Mi compañera de piso me adiestró como a su mascota
Daniela tenía veintisiete años cuando respondió al anuncio. «Se busca compañera de piso, mujer, no fumadora», decía, y abajo un teléfono. La que abrió la puerta era una rubia de cuarenta y uno, alta, con las uñas pintadas de rojo oscuro y una forma de mirar que parecía medir el peso de cada persona que entraba en su casa. Se llamaba Marisol. Le tendió la mano, le enseñó la habitación libre y, antes de que Daniela terminara de decidir, ya había decidido por ella.
Compartieron el apartamento durante meses sin que nada pasara, al menos nada que pudiera nombrarse en voz alta. Se llevaban bien. Demasiado bien, quizá. Marisol trabajaba en una zapatería del centro y volvía a casa con los pies cansados, y Daniela, sin saber muy bien por qué, empezó a ofrecerse a masajeárselos.
La primera vez fue casi un accidente. La segunda, una costumbre. La tercera, las dos sabían perfectamente lo que estaban haciendo y ninguna lo dijo.
Marisol no era tonta. Había encontrado, más de una vez, la ropa interior de Daniela donde no debía estar, todavía tibia, escondida bajo un cojín o en el fondo del cesto equivocado. Había notado cómo la joven se quedaba sin aire cuando ella cruzaba la cocina en bragas y medias, con la excusa del calor. Se consideraba heterosexual, o eso había creído siempre. Pero la idea de aquella chica rendida, dispuesta a cualquier cosa con tal de complacerla, le encendía algo en el estómago que no tenía nada que ver con lo que había sentido por ningún hombre.
Así que empezó a provocar. Salía del baño con menos ropa de la necesaria. Dejaba las piernas estiradas sobre la mesa cuando veían la televisión. Y Daniela, cada vez, bajaba la mirada y se mordía el labio como si rezara.
***
Una noche de viernes, Marisol llegó quejándose. Se dejó caer en el sofá con un suspiro largo y se desabrochó los zapatos de tacón sin mirarla.
—Hoy no aguanto los pies —dijo—. De pie doce horas. Y sudados, créeme.
—Te los masajeo —respondió Daniela, demasiado rápido.
Marisol sonrió hacia el techo. Esa sonrisa lo dijo todo.
—Eres una joya. Pero aquí no. Vamos a mi cuarto, que me tumbe como Dios manda y disfrute esto en serio.
Daniela la siguió por el pasillo con el corazón golpeándole las costillas. Las dos terminaron en la cama de Marisol vestidas solo con bragas y medias, ella estirada boca arriba y la joven de rodillas a sus pies, sosteniéndole un tobillo entre las manos como si fuera de cristal.
—Qué bien lo haces —murmuró Marisol—. Aunque no debería dejar que me toques los pies así de sudados.
—Si olieran mal, no me habría ofrecido —dijo Daniela, y enseguida se arrepintió de haber hablado.
—Entonces ¿te gusta cómo huelen? —Marisol giró el pie, despacio, y le rozó la nariz con los dedos por encima de la media—. ¿Es eso lo que me estás diciendo?
Daniela no se apartó. Cerró los ojos y se quedó quieta, con los dedos de Marisol contra su cara, y entendió que ya no había vuelta atrás. Después de un momento, la rubia retiró el pie.
—Espero que no pienses que soy una sucia por hacer eso —dijo Marisol, divertida.
—Para nada. —La voz le salió ronca—. Espero que tú no pienses que la sucia soy yo por hacer esto.
Y entonces Daniela inclinó la cara y lamió, por encima de la media, la planta del pie de su compañera.
***
—Oh, eso es precioso —susurró Marisol—. Nunca me habían lamido los pies. Y estás tan guapa haciéndolo.
El pulso de Daniela latía salvaje. Subió la lengua por el empeine, bajó hasta el talón, encontró el hueco entre los dedos por encima del nailon.
—Nunca le había hecho esto a nadie —tartamudeó—. Pero eres tan… tan sexy. Y me gusta. Me gusta de verdad.
—¿Te quito las medias? —Marisol volvió a apartar el pie, jugando.
Daniela asintió como una niña a la que le prometen un regalo.
—No me creo que quiera hacer esto —dijo, mientras observaba a la rubia bajarse las medias con una lentitud calculada—. Lamerte los pies. Chuparte los dedos.
—Primero deja que te marque la cara con ellos —respondió Marisol, acercándole los dos pies desnudos a la boca—. Quiero que lleves mi olor encima.
—Sí —arrulló Daniela, frotándose la mejilla contra ellos—. Márcame. Como un perro marca lo que es suyo.
—Tendría que hacerte algo más que esto para marcarte de esa manera —dijo Marisol, y la frase quedó flotando entre las dos, cargada.
Daniela agarró un pie con las dos manos y lo lamió con desesperación, dedo por dedo, mientras la otra le observaba con una expresión nueva, más oscura, más segura. Las dos tenían ya las manos dentro de las bragas. Marisol se corrió primero, con un gemido grave; Daniela la siguió poco después, temblando, sin dejar de chupar.
***
Después se quedaron quietas. Daniela se arrastró hasta tumbarse de lado, con la mejilla apoyada en el muslo de Marisol y la nariz a un palmo de la entrepierna empapada de la rubia. Respiraba hondo, mareada por el olor.
—Ha estado precioso —dijo Marisol. Bajó una mano y le acarició el pelo—. ¿También lo ha estado para ti?
—Sí. Sí, sí.
Entonces Marisol hizo algo que lo cambió todo. Llevó la mano a la nuca de Daniela y le empujó la cara contra sus bragas húmedas, y cerró los muslos alrededor de su cabeza, apresándola.
—Me gustas, Daniela. Me gustas mucho. Y sé que tú sientes lo mismo. —Apretó un poco más—. Esto no fue casualidad.
La joven tenía la boca contra la tela mojada. El corazón le iba a estallar. Sin pensarlo, chupó el nailon empapado, buscando el sabor de debajo, y un escalofrío le recorrió la espalda al notar cómo Marisol suspiraba de aprobación.
***
Durmieron una siesta así, enredadas, la cabeza de Daniela atrapada entre los muslos de su compañera como si ese fuera ahora su sitio en el mundo. Cuando despertaron, una hora más tarde, Daniela tenía todavía el olor de Marisol clavado en la nariz y una idea peligrosa instalada en el pecho.
—¿Qué haces, cosa traviesa? —ronroneó Marisol al sentir las manos de la joven recorriéndole la espalda baja, bajando hacia donde no debían—. Te he olfateado, te he marcado con mis pies, y ahora vas tú a por más.
—Me encantaría que me marcaras del todo —murmuró Daniela contra su piel—. Que me hicieras tuya de verdad.
Marisol se incorporó sobre un codo y la miró largamente, midiéndola otra vez, como aquel primer día en la puerta.
—¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar conmigo? —preguntó—. Porque yo tengo ideas. Ideas que no todas las chicas aguantan.
—Hasta el final —respondió Daniela, con la voz quebrada de excitación—. Quiero que me marques con tu olor, con tu sabor. Como una dueña marca lo que le pertenece.
—Buena chica. —Marisol sonrió, y la palabra «chica» sonó distinta en su boca, como una orden y una caricia a la vez—. Túmbate boca arriba.
***
Lo que vino después borró la última frontera que quedaba entre las dos. Marisol se arrodilló sobre el pecho de Daniela y le sostuvo la cara con una mano, obligándola a mirarla.
—A partir de ahora vamos a jugar a una cosa —dijo—. Tú vas a ser mi mascota. Mi perrita. Y yo voy a ser tu dueña. ¿Entiendes lo que eso significa?
Daniela tragó saliva y asintió.
—Con palabras —exigió Marisol—. Como Dios manda.
—Sí. Quiero ser tu perrita —susurró—. Quiero obedecerte.
—Entonces pídelo. Suplica, como lo haría una buena perra.
Y Daniela, roja de vergüenza y de deseo a partes iguales, empezó a gemir bajo, un sonido animal y pequeño que le salió de algún lugar que no sabía que tenía. Marisol cerró los ojos un instante, encantada.
—Buena niña —dijo, acariciándole la mejilla y rascándole detrás de la oreja, igual que se hace con un perro—. Siempre quise tener una mascota. Y dicen que las perras son más fieles que los perros. ¿Vas a ser fiel conmigo, Daniela?
La joven le lamió la mano por toda respuesta.
—Seré una dueña buena y cariñosa —continuó Marisol, con la voz baja y firme—. Pero exijo obediencia. Total. Tendrás tus normas y tendrás tus premios cuando te los ganes. Mañana iremos de compras y te elegiré un collar bonito, con tu nombre en una chapa. Te cepillaré el pelo todas las noches. Y cuando te portes mal, te disciplinaré, porque una buena dueña también corrige. Dicen que cuanto más se corrige a una perra, más te quiere. ¿Es verdad eso, Daniela?
—Sí —gimió ella, frotándose contra el muslo de Marisol—. Sí, ama.
La palabra «ama» le salió sola, y al oírla las dos se quedaron un segundo en silencio, conscientes de que algo acababa de quedar sellado.
***
Marisol se deslizó hacia abajo y se sentó a horcajadas sobre su cara, mirando hacia los pies de la cama, con todo su peso ofrecido sin pudor. Daniela abrió las manos y la sostuvo, y hundió la nariz y la boca en ella, embriagada por el calor y el aroma fuerte que la rodeaba por completo.
—Eso es —jadeó Marisol—. Márcate con mi olor. Quédate con él toda la noche.
Daniela gimió como la perra en celo que su ama quería que fuera, y empezó a lamer. Subía la lengua despacio y volvía a bajar, perdida en el sabor, mientras Marisol se mecía sobre ella y le clavaba los dedos en el pelo para guiarla.
—No pares —ordenó—. Hazme acabar con esa lengua. No te atrevas a parar.
Daniela obedeció. Apretó los labios alrededor del clítoris erecto de su ama y chupó con fuerza, una y otra vez, hasta que Marisol gritó y se sacudió encima de ella, apretándole la cara contra su sexo en el orgasmo. La joven tembló de pura lujuria, frotándose a sí misma, y se corrió casi a la vez, sin dejar de adorarla.
***
Cuando todo pasó, Marisol se separó de ella y se estiró en la cama, satisfecha, con un brazo cruzado sobre los ojos. Daniela no esperó instrucciones. Como la mascota obediente y enamorada en que acababa de convertirse, se tumbó boca abajo entre los muslos de su dueña y apoyó la cabeza sobre ellos, brillante de orgullo, mientras Marisol le acariciaba el pelo y le hablaba en voz muy baja.
—Muchas mascotas duermen en una camita en la cocina —dijo—. Pero tú no, mi perrita. Yo te quiero demasiado para eso. Tú dormirás acurrucada a mis pies, en mi cama, o con tu carita aquí, entre mis piernas, lista para complacer a tu ama cuando lo necesite.
Daniela cerró los ojos. Esto es lo que siempre quise y nunca supe nombrar. Le besó la cara interna del muslo, despacio, y sintió que pertenecía a alguien por primera vez en su vida.
Marisol bostezó y, poco a poco, sus dedos dejaron de moverse en el pelo de la joven. Se quedó dormida con una media sonrisa.
Y Daniela se acurrucó más cerca, hasta que la nariz le rozó la entrepierna oscura de su ama, y se durmió también, profundamente, respirando el aroma que ahora consideraba suyo: el de la mujer a la que había decidido obedecer.