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Relatos Ardientes

La chica de la app me enseñó algo que no esperaba

Hoy casi cualquier chica joven tiene descargada alguna app de citas. Este es mi caso con una en particular, y la sigo usando todavía. Es la que me hizo cambiar mi forma de entender el deseo y, sobre todo, mi forma de entenderme a mí misma.

Tenía veintiún años y pasaba demasiado tiempo en la biblioteca de la facultad. Mientras mis compañeras hablaban de encuentros casuales, de chicos conocidos en bares y de las anécdotas del fin de semana, yo asentía con cara de saber, pero por dentro no entendía nada. Era la nerd del grupo, la que llegaba temprano y se iba después que todos. Varios chicos de la carrera me tiraban indirectas, pero los esquivaba con frases sarcásticas que mis amigas celebraban. Ellas ya habían pasado por aventuras sin compromiso, fiestas que terminaban en habitaciones desconocidas y planes pensados solo para sacarse las ganas. Yo nunca me había abierto a nadie. Hasta que una de ellas, Camila, decidió enseñarme a usar la app.

Camila estudiaba fotografía, y cuando llegué a su departamento ya tenía preparado un pequeño set improvisado en su cuarto: una pared blanca, una lámpara con sombrilla y una colección de blusas y vestidos colgados del respaldo de la silla. La había visto montar producciones más serias para la facultad, pero esta vez parecía divertirle más de la cuenta.

—Vamos a hacerte un perfil en serio —me dijo apenas entré—. Nombre falso. La edad sí va real, porque las apps comparan.

—¿Y de qué sirve un perfil si después miento? —pregunté.

—No mientes. Eliges qué parte de ti muestras. Es distinto.

Me senté en el borde de su cama mientras ella me miraba con el ojo entrenado de quien mide luz por costumbre. Daba la sensación de estar evaluando ángulos y sombras, no a mí.

—En estas apps casi nadie busca relaciones serias —me explicó—. Es encuentro o cibersexo, no te hagas la película. Si no te ofende, podés divertirte mucho.

—¿Estás segura de que voy a gustar? Yo no tengo fotos como las tuyas. Las mías son de la facultad o de la cancha de hockey.

—Confía en mí. Acá te van a ver de otra manera. ¿Trajiste lo que te pedí?

Le había llevado un par de blusas finas, un vestido corto y la ropa interior bonita que casi no usaba. Ella la revisó con un gesto, hizo una mueca y abrió un cajón propio.

—Mujer, tu ropa interior parece de tu abuela. Te presto la mía, la lavé esta mañana.

Entre nosotras nunca hubo pudor. Me quité la ropa deportiva con la naturalidad de quien se cambia en un vestidor compartido y me probé un conjunto de encaje negro, muy delgado en los costados, que parecía más una sugerencia que una prenda. Camila me ayudó con el corchete, me acomodó una blusa blanca translúcida que se abría sobre el pecho y me pidió que me arrodillara sobre la cama.

—Subí la barbilla. Mira a la lámpara, no a mí. Perfecto.

Sacó decenas de fotos. De espaldas, de rodillas, de pie con un vestido casi transparente y unas medias finas que ella misma me ajustó. Algunas me hicieron reír. Otras me dejaron callada, mirándome en la pantalla de la cámara como si fuera otra persona. Tenía la cintura marcada, las caderas más anchas de lo que pensaba y una espalda a la que nunca había prestado atención. La chica de las fotos no era la nerd de la facultad. Era alguien que yo no conocía y que, en ese instante, me intrigaba.

—Listo —dijo Camila después de una hora—. Subo las mejores, te armo descripción y te enseño a usar la app. ¿La abrimos juntas?

—Ya me estoy arrepintiendo.

—Tarde. Ya hay tres matches.

Ninguno me convenció. Me fui de su casa con el celular en la mochila, sin ganas de mirarlo, y me bañé apenas llegué a mi departamento. Salí de la ducha con la toalla envuelta al pecho y me tiré en la cama. El celular vibraba sin parar. Habían pasado treinta minutos y ya tenía decenas de mensajes. La mayoría de varones a menos de dos kilómetros, mensajes directos, ofertas explícitas, fotos sin pedir. Pollas erectas, primeros planos de vergas gruesas apoyadas contra una regla, videos cortos de tipos masturbándose en el baño de la oficina, dedos separando culos y pidiéndome que mandara algo parecido.

Y también mujeres. Bastantes. Pensé, con una ingenuidad que hoy me da ternura, que una amiga nueva no estaba mal. Una de ellas me escribió primero.

—Hola, qué hermosa eres. ¿Qué edad tienes?

—Hola Lucía, gracias. Veintiuno. ¿Y tú?

—Veintiséis. Eres preciosa. Soy bisexual. Vives muy cerca de mí, raro que no te haya cruzado nunca.

—Aww. Soy hetero, pero eres muy linda. Me encantan tu piel y tus tatuajes.

—No puede ser que seas tan linda y hetero. Iría a tu casa a ver si sigues siéndolo después de que te coma el coño una hora. Así te muestro los tatuajes de cerca.

—Jajaja, sí lo soy. Pero te ves muy atractiva, eh. Vente a mi depa a comprobarlo. Es broma.

—Voy. Pásame la dirección. ¿Mejor te llamo por videollamada primero, así nos vemos?

Acepté pensando en charla, en risa, en conocer a alguien nuevo. Me acomodé la toalla sobre el pecho y dejé el celular contra una almohada. Cuando atendí, ella ya estaba en su cuarto, con una blusa negra de escote profundo y el pelo recogido en un rodete improvisado. La luz de su lámpara le iluminaba un lado del cuello.

—Te ves más linda en vivo que en las fotos —dijo—. Me encanta que no uses filtros.

—Tú también. Lindo escote.

—Baja un poco la cámara. Quiero verte mejor.

Bajé el teléfono casi sin pensar. La toalla se movió y dejó al descubierto la parte interna de mis muslos.

—Ay, perdón, se me corrió.

—Mmm. Qué rico error. Quítate la toalla, yo te muestro algo.

No tendría que estar haciendo esto, pensé, mientras lo hacía igual. Dejé caer la toalla del todo y quedé desnuda frente a la cámara, sentada con las piernas apenas cerradas. Vi cómo Lucía se mordía el labio del otro lado.

—Abrí un poco las piernas. Despacio. Quiero ver tu coño.

Obedecí sin pensar, con las mejillas ardiendo. Separé las rodillas y me quedé quieta, expuesta ante una desconocida que respiraba fuerte al otro lado de la pantalla.

—Qué hermoso lo tienes. Rosadito, apretado. Tócate para mí. Con dos dedos, ahí, en el clítoris. Muéveselos en círculo, despacio, como si te estuviera lamiendo yo.

Bajé la mano y empecé a acariciarme como me pedía. Nunca me había masturbado delante de nadie. La primera pasada de mis dedos me arrancó un jadeo tan claro que me di vergüenza. Ella se rió bajito y movió la cámara.

—Yo también.

La pantalla mostró de golpe su mano entre las piernas, dos dedos hundidos hasta los nudillos en su coño empapado, entrando y saliendo con un ruido húmedo que se colaba por el micrófono. Nunca había visto a otra mujer haciéndose eso.

—Métete un dedo, mi amor. Sentí lo mojada que estás. Decime cómo estás.

—Empapada —susurré, y no reconocí mi propia voz.

—Yo voy en un rato. No te vengas ahora. Vamos a guardar esa corrida para cuando te tenga la boca pegada al coño.

Saqué la mano como si me hubiera quemado.

***

Lo que pasó en los minutos siguientes me sorprendió más por la velocidad que por el contenido. Solté la toalla y la dejé caer sobre la cama. Ella movió la cámara hacia abajo y apareció desnuda de la cintura para abajo, sentada en el borde de su silla, con el coño abierto de par en par frente al lente y un hilo transparente colgándole entre los muslos. No había nada de pose en la imagen, solo una calma que me desarmaba.

—Estaba así desde el principio —dijo riendo—. Mi intención era que me vieras. ¿Te gusta lo que ves?

No supe qué contestar. Lo que sentí no fue rechazo. Fue curiosidad mezclada con algo que se parecía bastante al deseo, y que no había sentido nunca por una mujer.

—¿Quieres que vaya? —preguntó—. Hago lo que tú quieras y te hago disfrutar. Sin compromiso. Te voy a comer el coño hasta que te olvides de cómo te llamas.

—¿Dónde vives?

—En el edificio de enfrente. Te lo juro.

—Ven.

Cuando sonó el timbre, todavía no terminaba de creer que había aceptado. Abrí con la toalla otra vez encima, los dedos fríos, el pulso fuerte en las sienes. Lucía me sonrió desde el pasillo con un vestido floreado y el pelo suelto sobre los hombros. Olía a perfume cítrico y a algo cálido por debajo.

—Bienvenida —le dije, intentando que la voz no me temblara.

—Qué lindo es esto. ¿Vives sola?

—Sí.

—Mejor.

Cerró la puerta detrás suyo y avanzó sin pedir permiso. Me apoyé contra la pared del pasillo y dejé que se acercara. No me besó al principio. Me miró un momento, como si estuviera midiendo si yo iba a echarme atrás. Después puso la mano en mi mejilla, me corrió un mechón de pelo y bajó la boca hasta mi cuello.

—Si en algún momento quieres que pare, me lo dices y paro. ¿Sí?

Asentí. Era la primera vez que alguien me preguntaba algo así antes de tocarme.

Su boca era distinta a todo lo que yo conocía. Suave, paciente, sin la urgencia que había imaginado en los chicos de la facultad. Me chupó el cuello y dejó una marca rojiza justo debajo de la oreja. Bajó por mi clavícula, me soltó la toalla con un solo movimiento y me agarró las tetas con las dos manos, apretándolas hasta hacerme jadear. Se metió un pezón en la boca, lo mordió despacio, lo dejó duro, y pasó al otro. Yo sentía los tirones desde la punta del pezón hasta el clítoris, como si algo me tirara desde adentro.

—Tienes las tetas preciosas, chiquita. Y los pezones ya te están gritando.

Me lamió el esternón, bajó por el vientre, se hincó de rodillas frente a mí y me abrió las piernas con los pulgares. Quedé desnuda contra la pared y ella, sin dejar de mirarme a los ojos en ningún momento, me acercó la cara al pubis y respiró hondo, oliéndome como si eso solo ya le diera placer.

—Quiero probarte —dijo, y no esperó respuesta.

Sacó la lengua y me pasó una lamida larga y ancha, de abajo hacia arriba, desde la entrada del coño hasta el clítoris. Cerré los ojos. La sensación me agarró desprevenida, no por intensidad sino por precisión: ella sabía exactamente dónde pasar la lengua y cuánto tiempo demorarse en cada punto. Chupaba el clítoris con los labios blandos, lo soltaba, lo golpeaba con la punta de la lengua, y cada tanto me metía la lengua entera adentro del coño y la movía en círculos, follándome despacio con la boca. Mis piernas empezaron a temblar a los pocos minutos. Apoyé las manos en sus hombros para no caerme. La oí reírse, una risa baja y satisfecha, sin sacar la boca de donde estaba. Sentí un dedo suyo abriéndose paso, mojado con mi propio flujo, entrando hasta el fondo y curvándose contra la pared de adelante.

—Ven, a la cama.

Caminé sin pensar, con las piernas flojas y el coño palpitando. Me dejé caer de espaldas mientras ella se desabrochaba el vestido y lo dejaba sobre la silla. No llevaba nada abajo. Tenía las tetas pequeñas y firmes, los pezones oscuros, y un tatuaje en la cadera que yo no había visto en la videollamada, una rama de olivo que le subía hasta las costillas. Le acaricié las hojas con un dedo, casi por inercia, mientras ella se subía a la cama y se sentaba a horcajadas sobre mi cara sin previo aviso.

—¿Habías estado con una mujer antes?

—No.

—Mejor todavía. Sacá la lengua y hacé lo que yo te hice. No pienses. Copiame.

Bajó las caderas y me apoyó el coño mojado en la boca. Sentí el sabor salado, un poco ácido, y una humedad que me chorreó por las mejillas. Saqué la lengua y empecé a lamer torpe, buscando el clítoris a tientas. Ella me guiaba tirándome despacio del pelo, moviendo las caderas hacia adelante y hacia atrás, follándome la cara con calma.

—Ahí, ahí. Más rápido. Chupámelo con los labios. Metémela adentro. Así, buena chica.

Cuando la sentí temblar sobre mí, cerré los brazos alrededor de sus muslos y no la solté. Se corrió con un grito ronco y me chorreó la boca con un flujo tibio que tragué sin pensar. Se bajó de mi cara riendo, con la piel roja, y me besó en la boca haciéndome probar mi propio olor mezclado con el suyo.

—Ahora te toca a vos, chiquita.

Volvió a bajar por mi cuerpo, esta vez sin apuro. Me besó el ombligo, las caderas, la cara interna de los muslos. Yo me agarré de las sábanas porque no sabía qué hacer con las manos. Cuando volvió a mi entrepierna, ya estaba lista para correrme, y se dio cuenta. Me abrió el coño con los pulgares, dejando el clítoris al descubierto, y empezó a chupármelo directo, sin rodeos, mientras me metía dos dedos y los curvaba adentro buscando el punto exacto. Levantó la cabeza un segundo.

—No te aguantes. Avísame cuando vengas. Quiero sentirte apretándome los dedos.

—Ya. Ya. Ahora.

Me corrí con un sonido que no reconocí. Algo entre risa y suspiro, los muslos cerrándose alrededor de su cara, las manos apretadas en su pelo, el coño palpitando con fuerza alrededor de sus dedos y una humedad caliente derramándose sobre su muñeca. Ella no se movió hasta que mi cuerpo se aflojó del todo. Después subió a besarme y me dejó probar mi propio sabor en su boca, sin avisar.

—Bueno —dijo, apoyando la frente contra la mía—. Esto recién empieza.

Y empezó. Me hizo girar sobre mí misma, me dejó boca abajo con las caderas levantadas y las rodillas separadas, y me recorrió la espalda con los labios, milímetro a milímetro, hasta llegar al culo. Ahí se demoró. Me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua por todo el surco, desde el ano hasta el coño, una y otra vez, sin apuro, hasta que estuve chorreando otra vez. Metió la lengua en el agujero del culo mientras me frotaba el clítoris con dos dedos, y me arrancó un gemido que me sorprendió a mí misma. Me metió tres dedos en el coño desde atrás y empezó a follarme fuerte, con la palma golpeándome las nalgas en cada embestida, y a los pocos minutos me tenía gritando contra la almohada, corriéndome por segunda vez esa noche, apretándole los dedos con el coño y mojándole toda la mano.

—Todavía tenés otra adentro, chiquita. Yo la siento.

Me dio vuelta otra vez, me abrió las piernas y se acostó de costado, encajándose entre mis muslos hasta que su coño quedó contra el mío. Empezó a moverse frotando clítoris contra clítoris, una tijera lenta y pegajosa, con los dos coños mojados aplastándose y separándose con un sonido húmedo que llenó el cuarto. Le agarré una teta y le apreté el pezón; ella cerró los ojos y aceleró. Esa noche me corrí tres veces más, dos con su boca y una con dos de sus dedos, y todavía me sorprende la naturalidad con la que mi cuerpo decidió que sabía hacer todo esto desde antes.

***

Lucía vino casi todos los días durante los tres meses siguientes. A veces a la salida de la facultad, a veces a la madrugada, a veces solo a tomar café y quedarse hasta tarde mirando series. En ese tiempo empecé a usar la app también con varones, y descubrí que mi cabeza se acomodaba sin esfuerzo: el deseo era el deseo, y la persona del otro lado importaba menos que la conexión del momento. Algunas noches Lucía llegaba después de que un chico se había ido y me encontraba con el semen todavía resbalándome por dentro; le divertía darse cuenta y se agachaba a chupármelo del coño sin quejarse, tragándolo como si fuera un regalo. Otras veces era al revés, y era el chico de turno el que se la cruzaba saliendo del ascensor. Nunca hablamos de exclusividad. No hizo falta.

Después de aquel verano nos convertimos en amigas, y algo cambió, sin pelea, sin escena. Ella conoció a alguien, se mudó al otro lado de la ciudad y tuvo un bebé hace dos años. Seguimos hablando seguido. De vez en cuando me escribe para preguntarme si tengo ganas de verla, y yo le digo que mejor no, porque su pareja me cae bien y no quiero meterme en eso. Aunque la última vez me propuso un trío con él, con la promesa de que me iba a tener a la vez la polla del marido adentro del coño y la lengua de ella en el clítoris, y todavía no le contesté.

Lo otro que me dejó esa primera noche fue algo más práctico. Aprendí a tener encuentros sin culpa, a llevar gente a mi departamento cuando me dan ganas, a borrar la app cuando me canso y volver a descargarla cuando me aburro. Mi récord fue cinco personas distintas en un mes, contando dos tríos. Probablemente la palabra que me corresponda sea ninfómana, pero me da risa. Prefiero pensar que simplemente entendí algo a tiempo, y que se lo debo a una chica que me escribió una tarde mientras yo estaba en toalla, aburrida y todavía convencida de saber quién era.

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Comentarios(8)

Carolina_M

Increible!! de los mejores relatos que lei en mucho tiempo. Gracias por compartir

MarisolTx

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues!!

SilviaNdq

Me recordó a una situación parecida que tuve con una amiga jajaja. Esas sorpresas que no esperás son las mejores

NocheEterna

buenisimo!!! seguí así

Florencia23

El arranque me enganchó al toque. Vas a escribir mas relatos asi?

Tania_OK

Me gusto mucho como lo escribiste, sin vulgaridades pero igualmente te lleva ahí. El detalle del principio te ubica en la escena enseguida. Espero mas relatos de este tipo

Marcelo_BA

Vaya sorpresa la de la protagonista jajajaja me encantó el giro

LectoraNocturna

Muy bien contado. La categoría lésbicos tiene pocos relatos tan buenos como este, espero que sigas escribiendo

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