El último regalo de mi mejor amiga no fue la pulsera
Hola, vuelvo a escribir acá porque siento que es el único lugar donde puedo contar estas cosas sin que después nadie me mire raro al día siguiente. Lo que me pasó hace unas semanas todavía me da vueltas en la cabeza, y necesito sacarlo de alguna manera.
Para que me ubiquen, díganme Sol. Tengo veintiséis años, mido un metro sesenta y cinco, llevo el cabello castaño hasta media espalda y los ojos de un color que mis amigas llaman «miel cansada». Hace dos años que voy al gimnasio cinco veces por semana, así que las piernas y la cola son lo único de lo que estoy orgullosa cuando me miro al espejo. Los pechos son chicos, pero a mí me gustan así: dos tetas firmes, con los pezones rosados y sensibles, que se me ponen duros con nada. Trabajo en una empresa de seguros desde hace cuatro años y comparto escritorio con la mujer que es la protagonista de todo esto.
A ella, en estas páginas, voy a llamarla Renata.
En el relato que subí la vez pasada conté cómo terminé en los vestuarios del gimnasio con una de las instructoras, cómo me comió el coño contra los azulejos hasta hacerme temblar. Después de publicarlo necesité contárselo a alguien de carne y hueso, y la única persona en la que podía confiar era Renata. Almorzamos juntas todos los días desde que entré, sabemos cosas la una de la otra que nadie más sabe, y cuando se lo conté en aquel café de la esquina pensé que se iba a levantar y se iba a ir.
No lo hizo. Se rio, le dio un sorbo a su agua y me dijo algo que repaso desde entonces.
—Tranquila, Sol. Tengo la cabeza más abierta de lo que piensas. Lo que importa es que la pasaste bien.
Nada más. Cambió de tema y seguimos hablando del cliente nuevo y de un cumpleaños al que ninguna de las dos quería ir. Pensé que el asunto había muerto ahí. Me equivoqué.
Al día siguiente, en el almuerzo, dejó el tenedor sobre la ensalada y me miró por encima de los anteojos de sol.
—¿Te puedo hacer una pregunta sin que me odies? ¿Es verdad que con una mujer se siente mejor que con un hombre?
Sentí que la cara me subía de temperatura. La servilleta de papel se me pegó a los dedos.
—¿Quieres que te conteste en serio?
—En serio.
—Para mí sí —le dije—. Estuve con bastantes chicos y ninguno me hizo acabar como me hizo acabar Daniela. Con una polla adentro nunca llegué a temblar así. Nunca. ¿Por qué la pregunta?
Se encogió de hombros como si fuera lo más natural del mundo. Después soltó la frase que cambió todo.
—Curiosidad. Y te voy a confesar que de vez en cuando miro porno entre chicas y me mojo más de lo que debería. Una amiga me dijo una vez lo mismo que tú. Y desde ese día tengo una espina clavada.
No supe qué contestar. Bebí agua. Miré el techo. La miré a ella, que seguía masticando su lechuga como si nada.
Tengo que describirla, porque si no, no se entiende. Renata tiene veintinueve años, es alta, rubia natural y los ojos verdes le quedan ridículamente bien con la piel apenas tostada. Es una de esas mujeres que entran a una sala y todos giran la cabeza sin querer. Pechos pequeños, cintura marcada, caderas redondas, un culo respingado que hace que los pantalones de vestir le queden como pintados. En la oficina los compañeros se quedan mirándola cuando pasa y a más de uno le he visto la marca de la verga apretándole el pantalón. Ella lo sabe. Se ríe de eso. Lo usa.
Después de aquella conversación empezó a jugar conmigo de un modo que no sé si yo entendía bien.
***
Las fotos llegaban a mi WhatsApp después de las nueve de la noche. Se las sacaba en el espejo del baño, con la luz cálida del aplique encendida, vestida con ropa interior nueva que decía que se compraba para «los fines de semana». Bralettes de encaje negro con los pezones marcándose contra la tela, conjuntos color piel que se transparentaban contra la luz y dejaban ver la sombra del coño depilado, una bata corta abierta hasta el ombligo, una tanga hilo dental que le partía el culo en dos.
—¿Te parece que con esto seduzco a alguien? —me escribía.
Yo le respondía con un emoji y una frase neutra, pero en la cama me quedaba mirando esas fotos más tiempo del que estoy dispuesta a admitir. Metía la mano por debajo del pantalón del pijama y me tocaba el clítoris pensando en ella, imaginándome esos pechos en mi boca, imaginándome bajarle la tanga con los dientes. Me hacía acabar mordiéndome el labio y después borraba el chat y dormía mal, con el coño todavía latiéndome.
Al día siguiente, en el almuerzo, ella me preguntaba con la cara más inocente del mundo si funcionaba. Yo asentía y cambiaba de tema. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Lo extraño era que yo seguía dejándola.
Esto siguió así casi dos meses. Mensajes, fotos, miradas largas en la cocina de la oficina. Una vez se me acercó a buscar la jarra de café por atrás, apoyó la mano en mi cintura para no chocarme, y la dejó un segundo más de lo necesario. Sentí sus tetas rozándome la espalda y el aliento en mi cuello. Cuando se fue, tenía la tanga empapada y todavía me temblaban las piernas.
Yo cumplía años el catorce de noviembre.
***
Organicé una reunión chica en mi departamento. Familia, dos primas, un par de amigas del trabajo, el vecino del frente que siempre se invita solo. No quería un festejo grande. Compré vino, hice una picada, encargué la torta. Ese día Renata llegó con un vestido verde que se le ajustaba como una segunda piel y unas sandalias de tira fina que la hacían parecer más alta de lo que ya era. No traía sostén y se le notaba la punta de los pezones marcados en el escote.
—Feliz cumpleaños, Sol —me dijo, y me besó muy cerca de la comisura del labio.
No me soltó la mano enseguida.
Durante la noche bailamos en el living, comimos demasiado, brindamos por todo. Cada vez que yo miraba para otro lado, sentía que ella estaba mirándome. Cada vez que la miraba a ella, ya estaba esperando mis ojos con una sonrisa pequeña.
Cantamos el cumpleaños cerca de la medianoche. Apagué las velas con un deseo que mejor no escribo. Cortamos la torta. La gente se fue yendo de a poco, como pasa siempre. Mi prima fue la última de la familia. Después de que cerré la puerta detrás de ella, me di vuelta y solo quedaba Renata, sentada en mi sofá, descalza, con la copa apoyada en la rodilla y el vestido subido hasta medio muslo.
—Te guardé un regalo para el final —dijo.
Fue hasta su bolso, sacó una cajita envuelta en papel plateado y volvió. Adentro había una pulsera fina de plata con una piedra verde, del color de sus ojos.
—Es preciosa, Renata. Gracias.
—Me alegro de que te guste. Pero no es todo.
Me clavó la mirada con esa media sonrisa que ya conocía de memoria.
—Cierra los ojos, Sol. Y no los abras hasta que te diga.
***
Hice lo que me pedía. Escuché el roce de la tela deslizándose por su piel, el vestido cayendo al piso. Pasos descalzos sobre el parquet. La respiración de ella, ahora más cerca. El olor de su perfume, que se mezclaba con el del vino que todavía quedaba en mi copa.
—Ahora.
Abrí los ojos.
Estaba parada delante de mí en un conjunto de encaje negro que apenas le cubría algo. El bralette transparente que dejaba ver los pezones erguidos, la tanga del mismo encaje ajustada contra la vulva, las piernas largas bronceadas hasta el último centímetro. Se le marcaban los labios del coño contra la tela mojada, porque estaba mojada ya, se le notaba una manchita más oscura en el encaje.
No me salió la voz.
—Sabía que te iba a gustar —dijo.
Me tomó la mano sin esperar respuesta y me la puso directo sobre una teta, por encima del bralette. Sentí el pezón duro clavándose en mi palma. Después me hizo sentar en el sofá, se subió encima de mí a horcajadas, apoyó las dos manos sobre mis hombros, y se quedó así un segundo, mirándome desde arriba. El calor de su coño me atravesó la tela del vestido y me quemó los muslos.
—¿Estás segura, Renata? —le pregunté, en un hilo de voz.
Asintió despacio.
—Hace meses que estoy segura. Tú eres la que tarda en darse cuenta. Hace meses que me toco pensando en ti, Sol. Hace meses que me meto los dedos imaginándome esa boca tuya entre mis piernas.
Me besó. Y no fue un beso tímido ni un beso que pidiera permiso. Me besó como alguien que llevaba mucho tiempo pensándolo, con la lengua adentro de mi boca desde el primer segundo, buscando la mía, empujando, chupando. Tenía los labios más suaves de lo que había imaginado y sabía a vino tinto. Empezó a moverse encima de mí, restregando el coño contra mi vientre, marcándome el ritmo con las caderas.
Le pasé la mano por la espalda, por debajo del bralette, y sentí su piel erizarse. Ella soltó un gemido ronco que no había escuchado nunca en otra mujer. Le saqué la prenda por encima de la cabeza, despacio, y se quedó sentada sobre mí, con las tetas pequeñas y firmes a la altura de mi boca, los pezones rosados apuntándome directo a los labios.
—Chúpamelas —dijo, sin pedir nada en particular—. Chúpamelas fuerte.
La besé en el cuello primero, le dejé una marca húmeda debajo de la oreja. Bajé. Le pasé la lengua alrededor del pezón izquierdo, tracé un círculo lento, sopló y volvió a lamer, y después me lo metí entero en la boca y lo tomé entre los dientes con cuidado. La escuché contener el aire y arquear la espalda para meterme más teta en la boca. Le hice lo mismo con el otro, chupando duro, y al mismo tiempo le apreté el que tenía libre entre los dedos, pellizcándole el pezón. Ella gemía cada vez más fuerte, restregándose contra mí con el coño empapado.
—Mierda, Sol —jadeaba—, mierda, así, no pares.
Cuando levanté la cara, tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos.
—Espera —dijo.
Se levantó de mi falda y me empujó hacia atrás, hasta que quedé acostada sobre el sofá. Me sacó el vestido por encima de la cabeza con una sola pasada. Yo, debajo, no llevaba sostén. Su mirada me recorrió entera y se demoró un segundo más en mi cintura y en la mancha que ya se me marcaba en la tanga.
—Eres más linda de lo que pensaba —me dijo—. Y estás empapada, Sol. Mira cómo estás.
Me pasó dos dedos por encima de la tela, apretando justo donde le latía el clítoris, y yo levanté las caderas buscando más. Se rio bajito.
—Tranquila. Tenemos toda la noche.
Me besó otra vez, en la boca, y fue bajando. Por el cuello, mordiéndome donde late el pulso. Por la clavícula. Se detuvo en las tetas y me chupó los pezones uno a uno, tirándomelos con los dientes hasta hacerme quejar. Por el medio del pecho. Por el ombligo, metiéndome la lengua adentro. Por la cadera. Cuando llegó al borde de mi ropa interior se detuvo, levantó la cara y me miró desde abajo, esperando algo. Tenía el mentón brillándole ya de mi humedad porque se había apoyado contra la tela.
Que no pare. Que por favor no pare.
Asentí con la cabeza, sin aire.
Me sacó la única prenda que me quedaba deslizándola con los dientes, muy despacio, mirándome. Cuando la tanga cayó al piso me abrió las piernas con las dos manos, me las separó todo lo que pudo, y se quedó un instante contemplándome el coño abierto, hinchado, mojado.
—Qué rico coño tienes, Sol. Rosita. Depilado. Y todo brillante para mí.
La primera vez que su lengua me tocó pensé que iba a desmayarme. No era como con un hombre, no era como con la instructora. Era distinto. Renata sabía exactamente dónde y cuánto, y se tomaba su tiempo. Empezó lamiéndome de abajo hacia arriba, una pasada larga, entera, recogiendo lo que me chorreaba, y terminó dándole un beso al clítoris con los labios cerrados. Después abrió la boca y me la chupó entera, succionándome los labios menores uno a uno.
—Ay Dios —jadeé—, Renata, por favor…
Me lamía despacio, después rápido, después se quedaba quieta y solo soplaba para hacerme rogar. Me hundió la lengua en el agujero, la sacó, subió al clítoris y lo chupó en círculos hasta que yo empecé a levantar la pelvis buscando más. Le agarré el pelo con una mano, se lo enredé en los dedos, la empujé contra mi coño, y la otra me la mordí para no gritar. Ella gemía contra mí, y esa vibración me subía por adentro como una corriente.
Me metió dos dedos. Los curvó, buscando ese punto adentro que casi nadie encuentra. Los movió despacio mientras seguía chupándome el clítoris, y cuando lo encontró supe que iba a explotar. Cuando el primer temblor me empezó en los muslos, ella levantó la cara, sonrió, dejó los dedos quietos adentro y me sopló el clítoris.
—Todavía no, mi amor. Aguántate.
—Renata, por favor…
—Chsss.
Sacó los dedos, se los metió en la boca y los chupó mirándome a los ojos. Después volvió a empezar como si no hubiera pasado nada. Lo hizo dos veces más antes de dejarme acabar. Me llevó al borde, me frenó, me lamió despacio hasta que se me pasó, y volvió a subirme. Yo estaba deshecha, con las piernas abiertas de par en par, arañándole el respaldo del sofá, suplicándole en voz baja que me dejara terminar.
—Ahora sí —dijo por fin—. Acábame en la boca, Sol.
Me chupó el clítoris entero mientras me metía tres dedos y los curvaba fuerte contra ese punto de adentro. Cuando por fin lo hizo, terminé arqueando la espalda hasta donde mi cuerpo me dejó, agarrándole la nuca, empujándole la cara contra mi coño, corriéndome en su boca con un espasmo que me sacudió entera. Sentí cómo se me apretaba alrededor de sus dedos, cómo me chorreó por dentro de los muslos hasta el sofá, cómo ella no paraba de lamer y tragar todo lo que le caía.
Me quedé sin respiración un minuto entero.
—¿Estás bien? —me preguntó, todavía entre mis piernas, con la boca brillándole entera, riéndose por lo bajo.
—No sé. Veo cosas.
***
No la dejé descansar mucho. La hice subir hasta quedar encima de mí, le di vuelta la cara con la mano y la besé sintiendo mi propio sabor en su boca, esa mezcla ácida y espesa que se le había quedado en los labios y en el mentón. La chupé como si estuviera comiéndomela, limpiándole la cara con la lengua, y ella se dejaba, gimiendo bajito.
Después la empujé suavemente para que quedara acostada de espaldas en el sofá, y le saqué la tanga muy despacio, mirándola a los ojos todo el tiempo. La tela se le pegó al coño, tuve que despegársela con cuidado, y cuando por fin cayó al piso vi que estaba tan mojada que le brillaba hasta el interior de los muslos.
—Tú también —dijo—. Quiero lo mismo. Cómeme entera, Sol.
Le obedecí. Le besé los muslos hacia adentro, uno y otro, mordiéndole apenas la piel blanda. Le pasé la lengua por el hueso de la cadera. Fui subiendo hasta que le respiré encima del coño y ella soltó un gemido de puro impaciencia. Cuando por fin la probé escuché un gemido distinto, más grave, que la sacudió desde la cintura para arriba. Estaba mojada hacía tiempo. Sabía dulce, un poco a sal, con algo debajo que era solo ella.
Le dediqué los minutos que ella se había tomado conmigo y los multipliqué por dos. Le abrí los labios con los dedos, le busqué el clítoris con la punta de la lengua y se lo lamí en círculos hasta que empezó a temblar. Bajé, le metí la lengua todo lo adentro que pude, la saqué llena de ella, subí otra vez al clítoris. Le metí dos dedos y los moví despacio mientras la chupaba. Renata me agarró la cabeza con las dos manos y me empujó contra ella, restregándome la cara contra su coño sin vergüenza.
—Así, así, no pares, Sol, cómeme —jadeaba—, mételos más, más adentro.
Le metí un tercero. La sentí apretarse alrededor de mis dedos, cada vez más fuerte. Le curvé la mano buscando el punto, encontré el bultito hinchado y lo froté sin parar mientras le succionaba el clítoris. Renata acabó gritando la primera vez, un grito ahogado contra el brazo. Le empapó la mano y el sofá. No la dejé descansar. Seguí lamiéndole el clítoris con la lengua plana, más suave ahora, y a los dos minutos ya estaba temblando otra vez. La segunda corrida fue más larga, se le contrajo todo el vientre y me clavó los talones en la espalda. La tercera se la saqué solo con los dedos, curvados adentro, moviéndoselos en un ritmo constante mientras le pellizcaba un pezón con la otra mano. Le salieron unas gotas transparentes que le corrieron hasta el ojete y le mojaron todo el culo. Se quedó agarrada del respaldo del sofá, con la cabeza tirada hacia atrás y la boca abierta, sin poder hablar.
Después nos miramos un momento sin decir nada, sudadas, despeinadas, con el sofá empapado debajo de nosotras, riéndonos como dos chicas que acababan de hacer una travesura.
—Una última cosa —me dijo.
Me sentó frente a ella en el sofá, abrió las piernas y me abrió las mías. Enganchó una de sus piernas sobre la mía, y la mía sobre la suya, y se acomodó hasta que nuestros coños quedaron pegados, coño contra coño, clítoris contra clítoris. Sentí el calor de ella contra el mío y casi me corrí solo con eso.
—Mírame —me dijo—. Mírame cuando me corra.
Empezó a moverse despacio al principio, restregándose contra mí, y yo hice lo mismo. Sentí cómo los dos coños se resbalaban uno contra el otro, empapados, cómo su clítoris me golpeaba el mío en cada empujón, cómo se mezclaba lo que salía de las dos. Aceleró cerrando los ojos, apoyándose con las manos en el respaldo, tirando la cabeza atrás. Yo me agarré de sus caderas y la ayudé, empujando también, cada una montándose contra la otra.
—Voy a acabar otra vez, Sol —jadeó—, voy a acabar contigo.
—Yo también, Renata, ay Dios, yo también…
Yo no aguanté. Acabé otra vez, con ella encima, con el cuerpo entero temblándome desde adentro, sintiendo cómo se apretaba y se contraía contra mí. Renata se corrió al mismo tiempo, con un gemido largo, clavándome las uñas en los muslos, sin dejar de restregarse hasta el último temblor.
Cuando todo terminó nos tiramos sobre el sofá, una al lado de la otra, en silencio, con la respiración apenas calmándose, los coños todavía latiéndonos. Renata me besó en el hombro y me pasó la mano abierta sobre una teta, sin ganas de nada más, solo por tocarme.
—Feliz cumpleaños, Sol.
***
Ya no almorzamos exactamente igual que antes en la oficina. Seguimos hablando del cliente nuevo, del jefe insoportable, del proyecto que nadie quiere tomar. Pero hay un segundo, todos los días, en que ella levanta la vista del plato y yo la miro a los ojos, y las dos sabemos exactamente en qué estamos pensando. En su lengua metida en mi coño. En mis dedos adentro de ella. En los dos clítoris chocándose hasta hacernos acabar.
Es la segunda mujer con la que estoy. Y cada vez que lo pienso me convenzo más de algo que ya sabía desde aquella tarde en el gimnasio: con una mujer es distinto. No mejor ni peor, distinto. Más despacio. Más adentro. Más mío.
A veces, ya en mi cama, miro el techo y agradezco haber tenido el coraje de contarle aquello en el café. Si me hubiera quedado callada, todavía estaría mirándome sus fotos de WhatsApp a las nueve de la noche, tocándome el coño en silencio y borrándolas avergonzada.
Y la pulsera de plata, por si preguntan, la uso casi todos los días.