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Relatos Ardientes

La espía que sedujo a la reina del hampa

Llevaba el arma en la media, sujeta al muslo. Era el único escondite posible bajo aquel vestido sin que se notara el bulto. El metal estaba tibio, calentado por su propia piel, apretado entre los muslos largos y firmes.

No era una pistola grande. Una automática plana, niquelada, con las cachas de nácar y calibre veintidós. Un arma pequeña, casi un juguete, salvo por lo que podía hacer a corta distancia. La culata apuntaba hacia adelante, lista para empuñarla en cuanto la situación lo exigiera.

Mariela confiaba en sus reflejos. Llevaba seis años entrenándolos para noches como esta.

El vestido era corto, escandalosamente corto, y dejaba a la vista buena parte de los muslos, justo hasta donde empezaba el frío cañón. El escote, profundo y generoso, desviaba toda la atención hacia otra parte. Era un cálculo deliberado. Mientras los hombres de aquella sala miraran sus pechos, no mirarían sus piernas. Y mientras no miraran sus piernas, no encontrarían el arma.

Cruzó el salón meneando las caderas, balanceando el cuerpo con una lentitud estudiada. La sala estaba llena de maleantes de medio pelo y de sus mujeres, vestidas con telas mínimas o directamente desnudas. El aire olía a sudor, a perfume barato, al aceite de las pistolas y a la brillantina del cabello engominado de los matones.

Olía, sobre todo, a calor. A deseo contenido a punto de desbordarse.

Al fondo del salón había un estrado, y sobre el estrado un diván de terciopelo rojo, y sobre el diván, presidiendo aquel circo de criminales como una emperatriz aburrida, estaba ella.

Valeska.

Era menuda, joven, de piel mulata como el caramelo oscuro. Su figura habría llamado la atención en cualquier rincón del mundo, pero en aquella reunión clandestina de hampones lo que imponía no era su belleza, sino sus ojos. Negros como el azabache, duros, sin un solo gramo de inocencia. Esos ojos eran los que mandaban en la organización. Esos ojos eran los que habían firmado más sentencias de muerte que cualquier juez del país.

Mariela avanzó hacia el estrado sin la menor vacilación. Cruzó la sala como un rompehielos partiendo en dos un mar de cuerpos medio desnudos. Los matones se apartaban a su paso, intimidados sin saber por qué. Las mujeres recogían las piernas largas y bronceadas para dejarla pasar, mirándola con una mezcla de envidia y otra cosa más turbia.

Casi todos clavaban los ojos en sus muslos. Y ella, sintiendo el calor del acero apretado entre las piernas, recordaba a cada paso la verdadera razón por la que estaba allí.

El tiempo parecía caminar despacio en aquel salón asfixiante. Toda la atención de la sala oscilaba entre la rubia que avanzaba y la mulata que esperaba. La tensión entre ellas soltaba chispas antes incluso de que se rozaran. Se miraban a los ojos desde la distancia, y los que estaban cerca juraban notar la electricidad estática crepitando en el aire.

Por fin llegó al estrado, al diván donde la esperaba la jefa.

No voy a matarla todavía, pensó Mariela. No antes de averiguar dónde guarda los nombres. Y no antes de probar lo que esconde bajo ese vestido.

Era una mentira que se contaba a sí misma para justificar lo que su cuerpo ya había decidido. La misión venía primero, siempre. Pero el deseo había empezado a hablar más fuerte que la disciplina.

Valeska dobló las piernas y dejó un hueco libre en el diván, una invitación silenciosa. Mariela se sentó a su lado, rozando apenas la piel oscura con la suya, dejando que el calor del cuerpo ajeno la invadiera por completo.

—No te había visto antes por aquí —dijo la mulata, con una voz grave y perezosa que escondía un filo.

—Acabo de llegar a la ciudad —respondió Mariela—. Me dijeron que esta era la única fiesta que valía la pena.

—Te dijeron bien. —Valeska ladeó la cabeza, estudiándola sin disimulo—. Aunque no me dijeron a mí que vendría alguien tan guapa.

Se saludaron con las manos, pero ninguna de las dos las soltó. Las dejaron juntas más tiempo del necesario, acariciándose con los dedos, midiéndose, tanteando hasta dónde llegaría la otra.

Una mujer voluptuosa, vestida apenas con una malla de rejilla gruesa que la desnudaba entera, se acercó con dos copas. Sus pezones oscuros y duros asomaban por el trenzado de la red. Dejó las copas en una mesita lateral y se retiró sin decir nada, como una sombra entrenada para no molestar.

—Por las recién llegadas —brindó Valeska.

—Por las anfitrionas generosas —contestó Mariela.

Bebieron sin apartar los ojos la una de la otra. El alcohol bajó tibio por la garganta de Mariela, soltando el último nudo de prudencia que le quedaba. A su alrededor, la fiesta seguía su curso: parejas que se buscaban en los rincones, risas roncas, el tintineo de los vasos y el roce de la ropa cayendo al suelo.

Entre ellas dos, los escotes parecían abrirse un poco más a cada minuto, como si la sola tensión de mirarse bastara para desnudarlas. Más de la mitad de sus pechos quedaba ya al descubierto.

Valeska fue la primera en moverse. Separó los muslos y apresó la cintura de Mariela entre ellos, atrayéndola hacia su cuerpo flexible. Tenía una sonrisa ladeada y divertida en los labios gruesos y pintados de rojo, la sonrisa de quien está acostumbrada a obtener todo lo que desea.

—Te he visto mirarme desde que cruzaste la puerta —murmuró—. ¿Vas a quedarte ahí sentada o vas a hacer algo al respecto?

Mariela apoyó sus pechos contra el cuerpo fino de la mulata. Y por fin los labios de ambas se encontraron en un beso largo, hambriento, que sabía a alcohol y a riesgo. Las lenguas se cruzaron sin pudor, lascivas, intercambiando saliva y calor mientras la sala entera dejaba de existir.

Las manos de Valeska no perdieron el tiempo. Bajaron por la espalda de Mariela y se apoderaron de su trasero, amasándolo con fuerza, hundiendo los dedos en la carne firme. Subieron un poco más, peligrosamente cerca de la liga, peligrosamente cerca de la automática escondida.

Mariela contuvo el aliento.

Si la encuentra, estoy muerta.

Pero la mano se detuvo a un centímetro del metal, distraída por la curva del muslo, y volvió a subir hacia la cintura. Mariela soltó el aire despacio. En aquella sala había docenas de armas; un arma más no significaba gran cosa. Lo que la habría delatado de verdad era la placa de agente federal que había dejado guardada bajo llave en su despacho, a kilómetros de allí. Estar infiltrada en el corazón de aquella organización era jugar con fuego cada segundo. Un solo error y nadie volvería a encontrar su cuerpo.

Pero ahora mismo, con la lengua de Valeska enredada en la suya, le costaba recordar por qué eso debía importarle.

—Hueles a peligro —susurró la mulata contra su boca—. Me encanta.

—No tienes idea —respondió Mariela, y la besó otra vez para que se callara.

Alguien, al otro lado del salón, había decidido que la tensión ya había durado bastante. Un suspiro colectivo de alivio recorrió la sala cuando la jefa y la desconocida empezaron a devorarse. Si la reina del hampa estaba entretenida, todos podían entretenerse. La fiesta se convirtió en otra cosa. La ropa cayó. Los cuerpos se buscaron. El salón entero se transformó en una orgía, y por los gemidos que empezaron a llenar el aire, no era la primera vez que aquello ocurría entre esas cuatro paredes.

Mariela apenas lo notó. Toda su atención estaba en la mujer que la sujetaba con los muslos.

Deslizó los dedos hacia abajo, lentos, dibujando el borde del vestido de Valeska hasta encontrar el fino tanga rojo de encaje que apenas la cubría. La tela estaba húmeda. Empapada. La mulata la deseaba tanto como ella fingía desearla, y en algún punto del camino la frontera entre el fingimiento y la verdad se había borrado.

—Atrévete —jadeó Valeska.

Mariela apartó el encaje con dos dedos. La carne de debajo estaba ardiendo y resbaladiza. Sabía exactamente qué hacer, cómo encontrar el punto preciso, cómo trazar círculos lentos que arrancaran a aquella mujer poderosa el control que tanto le importaba. La acarició con la paciencia de quien sabe que la prisa lo arruina todo.

Valeska echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del diván. Su pecho subía y bajaba cada vez más rápido. Por primera vez en toda la noche, los ojos negros y duros perdieron su filo y se nublaron de placer.

—Más —ordenó, y la orden sonó casi como una súplica.

Mariela obedeció. Aceleró el ritmo de los dedos, alternando la presión, leyendo el cuerpo de la otra como quien lee un mapa conocido. Valeska era de sangre caliente y no tardó en delatarse. Sus caderas empezaron a moverse contra la mano, buscándola, exigiéndole más. Sus jadeos se volvieron roncos, urgentes.

—No pares —gimió—. No se te ocurra parar.

No paró. La llevó al borde y la mantuvo allí, suspendida, hasta que la mulata se rompió contra sus dedos con un gemido largo que se confundió con los demás sonidos de la sala. El cuerpo entero de Valeska se tensó y luego se aflojó, temblando.

El resto de los presentes interpretó aquel sonido como una buena señal y siguió a lo suyo, ajenos al pequeño drama que se desarrollaba en el estrado.

Valeska no era de las que se quedan en deuda. Apenas recuperó el aliento, apartó los tirantes del vestido de Mariela y buscó sus pechos con la boca. Los pezones duros desaparecieron entre sus labios golosos, y Mariela sintió el primer escalofrío sincero de la noche recorrerle la espalda. Ese no fue fingido. Ese fue real, traidor, peligroso.

La mulata se incorporó y, con la agilidad de un felino, consiguió colocarse encima de ella sobre el diván. Le subió el vestido hasta la cintura, dejando a la vista el tanga y el borde de la liga que sujetaba el arma, sin reparar en él. Demasiado embriagada de deseo para fijarse en nada que no fuera la piel blanca que tenía delante.

Hundió la cabeza entre los muslos de Mariela. Y la agente, que había entrado en aquella sala con un plan perfecto y una misión clara, se descubrió arqueando la espalda y enredando los dedos en el pelo oscuro de la mujer a la que había venido a destruir.

Se devoraron como lobas. Se buscaron como amantes que llevaran años esperando esa noche. El placer las arrastró a las dos por igual, y durante un puñado de minutos no hubo mafia ni placa ni misión, solo dos cuerpos persiguiendo el mismo final.

Cuando el orgasmo de Mariela la golpeó, fue lo único de toda la noche que no tuvo que actuar.

***

Pero todas las noches tienen un final, y el de esta llegó del modo más brusco.

Las puertas del salón se abrieron de golpe con un estruendo. Las fuerzas del orden irrumpieron en tromba, gritando órdenes, derribando a los matones que intentaron alcanzar sus armas. El operativo que Mariela había estado preparando durante meses caía por fin sobre la organización entera.

El caos fue inmediato. Mujeres desnudas corriendo, hombres tirados al suelo con las manos en la nuca, disparos al aire para imponer silencio.

Valeska tardó un segundo entero en comprender. Cuando lo hizo, giró la cabeza hacia Mariela con los ojos negros otra vez afilados, esta vez de pura rabia.

—Tú —escupió—. Eras tú.

Mariela ya se había puesto en pie y se bajaba el vestido. Sacó la pequeña automática niquelada de la media y la mostró sin apuntar a nadie, solo para que la jefa entendiera con quién había estado jugando toda la noche.

—Lo siento —dijo, y casi lo sentía de verdad—. Es mi trabajo.

Esposaron a Valeska sin que dejara de mirarla. No había miedo en aquellos ojos, solo el recuerdo de los dedos de Mariela y una promesa silenciosa que ninguna de las dos pronunciaría jamás en voz alta.

Quizá no fue un final satisfactorio. El placer rara vez encaja con la justicia, y aquella noche las dos cosas se habían cruzado de un modo imposible de deshacer. Pero el mal tendría su castigo, y el deseo, su recuerdo.

Mariela guardó el arma, se ajustó el vestido y salió del salón sin mirar atrás, llevándose consigo el sabor de la mujer más peligrosa de la ciudad.

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Comentarios (4)

NocheBA

increible!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

CamiLectora

La tension desde el principio hasta el final es perfecta, no podes dejar de leer. Sigan subiendo relatos asi!!

Elisa_Nocturna

Que combinacion mas letal... espias, peligro y pasion. Me encanto hasta el ultimo detalle

SilvinaLR

Ay dios, me dejo con ganas de una segunda parte!! Como puede terminar asi jajaja

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