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Relatos Ardientes

Las Polaroids escondidas de mi anfitriona

Camila aterrizó en Filadelfia a comienzos de junio con una maleta llena de ropa veraniega y el estómago revuelto por los nervios. El aire húmedo del este la recibió apenas pisó la terminal, como una toalla tibia sobre la nuca, mientras arrastraba el equipaje hasta la acera donde la esperaba un coche reservado.

Era su primera experiencia como au pair. Se había inscrito al programa después de cumplir los veintitrés, buscando un paréntesis a la rutina de Buenos Aires y la oportunidad de conocer otra cultura aunque fuese por unos meses. El trabajo, en teoría, no requería demasiado: cuidar al hijo de la familia, ayudar con las tareas domésticas y, en los ratos libres, repasar los apuntes de la universidad.

De la casa solo había visto fotografías en el portal del programa. Una construcción de ladrillo a la vista, techos altos, muebles minimalistas y un patio cuidado al milímetro. Una casa a la altura de su dueña, según le habían dicho: Renata Linares, abogada de cuarenta y siete años, socia de uno de los bufetes más conocidos de la ciudad.

El coche se detuvo frente al número que indicaba el papel impreso. Camila recorrió el camino de piedra del jardín delantero hasta la puerta y tocó el timbre con dedos torpes. Nada de lo que había imaginado durante el vuelo la preparó para lo que vio cuando la puerta se abrió.

Una mujer con un vestido negro sin mangas, cortado a medida sobre un cuerpo alto y de curvas pronunciadas, ocupó el marco. El cabello, oscuro como tinta, le caía hasta debajo de los hombros en ondas perfectas. Tenía la piel de un tono cálido y unos ojos que evaluaban sin esfuerzo. Camila se quedó muda un segundo entero.

—Tú debes de ser Camila —dijo la mujer con una sonrisa serena, extendiendo la mano.

Camila la estrechó. El apretón fue firme, casi profesional.

—Adelante, pasa —agregó con una voz grave, ese tipo de voz que convierte cada cortesía en una orden disimulada.

La acompañó hasta el salón principal. Camila intentó romper el hielo como pudo.

—Usted debe de ser la señora Linares —murmuró con la garganta un poco seca.

—Por favor, llámame Renata. Olvidémonos de los formalismos. Siéntate, así charlamos.

Camila se acomodó en un sofá de cuero color crema. Aunque no percibía hostilidad alguna, una corriente de intimidación le recorrió la nuca. Sospechó que tenía menos que ver con la mujer y más con esa atracción hacia otras mujeres que llevaba años guardando bajo llave, lejos de las miradas de su familia y de sus amigas de toda la vida.

Renata se sentó frente a ella y le explicó la rutina de la casa, las reglas básicas y los horarios. Después la llevó a recorrer las habitaciones: la cocina, el cuarto de lavado, el dormitorio de Mateo —su hijo de ocho años—, el de la propia Renata y, al fondo del pasillo, el que ocuparía Camila durante los próximos tres meses.

Mientras avanzaban por el pasillo, Camila reparó en un detalle. No había una sola fotografía con un marido, ni anillo en la mano de Renata, ni un segundo cepillo en el baño principal. Renata mencionó, casi de pasada, que no era la primera au pair que pasaba por esa casa y que todas habían hecho un trabajo impecable. Para no parecer entrometida, Camila se limitó a asentir.

Esa noche, después de una cena tranquila en la que Mateo monopolizó la conversación con historias del colegio, Camila empezó a desempacar en su habitación. Llamaron con suavidad desde la puerta entreabierta. Era Renata, descalza y envuelta en una bata corta de seda. Por debajo del dobladillo se asomaba la parte baja del pijama y, más abajo, unas pantorrillas firmes. Camila lo notó. No pudo evitarlo.

—¿Terminando de instalarte? —preguntó Renata.

—Casi. Gracias por la cena, estaba deliciosa —respondió, peleando contra el temblor de la voz.

—No es nada. Mañana a las siete te muestro la rutina matutina. Descansa.

—Buenas noches —contestó Camila.

Renata asintió y se retiró sin hacer ruido. Camila cerró la puerta despacio, apoyó la espalda contra la madera y se obligó a respirar. El corazón le latía como si acabara de subir corriendo unas escaleras. Tardó en quedarse dormida, pero cuando lo hizo, lo hizo profundo.

***

Los días siguientes Camila entró en una rutina que aprendió rápido y que, además, le servía como ancla. Despertarse a las siete, preparar el desayuno para Mateo, recoger la cocina, hacer las compras del día, doblar la ropa, supervisar la tarea, dejar todo listo para la cena.

Renata salía temprano al despacho y volvía siempre por la tarde. Siempre impecable: tacones altos, blazers ajustados, perfume caro que dejaba un rastro flotando en el pasillo durante horas. Camila intentaba no mirarla demasiado. Intentaba no notar cómo la falda se ceñía al trasero cuando se agachaba a buscar algo en un cajón bajo, o cómo el escote de las blusas dejaba entrever la curva pesada de los pechos cada vez que se inclinaba sobre la mesa para firmar algún documento. Intentaba, sobre todo, no pensar en lo ridículo que era sentirse así por una mujer que tranquilamente podría ser su madre.

Una tarde calurosa de julio, Mateo se fue a dormir a casa de un compañero. Renata avisó por mensaje que tenía una cena con socios y que probablemente no llegaría antes de las once. Camila aprovechó para adelantar tareas. Terminó de limpiar la planta baja, subió la escalera con el cesto de la ropa sucia y, casi por costumbre, entró en la habitación principal para recoger las sábanas.

El cuarto olía a Renata: ese cruce entre su perfume caro y el suavizante que usaba la casa. La cama enorme estaba sin hacer, las sábanas de seda gris revueltas como si alguien se hubiese levantado tarde. Camila dejó el cesto en el piso y empezó a desprender la sábana de una esquina cuando la mirada se le fue a la mesita de noche. El cajón estaba entreabierto.

Se acercó a cerrarlo y entonces vio el interior. Una cámara Polaroid antigua, de esas que escupen la fotografía al instante, y debajo un sobre de papel manila. Del sobre asomaba un borde blanco que solo podía ser una fotografía.

Camila no quería entrometerse. Repitió mentalmente todas las razones por las que debía cerrar el cajón y olvidarse del asunto. La curiosidad pudo más. Sacó el sobre, lo abrió con cuidado y dejó caer la primera foto sobre la palma de su mano.

Renata, desnuda, de rodillas sobre esa misma cama. La luz de la lámpara de noche le bañaba los pechos plenos, los pezones oscuros y endurecidos. Tenía la cabeza echada hacia atrás, el cabello negro cayendo como una cortina, una mano hundida entre los muslos abiertos. La expresión de su cara era de placer sin pudor, sucio y satisfecho.

A Camila se le aflojaron las rodillas. Le costaba juntar la imagen de la abogada profesional, distante, perfectamente compuesta, con esta otra Renata vulnerable y descaradamente sexual. Se sentó en el borde de la cama sin darse cuenta.

Dentro del sobre había más fotos. Renata de espaldas, con el trasero levantado y las nalgas separadas por sus propias manos. Otra de Renata acompañada por una chica morena y joven que le lamía el cuello mientras ella miraba directamente al lente con la misma sonrisa peligrosa. Una más, con una rubia arrodillada entre sus piernas, la cara enterrada entre sus muslos y la mano de Renata apretándole la nuca.

El calor entre las piernas de Camila fue inmediato, casi doloroso. Miró el reloj de la pared: las nueve menos cuarto. Renata no volvería hasta las once como muy temprano.

Solo unos minutos. Solo unos minutos y guardo todo.

Tomó la primera foto, la que mostraba a Renata sola. Se recostó despacio sobre la cama, como si alguien pudiese verla. Se bajó los shorts y la ropa interior en un movimiento torpe. Ya estaba empapada antes siquiera de tocarse. Los dedos se le deslizaron entre los pliegues resbaladizos mientras los ojos no se despegaban de la fotografía. Imaginó esa boca en su cuello, esas manos grandes abriéndole los muslos, ese cabello negro cayendo sobre su vientre.

Se mordió el labio para no gemir demasiado alto. Metió dos dedos dentro de sí misma y los movió rápido. Con la otra mano se acarició el clítoris en círculos cortos y urgentes. Estaba tan perdida en su propio placer que no escuchó la llave girando en la puerta de abajo.

***

Renata había decidido saltarse el postre. Los socios discutían la facturación del trimestre y ya no le quedaba paciencia para fingir interés. Subió las escaleras descalza, con los tacones colgando de dos dedos. El taconeo quedó amortiguado contra la alfombra del pasillo. Empujó la puerta de su habitación y se detuvo en seco.

Camila estaba de espaldas a la puerta, recostada en la cama, con las piernas abiertas y la mano moviéndose entre ellas con desesperación. La Polaroid descansaba a un costado del muslo desnudo. Renata permaneció en silencio durante varios segundos. Después cerró la puerta detrás de sí con un clic apenas perceptible.

Camila se sobresaltó al escucharlo. Se incorporó de golpe e intentó cubrirse con las manos. Apenas pudo balbucear algo que sonaba mitad disculpa, mitad súplica.

—Shh —dijo Renata—. No pares.

Camila la miró con los ojos muy abiertos, las mejillas encendidas y la respiración entrecortada. Renata se acercó despacio, dejó los tacones junto al armario, se detuvo frente a ella, le tomó el mentón con dos dedos y le levantó la cara para mirarla a los ojos.

—¿Te gusta lo que viste, niña? —preguntó, recogiendo la fotografía entre el índice y el pulgar—. ¿O te gusta más lo que imaginaste que te hacía?

Camila tragó saliva. No supo qué responder. Renata sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y se arrodilló entre sus piernas. Apartó la mano temblorosa de Camila con suavidad.

—Déjame a mí.

Los dedos de Renata, más largos y más seguros, entraron sin prisa, curvándose justo donde Camila los necesitaba. Camila gimió alto y echó la cabeza hacia atrás. Renata se inclinó sobre ella y la besó. Un beso profundo, sucio, sin preámbulos. La lengua abriéndose paso mientras los dedos seguían un ritmo implacable.

—Tan mojada por mí —susurró contra su boca—. Tan dulce.

Camila se aferró a sus hombros y le clavó las uñas sobre la tela del vestido. Renata le subió la camiseta por encima del vientre. Camila, todavía temblando, le bajó el escote del vestido y los pechos de Renata cayeron contra su torso, los pezones duros rozándola con cada movimiento.

—Quiero que te corras para mí —dijo Renata, acelerando el ritmo.

Camila gritó cuando llegó. El cuerpo entero se le sacudió, las piernas se cerraron sobre la mano de Renata y la empaparon junto con las sábanas.

Renata todavía no estaba satisfecha. Subió despacio sobre el cuerpo de Camila, se hizo a un lado la ropa interior y se posó sobre su cara sin pedir permiso. Camila, aturdida pero hambrienta, la lamió como si llevase años esperando una orden así. Su lengua, inexperta pero ávida, encontró rápido el ritmo. Renata se retorció encima.

Una confianza que Camila nunca había sentido se apoderó de ella. Subió las manos y le acarició los pechos a Renata, jugando con los pezones duros entre dos dedos. Renata apoyó las manos en los muslos de Camila y arqueó el cuerpo, buscando que la lengua llegara más profundo.

—¿Creías que no te veía mirándome? —murmuró entre jadeos—. Ahora termina lo que empezaste.

Camila intensificó las lamidas hasta que Renata se corrió con un gemido largo y grave, que pareció arrastrarse desde el pecho hasta la garganta. Le empapó la cara con fluidos cálidos y, después, las dos se quedaron quietas. Renata le acarició el rostro mientras Camila aún temblaba contra su muslo.

—Quédate esta noche —dijo Renata.

Camila asintió contra su pecho. Antes de bajarse, Renata se estiró hacia la mesita de noche, recogió la Polaroid, apuntó a Camila desnuda sobre las sábanas revueltas y disparó. La fotografía salió expulsada con su zumbido característico.

***

Esa noche fue solo el inicio. El verano se transformó en una sucesión de noches robadas y mañanas lentas. Renata la esperaba en la ducha los sábados, después de dejar a Mateo en el entrenamiento de fútbol, y la apretaba contra los azulejos para hacerla correrse con la boca mientras el agua tibia caía sobre las dos.

Camila aprendió a arrodillarse en la alfombra del estudio mientras Renata trabajaba hasta tarde, chupándola debajo del escritorio hasta que la abogada tenía que morderse el dorso de la mano para no soltar un grito que despertara a Mateo.

Así pasaron las semanas, sin hablar nunca de qué pasaría cuando llegara septiembre y se terminara el programa. Ninguna de las dos quería ser la primera en mencionarlo. Hasta que la fecha apareció en el calendario como una piedra puesta en mitad del camino.

El último día, después de una despedida prolongada en la cama, Camila armó la maleta en silencio. Renata, sentada en la silla del rincón, le repartía caricias breves cada vez que pasaba cerca. Caricias que pesaban como adioses anticipados.

La llevó al aeropuerto ella misma. Apenas hablaron en el camino. Renata conducía con una mano en el volante y la otra apoyada sobre el muslo de Camila, trazando círculos lentos sobre la tela del pantalón.

En la puerta de embarque, cuando ya no quedaba forma humana de alargar el adiós, Renata la abrazó como si quisiera grabarse el olor de su pelo. La besó delante de todo el mundo: un beso largo y profundo, sin reparar en las miradas. Cuando se separaron, le habló al oído tan bajo que solo Camila pudo oírlo.

—Cuídate, niña. Y gracias por tus servicios.

A Camila se le aflojaron las piernas otra vez. Subió al avión con el sabor de Renata todavía en la lengua y una Polaroid escondida entre las páginas del pasaporte. Las dos desnudas en la cama, la noche anterior: Renata detrás, con una mano cubriéndole un pecho y la otra hundida hasta los nudillos dentro de Camila, que miraba al lente con los ojos vidriosos y la boca entreabierta. En el reverso, con la letra firme y elegante de Renata, una sola línea:

«Para que no me olvides».

***

Semanas después, ya de vuelta en Buenos Aires, Camila miraba esa fotografía más veces de las necesarias. Se sentaba en su cama de siempre, se bajaba la ropa interior hasta los tobillos y se tocaba despacio mirando la imagen, imaginando que aún olía al perfume caro de Renata y que esa mano volvía a abrirla entera.

Una tarde, mientras intentaba estudiar para un final, le llegó un mensaje desde un número que nunca había guardado:

«¿Todavía te tocas pensando en mí?».

El mensaje venía acompañado de una fotografía nueva. Renata, en su despacho, con la falda subida hasta la cintura, dos dedos hundidos dentro de sí misma y la otra mano sosteniendo en alto la Polaroid original, la primera que Camila había encontrado en aquel cajón entreabierto.

Camila no contestó con palabras. Eligió enviarle un vídeo corto. Ella misma, abierta de piernas sobre las sábanas de su cuarto, corriéndose mientras susurraba el nombre de Renata una y otra vez.

Y así, aunque el verano había terminado y los kilómetros entre ellas eran muchos, la huésped que había sido nunca terminó de irse del todo.

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Comentarios (2)

Sandra_GDL

Que inicio!!! me dejo enganchada desde el primer parrafo, quiero saber que mas habia en ese sobre.

ValentinaH

Las Polaroids como elemento del relato son un detalle genial, le dan un toque de misterio que no esperaba. Muy bueno.

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