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Relatos Ardientes

Volvió a mi puerta después de tres meses

Habían pasado tres meses desde la última vez que escuché su voz. Tres meses contados día por día, calculando cuántas horas habían transcurrido desde aquel portazo que todavía me retumbaba en la nuca. Lucía se había ido sin dejar dirección, sin dejar excusas, solo una nota corta sobre la mesa de la cocina que decía «necesito pensar». Yo había aprendido a vivir con ese silencio, o al menos había aprendido a fingirlo.

Esa noche llovía con esa lluvia fina de octubre que parece que nunca va a terminar. Yo estaba leyendo en el sofá, una copa de vino tinto a medias y la lámpara baja, cuando sonaron tres golpes en la puerta. Tres golpes claros, separados. Me quedé inmóvil. En el edificio nadie llamaba así a esas horas.

Me asomé por la mirilla y se me cortó la respiración.

Abrí. Y ahí estaba ella. El abrigo empapado, el pelo pegado a la frente, los labios morados de frío. No traía bolso, no traía paraguas, no traía siquiera unas palabras preparadas. Solo me miraba como si llevara meses ensayando esa mirada y al verme se le hubiera olvidado el guion.

—Lucía —dije, y mi propia voz me sonó ajena.

No respondió. Dio un paso adelante, lo justo para entrar en el umbral, y cerró la puerta a su espalda con la mano que le quedaba libre. La otra ya me había agarrado por la nuca.

El primer beso no fue dulce. Fue un beso de tres meses guardados, un beso con sabor a vino tinto y a lluvia, con esa hambre que solo tiene quien sabe lo que se perdió y vino a recuperarlo. Yo me dejé hacer, porque mi cuerpo había decidido antes que mi cabeza. La sentí temblar. No supe si era de frío o de rabia.

—Te odié —murmuró contra mi boca—. Cada mañana me levantaba odiándote. Y cada noche me dormía echándote de menos.

—¿Por qué te fuiste, entonces?

Ella se separó solo lo necesario para mirarme a los ojos. Tenía el rímel corrido. No me había fijado antes.

—Porque tenía miedo. Y porque era una imbécil. Pero esta noche no he venido a explicarme.

Me empujó contra la pared del recibidor. Lo hizo despacio, sin violencia, pero con una determinación que no admitía conversación. Su rodilla se metió entre las mías. La sentí dura, exigente. Yo dejé caer el libro que aún tenía en la mano izquierda y oí cómo golpeaba el suelo de madera.

—Hoy mando yo —dijo, y no era una pregunta.

Asentí. No por costumbre, sino porque era verdad. Llevaba tres meses dándole vueltas a la cabeza, tres meses imaginando qué le diría si volvía, y la respuesta resultó ser ninguna palabra. Solo asentir.

Me arrastró al salón sin soltarme la mano. El abrigo cayó por el camino, los zapatos también. La lluvia se le había metido por debajo del cuello de la camisa y la tela transparentaba en los hombros y las clavículas. Le toqué la piel y estaba helada.

—Estás congelada.

—Caliéntame, entonces.

Intenté empujarla yo hacia el sofá, recuperar algo de iniciativa, pero ella giró el movimiento con una facilidad que delataba lo mucho que había pensado en este momento. Acabé yo sentada, ella de pie frente a mí, mirándome desde arriba con esa sonrisa torcida que siempre había odiado y siempre había deseado a partes iguales.

—Quítatela —dijo, señalando mi blusa con un gesto de barbilla.

Lo hice. Botón a botón, mirándola. Cuando llegué al último, ella ya se había desabrochado los vaqueros y los había dejado caer junto a sus pies. No llevaba nada debajo. Tres meses y seguía siendo la mujer más exacta que había visto nunca: el muslo firme, la cadera estrecha, el lunar pequeño sobre el hueso pélvico izquierdo que yo solía morder a propósito.

Me arrodillé sin que me lo pidiera.

—Espera.

Levanté la cara. Lucía me había agarrado por la barbilla, no con fuerza, con la palma abierta. Me obligó a sostener su mirada.

—Despacio. Esta noche no hay prisa. Llevamos tres meses sin tiempo, no lo derroches en un minuto.

***

La obedecí. La obedecí como nunca había obedecido a nadie. Empecé por los muslos, por el interior pálido, por esa zona donde la piel es casi traslúcida. Subí con la boca abierta, sin tocar todavía donde ella esperaba. La oí soltar el aire de golpe cuando le rocé la ingle con la mejilla.

—Mírame mientras lo haces —dijo, agarrándome el pelo con la mano derecha.

Lo hice. Levanté los ojos sin separar la boca y la encontré con la cabeza echada hacia atrás, el cuello largo, una vena marcada bajo la piel mojada. Hundí la lengua sin previo aviso. La oí jurar en voz baja, una palabra fea, de esas que solo se le escapaban cuando se le iba el control.

Le bajé la ropa interior con los dedos, despacio, dejando que la tela resbalara por la curva de sus caderas. Estaba húmeda, sí, pero también tensa, abierta de piernas solo lo suficiente para dejarme entrar con la boca y la lengua. La besé ahí con la paciencia de quien conoce la casa y vuelve a tocar cada puerta. La carne estaba caliente, el sabor salado y fuerte, y ella comenzó a respirar más hondo, a romper el aire en jadeos cortos que se le iban juntando en la garganta.

—Eso… —dijo, casi con rabia—. Ahí. No pares.

No paré. Le pasé la lengua por el centro, luego a un lado, luego otra vez al centro, insistiendo hasta que sus caderas empezaron a buscar el movimiento por sí solas. Le sostuve las nalgas con ambas manos, notando la tensión que le subía por los muslos y se le aflojaba en las rodillas. Cuando gemía, lo hacía apretando los dientes, como si no quisiera regalarme el sonido completo. Yo se lo fui sacando igual, una respiración rota detrás de la otra.

Me dejó hacer durante mucho rato. Yo iba aprendiendo otra vez su geometría, las pausas que le gustaban, el ángulo exacto donde se le aflojaban las piernas. Cuando empezó a temblar, me apretó el pelo con más fuerza. Cuando sentí que estaba a punto, me apartó.

—No así. No la primera. No quiero acabar de pie en el salón como una desconocida.

Levanté la cabeza y vi la humedad pegada a su piel, el pecho subiendo y bajando rápido, la boca entreabierta. La expresión que tenía no era de vergüenza. Era de hambre mal contenida.

Me levantó del suelo cogiéndome por las muñecas. Tenía las manos pequeñas, pero esa noche pesaban más que nunca. Me llevó por el pasillo, dejando un rastro de ropa, hasta la habitación que durante tres meses solo había servido para perder el sueño.

—Túmbate.

Me tumbé. Ella se quedó de pie un instante al borde de la cama, mirándome como quien estudia algo que casi pierde. Después se subió encima sin tocarme. Apoyó las rodillas a ambos lados de mis caderas y se quedó suspendida ahí, a un dedo de mi piel. Sentí el calor que desprendía sin necesidad de contacto.

—Quiero que me digas que te quedaste —murmuró.

—¿Que me quedé dónde?

—Aquí. Que no buscaste a nadie. Que dormiste en este lado de la cama.

Tragué saliva. No por mentir, sino porque la verdad me daba más miedo que cualquier mentira.

—Me quedé. Cada noche.

Bajó entonces. Bajó con todo el peso, todo el cuerpo, toda la respiración acumulada. Su boca encontró la mía y esta vez sí fue un beso largo, lento, casi cruel de tan paciente. Las manos me recorrieron de arriba abajo con la propiedad de quien recupera algo que nunca dejó de ser suyo. Cuando se frotó contra mí, sentí el calor húmedo de su vulva a través de la tela que aún nos separaba, y se me escapó un jadeo que ella atrapó con la boca.

—Aprieta los brazos sobre la cabeza —ordenó, sin soltar mi labio inferior—. No los muevas hasta que yo te diga.

Lo hice. Le di las muñecas como ofrenda. Ella me las sujetó con una sola mano y con la otra empezó a recorrerme, sin prisa, sin saltarse un milímetro. Me besó cada costilla. Me mordió el lateral del pecho izquierdo, justo donde tengo esa cicatriz fina de cuando me caí de la bici a los doce años. Me lamió el ombligo con una concentración casi obscena. Después bajó aún más, hundiendo la cara entre mis piernas, separándome con los dedos y metiendo la lengua sin ceremonia, sin delicadeza, como quien reclama un sitio que ya conoce.

Yo no podía moverme. No por la fuerza de su mano, que tampoco era tanta, sino porque le había dado mi palabra y esa noche mi palabra valía más que mi placer.

—¿Te duele que vaya despacio?

—Sí.

—Bien.

Volvió a hacerlo, más lento todavía, lamiéndome desde abajo, entrando y saliendo con una insistencia húmeda que me hizo arquear la espalda contra el colchón. Sus dedos me abrían, me sujetaban, me obligaban a quedarme quieta mientras su boca trabajaba con una precisión brutal. Yo empecé a perder pie casi enseguida. Sentí que me temblaban los muslos, que la respiración se me iba a algún sitio que no sabía controlar.

—No cierres los ojos.

Los abrí. La miré desde arriba, mi propia barbilla apoyada en el pecho, y la vista que tuve fue la que llevaba tres meses faltándome: ella entre mis piernas, el pelo todavía húmedo cayéndole sobre los pómulos, los ojos clavados en los míos como si la mirada también fuera parte del trato.

Cuando notó que estaba cerca, se apartó solo para obligarme a esperarla. Se puso de rodillas sobre el colchón, se inclinó y me besó la boca con la misma humedad que me había dejado ardiendo abajo.

—Ahora yo —dijo—. Y no quiero ternura. Hazlo como cuando estabas furiosa.

***

La furia tardó en encontrarme, porque al verla así, abierta sobre mí, oliendo a lluvia y a lo que era ella, lo que sentí primero fue gratitud. Pero después sí llegó. Llegó la furia de los tres meses, la de las llamadas no contestadas, la del lado vacío de la cama. La agarré por los muslos, le clavé los dedos, la atraje hacia mi boca como si fuera a comerla.

Ella se sostuvo agarrándose al cabecero. Empezó a moverse, despacio al principio, después con un ritmo que delataba que llevaba demasiado tiempo aguantando. Yo trabajé sin levantar la cabeza, sin pausas, sin las cortesías de las primeras veces. La sentí ceder mucho antes de lo que ella habría querido. Su respiración se volvió errática, sus caderas comenzaron a golpearme la cara con pequeños movimientos desesperados. La lengua, los labios, los dedos, todo fue apretando la marea hasta que la vi romperse encima de mí con un temblor seco y una maldición ahogada.

—Espera, espera —jadeó.

No esperé. Y ella tampoco quería que esperara. Lo dijo solo para escucharse decirlo, para fingir un control que ya no tenía. Acabó así, con una palabra ahogada que no llegó a ser palabra, mordiéndose el puño y dejándose caer hacia delante hasta apoyar la frente en la pared.

Se quedó un rato sin moverse. Sentí cómo le bajaba el pulso poco a poco contra mi mejilla. Después rodó hacia un lado y se quedó tumbada de espaldas, mirando el techo como si nunca lo hubiera visto.

Yo me incorporé lo justo para mirarla. Tenía el pecho subiendo y bajando rápido, el pelo enredado sobre la almohada y la boca todavía entreabierta. La tomé de la cintura y la giré despacio, colocándome encima de ella sin apurarla, dejando que sintiera mi peso antes de empujar. Entré en ella con un movimiento lento, profundo, y el gemido que me soltó me atravesó entera. Las uñas se le clavaron en mi espalda cuando empecé a moverme, primero buscando el ritmo, luego rompiéndolo a propósito, porque la noche era nuestra y no había nada que medir.

—Más —me pidió, con la voz rota.

—Dímelo bien.

—Más fuerte. Jódeme más fuerte.

La obedecí. Le sujeté las caderas y la levanté para volver a hundirme, una y otra vez, hasta que la cama empezó a quejarse bajo nosotras. El sonido húmedo de nuestros cuerpos llenó la habitación, mezclado con su respiración deshecha y con mis propios jadeos. Ella abrió más las piernas, me recibió entera, y yo la vi perder cualquier resto de distancia, de orgullo, de miedo. Le corrí el pelo hacia atrás para verla mejor cuando se vino abajo otra vez, temblando, intentando resistirse a lo inevitable.

—No me voy a ir mañana —dijo, todavía sin recuperar el aire.

—No te he pedido que te quedes.

—Lo sé. Pero no me voy a ir.

Seguimos así, pegadas, sudadas, respirando como si hubiéramos corrido kilómetros. Le besé el cuello hasta dejarle la piel sensible, le mordí el hombro, le metí la mano entre las piernas otra vez para sostener el temblor final mientras yo seguía embistiéndola desde arriba. Cuando se le tensó el vientre y se le quebró la boca en un gemido largo, yo también me vine, apretando los dientes, hundiéndome hasta el fondo mientras el cuerpo me daba un golpe ciego y caliente que me dejó vacía un instante.

Me quedé encima de ella un rato, con la frente apoyada en su hombro, sintiendo cómo se nos iba enfriando el sudor poco a poco. Después alcé la cabeza. Lucía me miraba con esa cara suya de no estar bromeando, pero ahora había algo más: cansancio, alivio y un cansancio más hondo todavía, de los que solo aparecen cuando una ha decidido volver.

—No me estoy disculpando —dijo—. No esta noche. Esta noche solo te estoy pidiendo que me dejes quedarme. Mañana ya veremos qué se dice.

Asentí. No había mucho más que añadir.

Apagó la lámpara con un manotazo torpe, se acurrucó contra mi costado y metió una pierna entre las mías como si nunca hubiera dejado de hacerlo. La lluvia seguía cayendo fuera, ahora más fina, casi un susurro. Yo me quedé despierta un rato más, escuchándola respirar, sintiendo el peso exacto que había echado de menos durante tres meses.

Pensé que la mañana traería conversaciones difíciles. Pensé que tendríamos que hablar de por qué se había ido, de qué había hecho ella esas semanas, de qué había hecho yo. Pensé que habría reproches, que habría dudas, que quizá nada de aquello sirviera más allá de la noche.

Pero también pensé otra cosa, y esa fue la que me dejó dormir.

Que esta vez, cuando se asustara otra vez —porque se asustaría—, no iba a dejar que se fuera sin decirme adónde.

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Comentarios(9)

GabrielaN

excelente!!!

NadineCba

Me enganche desde el primer parrafo. La imagen de ella en la puerta, descalza... ay. Escribis muy bien

SofiaRB

Por favor continua, quede con ganas de mas... tremendo relato

Chechi_arg

Me recordo a algo que vivi hace unos años jaja, esa sensacion de abrir la puerta y saber exactamente que viene sin que diga nada. Genial

lector_curioso99

Hay segunda parte? quede con muchas ganas de saber como sigue todo

MartinaOK

Muy buen relato, corto pero te deja pensando bastante rato

Lorena_ok

Me gusto muchisimo como lo contaste, se siente real sin ser burdo. Sigue así!!

Julieta

aguardamos mas relatos tuyos, de verdad. saludos

VeronicaR22

buenisimo, de los mejores que lei ultimamente en esta categoria

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