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Relatos Ardientes

La rubia madrileña que cambió mi semana en la playa

—Mañana va a ser un caos —me avisó mi jefe el martes, como si yo no lo supiera. El miércoles era mi último día antes de tres semanas de vacaciones, y todavía me quedaba por cerrar el archivo fotográfico del dominical, entregar material para dos reportajes y revisar las pruebas de imprenta. Salí del periódico a las dos de la mañana, con los ojos rojos y la espalda hecha un nudo.

Armé una valija minúscula: dos pantalones, tres camisetas, un par de pareos, dos trajes de baño, sandalias y los discos que me acompañan a todas partes. Camila, mi amiga desde la adolescencia, me había regalado una lona azul para la playa cuando le conté que me iba a Caleta Esmeralda. «Necesitas desaparecer un rato», me dijo. Tenía razón.

Llegué a la terminal antes de las siete, desayuné un café con un sándwich de jamón y queso, y subí al autobús con la sensación de que por fin algo nuevo empezaba. El motor ya rugía cuando un taxi se atravesó delante y bajó una muchacha. Llevaba una falda larga color teja, zapatillas blancas y una camisa negra arrugada por el viaje. Cargaba una maleta, una mochila verde y una cartera diminuta.

El cobrador la acomodó en el único asiento libre, que estaba al lado del mío. Me cubrí con un toallón para protegerme del aire acondicionado y me dormí casi de inmediato. Cuando desperté, el bus atravesaba un camino de montaña y mi vecina de asiento leía una revista vieja de Astérix. Era rubia, llevaba el pelo corto, tenía pecas alrededor de la nariz y un reloj enorme en la muñeca izquierda. No pude evitar mirarla más de lo necesario.

Bajamos en un pueblo pequeño. Casi todos los pasajeros eran europeos. Un hombre corpulento ofreció una camioneta para llevarnos al hotel, pero el precio era un robo. Me adelanté, regateé en español y conseguí una tarifa razonable para el grupo. Una alemana, en su español trabajoso, me agradeció con dos palmadas en el hombro. La rubia me miró de reojo, sonriendo apenas.

El Hotel Marisol era un edificio amplio, con balcones que daban al mar y un comedor a cielo abierto bajo un techo de palmas. Mi habitación estaba en la cuarta planta y no había ascensor; subí la maleta a pulso y, cuando salí al balcón y respiré, sentí algo que llevaba meses sin sentir. Calma. La verdadera, no la que dan los ansiolíticos.

Bajé al comedor con el pelo recién arreglado en el salón del hotel. Casi todas las mesas estaban ocupadas. La rubia me hizo una seña desde una mesa pegada al ventanal y me senté con ella. Comimos arroz con mariscos y, de postre, una ensalada de frutas con miel que ella devoró cerrando los ojos.

—Me llamo Lucía —dijo.

—Mucho gusto. Yamila.

—¿Eres de aquí?

—De la capital. Tú madrileña, ¿no?

Se sonrojó.

—Vivo en Madrid desde hace veinte años, pero nací en un pueblo de Valencia, Sagunto. ¿Lo conoces?

Negué con la cabeza. Recordé en ese momento que la primera vez que oí hablar de Caleta Esmeralda fue por mi psicóloga.

—Tampoco yo conozco la mitad de los pueblos de mi país —dije—. ¿Y cómo terminaste aquí?

—Un amigo antropólogo vino el año pasado. Volvió hablando maravillas, así que armé la maleta y me lancé.

Seguimos charlando hasta que vi en su reloj enorme que eran casi las dos. Decidí dormir un rato y bajar a la playa cuando el sol estuviera más bajo. Imaginé las pieles enrojecidas de los europeos y me dio gracia mi prevención: a las negras como yo, el sol nos pone más negras y ya.

Bajé con una novela de Patricia Highsmith y me di un par de zambullidas en un agua tibia, deliciosa. Floté de espaldas, con los brazos abiertos, sintiendo que las olas me mecían. En algún momento, sin querer, pensé en Daniela. Fue mi pareja durante dos años y medio. Habíamos comprado muebles juntas, hablado de mudarnos a la costa, planificado todo. Hasta que conoció a una italiana en una sala de chat, una tal Marta de Roma, y se fue de mi vida sin previo aviso.

Los meses que siguieron fueron un desastre. Fumé demasiado, bebí más, perdí el trabajo, perdí a casi todos. Mi familia se alejó cuando descubrió que la convivencia con Daniela no había sido una etapa pasajera. Mis amigos del barrio también. Camila fue la única que se quedó, la que me llevó a la psicóloga, la que me recomendó al jefe del periódico cuando ya no me alcanzaba ni para el alquiler. Pasé un mes a prueba y me quedé. Hace seis meses comencé lo que decidí llamar mi tiempo de mimos: gimnasio, comidas decentes, dejar crecer el pelo, ahorrar para estas vacaciones.

Salí del mar antes de las seis, me di una ducha larga y me arreglé el pelo en el salón. La peluquera me dio el dato de un taxista de confianza y un comedor barato cerca de la playa. Cuando salí al balcón a colgar el traje de baño, vi a Lucía en el balcón vecino sacando fotos con una cámara digital.

—¿Cenas conmigo? —preguntó.

Mi plan era acostarme temprano, pero asentí sin pensarlo. Me puse pantalones, una blusa fresca y sandalias, y guardé un pañuelo en la cartera por si el viento me arruinaba el pelo. Caminamos hasta un bar pequeño con mesas casi tocando el mar. Pedimos una pizza y dos cervezas. Lucía era ingeniera en sistemas y trabajaba en una empresa de control de calidad alimentaria. Tenía la cara enrojecida del sol del primer día.

Volvimos al hotel pasadas las once. Antes de las doce ya dormía como una piedra.

***

Me despertaron tres golpes en la puerta. Salté de la cama envuelta en la sábana y abrí, todavía con los ojos pegados.

—Perdona, te oía quejarte desde el balcón. Pensé que te pasaba algo.

—Era una pesadilla. Gracias. ¿Ya desayunaste?

—Iba ahora. ¿Te guardo lugar?

Bajé en diez minutos y comí como si nunca hubiera cenado. Lucía se reía mientras se servía huevos revueltos con plátanos fritos.

—Estas vacaciones van a hacer estragos en nuestras dietas —dijo—. ¿Cuánto crees que nos cobraría un taxi para ir al pueblo? ¿Te apetece dar una vuelta?

Conseguimos un taxi por poco dinero. Caminamos por la calle de las artesanías, vimos cuadros de paisajes marinos que la dejaron embobada, compramos dulces regionales y almorzamos arroz con habichuelas y pollo frito en un comedor del pueblo. De vuelta en el hotel, nos sentamos en mi balcón con dos cervezas frías y, a las cuatro, bajamos a la playa.

Lucía nadaba pésimo. Festejaba mis zambullidas con aplausos, se hundía cuando intentaba flotar y se reía sola de su torpeza.

—¿Me enseñas? —pidió.

Tuve que sostenerla en mis brazos, una mano debajo de la espalda, la otra debajo de los muslos. Hacía mucho que no tocaba el cuerpo de una mujer. El bikini era poca cosa: dos triángulos que apenas le cubrían los pezones y una tanga que se le metía entre los cachetes del culo cada vez que la movía. Su piel mojada se pegaba a mis dedos, y sin querer noté que la palma de la mano que le sostenía los muslos rozaba, cada tanto, el bulto tibio de su coño a través de la tela. Ella no se apartó. Al contrario, cerró los ojos, dejó caer la cabeza hacia atrás y separó los muslos un centímetro más, lo justo para que yo entendiera que no había sido casualidad. Supongo que el color de mi piel disimuló el calor que me subió a las mejillas, y el que me bajó al bajo vientre. Practicamos un buen rato, con los pezones erizados apretándome el brazo cada vez que la levantaba, hasta que ambas miramos hacia el oeste y vimos que el agua se teñía de rosa.

Los otros bañistas seguían chapoteando, ajenos al espectáculo. Yo me quedé parada, con el agua casi al cuello, mientras Lucía flotaba prendida de mi brazo.

—Hacía años que no veía un atardecer —dijo, en voz muy baja.

Salimos del agua cuando el último reflejo se hundió en el horizonte. La brisa nos erizaba la piel. Le miré los hombros y los pechos, donde el bikini había dejado las marcas, y vi que estaba más roja de lo que debía.

—¿Te pusiste protector?

—Pensaba hacerlo después de la ducha.

—Si no te lo pones, mañana estarás descascarada como una serpiente.

—No me asustes.

***

Me di una ducha larga y me senté en el balcón envuelta en una toalla, mirando cómo el mar se ponía azul oscuro. Lucía entró sin tocar, con un tubo de protector en la mano y una túnica semitransparente que no le ocultaba casi nada: se le marcaban los pezones rosados, la sombra rubia del pubis, la curva de las caderas.

—¿Me lo pondrías tú? Si no te molesta.

Disimulé como pude. Le dije que no me molestaba. Se quitó la túnica con la naturalidad de quien lleva años en una playa nudista y se tendió boca abajo en mi cama, completamente desnuda. Se me cayó el tubo de la mano, rebotó en el piso y se perdió debajo del mueble.

Me agaché a buscarlo y olvidé por completo que solo me cubría la toalla. Cuando volví a levantar la cabeza, Lucía se había dado vuelta y me miraba. Tenía los pezones duros, una mano descansando entre los muslos abiertos, y en la mirada un hambre que no dejaba lugar a interpretaciones.

Empecé por los hombros. Los muslos rosados se erizaron al primer contacto. Le crucé la espalda en líneas largas, le bajé por la curva de la cintura, le bañé los glúteos firmes con las dos manos abiertas, apretándolos, separándolos apenas para untar bien la crema por el pliegue de en medio. Cuando pasé el pulgar entre los dos cachetes, sin querer —o queriendo, ya no sé—, ella soltó un gemido bajo, ronco, que me dejó la boca seca. Le seguí por los muslos, por la parte de atrás de las rodillas, por las pantorrillas. Volví a subir. Cuando llegué a la raya del culo otra vez, dejé la mano quieta un segundo. Ella arqueó apenas la cintura y me ofreció más. Le pasé la crema despacio, con dos dedos, hasta rozarle los labios del coño, que ya estaban hinchados y calientes bajo la yema. La oí soltar el aire muy despacio.

—¿Terminaste?

—Sí —mentí, con la voz ronca.

Se dio vuelta. Sus tetas carnosas se movieron una vez y se quedaron quietas, con los pezones parados como si le doliera el aire. Dios, qué hermosa es, pensé mientras le pasaba la crema por el vientre, evitando mirarla a la cara para no quemarme yo también. Pero mis manos fueron bajando solas. Le rodeé los pechos, le apreté suave los pezones entre índice y pulgar y ella cerró los ojos y separó las piernas sin ninguna vergüenza. El coño rubio, húmedo, brillaba entre los muslos. Bajé con la crema por el vientre, por el pubis, y cuando le rocé con la palma la vulva entera, ella soltó un jadeo largo.

—¿A ti te arde la piel? —preguntó, con la voz quebrada.

Asentí. Pero el ardor no era del sol. Era de dos años de silencio acumulado, de un cuerpo que llevaba demasiado tiempo encerrado y al que, de repente, le estaban diciendo «vuelve».

—Ven, acuéstate.

Le hice caso. La toalla se me abrió sola, y no la cerré. Sus manos viajaron por mis hombros, por la espalda, por los muslos hasta los talones, y volvieron a subir. Se demoró en mis tetas, me pellizcó los pezones oscuros hasta que se me pusieron duros como piedras, me lamió uno mientras me acariciaba el otro. Bajó una mano, me abrió los muslos y me pasó dos dedos por la raja del coño, de arriba a abajo, sin meter nada, solo tanteando. Yo estaba empapada. Se los llevó a la boca, los chupó despacio, mirándome, y sonrió.

—Sabes rico —dijo.

Después se levantó, se agachó a besarme en la boca con la lengua todavía sabiendo a mí, y me susurró que volvía enseguida. Se fue.

No volvió esa noche. El ventilador del techo me secó la crema y el sudor, y me dormí con los dedos entre las piernas, terminando yo sola lo que ella había dejado a medias, mordiendo la almohada para que no se oyera en el balcón vecino. Desperté a las siete y vi que había dejado la puerta del balcón abierta. Me vestí rápido. Lucía estaba en el balcón vecino, tendiendo una blusa recién lavada. Me sonrió.

—¿Vienes? —preguntó.

***

Pasé al otro balcón en un par de saltos. Lucía tenía un equipo de música mejor que el mío y una radio chica. Buscó una emisora y se conformó con una canción de Pablo Alborán.

—Quería disculparme contigo. Anoche me parece que abusé un poco de la confianza.

—Pero, muchacha, ¿qué dices?

—No sé. Es que… tal vez yo…

No pudo seguir. Empezó a llorar y me asusté. La tomé de la mano y la senté en la cama. Sus ojos verdes, anegados, parecían más transparentes.

—Eres preciosa —dijo, y respiró hondo.

—Tú también —respondí, y la besé antes de que pudiera decir nada más.

Esperaba que se apartara. Esperaba una explicación, una disculpa, una salida elegante. Lo que recibí fue su boca devolviéndome el beso con una urgencia que me dejó sin aire. Me metió la lengua hasta el fondo, me mordió el labio de abajo, me chupó la lengua como si quisiera comerme viva. En segundos estábamos desnudas sobre la cama. La túnica voló, mi vestido voló, no sé cómo. Su cuerpo era un torrente de piel tibia que se me escapaba entre las manos y volvía a encontrarme.

La empujé de espaldas contra el colchón y me le trepé encima, a horcajadas. Nuestros coños se rozaron y las dos gemimos al mismo tiempo. Le agarré las dos tetas con las manos abiertas, se las apreté, se las junté, y me incliné a chupárselas. Le lamí los pezones rosados, uno y otro, se los mordisqueé hasta que gritó, se los tironeé con los dientes. Ella me clavaba las uñas en la espalda, me buscaba la boca a ciegas.

—Por favor —dijo—. Por favor.

Bajé. Le besé el vientre, le hundí la lengua en el ombligo, la mordí en las caderas. Le abrí las piernas de par en par y me quedé un segundo mirándole el coño hinchado, empapado, con los labios internos asomando rosados entre el vello rubio recortado. Le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, y ella arqueó la espalda entera de la cama, gimiendo largo. La probé despacio primero, con toda la boca, chupándole los labios uno por uno, metiéndole la punta de la lengua en el agujero del coño. Después me concentré en el clítoris. Se lo lamí en círculos, se lo chupé como se chupa una fruta, se lo golpeé con la punta de la lengua. Ella me apretó la cabeza con los muslos, me tiraba del pelo con las dos manos, no paraba de decir mi nombre entre dientes.

Le metí un dedo, después dos. La sentí cerrarse alrededor, mojada, caliente. Los movía adentro mientras seguía chupándole el clítoris, y cuando le agregué un tercero, con el pulgar rozándole el culo, se vino con una violencia que me hizo sentir poderosa y temblorosa al mismo tiempo. Se abrió de par en par. Arqueó la cintura dos, tres veces, gritó algo que no entendí, y se me corrió en la boca. Me quedé ahí, chupándole todo lo que le salió, hasta que me apartó riéndose porque no aguantaba más.

Todavía agitada, me tiró de los brazos y me hizo subir. Me besó el cuello, jugó con la línea de mis pechos, me chupó los pezones oscuros con hambre. Bajó. Su lengua hizo en mi sexo todas las diabluras posibles. Me lamió despacio el clítoris, me chupó los labios, me metió la lengua dentro y la movió como si estuviera follándome con ella. Me clavó dos dedos, curvados hacia arriba, buscando ese punto que hacía años nadie me tocaba, y cuando lo encontró, empezó a golpearlo mientras me chupaba el clítoris a la vez.

—Voy a correrme —le dije, y ella gimió contra mi coño, sin parar.

Me vine con las piernas temblando, apretándole la cabeza entre los muslos, mojándole la cara. Fue un bálsamo. No hay otra palabra. Sentí que mi cuerpo volvía a funcionar, que mi historia recomenzaba.

Después me trepó encima otra vez, me montó el muslo, se restregó sobre él sin ningún pudor, dejándome la piel mojada de coño. Se agarró de mis tetas para hacer palanca y se frotó hasta venirse otra vez, mirándome a los ojos, mordiéndose los labios para no gritar. Nos quedamos abrazadas, jadeando, con las piernas cruzadas y los coños todavía calientes uno contra otro.

***

Hicimos el amor toda la tarde. Nos comimos, nos chupamos, nos metimos los dedos hasta perder la cuenta de las veces que nos vinimos. Una vez me puso boca abajo, me abrió los cachetes del culo con las dos manos y me pasó la lengua desde el agujero de atrás hasta el clítoris, una y otra vez, hasta hacerme rogar. Otra vez le monté la cara y me la cabalgué mientras ella me metía los dedos en el culo. Dormimos hasta la madrugada, y a las cinco me desperté con su boca otra vez entre mis piernas.

Fueron diez días tan intensos que ahora, cuando los pienso, no sé de dónde sacamos la energía. La tercera noche hablamos de nuestros fracasos, desnudas y sudadas, con las piernas todavía enredadas. Lucía había estado casada con un hombre al que dejó hace dos años, cuando aceptó que le gustaban las mujeres, y venía de una ruptura reciente con una mujer. Ninguna de las dos estaba para promesas, así que dejamos que los días pasaran sin condiciones, y las noches también.

La última tarde alquilamos un bote que ella, según dijo, sabía manejar. Recorrimos la bahía hasta el atardecer y volvimos al hotel a buscar un orgasmo simultáneo que no logramos, entre risas y frustración: cada vez que una de las dos estaba a punto, la otra se venía primero y la contagiaba de risa en lugar de placer. Terminamos igual, viniéndonos por turnos, con dos dedos cada una metidos en el coño de la otra, gritando en la almohada. Lucía se fue un viernes en la tarde. La despedida fue corta, sin escenas.

Cuando recuerdo esos diez días, me sonrío pensando en la mañana que nos metimos al agua antes del amanecer y nos acariciamos hasta que tuvimos que volver corriendo al hotel a terminar lo empezado —yo con dos dedos metidos en su coño bajo el agua salada, ella mordiéndome el hombro para no gritar—, o la noche que cruzamos descalzas y desnudas del balcón de ella al mío, mordiéndonos los labios para no reír en voz alta, y follamos contra la baranda con el mar rugiendo abajo, ella detrás de mí, con la mano metida entre mis piernas hasta hacerme venir contra el hierro frío.

Han pasado diez meses. Tuve un par de citas con una muchacha simpática, lo pasé bien, pero no he dejado de extrañar el acento madrileño de Lucía, su risa baja, sus ojos transparentes, el sabor de su coño rubio en mi boca. Hemos hablado por chat, por teléfono, a horas insólitas, y más de una vez terminamos las dos con la mano entre las piernas, contándonos lo que nos haríamos si estuviéramos cerca. Conseguí la visa y ella me regaló el pasaje.

Dentro de una semana estaré aterrizando en Barajas. Hoy me llegó una postal virtual con una foto de la fuente de la Cibeles y una canción vieja. El mensaje dice una sola cosa: «Es otoño en Madrid. Contigo será el paisaje perfecto para caer en el más dulce de los peligros. No te dejaré que me salves».

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Comentarios(8)

NinaOcean22

Que relato tan hermoso!!! me quede sin palabras. Esperando la continuacion con ansias 🔥

PatriciaNoc

Lo que mas me gusto fue el ritmo, como todo va pasando lento y natural. Bellisimo de verdad.

Carlota_B

Me recordo muchísimo a unas vacaciones de hace años... ese tipo de encuentros que te cambian sin darte cuenta. Muy bien contado, enhorabuena.

SolMar_litoral

excelente!!! sigue escribiendo así

Luna_V

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Hay algo en como esta escrito que se siente muy real.

BrunoLector

La descripcion del principio engancha desde el primer momento, no pude parar de leer. Bravo!!

MiriamZ

Hace tiempo que no leia algo asi de bien escrito. Gracias por compartirlo.

AndreaSol82

Jajaja lo del protector solar... tremenda introduccion, ya se sabia donde iba a terminar esto 😄

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