El beso que lo cambió todo seis días antes de mi boda
Me casaba en menos de una semana y los nervios me tenían destrozada. Cada día aparecía un detalle olvidado, un proveedor que no contestaba, una decisión que debía tomar en ese mismo instante. Dormía mal, comía menos y me miraba al espejo con la certeza de que llegaría al altar con cara de no haber descansado en un mes.
Aquella tarde decidí robarme una hora para mí. Me senté en una cafetería del centro, pedí un té y dejé que el vapor me calmara un poco antes de seguir con la lista de pendientes. Cuando salí, todavía con la taza tibia en la memoria, choqué de frente con alguien en la acera. Levanté la vista y el mundo se detuvo.
Era Lucía.
—Hola —me dijo, con esa sonrisa que yo creía haber enterrado.
—Hola… Lucía.
—Por cierto, enhorabuena, Marina.
—¿Eh?… ah, sí… gracias.
Me puse roja como una adolescente y no supe disimularlo. No contaba con verla, no de esa forma, no a seis días de casarme. Lucía y yo habíamos tenido una historia tiempo atrás. Éramos inseparables por aquel entonces, y ella terminó enamorándose de mí. Una noche acabamos en la misma cama, follando hasta el amanecer, y seguimos buscándonos durante meses para meternos los dedos en cualquier baño, para comernos el coño a escondidas en su coche, para cogernos hasta quedar sin voz. Pero yo no estaba lista para asumir lo que sentía por otra mujer, así que un día le puse fin a todo de la peor manera. Poco después ella se mudó a otra ciudad y perdimos el contacto. Hasta ese momento.
—¿Cómo lo supiste? —pregunté, señalando vagamente mi propio anillo.
—Por Carla. Todavía hablo con ella de vez en cuando.
—¿Has vuelto a vivir aquí?
—Sí.
—¿Hace mucho?
—Unos meses.
—Vaya… y no me dijiste nada.
—Pensé que no querrías verme —respondió, bajando un poco la voz—. Me enteré de tu compromiso y no quise complicarte la vida.
—Entiendo.
—¿Y cuándo es el gran día?
—El domingo que viene.
—Estás preciosa.
—Qué va, estoy muerta de miedo y agotada. Tú en cambio sigues igual que siempre.
—Estás… muy bien, de verdad —repitió, y bajó la mirada.
Lucía me observaba con una ternura que reconocí al instante. Eran los mismos ojos verde claro que, en otra época, me hacían mojar las bragas con solo mirarme. Llevaba el pelo distinto, más corto, pero seguía siendo esa mujer de la que un día tuve miedo.
—Gracias —murmuré.
—Veo que andas de recados.
—Sí, aunque ya son cosas menores. Lo último que me queda es pasar por la peluquería a decidir el peinado. ¿Quieres acompañarme?
No sé por qué se lo propuse. Salió de mí sin pensarlo, como un reflejo que llevaba años dormido y de pronto despertaba.
—Vale. Está bien —dijo ella.
—Gracias.
***
Mientras caminábamos, me sorprendí mirándola de reojo, de arriba abajo. Lucía seguía siendo una mujer hermosa, esbelta, con un cuerpo que recordaba mejor de lo que estaba dispuesta a admitir. Sus tetas se marcaban bajo la blusa, redondas y firmes, y las caderas se le movían de un modo que me estaba humedeciendo el coño ahí mismo, en plena calle. Siempre pensé que, de haber querido, podría haberse follado a quien se le antojara.
—¿Y quién es el afortunado? —preguntó.
—Se llama Andrés. Lo conocí por una amiga. Nos enamoramos y… bueno, nada demasiado original, ya sabes.
—Pues enhorabuena otra vez. Espero que seas muy feliz.
—¿Y tú? ¿Estás con alguien?
—¿Yo? No. Tuve una relación, pero ella me dejó —dijo, y se quedó mirándome fijamente.
Tuve que apartar la vista. No sabía qué responder ni dónde poner las manos.
—Mejor hablemos de ese peinado —añadió, salvándome del silencio.
Pero a partir de ahí ya no hablamos de nada. Avanzábamos calladas, una junto a la otra. Nunca me había detenido a pensar en el daño que le había causado. En el momento de la ruptura solo pensé en mí, en mi miedo, en mi necesidad de huir. Ahora caminaba a su lado y la culpa me apretaba el pecho. Me detuve, le tomé la mano y le pedí perdón.
—Lo siento mucho, Lu. Perdóname. Entonces solo pensé en mí. Tuve miedo y no quería que sufrieras, pero hice todo mal. Lo siento de verdad.
—Ya está olvidado, ¿vale? —dijo con suavidad.
Pero no lo estaba. Lo leía en sus ojos. Lucía me miraba como me miraba antes, con esa dulzura que no sabía fingir. Seguíamos tomadas de la mano. Conmovida, le acaricié la mejilla. Ella se fue acercando despacio, sin dejar de mirarme, hipnotizándome. Me besó del modo más delicado que existe, rozando apenas mis labios con los suyos. No pude contenerme y apreté mi boca contra la suya, metiéndole la lengua sin pensar. El beso duró apenas unos segundos, pero sentí una descarga recorrerme entera, de la nuca a las rodillas, y las bragas se me empaparon de golpe.
Bajé la mirada, temblando. Solté su mano e intenté cambiar de tema, pero las palabras no me salían. Seguimos andando en silencio. No hacía falta decir nada.
En la peluquería, mi cabeza no se despegó de ese beso, ni mi coño de la humedad que me había dejado. No miraba los catálogos, no escuchaba a la estilista. Elegí un peinado al azar y, al salir, habría sido incapaz de describirlo.
—Bueno —le dije, todavía nerviosa—, debería irme a casa.
—Vale.
Ninguna de las dos se movía. Nos quedamos plantadas en medio de la acera, mirándonos, sin querer separarnos. Lucía hizo el gesto de tomarme la mano, pero se echó atrás en el último instante.
—Suerte con la boda. Ojalá seas muy feliz.
Y se dio la vuelta y se marchó deprisa. Habría jurado que lloraba.
***
Llegué a casa y seguí pensando en ella, en el beso, en su olor. ¿Por qué la había besado? ¿Por qué no había dejado de temblar en toda la tarde? Creía que aquello estaba olvidado. Iba a casarme. Estaba confundida, ansiosa, furiosa conmigo misma. Y cachonda. Muy cachonda. Me metí en el baño y me bajé las bragas: estaban chorreando. Me toqué el clítoris con dos dedos y me corrí en menos de un minuto pensando en la lengua de Lucía en mi boca.
Pero lo que más me angustiaba era que nos habíamos separado sin intercambiar siquiera el número de teléfono. Podían pasar meses sin que volviéramos a cruzarnos. Faltaban seis días para mi boda y en lo único que pensaba era en cómo volver a verla, en cómo volver a sentir sus manos, su boca, su coño contra el mío. No la había olvidado. A pesar del tiempo, a pesar del anillo, sentía que seguía enamorada de Lucía. Entonces me acordé de Carla. Era mi única esperanza.
—Hola, Carla, soy Marina.
—¡Buenas noches! ¿Cómo está la novia?
—Nerviosa. Muy nerviosa.
—¿Y qué esperabas? Se acerca el día más importante de tu vida, princesa.
—Ya. Tú tranquilízame, anda.
—Ja, ja. Sí que estás mal.
—Oye, quería preguntarte una cosa. Me dijeron que Lucía volvió a la ciudad y me gustaría invitarla a la boda. Éramos muy buenas amigas, pero no sé cómo localizarla. ¿Tienes su teléfono?
—No.
Mierda, pensé. Ya no volvería a verla. Sentí un dolor sordo y enorme en el pecho.
—Pero sé dónde trabaja —añadió Carla un par de segundos después.
—¿Sí? ¿Dónde?
—En un bufete, en la Plaza del Reloj. Méndez y asociados, o algo parecido.
—Muchas gracias, Carla. Un beso.
—Adiós, guapa.
Busqué en internet «Méndez y asociados», la dirección, el horario. Cerraban al mediodía un par de horas. Al día siguiente me planté en la Plaza del Reloj justo a la hora del almuerzo y me senté en un banco frente al portal. Pasada la una y media empezó a salir gente: hombres de traje, mujeres impecables. Casi la última en aparecer fue Lucía. Me vio enseguida. Se quedó quieta unos segundos y luego vino hacia mí.
—Hola —dijo, entre extrañada y contenta.
—Hola.
—Me alegro de volver a verte.
—Gracias. Verás… lo de ayer… no sé, me pareció una despedida muy triste. Quería…
—Hiciste bien en venir.
—¿Sí?
—Yo pensaba hacer lo mismo esta tarde: volver a la cafetería a ver si te encontraba.
Nos tomamos de las manos y nos quedamos mirándonos en silencio. El corazón me latía desbocado, me sudaban las manos, temblaba entera, y el coño me empezaba a palpitar otra vez. Comprendí sin la menor duda que seguía queriéndola, que estaba enamorada de ella, y que necesitaba que me follara ya.
—Te quiero —le dije.
—Lo sé. Ven.
***
Caminamos hasta un hotel cercano y alquilamos una habitación. La deseaba con una urgencia que no recordaba haber sentido nunca.
Nada más cerrar la puerta nos fundimos en un beso. Nuestras bocas se buscaban como si llevaran años de hambre acumulada, las lenguas jugando, mordiéndonos los labios, nos abrazábamos con fuerza, sin tregua. Le apreté las tetas por encima de la blusa y ella gimió dentro de mi boca. Cuando por fin nos separamos para tomar aire, Lucía me sostuvo la cara con las dos manos y me miró a los ojos.
—Eres la mujer más hermosa del mundo. Voy a comerte entera.
Volví a besarla, agradecida y sedienta. Después empezamos a desnudarnos la una a la otra, torpes, apuradas, con los dedos enredándose en los botones. Le arranqué la blusa y le desabroché el sujetador de un tirón; sus tetas cayeron libres, con los pezones ya duros, rosados, apuntándome. Se los chupé sin dudarlo, uno y luego el otro, mordiéndoselos suavemente hasta que ella soltó un jadeo largo. Lucía me subió el vestido por encima de la cadera, me arrancó las bragas de un tirón y metió la mano entre mis muslos.
—Estás empapada, Marina. Estás chorreando.
—Llevo un día entero mojada por ti, no aguanto más.
Parecía que quisiéramos recuperar de golpe todo el tiempo perdido, como si solo nos quedara un minuto de vida. Me tumbó en la cama y se subió encima, repartiendo besos por mi cuello, mis mejillas, mis labios, mi pecho. Su lengua bajó por mi vientre y me abrió las piernas con las dos manos. Era un torbellino sobre mi piel, y cada roce me encendía un poco más.
—Te deseo —me susurró al oído—. Voy a comerte el coño hasta que te olvides de cómo se llama tu novio.
—Devórame. Quiero que no quede nada de mí. Fóllame, Lucía, por favor.
—Echaba de menos tu olor. Es justo como lo recordaba. Este coño es mío.
—Tócame, por favor. Métemela.
Lucía deslizó dos dedos entre mis labios inferiores y empezó a acariciarme despacio, resbalando por toda la humedad, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez a la entrada de mi coño. Después me penetró con esos dos dedos hasta el fondo, con una precisión que me hizo arquear la espalda y gritar. Los movía con calma primero, luego más rápido, curvándolos hacia arriba, tocándome ese punto que solo ella supo encontrar nunca.
—¿Te gusta?
—Sí… muchísimo… no pares… más adentro, por favor.
—Me encanta verte así de entregada, con mi mano dentro. Mírate cómo me la aprietas.
—Nadie me hizo sentir nunca lo que tú. Ningún hombre. Ninguno. No sabes cuánto lo extrañaba, cuánto extrañaba tu coño y tus dedos.
—Pues disfruta. Quiero verte correrte encima de mi mano. Quiero mancharme entera.
Yo estaba completamente perdida, rendida a sus dedos y a esos besos que parecían arder. Metía y sacaba, metía y sacaba, y con el pulgar me frotaba el clítoris hinchado en círculos lentos que me hacían perder la cabeza. Era una amante perfecta, y tuve que admitir que la había necesitado mucho más de lo que jamás reconocí. ¿Cómo había podido renunciar a ella, a este placer, a este coño mojándose contra sus dedos? Pensé en Andrés, en lo plano y mecánico que me resultaba follar con él, en cómo terminaba siempre fingiendo un orgasmo para que acabara pronto, y aquel pensamiento se disolvió enseguida bajo las manos de Lucía.
Ella siguió recorriéndome con la boca. Al llegar a mis pechos cambió los besos por mordiscos, atrapándome los pezones entre los dientes, tirando de ellos, y su lengua trazó círculos que me hacían retorcerme. Yo me aferraba a las sábanas, gimiendo alto, sin importarme si me oían en la habitación de al lado, sintiendo el placer llegar en oleadas. Pero Lucía guardaba lo mejor para el final: sacó los dedos empapados de mi coño, se los llevó a la boca y los chupó uno por uno, mirándome a los ojos.
—Sabes igual que siempre. Riquísima.
Bajó la cabeza entre mis piernas y separó mis labios con los pulgares. Cuando su lengua me alcanzó el clítoris creí perder el sentido. Lamía despacio, de abajo hacia arriba, chupaba el capuchón, hundía la lengua en mi entrada y volvía a subir. Luego me la clavó dentro y empezó a follarme con la lengua mientras con dos dedos me apretaba el clítoris.
—Dios… sí… Lucía, me muero… así, ahí, no pares… me corro… me corro…
Estallé con un temblor que me levantó de la cama. Cerré los muslos de golpe, atrapándole la cabeza entre mis piernas, agarrándole el pelo con las dos manos, apretándole la cara contra mi coño mientras las convulsiones me sacudían una tras otra. Sentí cómo me chorreaba entera sobre su boca, cómo ella tragaba todo sin soltarme, siguiendo con la lengua hasta que otro orgasmo me pilló encima del primero. Cuánto placer puede dar alguien solo con la boca. Infinito.
Lucía subió a mi lado con la barbilla brillante de mí y nos besamos durante lo que pareció una eternidad. Me daba mi propio sabor en la lengua y me volvía a poner cachonda. No me cansaba de sus labios. Sentía la suavidad de su piel pegada a la mía, sus tetas aplastadas contra las mías, la oía respirar.
—No quiero moverme. Me quedaría así para siempre —le dije.
—Lo sé. Yo también.
—¿Cómo pude ser tan idiota como para alejarme de ti?
—Quizá hacía falta, para poder encontrarnos otra vez.
—No me perdono haberte hecho sufrir.
—Acabo de olvidarlo. Te quiero.
Ya recuperada del orgasmo, algo dentro de mí me empujaba a devolverle todo aquel placer, a comerle el coño hasta que gritara. Empecé a besarle el cuello mientras mi mano recorría su cuerpo entero, deteniéndose en sus pechos, esos que tanto me fascinaban, apretándoselos, pellizcándole los pezones hasta ponerlos duros como piedras. Sentir el calor de su piel y notar cómo se estremecía con cada caricia me volvió a encender. No me contuve y le mordí el cuello, y después bajé a chuparle una teta entera, todo el pezón dentro de mi boca. Lucía soltó un pequeño grito y arqueó la espalda.
—Me encanta tu cuerpo —le dije—. Voy a comerte hasta que no puedas más.
—Ya no me pertenece. Es tuyo, lo es desde hace mucho. Fóllame, Marina, hazme lo que quieras.
No esperé más y bajé la cabeza entre sus piernas. Le separé los muslos con las manos y me quedé un instante mirando su coño abierto, mojado, brillante, con el clítoris hinchado asomando. Siempre me había gustado sentir su calor, y empecé a besarla y a lamerla buscando su placer. Primero pasé la lengua plana por toda la raja, de abajo arriba, saboreándola, sintiendo cómo se contraía bajo mi boca. Luego me concentré en el clítoris, chupándoselo suave al principio, más fuerte después, mientras le metía dos dedos y empezaba a follarla con la mano al ritmo de mi lengua. Lucía se estremecía, frágil como una hoja sacudida por el viento. Me enloquecía verla así, deshecha, temblando, gimiendo, retorciéndose bajo mi boca, con las manos agarradas a las sábanas y las caderas subiendo a mi cara buscando más.
—Así, eso es. No pares, por favor, sigue. Chúpame, Marina, chúpame ese clítoris, me vas a matar…
—Córrete en mi boca, guarra. Quiero saborearte entera.
—Sí… sí… un poco más… más rápido… ay dios… me corro…
Y yo me esforzaba en darle todo lo que pedía, en llevarla tan lejos como ella me había llevado a mí minutos antes. Le clavé un tercer dedo, se los metí hasta los nudillos, y aceleré la lengua sobre su clítoris palpitante. Lucía gritó, empujó las caderas contra mi cara y se corrió a chorros, apretándome los dedos con las paredes del coño, mojándome la barbilla y el cuello. La seguí lamiendo hasta que se apartó riendo, sin aliento, con las piernas temblándole todavía. Estaba feliz de tenerla, de su entrega, de sus gemidos y, por fin, de su orgasmo, que la sacudió entera y me contagió de su placer.
Después nos colocamos en tijera, cada una con una pierna sobre la de la otra, y empezamos a frotar nuestros coños empapados, restregándolos, mezclando nuestros jugos. El clítoris de una contra el de la otra, resbalando, apretando, moviéndonos cada vez más rápido. Lucía me miraba con los ojos entornados, agarrándome el muslo, gimiendo mi nombre. Nos corrimos casi a la vez, la una encima de la otra, gritando sin pudor, y yo pensé que jamás en la vida había sentido nada tan intenso como eso.
Nos quedamos abrazadas mucho tiempo, desnudas, pegajosas, sudadas, con las sábanas hechas un desastre. La habitación se fue oscureciendo poco a poco. En esos instantes no existía nada más en el mundo, solo ella y yo. Nadie más. Nada más.
Antes de salir de la habitación, le dejé un mensaje de voz a mi novio.
—No puedo casarme, Andrés. Lo lamento de verdad. Te ruego que me perdones.
Abracé a Lucía, que apoyó la cabeza en mi hombro.
—Te amo —me dijo.





