La desconocida del cuarto oscuro me eligió a mí
Noa supo desde muy chica que le gustaban las mujeres. Nunca le había interesado un hombre, ni por curiosidad. Lo que la desvelaba era la curva de una espalda, una risa ronca, unos dedos largos cerrándose sobre un vaso. Por eso, cada fin de semana, terminaba en el mismo lugar.
El Faro Rojo era un club pequeño, de luces bajas y música que se sentía en el pecho. Un sitio de chicas, donde Noa se movía como en casa. Iba a buscar lo de siempre: una mirada que se quedara en ella más de la cuenta. Una sola.
El problema era que Noa no llamaba la atención. No tenía nada que llamara, según ella. Era menuda, casi sin curvas, flaca, con una boca pequeña de labios bien dibujados que parecían sonreír incluso cuando estaba seria. Ojos castaños chicos, una nariz fina. Lo que le sobraba era simpatía. Tenía un montón de amigas y ni una sola novia.
No era que le faltara deseo. En las noches se tocaba imaginando unas manos suaves recorriéndola entera, una lengua subiendo por su cuello, unos labios apretados contra los suyos. Pero lo que de verdad quería no era una noche. Quería que alguien la mirara y se quedara. Por eso casi nunca se acostaba con nadie: para Noa, el amor pesaba más que cualquier orgasmo de madrugada.
Esa noche, en la pista, Vera la abrazó por la espalda con cara de travesura. Vera era la mayor del grupo, la que siempre tenía un plan.
—Hoy traigo sorpresa —dijo, y abrió la mano.
En la palma tenía unas pastillas chiquitas. Las repartió una a una, dándole a cada amiga un beso en la boca al ponérsela en la lengua.
—¿Y esto qué es? —preguntó Noa, ingenua.
—El cielo, mi amor. Esperá y vas a ver.
Pasó media hora y Noa no sentía nada. Se decían tanto de eso y a ella ni le movía un pelo. Se lo dijo a Vera, casi decepcionada.
—No seas ansiosa —se rió Vera—. Dale tiempo.
Siguieron bailando. Como siempre, Noa miraba a un lado y al otro, buscando esos ojos que nunca aparecían. Y entonces, sin aviso, llegó.
Primero fue la piel. Cada roce del aire le encendía algo. La música dejó de salir de los parlantes y empezó a salir de adentro de ella, como si el ritmo le naciera en las costillas. Los colores se volvieron más vivos, las luces se movían lentas, espesas. Cerró los ojos y se dejó llevar. Esto es otra cosa, pensó.
—¡Vera! —le gritó al oído—. Esto es increíble.
—Te lo dije, corazón.
Noa empezó a bailar como nunca. No tenía que esforzarse: era la música la que la movía. Alzaba los brazos, dejaba caer la cabeza, ondeaba las caderas con una sensualidad que jamás se había permitido. Y por primera vez se olvidó de mirar de un lado al otro. Dejó de buscar. Se entregó a lo que sentía, y eso la volvió otra.
—Noa, estás para comerte —le dijo Lúa, otra de las amigas, riéndose—. Si no te conociera, me lanzaba.
—Mejor abrazame —contestó ella, flotando.
Se dieron un abrazo largo. Noa sintió la piel tibia de su amiga pegada a la suya, húmeda de baile, y le pareció eterno y delicioso. No se dio cuenta de que, a pocos metros, había unos ojos clavados en ella que no se despegaban.
***
La chica que la miraba no entendía cómo nadie más la veía. Esa miniatura que movía las caderas como si la noche fuera suya, con esa cara de placer puro, le parecía lo más deseable del lugar. Llevaba un rato esperando el momento de hablarle, pero Noa nunca quedaba sola: sus amigas la rodeaban, le decían cosas, la abrazaban. La pelirroja temía que alguna de ellas fuera su novia.
Tuvo que esperar a que Noa se separara para ir al baño. Y entonces, por fin, fue detrás de ella.
Se llamaba Renata. Tenía el pelo rojo y crespo, la cara llena de pecas, los ojos grises, una nariz puntiaguda y unos labios gruesos. Senos pequeños, caderas anchas. Era hermosa, aunque ella jamás lo habría dicho de sí misma. Llevaba toda la noche imaginando ese cuerpo menudo contra el suyo, y el alcohol le había quitado el último resto de vergüenza.
Noa salió del baño sin sospechar nada, todavía perdida en su propio placer. Apenas pasó por al lado de Renata, una mano la tomó de la muñeca y tiró de ella. No tuvo tiempo de ver quién era. Solo entendió, de golpe, a dónde la estaban llevando.
El cuarto oscuro del Faro Rojo era una sala sin una sola luz, con cortinas negras pegadas a las paredes. Adentro no se veía absolutamente nada. Era el rincón de las que ya no aguantaban las ganas, el lugar donde solo se oían respiraciones y gemidos sueltos en la negrura.
Noa quedó contra la pared, el corazón golpeándole en la garganta. ¿Quién será?, pensó. Tenía que decidir rápido: salir corriendo o quedarse. Lo que siempre había querido era amor, no una noche. Pero esa noche, con la piel ardiendo y la cabeza llena de música, su cuerpo solo pedía una cosa.
—¿Quién sos? —preguntó, segura de que respondería una de sus amigas.
—Alguien que se muere por vos —contestó una voz desconocida—. Dejate llevar.
—No. Quiero saber quién sos.
Unos dedos le rozaron los labios, callándola con dulzura.
—Conformate con saber que soy una desconocida que te desea.
Y la besó. Despacio, sin apuro, con los dedos entrelazándose en los suyos. Noa se quedó sin aire. De ser la invisible de siempre había pasado a ser el deseo de otra mujer, y el beso era tan suave, tan húmedo, que no quiso saber nada más. Le devolvió el beso con todo. La desconocida la tomó del cuello y la apretó contra ella, y ahí Noa entendió que aquello iba a llegar lejos.
La boca de Renata bajó. Le mordió apenas el mentón, le besó el cuello, lo recorrió con la lengua y volvió a subir, lenta, hasta encontrar otra vez sus labios. Las manos le acariciaron los brazos, la espalda. Noa metió las suyas por debajo de la remera de la otra y le palpó la piel mojada, y entre tanta caricia su sexo empezó a latir.
Renata buscó debajo de la blusa de Noa y descubrió que no usaba corpiño. Bajó la boca hasta sus pechos pequeños y los besó por encima de la tela, mientras los dedos seguían recorriendo su espalda. Noa sentía cada toque multiplicado, como si la oscuridad volviera todo más intenso. No paraba de gemir, y eran gemidos chiquitos, contenidos, igual que ella.
—¿Te gusta? —le susurró Renata al oído, dándole un mordisco suave—. No sabés cuánto fantaseé con vos toda la noche, viéndote bailar así.
—¿Qué te gustó de mí? —preguntó Noa, con la voz quebrada.
—Todo. Lo chiquita que sos, esa cara de placer, cómo movías las caderas. Cada segundo que te miraba me gustabas más.
—No te imaginás lo bien que me tenés. Y eso que ni siquiera te puedo ver.
—Descubrime con las manos —dijo Renata—. Soy tuya.
Noa le levantó la remera y le buscó los pechos. Eran más grandes que los suyos. Pasó la lengua de un pezón al otro, los apretó con los labios, los chupó despacio, con esa delicadeza que la caracterizaba. Oír gemir a Renata la encendía todavía más. La desconocida, entregada, se apoyó en ella y dejó que la boca pequeña hiciera lo que quisiera.
Renata la giró de frente a la pared. Le besó la nuca, le recorrió la espalda con la lengua, saboreando el sudor, mientras una mano le subía a los pechos y la otra bajaba hasta el sexo, por encima del pantalón. Noa suspiró fuerte. Le tomó esa mano y se la metió ella misma dentro del jean, sin paciencia.
—¿Te venís para mí? —preguntó Renata.
—Sí. Todas las veces que quieras.
Los dedos de Renata corrieron la tela de la tanga a un lado y la encontraron empapada. Empezó a acariciarle el clítoris en círculos lentos, y Noa no aguantó mucho: se vino entre suspiros cortos, temblando contra la pared. Renata se llevó los dedos a la boca, probó su sabor, y le dieron más ganas todavía.
Le desabrochó el pantalón, le bajó la tanga y la dio vuelta para tenerla de frente. La besó en la boca, en el cuello, en los pechos, bajando con calma por el vientre, sin apuro, hasta arrodillarse. Cuando por fin posó la lengua entre sus piernas, Noa soltó un grito ahogado. Renata lamía despacio y firme, recorría todo, se detenía en el clítoris, volvía a empezar. Noa no paraba de gemir.
—Me vengo —jadeó, arqueando la espalda.
Renata no se detuvo. Siguió, con las mismas ganas, como si tuviera toda la noche para ella. Noa se vino una segunda vez, y cuando creyó que no podía más, sintió que una tercera ola le subía por las piernas.
—Pará —pidió al fin—. Estoy muy sensible.
Renata se incorporó, le tocó el sexo apenas, con la punta de los dedos, y le habló al oído:
—Lástima. Me moría por hacerte venir una y otra vez en mi boca.
Pero Noa no quería que aquello terminara sin devolverle algo. La besó, sintió en sus labios el sabor de su propio placer y, con la misma calma que la otra había tenido con ella, fue bajando. Del cuello a los pechos, de los pechos al vientre, hasta quedar de rodillas en la oscuridad. Le desabrochó el pantalón, se lo bajó junto con la ropa interior y la acarició con los dedos antes de probarla. Estaba mojada, caliente. Noa pasó la lengua despacio, recogiendo cada gota, y le pareció lo más rico que había probado nunca.
—Así, justo así —gimió Renata—. Me vas a hacer venir.
Noa metió dos dedos con cuidado mientras le chupaba el clítoris. Renata se retorcía, tragaba aire a bocanadas, temblaba. No tardó en venirse en la boca de Noa, empujando con las caderas. Después se dejó caer al piso, junto a ella, y las dos se tocaron a la vez, besándose, hasta acabar otra vez juntas, hundidas en un beso largo.
***
Quedaron abrazadas en el suelo, recuperando el aire.
—¿Ahora sí te voy a poder ver? —preguntó Noa—. Me muero por saber cómo sos.
—¿De verdad? ¿No te alcanzó con conocerme con las manos?
—No. Ahora quiero verte.
—¿Y si me ves y no te gusto? ¿No se rompe la magia?
—Te aseguro que no se rompe nada. Además, no es justo: vos me miraste toda la noche y yo no tengo idea de cómo sos.
—Bueno. Pero después no digas que no te avisé. Yo no soy ninguna belleza.
Salieron de la mano. La luz del club las encandiló de golpe, después de tanto rato a ciegas. Cuando los ojos de Noa se acostumbraron, vio por fin a la pelirroja de pecas que la había arrastrado a la oscuridad, y sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. No por el deseo. Por algo más.
—Sos perfecta —dijo, y por una vez no estaba pensando en una sola noche.