa tensión que no nombra nadie. Cuando empezaron a tocarse, quedó claro que la tarde iba a durar mucho.
Esa semana entera dormimos mal. Sabíamos lo que nos esperaba el sábado, y esa certeza convertía cada noche en un anticipo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.
Cuando Mariana me pidió ayuda, supe que el secreto que llevaba años escondiendo iba a salir a la luz frente a tres personas que apenas conocía.
Pensé que era un dildo. Cuando me quitó la venda y vi el espejo, entendí que llevaba meses preparándome para algo muy distinto.
Carolina entrecerró los ojos sobre mí y me susurró que quería ver cómo le metía la verga al novio de Sofía. Y yo a ella nunca le he sabido decir que no.
Habíamos rechazado a tres parejas. Cuando por fin encontramos la perfecta, nos pusieron una condición que no esperábamos ni en nuestros sueños más raros.
A las once eran solo dos parejas riéndose alrededor de una botella; a las tres de la mañana ya éramos cuatro cuerpos que no sabían a quién pertenecían.