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Relatos Ardientes

Mi nueva secretaria me deseaba desde la entrevista

Llevaba tres semanas entrevistando candidatas para el puesto de asistente personal y ninguna me había convencido. Mi estudio de diseño había crecido demasiado rápido y necesitaba a alguien capaz de seguirme el ritmo sin pedir explicaciones a cada paso. Entonces entró Mara.

Medía cerca de un metro setenta y tres y no debía de pesar más de cuarenta y dos kilos. Era delgadísima, casi frágil, con una melena castaña recogida en una cola de caballo que le caía hasta la mitad de la espalda. Tenía cuarenta y tres años, se había divorciado hacía poco y criaba sola a un hijo todavía pequeño.

Me contó que también tenía una hija mayor, casada, que esperaba su primer bebé. Lo dijo con un orgullo tranquilo que me gustó. Era, de lejos, la persona más preparada que había visto en semanas, así que no lo dudé: le ofrecí el puesto allí mismo y le dije que trabajaría como mi asistente personal.

—Bien —dijo, cruzando las piernas—. Ya me hiciste todas las preguntas que querías y me ofreciste el trabajo. Ahora me toca a mí. Y quiero que seas honesta.

Me recosté en la silla y sonreí.

—Adelante. Pregúntame lo que quieras.

—¿Estás soltera?

—Me divorcié hace poco. Así que sí, soltera.

—¿Tienes hijos?

—Una hija. Está embarazada de su primer bebé.

—Tenemos más en común de lo que parece —dijo.

—Eso parece.

—¿Te parezco guapa?

—Sí —respondí sin pensarlo—. Mucho.

—Si me vieras en un bar, ¿te acercarías a hablarme?

—Sin dudarlo.

—¿Y después de unas copas, intentarías llevarme a tu casa?

—Probablemente.

Sostuvo mi mirada un instante, como midiéndome. Luego se inclinó hacia delante, apoyó los codos en mi escritorio y bajó la voz.

—¿Y si te dijera que llevo el sujetador relleno, que en realidad no tengo pecho? Solo dos pezones que sobresalen, nada más.

—Te diría que me encantaría verlos —respondí—. Y besarlos uno por uno.

Algo cambió en su cara. Dejó de ser una candidata y se convirtió en una mujer que sabía exactamente lo que quería.

—Está bien —dijo, recogiendo su bolso—. Acepto el trabajo. Empiezo el lunes. Pero esta noche pasas a buscarme a las siete. Aquí tienes mi dirección.

Me tendió una tarjeta con su letra apretada y se marchó sin mirar atrás. Me quedé un rato larguísimo mirando la puerta cerrada, con el corazón golpeándome y una idea fija: esa noche iba a tener a Mara para mí sola.

***

Aguanté como pude el resto de la jornada. Cuando salí, pasé por la peluquería, me di una ducha eterna y elegí el vestido que mejor me quedaba. Toqué su timbre cinco minutos antes de las siete.

Mara abrió la puerta, me miró de arriba abajo y se echó a reír.

—Te arreglaste demasiado —dijo, divertida—. Pasa, siéntate. Dame un minuto.

Llevaba una camiseta ajustada y unos pantalones cortos, y aun así me costó apartar los ojos de ella. Me dejó en el sofá y desapareció por el pasillo.

Cuando volvió, cinco minutos después, se me secó la boca. Se había puesto un vestido negro ceñido que le marcaba cada línea del cuerpo, unos tacones altos y el pelo recogido en una trenza preciosa. Unos pendientes de perla y una gargantilla fina completaban el conjunto.

Me tomó del brazo y la acompañé al coche. Le sostuve la puerta mientras se acomodaba y, al sentarse, el vestido se le subió lo justo para dejarme ver un instante su ropa interior blanca. En el restaurante volví a verla cuando cruzó las piernas frente a mí.

—Lo hice a propósito, por si no te habías dado cuenta —dijo, llevándose la copa a los labios.

Sonreí. Lo sospechaba, pero me gustó que lo dijera sin rodeos.

Durante la cena se las arregló para que yo mirara también por el escote de su vestido. Se excusó para ir al baño y, al levantarse, se inclinó hacia mi oído.

—No llevo nada debajo —susurró.

No hacía falta que me lo dijera, pero me regaló la imagen de sus pezones marcándose contra la tela negra. Cuando regresó, dejó algo tibio y húmedo en la palma de mi mano por debajo de la mesa: su ropa interior. Luego se sentó como si nada.

—Estoy lista para irnos a la cama cuando tú lo estés —dijo en voz baja—. Tómate todo el tiempo que quieras para llevarme.

Quería tomarla allí mismo, sobre el mantel, delante de todos. Pero me había dado el control y decidí jugar un poco. No recordaba la última vez que había tenido algo tan seguro entre las manos, esa certeza de que la noche iba a terminar exactamente como yo quisiera. Ni siquiera con mi ex había sentido algo así.

***

Terminamos la cena y pedimos postre. Después la llevé al cine, a una de esas películas lentas y tristes que sabía que la harían llorar.

A mitad de la proyección le pasé el brazo por los hombros y le acaricié el pezón con la yema del dedo, despacio, por encima del vestido. Lo tuvo duro todo el rato y yo me deleité en sentirlo endurecerse aún más cada vez que apretaba.

Mara deslizó la mano hacia mi muslo, buscando, pero la detuve y la devolví a su sitio. Si me tocaba ahora, iba a perder el control demasiado pronto, y esa noche se trataba de ella.

Pasé la otra mano bajo el dobladillo de su vestido. Ella separó las rodillas para mí en la oscuridad de la sala. La encontré recién depilada, suave, y ya muy húmeda. Deslicé un dedo entre sus labios y empecé a trazar círculos lentos sobre su clítoris. Vio la película, lloró por ella y se corrió más de una vez sin hacer apenas ruido, mordiéndose el labio para no delatarnos.

Cuando se encendieron las luces, se giró y me besó. Le devolví el beso sin importarme nada. El acomodador tuvo que pedirnos que saliéramos para poder cerrar; fuimos las últimas en abandonar la sala.

Pensé en dejarla en su casa. En cambio, la llevé a la mía. Así la tendría todo el tiempo que quisiera, sin relojes, sin despedidas hasta el lunes por la mañana.

***

En cuanto cerré la puerta de mi apartamento, la tomé entre mis brazos. Me besó con hambre y apretó su cuerpo contra el mío, su cadera buscando la mía.

Le subí el vestido despacio, hasta la cintura, y luego tiré de él hacia arriba. Mara levantó los brazos para ayudarme a quitárselo. Di un paso atrás para mirarla, de pie en medio de mi salón, vestida solo con los tacones.

No tenía pecho. Solo dos pezones duros, rodeados de aréolas oscuras y grandes que contrastaban con su piel pálida. El vientre hundido dejaba adivinar cada una de sus costillas, y aun así había algo magnético en aquella fragilidad, en la manera en que se ofrecía sin pudor.

Caminé a su alrededor y ella se quedó quieta, dejándose mirar. De perfil, el hueso de la cadera le sobresalía y la curva de la espalda terminaba en dos hoyuelos pequeños justo encima de las nalgas. Le pasé las manos por los hombros, bajé por su pecho liso, rocé sus pezones y descendí hasta el monte húmedo entre sus piernas mientras ella se acurrucaba contra mi espalda.

La giré de nuevo hacia mí y agaché la cabeza para atrapar uno de sus pezones con los labios. Lo lamí, lo succioné, lo mordí apenas. Mara echó la cabeza hacia atrás y gimió mi nombre por primera vez en toda la noche.

—No es justo —protestó entre jadeos, riéndose—. Tú sigues vestida.

No dije nada. La levanté en brazos, ligera como una muñeca de trapo, y la llevé hasta mi habitación. La dejé caer en el centro de la cama y ella apoyó la cabeza en mi almohada, mirándome mientras yo me quitaba el vestido y la ropa interior delante de ella.

—Ahora sí —dijo, y abrió los brazos.

Me subí a la cama y le separé las piernas con suavidad, abriéndolas mucho. Su cuerpo era tan delgado que cabía entero entre mis manos. Bajé besando su vientre hundido, sus huesos, el interior tembloroso de sus muslos, hasta llegar de nuevo a su sexo.

Esta vez no tuve prisa. La lamí entera, de abajo arriba, y me detuve en su clítoris para succionarlo despacio mientras le sujetaba la cintura con un solo brazo. Mara enredó los dedos en mi pelo y empujó su cadera contra mi boca, sin vergüenza, pidiendo más.

—Así, no pares —jadeó—. Por favor, no pares.

Hundí dos dedos en ella sin dejar de lamerla. Estaba apretada y ardiente, y cada embestida lenta la hacía estremecerse. La sentí tensarse, contener el aire, y entonces se corrió contra mi boca con un grito largo, agarrándose a las sábanas con las dos manos.

No le di tregua. Me deslicé sobre ella, enredé una de mis piernas entre las suyas y junté nuestros sexos. Empecé a moverme despacio, frotándome contra ella, piel contra piel, sintiendo lo mojadas que estábamos las dos. Mara me sujetó las caderas y marcó el ritmo conmigo, mirándome a los ojos todo el tiempo.

El placer fue subiendo en oleadas, cada vez más rápido, hasta que ya no pude distinguir su jadeo del mío. Nos corrimos casi a la vez, abrazadas, mi frente apoyada en la suya, su cuerpo frágil temblando bajo el mío.

***

Después me dejé caer de lado y la atraje hacia mí, abrazándola contra mi pecho. Le besé la sien y, sin pensarlo demasiado, le dije:

—Creo que ya estoy enamorada de ti.

—Yo también —respondió, acurrucándose—. Y voy a necesitar un poco de amor en el trabajo todos los días. Digamos al mediodía, en tu oficina.

Me reí contra su pelo.

—Solo si me dejas hacerte el amor antes del desayuno y otra vez después de la cena.

—Si lo quieres también al irnos a dormir, voy a tener que mudarme contigo —dijo—. O tú a mi casa.

—Es exactamente lo que estaba pensando —le respondí, y la besé otra vez.

Hicimos el amor el resto del fin de semana, sin reloj y sin prisa. El lunes empezó como mi asistente y resultó ser, de verdad, la mejor decisión que tomé jamás: en el estudio y en casa.

Años después, cuando ya habían nacido nuestros dos nietos, nos casamos en una ceremonia pequeña, solo nosotras y los chicos. Y, contra todo pronóstico, seguimos siendo felices.

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Comentarios (5)

ClaritaXX_Bue

Que buenoooo!! sigue escribiendo asi por favor!!

SolNocturna

Me encantó la actitud de la secretaria desde el principio, tremenda valentía. Necesito una segunda parte ya

Rebeca_76

increible la verdad, me dejo sin palabras

Marta_BCN

Se hizo muy corto, me quede con ganas de mas. Muy bien escrito igual, lo disfrute mucho

Carmencita78

Que relato tan bien contado, la tension desde el principio fue increible. Lo lei de un tiron y tenia ganas de que no terminara nunca. Gracias por compartirlo!

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