La rival de la oficina que me enseñó a sentir
La rutina era siempre la misma. Mateo empezaba tocándome el trasero, me daba unos cuantos besos en el cuello, me chupaba los pechos durante diez segundos exactos, mojaba mi entrada con su propia saliva y empezaba a penetrarme. Cincuenta embestidas, ni una más, ni una menos. Lo había contado tantas veces que podría haberlo hecho con los ojos cerrados.
—Ya me vengo… —jadeó esa noche, agitado, hundiendo la cara en la almohada.
Y entonces llegaba la pregunta. La famosa pregunta que yo odiaba con toda mi alma.
—¿Te gustó, mi amor?
—Sí, cariño —respondí, regalándole mi mejor sonrisa.
—Eres la mejor, ¿lo sabes, verdad?
—Claro que sí. Voy a darme una ducha rápida.
—Como quieras. Buenas noches, no creo que siga despierto cuando salgas.
Bajo el agua tibia me pregunté en qué momento mi vida se había convertido en esto. Mi vida sexual antes de Mateo era, digamos, normal. No me consideraba la más calenturienta del mundo, pero me divertía de vez en cuando. Eso sí, por más que me esforzara, mi problema seguía siendo siempre el mismo: nadie, nunca, me había provocado un orgasmo.
Con Mateo ya llevaba tres años de relación. Todavía recordaba el comienzo, cuando me sentía la mujer más afortunada del planeta por haber encontrado por fin a un hombre decente. Era guapo, trabajador, carismático y jamás me daba motivos para celarlo. En cuanto a mi problemita, había llegado al punto de simplemente rendirme. Hablamos del tema un par de veces, él intentaba dar lo mejor de sí, y supongo que por no hacerlo sentir mal, o por no parecer una mujer rota, terminé fingiendo. Llegó el momento en que él ni siquiera lo intentaba.
Dicen que no se puede tener todo en la vida, y que lo más importante no es el sexo. Pero mi frustración solo crecía, y eso me estaba volviendo loca. Incluso cuando me masturbaba era incapaz de sentirme del todo satisfecha. Algo en mí estaba apagado, y yo había aceptado vivir así.
Lo que no sabía es que todo estaba a punto de cambiar. Y de la persona menos esperada del mundo.
***
Me presento: me llamo Camila, tengo treinta años y trabajo en un estudio de abogados como consultora legal. El ambiente es brutalmente competitivo, y en ese momento todas mis energías estaban puestas en conseguir la plaza de socia que acababa de quedar libre. Una plaza que tenía que disputarle a la insoportable de Renata. ¡Cómo la odiaba! Siempre tan amargada, tan cortante, tan perfecta. Habíamos chocado tantas veces que nuestro jefe ya ni se molestaba; lo llamaba «diferencias de opinión». El desprecio era mutuo, y eso me daba cierta paz.
—Oye, Cami, ¿vas a ir el sábado a la fiesta? —me preguntó Daniela, una de las pocas personas en las que confiaba en la oficina.
—Recuérdame qué estamos celebrando.
—El cumpleaños de Gustavo. Va a ser un evento enorme, ya sabes, los cincuenta hay que celebrarlos por todo lo alto.
—No ando de humor para fiestas, la verdad.
—Por eso mismo tienes que ir. Para distraerte un poco.
—Lo voy a pensar, ¿sí? No te prometo nada.
—Ahí te espero. No seas aguafiestas.
—Eres incorregible —reí.
***
Gustavo se había lucido. La casa era inmensa, dos pisos de estilo colonial, y desde la entrada un sendero serpenteaba entre jardines exóticos hasta la puerta principal. Una vez adentro, el encanto se perdía un poco con las luces reflectoras, los láseres, la música a todo volumen y el murmullo de cien conversaciones a la vez. Necesitaba un trago para sobrellevar semejante locura.
Genial. La barra estaba llena y el único asiento libre quedaba justo al lado de ya saben quién: la maldita de Renata.
Levanté la mano intentando llamar la atención del bartender.
—¡Una margarita, por favor!
Imposible. Ahí no se escuchaba nada.
—¡Holaaa! ¡Una margarita!
—¡Eh! —gritó Renata de pronto—. Tráele una margarita a la señorita, por favor.
—Eh… gracias. No tenías por qué… —murmuré con el tono más neutral que pude fingir.
—No hay de qué. Tus gritos ya me estaban desesperando —respondió, indiferente.
—¿En serio vas a actuar como una idiota aquí también?
—Perdón, lo siento. Creo que por hoy podemos ser civilizadas.
Al decírmelo, hicimos contacto visual. Sus ojos me escanearon de arriba abajo, lentos, y me dejaron desconcertada, incómoda sin entender muy bien por qué. Yo llevaba un vestido negro largo, ceñido al cuerpo, con una abertura que arrancaba en el muslo y dejaba una pierna entera al descubierto, y un escote que resaltaba mis curvas. Ella, en cambio, parecía recién salida de la oficina: el cabello ondulado suelto hacia un lado, pantalón de vestir negro y camisa blanca por dentro. La diferencia era que esa noche no llevaba blazer, y tenía un par de botones desabrochados que dejaban entrever el nacimiento de sus pechos. Tenía un aire sofisticado pero relajado. Todo en ella funcionaba, excepto su actitud, que seguía siendo una mierda.
—¿Pasa algo? —le dije, sacándola del trance en el que se había quedado.
—Eh… no. Es que te ves muy bien hoy.
No pude evitar soltar una carcajada.
—¿Tú, elogiándome? Jamás pensé que fuera posible.
—A ver, sé reconocer cuando alguien acierta con la ropa. Solo digo.
—Bueno, me siento halagada —respondí.
Sentí algo extraño, una mezcla de satisfacción y vergüenza, y lo más alarmante: un cosquilleo en el estómago que no supe cómo nombrar.
Iba ya por mi cuarta margarita. Poco a poco la timidez se disolvía y empezamos a hablar de cosas triviales. Mientras más conversábamos, más detalles le notaba a su rostro. No me había percatado de unas pecas que me parecieron preciosas. La forma en que hablaba, segura de sí misma, sin desviar la atención hacia nada más, como si en aquel salón ruidoso solo estuviéramos ella y yo. Era hermosa, la maldita. Sí, definitivamente era admiración. Era inteligente, bella y, quizá, no tan insoportable después de todo.
En algún momento terminamos hablando de nuestra vida amorosa. Supongo que el alcohol en sangre hizo que no fuera nada discreta sobre mi situación.
—¿Y has probado decirle exactamente cómo te gusta? —preguntó—. Digo, no es adivino. La comunicación es fundamental.
—¿Y qué pasa si ni yo misma sé lo que quiero? —confesé, avergonzada—. O sea, he probado ciertas cosas, pero no siento lo que debería sentir. Mi cuerpo no responde.
—Pues no puedes rendirte tan rápido. Si no te gusta rápido, prueba lento. Si no te gusta fuerte, prueba suave.
—¿Pero acaso no es lo mismo rápido y fuerte? —dije, confundida.
—Ay, Cami, tienes mucho que aprender —murmuró con una sonrisa ladeada, mientras posaba la mano sobre mi muslo desnudo.
Su tacto fue un choque eléctrico. Mi nombre saliendo de sus labios carnosos, su mirada penetrante, todo eso hizo que la sangre me hirviera. El cosquilleo que antes vivía en mi estómago ahora se había mudado entre mis piernas, y nublaba por completo mi juicio.
—Renata… —solté sin pensar—. Me da un poco de corte pedirte esto, pero… ¿me puedes enseñar?
—Creo que es mejor que nos vayamos a otro lado —respondió sin titubear.
***
Tomó mi mano y me guió hasta el segundo piso. Había una habitación impecable, con un ventanal que daba a la piscina. Le puso seguro a la puerta y me habló con una voz calmada que no le conocía.
—Necesito que seas sincera conmigo. No te cohíbas y, lo más importante, no finjas. No tienes que demostrarme nada. Solo me dices si te gusta o no, y si en algún momento quieres que me detenga, no dudes en decirlo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondí, nerviosa.
Mis palpitaciones se aceleraron. De golpe tomé conciencia de lo que estaba haciendo, pero ya no había vuelta atrás: mi curiosidad y la humedad que arruinaba mis bragas podían mucho más que mi sensatez.
—No estés nerviosa. Míralo como… como un experimento. Una amiga ayudando a otra amiga, ¿vale?
Solo asentí, soltando un suspiro.
De pie las dos, lo primero que hizo fue acariciarme las mejillas. Me rozaba los labios con el pulgar, hundía los dedos en mi cabello, los deslizaba por mi cuello, mis hombros, mis brazos. No me reconocía a mí misma: con apenas esas caricias mis pezones estaban duros como piedras y yo estaba mojada, realmente mojada. Cerré los ojos intentando disimular una excitación que se me desbordaba.
Empezó a besarme el cuello mientras me sujetaba por la cintura, y mis jadeos ya hacían eco en la habitación.
—¿Te gusta así? ¿O lo quieres más despacio? —susurró.
—Así… así está bien —contesté entre jadeos.
—¿Y si te hago esto, te gusta?
Por encima de la tela del vestido apretó mis pezones, con una destreza tal que solo pude responderle con un gemido.
—Entonces me quedo un rato más por aquí —dijo.
Ni yo misma sabía hasta qué punto eran sensibles mis pezones. Aquello acababa de convertirse en mi caricia favorita.
Lentamente me fue bajando el vestido, hasta que cayó por completo al suelo.
—Eres perfecta —me dijo, sin apartar la mirada, como si quisiera memorizar cada centímetro de mi cuerpo.
Empezó a bordear mis pezones con la lengua, a succionar, a chupar, jugando con la velocidad y la presión. Al mismo tiempo, su mano descendió hasta mi sexo, apartó las bragas hacia un lado y deslizó los dedos por toda mi vulva sin llegar a tocar el clítoris.
—¿Y esto? ¿Te gusta? Te gusta sentir mis dedos, ¿cierto? Dios, estás tan excitada, tan mojada para mí…
Justo cuando empezó a estimular mi clítoris, mis piernas comenzaron a temblar.
—Dime cómo te gusta. ¿Así, de arriba abajo? ¿O de lado a lado? ¿O prefieres en círculos?
—Ahhh… ahhh… —fue lo único que salió de mi boca.
—Guapa, tienes que dejar de gemir y responderme. Recuerda: comunicación —dijo con todo el descaro del mundo.
—No puedo… mis piernas… no puedo sostenerme —apenas logré articular.
Al instante me recargó contra la pared. Por puro instinto me sostuve de su cuello mientras ella seguía atormentándome de placer. En el calor del momento empecé a corresponderle, besándole el cuello, dándole pequeños mordiscos. Sus gemidos eran distintos: graves, menos expresivos, pero constantes. Busqué sus labios y la besé, necesitaba más de ella. Su reacción fue inmediata, profundizando el beso, nuestras lenguas chocando una y otra vez. Mis gemidos se ahogaban en su boca. Empecé a manosearle los pechos y a quitarle la camisa; su ropa me estorbaba. Me metí uno de sus pechos a la boca, luego el otro, turnándolos. Su sabor, la textura, todo hacía que mi cerebro estallara.
—Ahhh, Cami, espera… esto se trata de ti hoy, guapa —dijo con la respiración descontrolada.
Y, sin previo aviso, me volteó bruscamente de cara a la pared.
—Ahora te voy a enseñar la diferencia entre rápido y fuerte, y entre suave y despacio. ¿Te parece?
—Sí… sí —respondí, con la respiración hecha un desastre.
Pegó la boca a mi oído y me susurró de la forma más seductora que había escuchado en mi vida.
—Esto es despacio… —dijo, abriéndose paso en mi interior con dos dedos.
—Ahhh…
—Y esto es fuerte. Lo puedes combinar: despacio y fuerte al mismo tiempo… —me penetraba con violencia, pero a un ritmo pausado, una y otra vez.
—Ahhh… umhhh…
—¿Te gusta así? ¿O prefieres rápido?
Aumentó la velocidad a un ritmo impresionante. Todo me daba vueltas, me sentía mareada, su destreza era de otro mundo. Solo se escuchaba el chapoteo de sus dedos entrando y saliendo, y mis gemidos, que amenazaban con dejarme sin voz.
—Shhh, baja el volumen, preciosa, que te van a escuchar todos. Y esto es suave y despacio…
—No, no, dame fuerte, por favor —supliqué—. Dame fuerte y rápido.
—¿Ves? Me alegra que ya nos vayamos entendiendo.
Y así estuvo unos minutos, dedeándome como si no hubiera mañana.
—Eres una delicia de mujer. Te daría así de rico todos los días de mi vida. Estás buenísima. Te gusta sucio, ¿verdad? Te gusta que te traten rudo, que te hagan gritar.
—Me estás volviendo loca —jadeé—. Así, no pares.
Escucharla decirme todo eso me hizo sentir sucia. Y lo peor es que me estaba encantando.
Luego me recostó contra el ventanal que daba a la piscina, desde donde podía ver a todos abajo conversando y riendo, ajenos a todo. Me dobló por la cintura, dejándome completamente expuesta, en cuatro.
Lo siguiente que sentí fue su lengua caliente recorriendo toda mi intimidad con una precisión imposible. Era experta. Sabía exactamente qué nervio tocar.
—Ahhh, espera, espera… detente, ay Dios… creo que tengo que orinar.
—Renata, para, por favor, no puedo con tanto.
—Renataaa… —y de pronto algo cedió por completo dentro de mí.
Sentí una descarga de líquido saliendo de mi interior, mojando entera la cara de Renata, que se encargó de tragarse hasta la última gota. Mi cuerpo temblaba sin parar; mis piernas no aguantaron más y caí al suelo. Ella me sostuvo y me acomodó en la cama.
Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Sentía tantas emociones a la vez que no podía contenerlas.
—Respira, cariño, respira —me decía, acunándome entre sus brazos—. Todo está bien. Solo suéltalo.
—Debo verme ridícula ahora mismo —dije, secándome las lágrimas.
—¡Sí! Ridículamente hermosa.
—Tonta —reí entre hipidos.
—¿Ya te sientes mejor?
—Sí, gracias. Aunque podría estar aún mejor…
—No me digas que quieres más. No estás en condiciones de aguantar otro round —se burló.
—Quiero. Quiero probarte.
—Oye, no tienes por qué hacerme nada. Así no funciona.
—No estoy de acuerdo contigo. De hecho, así es exactamente como funciona. Además, me muero por saborearte.
—No tengo energía para pelear contigo hoy —respondió, sonriendo.
Me levanté, la llevé hasta el borde de la cama y me arrodillé frente a ella. Su expresión cambió al verme ahí abajo: volvió a ser la de antes, sin un solo rastro de ternura, solo lujuria pura.
—Así que esto es lo que quieres, ¿eh? —dijo, mirándome fijo, quitándose el cinturón y lanzándolo a un costado de la cama antes de deshacerse del pantalón y las bragas—. Toda tuya.
—Gracias, señorita —repliqué.
—Ah, por cierto: a mí también me gusta fuerte y rápido.
Tragué en seco. Sujetó mi cabeza con ambas manos y la presionó contra su sexo mientras se movía sin freno. Intenté copiar lo mejor que pude todo lo que ella me había hecho. Sabía riquísima; siempre fui más de platos salados, y este se acababa de convertir en mi favorito.
—Umhh, aprendes rápido… —jadeó.
—Ahhh, no creo poder aguantar mucho más —dijo después—. Me he contenido demasiado. Sí, así, no pares, más duro…
La mandíbula me dolía, me faltaba el aire, pero levantar la vista y ver su cara de satisfacción —los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, la boca entreabierta emitiendo los sonidos más excitantes que jamás había oído— hacía que todo valiera la pena. Un instante después se desplomó hacia atrás, deshecha.
—Vaya, eso ha sido genial. ¿Qué haces mañana a esta hora? —dijo, sin aliento.
—Te crees muy graciosa, ¿verdad?
La química durante el resto de la noche fue irreal. Me sentía en las nubes. Teníamos mucho más en común de lo que jamás habría imaginado. Eso sí: no más margaritas para mí.
De más está decir que no volví a permitir que Mateo me tocara. Nuestra relación terminó en buenos términos, con él diciéndome que siempre estaría disponible por si me arrepentía de esta aventura sin sentido.
Posdata: nunca me arrepentí.