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Relatos Ardientes

La camilla de la esteticista lo cambió todo

Camila había planeado el viaje con sus amigas durante meses. Cinco días en la costa, sin trabajo, sin horarios, sin nada más que el sol y el ruido del mar. Faltaba una semana para salir y se le había metido en la cabeza una idea: hacerse por primera vez una depilación completa, de las que se hacen en un lugar serio, no con la cera tibia de la farmacia y un espejo torcido en el baño de su departamento.

Buscó en internet hasta que encontró un salón en pleno centro que tenía buenas reseñas y fotos de un interior que parecía más una casa de spa que una estética común. Reservó turno para el jueves a media tarde, cuando la ciudad empieza a aflojar el ritmo.

El lugar olía a eucalipto y a algo dulce que no supo identificar. La recibió una mujer de pelo negro, tan oscuro que tenía reflejos azules bajo la luz, y unos ojos verdes que la miraron un segundo más de lo necesario.

—Hola, soy Renata —dijo, extendiéndole la mano—. Vos debés ser la del turno de las cinco.

—Camila —respondió ella, y sintió la mano de Renata firme y tibia alrededor de la suya.

Renata rondaba los treinta y tantos. Era delgada, de movimientos lentos y seguros, como alguien que nunca tiene apuro por nada. Tenía un aire de calma que a Camila le resultó extrañamente magnético, casi incómodo, como si la mujer supiera algo que ella todavía no.

—Es mi primera vez en algo así —confesó Camila mientras la seguía por un pasillo de paredes color arena—. Lo de la depilación completa, digo. Estoy un poco nerviosa.

—Es normal —dijo Renata sin girarse—. La mayoría llega tensa y se va flotando. Confiá en mí.

El privado era pequeño y cálido. Una camilla en el centro, una lámpara de luz baja, una repisa con frascos de cera y aceites. Renata cerró la puerta con un gesto suave y le pidió que se quitara la ropa de la cintura para abajo y se recostara, que la cubriría con una toalla.

Camila obedeció. Se acostó boca arriba, con el corazón golpeándole más fuerte de lo que la situación justificaba. Renata volvió, se lavó las manos y se sentó en un banquito a un costado.

—¿Lista? —preguntó.

—Lista.

***

El primer contacto fue profesional, exacto. Renata aplicó la cera tibia sobre la pierna con una espátula, presionó la banda de tela y la arrancó de un tirón limpio. Camila contuvo un quejido más por sorpresa que por dolor.

—¿Muy fuerte? —preguntó Renata.

—No, está bien. Pensé que iba a ser peor.

—Casi todo lo que imaginamos termina siendo peor en la cabeza que en la realidad —dijo Renata, y algo en cómo lo dijo hizo que Camila la mirara.

Siguieron conversando mientras el trabajo avanzaba. Descubrieron que habían estudiado en la misma facultad, con dos años de diferencia. Que las dos habían tenido el mismo profesor insoportable de Literatura. Que a las dos les gustaban los mismos libros, esos que una no admite en voz alta que lee. La charla fluía con una facilidad que a Camila la desarmaba.

—Te confieso una cosa —dijo Renata mientras pasaba un algodón frío por la zona recién depilada—. Siempre pensé que esto, hecho bien, puede ser una de las cosas más sensuales que existen.

Camila tragó saliva.

—¿En serio?

—La piel queda tan despierta… —Renata deslizó dos dedos por el muslo de Camila, justo por donde acababa de trabajar—. ¿Sentís? Cada terminación nerviosa está al borde.

Camila sintió, sí. Sintió el recorrido de esos dedos como una corriente que le subía por la pierna y se le instalaba en el vientre, exactamente entre las piernas, donde ya empezaba a mojarse sin permiso. Debería haber dicho algo, poner un límite, recordar que estaba ahí por una rutina antes de un viaje. No dijo nada.

—Mostrame —pidió, y la voz le salió más baja de lo que pretendía.

Renata sonrió. Fue una sonrisa lenta, sin prisa, la misma sonrisa de alguien que nunca apura nada.

***

Las manos de Renata cambiaron de oficio sin aviso. Lo que había sido un masaje técnico se volvió una caricia. Sus palmas subían y bajaban por las piernas de Camila, abriéndose hacia la cara interna de los muslos, deteniéndose justo antes del punto donde ella más quería que llegaran.

—Decime si querés que pare —murmuró Renata.

—No pares.

Renata se inclinó y dejó un beso en la piel tensa del muslo. Apenas un roce de labios, tibio, que a Camila la hizo arquear la espalda. Después otro, un poco más arriba. Y otro. Cada beso era una pregunta y cada silencio de Camila era la respuesta.

La toalla resbaló al suelo. Ninguna de las dos la levantó.

Camila abrió las piernas sin pensarlo, ofreciéndose entera. Los muslos recién depilados le brillaban bajo la luz baja, y el coño se le veía hinchado, con los labios ya separados y una humedad que le corría en un hilo brillante hasta la raya del culo. Renata soltó un suspiro ronco al verla así.

—Mirate cómo estás —susurró—. Empapada.

Y le pasó la yema de un dedo por toda la hendidura, de abajo hacia arriba, muy lento, recogiendo esa humedad y llevándosela hasta el clítoris. Camila gimió tan fuerte que ella misma se sorprendió. Renata volvió a hacerlo, y otra vez, dibujando círculos apretados justo en la punta hinchada, hasta que Camila empezó a mover las caderas contra esa mano, buscándola.

—Por favor —jadeó Camila.

—¿Por favor qué?

—Mordé, chupá, hacé algo, no me dejes así.

Renata se dejó caer entre sus piernas y le clavó la boca en el coño sin preámbulos. La lengua entró plana, ancha, lamiéndole de la entrada al clítoris en una sola pasada larga que le arrancó a Camila un grito ahogado. Después la punta de la lengua se concentró en el clítoris, dando vueltas rápidas, apretadas, mientras dos dedos se le hundían adentro con un ruido húmedo y descarado.

—Dios, sí, así —balbuceó Camila, hundiendo los dedos en el pelo negro de la mujer—. No pares, no pares.

Renata la cogía con los dedos con un ritmo firme, curvándolos hacia arriba, buscándole ese punto que Camila apenas conocía. Cada empuje le sacaba un chapoteo obsceno que llenaba el privado. La lengua no dejaba el clítoris ni un segundo, lo chupaba, lo apretaba entre los labios, lo soltaba, volvía. Camila sentía que se le derretían las piernas, que la cara interna de los muslos le temblaba sin control.

—Me voy a correr —avisó con los dientes apretados—. Renata, me voy a correr en tu boca.

Renata gimió contra su coño, y esa vibración fue el último empujón. Camila sintió cómo todo el cuerpo se le iba juntando en un solo punto, una presión que crecía y crecía hasta que ya no hubo forma de sostenerla. El orgasmo la atravesó largo y profundo, en oleadas que le sacudían la pelvis contra la cara de Renata, y se mordió el brazo para no gritar en aquel privado de paredes finas. Sintió los dedos adentro apretados por sus propias contracciones, y a Renata chupándole todo lo que le salía, sin soltarla, tragando.

Cuando abrió los ojos, Renata la miraba desde abajo con esos ojos verdes encendidos, la boca brillante, el mentón mojado.

—Te dije que confiaras en mí —dijo, y se pasó el pulgar por el labio inferior.

Camila se incorporó sobre los codos, todavía agitada, y la miró con una claridad nueva.

—Quiero más. Quiero probarte a vos.

***

Renata se puso de pie y, sin dejar de mirarla, se desabrochó el delantal y dejó que cayera. Debajo no llevaba casi nada: un corpiño negro que le apretaba unas tetas chicas de pezones oscuros y una bombacha del mismo color que ya se le veía manchada en la entrepierna. Se quitó todo con la misma lentitud deliberada de todo lo que hacía, descubriendo un cuerpo esbelto, de piel pálida y cintura estrecha, y un coño depilado al ras que le hacía juego con el suyo. Camila la observó sin disimulo, sorprendida del deseo tan directo que le provocaba ver a otra mujer así, tan cruda, tan disponible.

—Hacé lugar —dijo Renata, y subió a la camilla.

Se acostaron de costado, frente a frente, y por un momento solo se miraron. Después Camila la besó. Fue un beso distinto a todos los que conocía, sin la urgencia torpe de otras veces, una boca que sabía esperar y que además tenía todavía el gusto a ella misma, a su propia corrida. Las lenguas se buscaron despacio mientras las manos empezaban a recorrer terreno nuevo.

Camila se animó. Bajó la boca hasta el pecho de Renata y le atrapó un pezón entre los labios, chupándolo con hambre. Renata soltó un gemido grave y le empujó la cabeza para que no la soltara. Camila cambió al otro, lo mordió apenas, se lo hizo girar con la lengua, y bajó por el vientre plano dejando un rastro de besos, mordiscos, saliva.

—Abrí las piernas —le pidió, y no reconoció la voz que le salió.

Renata obedeció. Se acomodó de espaldas, dobló las rodillas y las dejó caer hacia los costados, ofreciéndole el coño abierto, rosado, brillante. Camila se quedó mirándolo un segundo, memorizándolo, y después se acercó y le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, tal como Renata se la había pasado a ella. El sabor la sorprendió: salado, denso, muy vivo. Le gustó tanto que volvió a lamerla, y otra vez, cada vez más adentro, hasta clavarle la lengua en la entrada y sentir cómo se le apretaba.

—Chupame el clítoris —jadeó Renata desde arriba—. Fuerte, no tengas miedo.

Camila lo hizo. Encerró el pequeño bulto entre los labios y lo succionó, mientras subía la mano y le metía dos dedos de un empujón. Renata arqueó la espalda y soltó una puteada. Camila movió los dedos igual que se los habían movido a ella hacía un rato, curvándolos, buscando ese punto esponjoso adentro, mientras la lengua no dejaba el clítoris.

—Así, así, no pares, dale más rápido —murmuró Renata, agarrándole el pelo con las dos manos, obligándola a hundir más la cara.

Camila aprendió rápido. Aprendió a leer la respiración entrecortada, la forma en que las caderas de Renata buscaban su boca, el momento en que había que apurar y el momento en que había que sostener. Le metió un tercer dedo y la sintió abrirse alrededor, chorreando, ensuciándole toda la mano. Renata empezó a moverse contra ella con un ritmo desesperado, las tetas subiendo y bajando, el vientre contraído.

—Me corro, Camila, me corro, seguí, seguí —gimió, y clavó las uñas en los hombros de Camila hasta hacerle marcas.

Cuando llegó fue con un gemido grave que Camila sintió vibrar contra su propia cara. El coño de Renata se le apretó a los dedos en espasmos largos, y le empapó la barbilla, el cuello, hasta las tetas. Camila no la soltó hasta que sintió que el cuerpo debajo de ella se aflojaba entero.

Se subió reptando por el cuerpo de Renata y la besó, mezclándole en la boca su propio sabor. Se quedaron quietas un instante, enredadas, respirando juntas.

—No suelo hacer esto con las clientas —dijo Renata, con una sonrisa apenas culpable, todavía agitada.

—¿No? —Camila enarcó una ceja.

—Casi nunca. —Le apartó un mechón de la frente—. Pero hay personas que entran por la puerta y una sabe.

***

No terminó ahí. Volvieron a buscarse en la camilla angosta, con menos miedo y más ganas. Renata la giró boca abajo y le mordió una nalga, después la otra, y le abrió el culo con las dos manos para pasarle la lengua entera desde ahí hasta el coño otra vez. Camila se agarró de los bordes de la camilla y hundió la cara en el papel descartable, gimiendo bajito, sintiendo la lengua que le entraba por atrás y los dedos que volvían a llenarla por adelante.

Después se acomodaron en tijera, cada una con una pierna sobre la de la otra, los dos coños pegados, mojados, apretándose. Camila descubrió esa fricción como si le mostraran algo nuevo del mundo: clítoris contra clítoris, dos humedades que se mezclaban, un ruido pegajoso cada vez que se movían. Empujaron una contra otra, primero despacio y después cada vez más fuerte, buscando el ángulo, agarrándose de los muslos para tirar de la otra hacia sí.

—Mirá cómo estamos —jadeó Renata—. Mirá cómo nos chorreamos las dos.

Camila miró y casi se corre solo con eso: las dos entrepiernas empapadas frotándose sin pudor, los labios abiertos, los coños hinchados. Empujó más fuerte. Renata le devolvió el empuje. Encontraron un ritmo que no habían hablado, las frentes pegadas, los nombres convertidos en susurros y después en gritos ahogados.

El segundo orgasmo las encontró casi al mismo tiempo, y esa vez ninguna se molestó en callar. Se corrieron una contra la otra, temblando, con los muslos sacudiéndose y la camilla crujiendo bajo el peso de las dos.

Después se quedaron un rato largo en silencio, abrazadas, con la luz baja de la lámpara dibujando sombras en las paredes color arena y el olor a sexo mezclado con el del eucalipto.

—Tengo que terminar la depilación —dijo Renata al fin, y las dos se rieron como dos chicas.

Lo hizo. Terminó el trabajo con la misma calma de siempre, como si nada hubiera pasado, salvo que cada tanto sus dedos se demoraban un segundo de más sobre la piel de Camila, y Camila sentía que toda ella seguía despierta, al borde de cada terminación nerviosa, tal como le habían prometido. Cuando llegó el momento de depilarle el coño, Renata la abrió con dos dedos, sopló la cera para enfriarla y le arrancó los últimos pelos con una precisión que a Camila la hizo temblar de nuevo. Al final, le pasó un aceite tibio con la palma abierta, y se demoró apenas más de lo necesario sobre el clítoris ya limpio, sonriendo.

Cuando salió al pasillo, ya vestida, Renata le alcanzó una tarjeta.

—Por si querés repetir la experiencia —dijo—. La depilación, digo.

Camila guardó la tarjeta en el bolsillo de atrás del pantalón.

—Vuelvo en una semana, apenas baje del avión —respondió.

Salió a la calle con la piel ardiendo, la bombacha pegada a un coño que todavía latía, y una sonrisa que no se le borró en toda la noche. Sus amigas iban a notar algo distinto en ella durante el viaje, estaba segura. Pero eso, lo que había pasado esa tarde en la camilla, no pensaba contárselo a nadie.

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Comentarios(7)

SandraV

increible este relato!!! me encanto totalmente

Valentina_Nqn

Por favor necesito que haya segunda parte, me quedé con muchas ganas de mas

MarcelaCBA

Me encantó como está escrito, se siente real y tiene mucha tension desde el principio. Muy bien!!

LectoValeria

jajaja me recordó a una vez que fui al spa y algo asi casi pasa... buenisimo el relato

ToniBA

La forma en que construye la tension desde el comienzo es muy buena, uno queda enganchado sin darse cuenta. Excelente trabajo

Rodrigo_Cor

Buenisimo!!! sigan subiendo relatos asi de buenos

Clara_2019

Hay alguna continuacion planeada? quede muy intrigada con el final

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