La novia del hijo del pastor y el aceite de unción
Siempre fui la oveja negra de la familia, la que dice las cosas sin filtro y se enoja con la doble moral hasta quedarse sin aire. En cuanto cumplí los diecinueve me fui de casa, o mejor dicho, escapé a la ciudad para respirar y empezar mi carrera de kinesióloga. En esos años me descubrí en todos los sentidos posibles, y desde la primera vez que probé el sabor de otra mujer supe que no había vuelta atrás.
Mis padres, conservadores y devotos hasta la médula, hicieron el drama que cualquiera podría imaginar cuando se enteraron. Pensé que les daría un infarto a los dos. No lo aceptaron nunca, pero aprendieron a tolerarlo a su manera: con versículos por mensaje cada mañana, como si una cita bíblica pudiera reescribir lo que yo era.
Antes de arrancar el último año decidí pasar unas semanas en el pueblo. Los extrañaba, aunque me costara admitirlo. La primera mañana mi madre ya estaba con su campaña.
—¿Vas a venir el domingo con nosotros a la iglesia? Estaba pensando que te haría bien…
—Mamá, ya sabés lo que pienso de la religión.
—Escuchame bien, Valeria. Si no es por las buenas, va a ser por las malas. Vas y punto. Nadie sabe de tus cosas y así se va a quedar. Un encuentro con Dios te vendría perfecto.
—No hace falta que grites. Y ya no soy una nena a la que puedas mandar.
Y ahí estaba yo el domingo, sentada en un banco de madera, escuchando una prédica que me aburría hasta los huesos. Hasta que la vi.
Era una de esas bellezas que parecen sacadas de otro mundo. Pelo oscuro hasta la cintura, piel pálida que contrastaba con cada mechón, curvas justas, nada exagerado, todo perfecto. No pude despegarle la mirada. Se me cruzaron diez escenarios por la cabeza y todos terminaban conmigo arrodillada entre sus piernas.
—Es una belleza, ¿verdad? —dijo mi madre a mi lado.
—¿Qué? —respondí, nerviosa.
—Damián, hija. Ya es todo un hombre.
—Ah, sí, sí… —contesté de la forma más desinteresada que pude fingir.
—El finde que viene hay un retiro espiritual. Deberías ir. Lo organiza Mara, su novia. —Y señaló justo a la mujer que me venía robando suspiros desde hacía media hora.
¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar solo por verla un rato más?
El lado malo: aguantar la charla del cielo y del infierno y quién sabe cuánto más. El lado bueno: deleitarme la vista con esa preciosidad durante dos días enteros. Aunque no pasara nada, con eso me alcanzaba. Te veo pronto, Mara.
***
Tenía que reconocerlo: estaba nerviosa, y eso era nuevo. Con solo escucharla explicar el cronograma del primer día, el corazón se me quería salir del pecho. Parecía mi yo de quince años viendo a una mujer guapa por primera vez. La Valeria de unas semanas atrás, la que coqueteaba sin pudor en cualquier bar, se habría reído de mí en la cara.
—Valeria, ¿cierto? —me dijo, acercándose.
—La misma —contesté con la voz temblando un poco.
—Mara, mucho gusto. —Sonrió y me extendió la mano.
—Igualmente. —Le devolví el saludo conteniéndome con todas mis fuerzas.
—Estoy repartiendo tareas. ¿Te sumás al grupo que junta leña para la fogata de esta noche? A juzgar por esos brazos, va a ser pan comido para vos.
Lo dijo con una inocencia que me puso la cabeza a mil por hora.
—Algo se nota el gimnasio —respondí con una sonrisa torcida.
—No están nada mal. Te ves muy bien.
Noté cómo se sonrojó y apartó la mirada. ¿Será que le gusto? Imposible. Es hetero, cristiana y tiene novio. Me estoy imaginando cosas.
—Gracias —alcancé a decir.
—Bueno, no te entretengo más. Cualquier duda, me buscás.
***
El sol partía las piedras esa tarde, así que me cambié. Me puse un short que me quedaba a mitad de muslo y una musculosa sin mangas. Los años de entrenamiento no habían sido en vano y lo sabía.
Era el último viaje de regreso con la dichosa leña. ¿Cuánta madera necesitaba esta gente, por favor? Me había hecho sudar más de lo que esperaba. Levanté el borde de la musculosa para secarme la frente y entonces sentí una mirada clavada en mí. Subí la vista y la encontré: Mara devorándose mi abdomen con los ojos. Hicimos contacto visual y le sonreí. Ella no apartó la cara enseguida; se quedó un segundo de más antes de volver a sus cosas. Mataría por saber qué estaba pensando.
El resto de la tarde fue mejor de lo que creí. Entre juegos, canciones y un intercambio constante de miradas con Mara, las cosas tomaban un giro inesperado. Después de la fogata fuimos a una capilla pequeña para cerrar la noche con la enseñanza del día. Eso sí que no cambiaba: sentía cada minuto arrastrarse. Hasta que por fin terminó.
Todos se habían ido. Eran cerca de las diez y solo quedábamos ella, acomodando sillas, y yo. Necesitaba sacarme la duda, acercarme, conocerla. Era un enigma y me intrigaba: tan devota, tan seria, tan comprometida. Algo no cuadraba con la forma en que me miraba, con el deseo que creía leerle en los ojos.
—Vaya día, ¿no? —le dije, tratando de romper el hielo.
—Y todo lo que falta todavía.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro.
—¿Cómo te sentís siendo la responsable de todo esto? ¿Lo disfrutás de verdad o lo hacés porque sos la novia del hijo del pastor?
—Wow. Primero, eso son dos preguntas. Y segundo, sos bastante directa. —Se rió, sorprendida.
—Perdón, no quise incomodarte.
—No, está bien. Solo que no esperaba eso. Pero te respondo.
Perdimos la noción del tiempo hablando de todo un poco. Me contó que vivía bajo la presión de ser la novia perfecta, que dirigir las actividades a veces la superaba, que Damián casi nunca ayudaba porque andaba siempre ocupado o de viaje con su padre.
—No sé por qué te cuento esto. No quiero que lo malinterpretes. Supongo que tengo que acostumbrarme a esta vida.
—No pasa nada, Mara. A veces hace bien desahogarse. No te juzgo.
—Hoy fue un día larguísimo.
—¿Querés un masaje?
—¿Cómo?
—Tranquila. —Me reí—. Soy kinesióloga. Te aseguro que con un masaje vas a quedar como nueva.
Que diga que sí, que diga que sí.
—No sabía que te dedicabas a eso. Como solo hablé de mí…
—Otro día hablamos de mí. ¿Aceptás o no? —le dije, juguetona.
—Bueno, algo rápido. No quiero aprovecharme.
Si supieras que la que se va a aprovechar soy yo.
***
Estábamos sentadas en el piso, frente al altar. Me coloqué detrás de ella y empecé a masajearle el cuello y los hombros con suavidad.
—Tenés que relajarte. Estás durísima. Confiá en mí.
—Es que no estoy acostumbrada a esto, perdón.
Me acerqué a su oído y le susurré:
—Ya sé que no estás acostumbrada a que te toquen así.
Soltó un suspiro hondo. La tensión se sentía a kilómetros. Lo suave de su piel entre mis dedos, el calor que despedía su cuerpo, su intento fallido de que yo no escuchara esos jadeos bajitos: todo se me estaba yendo de las manos. Mi respiración agitada me delataba. No estaba orgullosa de mi falta de profesionalismo, pero no sabía si volvería a tenerla así, solo para mí.
—¿Te lo hago muy fuerte? Normalmente se usa aceite. ¿Querés más suave?
—No, estoy bien. Esperá.
Al levantarse pude apreciar desde otro ángulo lo que escondía ese vestido: unas nalgas redondas, firmes. Señor, sé que no hablamos seguido, pero gracias.
—¿Te sirve este aceite?
—¿El aceite de unción?
—Supongo… —respondí, sin creer del todo lo que estaba pasando.
—Perfecto.
Volvió a su lugar y se quitó la blusa, quedando en corpiño. Tragué en seco.
—Mejor así, ¿no?
—Mucho mejor así —dije con la voz ronca, incapaz de esconder un segundo más mi excitación.
Empecé a masajearla de nuevo, esta vez con toda la malicia del mundo, esparciendo el aceite por su espalda. Mis manos subían y bajaban; a veces presionaba fuerte, a veces apenas la rozaba. Su piel se erizaba bajo mi tacto y sus gemidos iban creciendo de a poco.
—Valeria… Valeria… —dijo, casi ahogándose.
—Decime, Mara, decime —le susurré.
—Tocame, por favor.
Era todo lo que necesitaba escuchar.
Le desabroché el corpiño y se lo deslicé por los brazos. Todavía estaba de espaldas. Le tomé los pechos con firmeza, le pellizqué los pezones, se los masajeé mientras le besaba el cuello, besos que se fueron convirtiendo en mordidas.
—Ay, Dios…
—No creo que Dios quiera estar acá —le dije, girándola para tenerla de frente.
Sus ojos llenos de asombro, la frente perlada de sudor, la respiración descontrolada, la boca entreabierta. Era una obra de arte.
—Sos jodidamente hermosa.
Acorté la distancia entre nuestros labios. No tenía intención de apurarme; empecé despacio, saboreando cada rincón de su boca. Pero la señorita tenía otros planes y me arrancó la ropa con una destreza que no me esperaba.
—Esperá, no podemos hacer esto acá.
—Es lo único en lo que pensé desde que te vi —dijo, mirándome a los ojos.
—Que se joda todo, entonces.
***
Terminamos de desnudarnos. La recosté en el piso y mis manos recorrieron cada centímetro de su cuerpo. Encima de ella, nuestros pechos quedaron alineados, los pezones rozándose una y otra vez mientras nos seguíamos besando.
—Me estás volviendo loca —murmuré contra su boca.
—Shhh. Solo disfrutá. Yo también lo deseo. —Se rió bajito—. No soy tan inocente. Ya había escuchado los rumores sobre vos, que te gustaban las mujeres. Lo que no sabía era que ibas a ser tan irresistible.
—Un gusto conocerte a vos también, Mara.
Por un instante nos quedamos examinándonos. Su cintura parecía hecha para mis manos, sus pechos para mi boca. Las mejillas rojas, las pupilas dilatadas, su humedad que ya sentía contra mi muslo.
—Hace tiempo que reprimo todo esto. Ya no puedo más —dijo, deslizando la mano por mi abdomen, mis brazos, mi cara.
—Olvidemos los prejuicios por hoy, ¿de acuerdo?
—Sí a todo —contestó, fundiéndonos en un beso.
Bajé la mano hasta su centro para comprobar lo mojada que estaba, y se me hizo agua la boca. Empecé a jugar con su clítoris, apenas rozando la punta de mis dedos en círculos. Ella movía las caderas hacia arriba, buscándome, sin parar de gemir.
—Más… más…
Sin decir nada la penetré con tres dedos. Estaba tan empapada que entraron sin esfuerzo.
—No puedo, no puedo…
—Claro que podés. Aguantá un poco más —le dije, mientras le atrapaba un pezón con la boca y la embestía sin tregua.
—No pares, me voy a…
Y justo antes de que terminara, me detuve. Su cara de frustración no tenía precio.
—¿Por qué?
—Solo quiero jugar un poco, hermosa.
—Te mato.
Los roles se invirtieron. Ahora era ella la que estaba encima, con ganas de venganza. Sentí sus dedos colarse dentro de mí.
—Estás caliente, empapada, toda mía —susurró, sin dejar de besarme el cuello, apretando su cuerpo contra el mío.
Ya no aguantaba más, y me terminó de matar cuando empezó a mordisquearme el lóbulo de la oreja. Sentí los pulmones quedarse sin aire, el vientre contrayéndose y apretando los dedos de esa mujer increíble. No podía creer que me hubiera hecho acabar así, tan rápido, tan fuerte. Su sonrisa de orgullo lo decía todo.
—Eso fue increíble.
Sin previo aviso la agarré de la cintura y la senté sobre mi cara. Su sexo inflamado era lo más exquisito que había probado en la vida. Mi lengua no paraba de lamerla, de chuparla de todas las formas posibles, mientras le apretaba las nalgas y guiaba sus movimientos. Empezó a moverse sobre mí con más fuerza, los ojos clavados en los míos. Me estaba quedando sin aire, pero si me hubiera muerto en ese momento, habría muerto feliz.
Apreté la cara contra ella, aceleré las lamidas.
—Sí, sí, sí…
—Nunca me habían hecho algo así —dijo apenas, costándole articular palabra después de llegar al clímax.
—Y todo lo que falta por hacerte —respondí, acomodándonos en un abrazo sobre el piso.
Y ahí estábamos, oliendo a sexo, los cuerpos sudados, la respiración todavía agitada, en el suelo del altar de una capilla. Parecía un sueño.
Quedamos un rato así, abrazadas, solo sintiéndonos. Si les dijera que después de esa noche no pasó nada más, que ella se sintió culpable al día siguiente, estaría mintiendo. Perdí la cuenta de las veces que la tuve ese fin de semana; la lujuria nos cegó por completo. ¿En qué iba a terminar todo cuando volviéramos a la rutina? No lo sabía. Pero esta adicción a su sabor no se iba a apagar tan pronto.