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Relatos Ardientes

Una desconocida me dominó la noche que la invité a entrar

Era sábado por la noche y llevaba toda la semana arrastrando una tensión que no se me iba con nada. Los exámenes, las entregas, las noches en vela frente a la pantalla. Necesitaba apagar la cabeza, así que decidí caminar hasta el bar que quedaba a unas pocas calles de mi edificio, ese al que iba cuando no quería pensar en nadie ni en nada.

Me senté en la barra y pedí una cerveza bien fría. Llegó rápido, sudando contra el vaso, y el primer trago me bajó por la garganta como un alivio. El lugar estaba tranquilo, con esa música baja que no obliga a conversar. Justo lo que buscaba.

Llevaba ya tres cervezas cuando alguien se acomodó en el banco de al lado. La miré de reojo. Era una mujer de pelo oscuro recogido con descuido, con una camisa entreabierta y una manera de moverse que ocupaba el espacio sin pedir permiso. Le di una sonrisa corta, casi automática, y ella me la devolvió con una que tenía algo más detrás.

Durante un rato no dijimos nada. Las dos bebíamos en silencio, mirando las botellas alineadas detrás de la barra, y había algo cómodo en compartir ese silencio con una extraña. Fue ella la que habló primero.

—¿Alguna decepción amorosa? —preguntó, girándose apenas hacia mí.

Negué con la cabeza.

—Estrés de la facultad —dije—. ¿Y vos? ¿Decepción amorosa?

Soltó una risa baja y negó también.

—No. Vine porque necesitaba un trago y este fue el primer bar que se me cruzó. Por lo que veo, es tranquilo.

—Lo es. Por eso me gusta. Eso y que me queda cerca de casa.

—Tiene sentido. —Tomó un sorbo y se quedó mirándome un segundo de más—. Renata.

—Mariana —contesté, y extendí la mano. Ella la estrechó sin apuro, dejando que el contacto durara—. Así que seremos compañeras de barra esta noche.

—Podríamos repetirlo —dijo—. Nunca está de más alguien con quien hablar mientras tomás algo.

Le devolví la sonrisa y seguimos charlando un buen rato. Me contó que trabajaba en una inmobiliaria, que odiaba los lunes y que hacía poco se había mudado sola. Yo le hablé de la carrera, de lo poco que dormía, de las ganas que tenía de terminar de una vez. La conversación fluía sin esfuerzo, y cada tanto la sentía mirarme la boca cuando hablaba.

El bar se fue vaciando de a poco. A medianoche quedábamos casi nosotras dos y el barman secando vasos. No sé bien de dónde salió el impulso, pero me escuché invitándola a seguir la charla en mi departamento, que estaba a la vuelta. Ella aceptó sin dudarlo, como si hubiera estado esperando que lo dijera.

Pagamos y salimos a la calle. El aire fresco me despejó un poco. Caminamos despacio, todavía conversando, sus hombros rozando los míos en la vereda angosta. Cuando llegamos, subimos por la escalera y abrí la puerta tratando de que no se notara el leve temblor en mi mano.

—Es un lugar muy lindo —dijo ella mirando alrededor—. Y muy cómodo para vivir sola.

—Lo sé. Pero lo elegí más que nada por la cercanía con la facultad.

Saqué dos cervezas del refrigerador, las destapé y le pasé una. Brindamos sin decir nada y nos sentamos en el sillón, una frente a la otra, con esa distancia que en realidad ya no era distancia.

—Hace poco firmé la escritura de mi propia casa —comentó ella—. A los treinta y dos, por fin algo mío. —Se rió de costado—. Nunca es tarde, supongo.

—Eso hay que celebrarlo —dije, y me acerqué un poco más en el sillón—. ¿No te parece?

Asintió mientras bebía. Cuando dejó la botella sobre la mesa baja, lo hizo despacio, sin dejar de mirarme. Y entonces sentí sus labios sobre los míos. Tardé un instante en reaccionar, sorprendida, pero le respondí. Fue un beso corto, casi una pregunta, y ella se separó enseguida.

—Perdón —murmuró—. Sentí el impulso y no lo pensé.

—Tranquila —dije en voz baja—. No pasa nada.

Le sonreí y me removí sobre el sillón, porque la verdad era que un beso tan breve me había encendido por completo. No esperé más. Fui yo la que la buscó esta vez, antes de que pudiera decir otra cosa. La besé más hondo, sintiendo el sabor a cerveza en su boca, y dejé que la mano se me fuera a su nuca.

Casi sin darme cuenta terminé encima de ella, con una rodilla a cada lado de sus caderas. Renata me agarró por la cintura y bajó las manos hasta mi trasero, apretando, marcando el ritmo. Cada apretón me prendía un poco más. Le pasé las manos por el pecho sobre la camisa y la sentí respirar hondo, un sonido grave que se le escapó entre los dientes.

Entonces se apartó unos centímetros, lo justo para mirarme a los ojos. Tenía la mirada distinta, más firme, como si algo entre nosotras hubiera cambiado de lugar.

—Sacate la ropa —dijo. No era un pedido.

Me quedé un segundo quieta, con el corazón golpeándome el cuello. Después me levanté del sillón y me paré frente a ella. Empecé a desvestirme despacio, no por timidez sino porque su mirada me lo pedía así, lenta, atenta a cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto. La vi morderse el labio inferior cuando dejé caer la última prenda al suelo.

—Sos hermosa, Mariana —dijo con una voz baja que me erizó la nuca. Se incorporó y se acercó hasta quedar a un palmo de mí—. Quedate quieta. Quiero seguir mirándote.

Lo dijo casi contra mi oído, y el aliento tibio me bajó por el cuello como un escalofrío. Sentí cómo se me endurecían los pezones, cómo se me ponía la piel de gallina en los brazos.

—Gracias —alcancé a susurrar.

Su mano cayó de golpe sobre mi trasero, un azote seco que me hizo cerrar los ojos y soltar un gemido corto. Antes de que pudiera recuperarme, me empujó con suavidad pero sin lugar a réplica hasta dejarme inclinada sobre el respaldo del sillón, expuesta para ella.

Sus dedos recorrieron despacio la cara interna de mis muslos y subieron hasta rozarme entre las piernas. El primer contacto me arrancó otro gemido. Sabía perfectamente lo mojada que estaba, no hacía falta que dijera nada.

—Estás empapada —dijo, y oí la sonrisa en su voz—. Mis dedos entrarían sin esfuerzo. Pero eso no va a pasar todavía. Enderezate.

Obedecí, temblando un poco, y me di vuelta cuando me lo pidió. La encontré desabrochándose la camisa con calma, sin apuro, disfrutando de que yo no pudiera hacer otra cosa que mirar. Me mordí el labio mientras su cuerpo iba quedando al descubierto, la piel pálida bajo la luz tenue de la lámpara. Cuando estuvo desnuda, se sentó de nuevo en el sillón y abrió las piernas sin sacarme los ojos de encima.

—Vení acá. De rodillas —ordenó.

Caminé los pocos pasos que nos separaban y me arrodillé entre sus muslos. No hizo falta que me explicara nada; mi cuerpo ya sabía lo que ella quería. Bajé la cabeza y empecé a recorrerla con la lengua, despacio al principio, sintiendo cómo se tensaba bajo mi boca. Sus gemidos no tardaron en aparecer, cada vez menos contenidos, y una de sus manos se enredó en mi pelo, empujándome hacia ella, pidiendo más.

La sentí mojada y caliente contra mi boca. Cerré los labios alrededor de su punto más sensible y succioné con cuidado mientras subía una mano y deslizaba un dedo dentro de ella. Renata arqueó la espalda y dejó escapar un sonido largo, ronco, que me hizo apretar las piernas por instinto.

Estaba tan excitada que sentía que podía terminar sin que nadie me tocara. La necesidad era casi insoportable. Sin pensarlo bajé una mano entre mis propias piernas, buscando algo de alivio, pero ella lo notó de inmediato y me detuvo, hablando entrecortada entre gemidos.

—Nunca te di permiso para tocarte.

Las palabras me cayeron como otro azote. Dejé lo que estaba haciendo apenas un segundo, lo justo para subir las dos manos a sus muslos, bien a la vista, donde ella pudiera controlarlas. Renata me miró desde arriba con una media sonrisa de aprobación y volvió a empujarme contra ella.

—Así —dijo en un susurro—. Quieta y a mi ritmo. La noche recién empieza.

Volví a hundir la cara entre sus piernas, obediente, con el deseo ardiéndome por dentro y la certeza de que esa desconocida que se había sentado a mi lado un rato antes me iba a tener exactamente donde ella quisiera. Y la verdad, no había nada en el mundo que en ese momento deseara más.

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Comentarios (4)

Meli_cordoba

increible!! me engancho desde la primera linea y no pude parar de leer

VeroNocturna

me quede sin palabras. ese tipo de encuentros te cambian sin que te des cuenta, muy bien logrado

LuciaM_92

Por favor que tenga segunda parte!!! quede con ganas de saber que paso despues, no puede terminar asi

Dani_lector

muy bien escrito, se nota que tenes talento para esto. sigue compartiendo!

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