Lo que pasó en el spa mientras mi mujer dormía
Lorena se quitó el pareo frente a todos y me eligió a mí para contar los treinta segundos. Mientras tanto, mi mujer dormía en la cabaña sin sospechar nada.
Lorena se quitó el pareo frente a todos y me eligió a mí para contar los treinta segundos. Mientras tanto, mi mujer dormía en la cabaña sin sospechar nada.
Aquella noche en el hotel descubrí que algunos placeres tienen un precio que el cuerpo paga al día siguiente, y que mi esposo nunca olvidaría.
Bajamos al salón donde varias parejas se entregaban entre ellas. Yo solo debía mirar. Pero la imagen de él entrando en otra mujer regresó por las noches.
Acabo de saltar a la cama con el marido de mi mejor amiga y, mientras él se desinfla bajo las sábanas, le explico que esto era solo el primer paso del plan.
Habíamos jurado que en el playroom solo sería sexo oral. No contábamos con la mirada del hombre de al lado, ni con las manos de su mujer en mi espalda.
A las cinco de la mañana, con el amigo de mi esposa fumando en mi terraza, supe que iba a contarle la noche en que ella misma me empujó al precipicio.
Llevábamos meses fantaseando con verla en pantalla, pero ninguno imaginó que el chico tras el objetivo dejaría la cámara para meterse en la cama con nosotros.
Le había pedido que no lo viera nadie del edificio. Cuando cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera, ya estaba temblando entre las manos.
Lo vi acercarse al sofá donde ella gemía bajo el peso de su hombre. Lo que ese intruso hizo con sus dedos antes de marcharse me dejó temblando en mi rincón.
Llevábamos horas tomando cerveza alrededor de la pileta. Cuando entré a la casa buscando hielo, los gemidos venían de adentro y no eran de ella sola.
A las dos de la mañana, en aquella sala con luces rojas, dejé de fingir que solo había venido a acompañar a mi marido. Estaba mirando. Y me estaba gustando demasiado.
Aquel mensaje cualquiera en su pantalla destapó el trato que habíamos firmado meses antes: experimentarlo todo, sin secretos, hasta donde nuestra calentura aguantara.
Llevaba años cargando una asignatura pendiente desde la adolescencia. Cuando se lo conté a Mariana esperaba lágrimas; no esperaba que sonriera y me hiciera esa propuesta.
Cuando mi padre llamó al timbre vestido de domingo, supe que el plan de mi marido iba a borrar para siempre la línea que nos separaba.
Las camas chirriaban en sincronía. Si ella gemía, mi novia gritaba más. Era una competencia silenciosa entre cuatro personas separadas por unos centímetros de tabique.
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Doce años pidiéndoselo. Cuando finalmente cedió, llamé al número del aviso antes de que cambiara de opinión. Sabía que no había vuelta atrás.
A los veinte yo ya lo sabía todo; ella, en cambio, todavía se sonrojaba con un beso. Hasta que su primer 14 de febrero la convirtió en otra mujer.
Damián juraba que sabíamos divertirnos. No imaginé que su invitación nos llevaría a un pasillo de cortinas rojas donde mi esposa decidiría por los dos.
Cuando Joaquín nos presentó a su nueva pareja, una rubia diez años mayor, no imaginé que esa misma noche acabaríamos rompiendo todos los límites de nuestra familia.