La reconocí en la cena: era mi match de la app
Esta historia me vuelve a la cabeza siempre que me toco. La cena del Sheraton, la luz dorada del comedor, ella sentada tres mesas más allá y el escote que me hizo perder el hilo de lo que mi madre me estaba contando.
Era el 24 de diciembre. Mi familia había reservado en el restaurante del hotel para la Nochebuena porque ese año nadie tenía ganas de cocinar. A las diez de la noche entramos al salón con las luces bajas, los manteles blancos y un cuarteto de jazz de fondo. Yo iba con una pollera de jean corta y una blusa negra abierta hasta el segundo botón. No esperaba nada de esa noche, salvo aguantar las preguntas de mis tías sobre por qué seguía soltera.
Y entonces la vi.
Estaba en una mesa que parecía de oficina, tres mujeres y un hombre que se reían demasiado fuerte para la hora. Llevaba un vestido bordó con escote en V que le marcaba el pecho de una forma que me obligó a bajar la vista al plato. Cada vez que la levantaba, ella estaba un poco más cerca de mirarme también.
—¿Te pasa algo? —me preguntó mi hermana—. Estás colorada.
—Es el vino —mentí.
No era el vino.
Al rato me levanté con la excusa del baño. Tenía que despejarme. Cuando crucé el pasillo en penumbra y le pasé al lado, la reconocí del todo. Era Mara. Habíamos matcheado en la app dos semanas atrás, habíamos chateado mucho, habíamos hablado de vernos un viernes que al final nunca llegó. La voz de los audios y los stickers no me habían preparado para verla así, de carne y hueso, comiendo postre a quince metros de mi familia.
Saqué el celular en el baño y le escribí: «¿En serio sos vos? Tres mesas a tu izquierda, blusa negra».
Tardó un minuto en contestar. Yo me lavaba las manos despacio, mirándome en el espejo, intentando que el rubor bajara antes de volver a la mesa.
«No lo puedo creer. Después de las doce vení al baño del lobby. Te tengo tu regalito de Navidad».
Me quedé congelada con el celular en la mano. Releí el mensaje tres veces. Después escribí «¿Qué regalo?». Lo borré. Escribí «Bueno». Lo borré. Al final mandé un emoji y guardé el teléfono dentro de la cartera, como si esconderlo fuera a apagar lo que se me estaba prendiendo en el cuerpo.
***
Las dos horas siguientes fueron un infierno y un caramelo a la vez. Cada vez que ella se reía con su mesa, yo sentía un tirón en la pelvis. Cada vez que cruzaba una pierna sobre la otra y el vestido se le subía dos centímetros, yo tenía que cambiar de tema para no quedarme muda mirándola. Mi tía me preguntó si me sentía bien. Dije que sí. Mi hermana me pisó el pie por debajo de la mesa con una sonrisa que decía «sé perfectamente que no estás escuchando una palabra».
A las doce en punto descorcharon los champanes. Brindamos, nos abrazamos, mi madre lloró un poco como cada año. Mara se levantó de su mesa y caminó hacia el lobby sin mirarme, con esa caminata lenta de las mujeres que saben que las están mirando. A los cinco minutos me excusé yo también.
El baño del lobby era una sala con tres puertas a un lado y un sillón al fondo. Estaba vacío. La música del salón llegaba amortiguada por el pasillo, ese ritmo de fiesta forzada que tienen los hoteles las noches en que todo el mundo finge estar contento.
Mara salió de uno de los cubículos cuando yo entraba. Cerró la puerta del baño con pasador.
—Hola —dijo, y me sonrió de una forma que ya no tenía marcha atrás.
Quise decirle algo lindo. Quise empezar con una frase tierna, una broma, un «no puedo creer que seas vos». Quise tomarle la cara con las dos manos y besarla despacio, como si la conociera de toda la vida. Pero en cuanto sentí su perfume me olvidé de todo. La agarré del pelo desde la nuca, la metí al cubículo más grande, el de discapacitados, y le bajé el escote del vestido con un solo movimiento.
—Estás loca —susurró.
—Sí —le dije con la boca pegada a su pecho.
Le bajé el corpiño hasta dejarle los pezones al aire. Los chupé como si llevara horas pensando solo en eso, porque era la verdad. Mara me agarró de la nuca y me empujó más fuerte contra ella. Yo sentía sus pezones endurecerse contra mi lengua, su respiración cortarse, las uñas que me clavaba en la espalda a través de la blusa.
—Más despacio —me pidió, y yo no pude.
Le metí una mano por debajo del vestido. La tela era fina y se levantaba sola. Encontré sus muslos calientes y, más arriba, una bombacha húmeda que ya no servía de nada. La corrí a un lado con dos dedos y la toqué directamente.
Mara mordió mi hombro para no gritar.
—Me vas a hacer terminar en dos minutos —me dijo al oído—. Y tengo que volver a la mesa.
—Entonces terminá en dos minutos.
Le hice círculos lentos, suaves, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Después aceleré. Después paré de golpe. Cada vez que paraba, ella me clavaba las uñas más fuerte en la espalda. La besé en la boca para callarla, y sentí su gemido subiéndome por la lengua hasta la garganta. Cuando volví a tocarla, ya estaba al borde. Le metí dos dedos despacio, con la palma apoyada contra su clítoris, y bastaron tres movimientos para que se quebrara contra mí, mordiéndome el labio inferior hasta hacerme doler.
Nos quedamos un minuto así, apoyadas contra la pared del cubículo, respirando fuerte. Le acomodé el vestido. Ella me pasó la mano por la mejilla y me limpió un resto de su pintalabios.
—Andate vos primero —me dijo—. Yo salgo en cinco minutos.
***
Volví a mi mesa con la sensación de que todos podían oler lo que acababa de pasar. Mi hermana me miró y empezó a reírse sin decir nada. Mi madre me preguntó si me había caído algo en la blusa. Mara apareció diez minutos después, conversando con la gente de su mesa como si nada, y solo me dedicó una mirada al pasar.
A las dos de la mañana, cuando los grupos empezaron a moverse hacia las fiestas, la crucé en la salida del hotel.
—Mis amigas se van a un boliche por Costanera —me dijo, ya con la campera puesta—. ¿Te sumás?
Mi familia estaba subiendo a las habitaciones. Mi hermana me hizo un gesto desde el ascensor que significaba «andá tranquila, mañana me contás». Le dije que sí.
El auto era un Corolla blanco con cinco mujeres adentro. Mara se subió atrás y, como no entrábamos, me pidió con un gesto que me sentara arriba de ella. Las otras tres se acomodaron al lado. Yo me ubiqué de costado, con las piernas cruzadas, intentando ocupar lo menos posible. La amiga que manejaba arrancó.
Al principio fue solo el calor de su cuerpo debajo del mío y el roce de su mano en mi cintura. Yo pensaba que íbamos a llegar al boliche y nada más. Pero después de unos minutos, ella empezó a moverse despacio debajo mío, acomodándose, y yo le pregunté en voz baja si estaba incómoda.
—Shhh —me dijo al oído, y sentí su aliento entrar entero por mi cuello.
Su mano bajó por mi cintura, encontró el borde de la pollera de jean y empezó a subir la tela centímetro por centímetro. Yo me quedé dura. Las amigas iban hablando de la fiesta, del cumpleaños de alguien, del año que se terminaba. La ventanilla mostraba luces de Navidad pasando rápido en los frentes de las casas. Estaba oscuro adentro del auto. Nadie miraba para atrás.
Cuando me tocó por encima de la bombacha, cerré los ojos. Cuando la corrió a un lado y me tocó directamente, me mordí la lengua. Tenía los dedos finos y sabía exactamente lo que estaba haciendo. Hacía círculos lentos con el pulgar, presionaba en el punto justo, después aflojaba, después volvía. Era una tortura calculada. Yo apretaba los muslos para que no se notara y eso solo lograba que la tuviera más adentro de su mano.
Aguanté como pude. Mordí el cuello de mi propia blusa. Me clavé las uñas en la palma. Pero hubo un momento, no sé después de cuántas cuadras, en que Mara me hizo algo con dos dedos que me cortó la respiración entera, y yo me solté.
—Chicas, perdón —dije con la voz rota—. Mara me está tocando.
Hubo un silencio de medio segundo y después una carcajada general. La que manejaba dijo «ya me parecía que estabas demasiado quieta». La de al lado prendió la luz interior por dos segundos, vio lo que estaba pasando, la apagó de nuevo y dijo «sigan, sigan, hacemos como que no».
Me dejé ir contra el hombro de Mara y dejé de tratar de esconder nada. Gemí su nombre. Le pedí que no parara. Le rogué que más rápido. Le rogué que más despacio. Las amigas cantaban una canción de Tini con la ventana abierta, fingiendo que no pasaba nada y, al mismo tiempo, riéndose cada vez que se me escapaba un «ay, Mara, así». Cuando me vine, le mordí el cuello hasta dejarle una marca que se vio al día siguiente en las fotos del boliche.
Mara me besó en la sien y me dijo «feliz Navidad» al oído.
Nunca llegué a entrar al boliche. Me bajé en la puerta con ella, le avisé a las amigas que mejor nos íbamos a su casa, y caminamos las dos cuadras hasta el departamento que tenía sobre la avenida agarradas de la mano. Lo que pasó después es otra historia. Pero esa, la del baño del hotel y el auto lleno de mujeres, es la que me vuelve a la cabeza cada vez que me toco sola, y nunca falla.