La desconocida que me escribió y me sedujo en el cine
¿Han escuchado eso de «cuidado con lo que deseas»? Pues yo lo deseé tanto que terminó pasando. Llevaba un par de años con una idea metida en la cabeza que no me atrevía a decir en voz alta: quería follarme a otra mujer. No me lo confesaba ni a mí misma del todo, pero la curiosidad me acompañaba como un zumbido bajo entre las piernas. Quería saber a qué sabía el coño de otra, qué se sentía chuparle las tetas sin prisa, meterle los dedos hasta el fondo y descubrir si era tan distinto a lo que conocía.
Una tarde subí una foto cualquiera a mi perfil, de esas que una cuelga sin pensarlo. Esa misma noche me llegó una solicitud de mensaje. La abrí por simple curiosidad y me encontré con un par de líneas de una chica a la que aquí llamaré Daniela: «Me encantas, eres la mujer más hermosa que he visto». Me quedé mirando la pantalla sin saber qué responder. Al final escribí un «ay, gracias» tímido y cerré la aplicación pensando que ahí terminaría todo.
Pasaron los días y me olvidé del asunto. Pero una semana después me escribió de nuevo, esta vez pidiéndome mi número. No sé si por morbo, por aburrimiento o por una mezcla de las dos cosas, accedí a dárselo. Lo cierto es que algo en su insistencia me hacía cosquillas en el coño.
Daniela empezó a escribirme y yo me hacía la distante, respondía corto, marcaba distancia. Hasta que un día soltó la pregunta directa:
—¿Te gustan las mujeres?
Le contesté que nunca había estado con una y que tampoco me interesaba la idea. Una mentira enorme, claro. Pero ella no se dio por vencida.
—No sabes lo rico que es —me escribió—. Chuparle el coño a otra, sentir cómo se abre para tu lengua, cómo se corre en tu boca. No sabes lo que te pierdes.
Me quedé sin palabras frente al teléfono. Sentía cómo se me empapaban las bragas con cada frase que ella escribía, como si las leyera con el clítoris y no solo con los ojos.
—¿Ah, sí? —me animé a teclear—. ¿Y qué más?
—Me encanta cuando se corren en mi boca y trago hasta la última gota. No suelto el coño hasta que me lo dejan chorreando.
¿En qué momento me metí en esto?, pensé. Pero no quería salir. Cada palabra suya me prendía un poco más. Metí la mano dentro del pantalón y me sorprendí a mí misma frotándome despacio, imaginando que era su lengua la que me recorría.
A partir de esa conversación todo cambió. Daniela aprendió a leerme: sabía cuándo estaba sola, cuándo me aburría, cuándo bastaba una palabra suya para dejarme con el coño mojado el resto del día. Me contaba cosas, escenas, cómo me follaría con los dedos y la lengua si me tuviera cerca, cómo me iba a chupar las tetas hasta dejarme los pezones duros como piedras. Yo me descubría releyendo sus mensajes a escondidas, mordiéndome el labio frente a la pantalla como una adolescente, con dos dedos metidos dentro. Lo que empezó siendo curiosidad se había vuelto una necesidad que ya no sabía disimular.
Lo más perturbador era lo natural que se sentía. No había culpa ni vergüenza en cómo me hablaba, y eso me daba permiso para imaginar sin frenos. Me sorprendía pensando en ella mientras hacía cosas cotidianas, preguntándome a qué sabría su coño, cómo sonarían sus gemidos de cerca, si sus labios serían tan suaves como me los imaginaba entre mis piernas. Cada noche me prometía que cortaría aquello, y cada mañana volvía a buscar su nombre en la pantalla con el coño ya palpitando.
Hablamos así durante varias semanas. Conversaciones que empezaban inocentes y terminaban conmigo corriéndome en la cama, sola, con el teléfono en una mano y los dedos en el clítoris. Hasta que una noche me lo propuso: quería verme. Asustada y excitada a partes iguales, le dije que sí.
***
Decidimos vernos en el cine, en plan de amigas, para ver una película cualquiera. Esa coartada me daba la tranquilidad que necesitaba para no echarme atrás. Me arreglé con cuidado, mezclando comodidad y coquetería: una falda de talle alto con estampado de animal print, un top blanco ajustado y unas zapatillas negras clásicas. Maquillaje sencillo y el pelo largo suelto cayéndome por la espalda. Debajo, unas bragas de encaje que ya sospechaba que iba a terminar empapando. Me miré al espejo y me sorprendí buscando su aprobación en mi propio reflejo.
Nos encontramos en la entrada y casi me quedo sin aire. Daniela era todavía más guapa en persona. Llevaba una falda corta de jean, un top rojo que apenas contenía unas tetas enormes y unas zapatillas. Cuando me acerqué a saludarla, se inclinó hacia mi oído y me susurró algo que me dejó helada:
—No traigo bragas. Vengo con el coño al aire, solo para ti.
Sentí el golpe de calor recorrerme entera y las bragas humedecerse al instante. No supe qué responder, así que solo sonreí y la seguí adentro, con el corazón latiéndome entre las piernas.
La sala estaba prácticamente vacía. Conté apenas cuatro personas más, todas dispersas en las primeras filas. Nosotras subimos hasta el fondo, a un lateral, donde la oscuridad era casi total. Me senté nerviosa, jugando con el borde de mi falda. Compramos un único balde de palomitas para compartir, y ella se ofreció a sostenerlo. Mucho después entendí que todo formaba parte de su plan.
Apagaron las luces. Durante los primeros minutos fingimos mirar la pantalla y picar palomitas, como dos amigas cualquiera. Estiré la mano para tomar más y, en lugar del cartón, mis dedos rozaron la piel tibia de su muslo. La miré sorprendida. Ella me devolvió una sonrisa lenta, perversa, y se acercó a mi oído.
—Qué rico se siente que me toques —murmuró—. ¿Por qué no subes un poco la mano y me tocas el coño?
Quise retirarla por puro reflejo, pero ella la sujetó con suavidad y la guió bajo su falda. No mentía: no llevaba nada debajo. Sentí su calor antes de tocarla del todo, y entonces ella separó las piernas, abriéndome el coño en la oscuridad. Estaba empapada, chorreando como si llevara horas esperándome. Mis dedos se deslizaron por sus labios hinchados y ella soltó un jadeo bajito. Yo no reaccionaba del todo, paralizada entre el miedo y un deseo que me ardía en el pecho, pero la mano ya se movía sola, recorriéndole toda la humedad.
Daniela se inclinó hacia mi boca y pasó la lengua despacio por mis labios. Los abrí casi sin pensarlo. Con la otra mano la atraje hacia mí, y cuando ella volvió a buscarme, la besé de verdad. La estaba besando. Su lengua contra la mía, su respiración mezclándose con la mía en la penumbra, sus dientes mordiéndome el labio. Era todo lo que había imaginado y más.
Mis dedos encontraron su clítoris hinchado y empecé a frotarlo en círculos lentos mientras nos besábamos. Ella se retorció en el asiento, soltó un suspiro contra mi boca y me clavó las uñas en la nuca. Abrió aún más las piernas, invitándome a meterle los dedos, y yo la penetré con dos, despacio, sintiendo cómo su coño me apretaba con una fuerza que me sorprendió. La torpeza se fue volviendo certeza. Entraba y salía, buscando ese punto que me la volviera loca, y el ruido húmedo entre sus piernas me estaba encendiendo hasta un límite que no sabía que tenía. Esto era lo que tanto había negado.
—Quiero probarte —le dije al oído, con la voz quebrada—. Quiero chuparte el coño. Déjame.
—Hazlo —respondió, y arrastró la lengua por mi cuello mordiéndome despacio—. Cómemelo entero, no dejes nada.
Mi cuerpo entero se estremeció.
***
Miré a un lado y a otro. Las cuatro siluetas seguían inmóviles, absortas en la película. Me deslicé del asiento, me acomodé lo mejor que pude en el poco espacio que había y hundí la cabeza entre sus piernas. Besé la cara interna de sus muslos, subiendo sin prisa, sintiendo cómo se tensaba bajo mis labios. Su aroma me embriagó por completo: dulce, salado, intenso. Ese olor a coño mojado que había imaginado tantas veces y que ahora tenía a un centímetro de la boca.
Pasé la lengua por ella de abajo hacia arriba, lenta, saboreando cada pliegue, y la escuché contener un gemido. Nadie la oyó. Saber que estábamos al borde de ser descubiertas me encendía todavía más. Empecé a recorrerla despacio, separándole los labios con los dedos para llegar bien adentro, alternando la lengua plana con la punta, chupándole el clítoris hasta metérmelo entero en la boca. Ella se agitaba en el asiento intentando no hacer ruido, mordiéndose el puño. Aprendí su ritmo a medida que avanzaba: cuando le pasaba la lengua rápido sobre el clítoris se le escapaba un temblor, cuando la penetraba a la vez con dos dedos se le arqueaba la espalda.
Cuando metí los dedos hasta el fondo, curvándolos hacia arriba, ella enredó la mano en mi pelo y me apretó la cara contra su coño, moviéndose desesperada en busca de más. La follaba con la boca y con la mano al mismo tiempo, sin dejar de chuparle el clítoris, sintiéndola cada vez más apretada alrededor de mis dedos. Tenía la barbilla empapada, el pelo pegado a la mejilla, y me daba igual. Solo quería que se corriera en mi boca.
No quería parar. No podía. Continué hasta que la sentí tensarse entera, conteniendo la respiración para no gritar, con los muslos apretándome la cabeza. Se vino con un temblor largo que le sacudió las piernas y me llenó la boca de un chorro caliente que tragué sin pensarlo. Le seguí lamiendo, más suave, recogiendo hasta la última gota mientras ella se estremecía sobreestimulada. Me quedé un instante más, con la mejilla apoyada en su muslo, disfrutando de su rendición, antes de subir de nuevo al asiento y besarla con la boca todavía llena de su sabor.
—Maldita, qué bien la chupas —jadeó contra mi oído, lamiéndose sus propios jugos de mis labios—. Ahora te toca.
Miró alrededor, comprobó que seguíamos a salvo y se agachó. Me subió la falda con manos ansiosas, me arrancó las bragas empapadas hacia un lado y sentí el primer roce de su lengua exactamente donde lo necesitaba. Me estremecí en el asiento y tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar. Subí una pierna sobre el reposabrazos para darle más acceso, abandonándome por completo a lo que me estaba haciendo.
Empezó lento, pasándome la lengua por toda la raja, de arriba abajo, saboreándome sin prisa. Después subió al clítoris y empezó a mamármelo con una habilidad que me hacía ver estrellas. Lo chupaba, lo soltaba, lo golpeteaba con la punta de la lengua, volvía a metérselo en la boca entero. Yo tenía las manos enredadas en su pelo, empujándola contra mí, sin poder creer lo bien que se sentía.
La adrenalina, su boca, la oscuridad, el riesgo de que alguien volteara la cabeza: todo se mezclaba en una mezcla deliciosa que me volvía loca. Cuando me entró con dos dedos, lo hizo con una firmeza que me arrancó un gemido que juro que escucharon las cuatro personas de la sala. No me importó. Nada me importaba ya. Empezó a follarme rápido con los dedos mientras me chupaba el clítoris sin descanso, y yo sentía el coño hacer un ruido húmedo obsceno que se escuchaba por encima del audio de la película.
No se detuvo. Metió un tercer dedo y siguió embistiéndome, curvándolos dentro, buscando ese punto que me hacía temblar entera. Su lengua y sus dedos trabajaban a la vez, llevándome a un punto al que nunca había llegado de esa manera. Sentía cómo la corrida me subía desde la punta de los pies, cómo se me tensaban los muslos, cómo mi coño se cerraba alrededor de sus dedos apretándolos con desesperación. Cuando creí que no aguantaría más, el orgasmo me recorrió de arriba abajo y me dejó temblando contra el respaldo, con los ojos apretados y un gemido ahogado en la garganta. Sentí cómo me corría en su boca, cómo ella no soltaba, cómo seguía chupándome hasta la última contracción.
Ella siguió un poco más, suave, lamiéndome despacio hasta que no aguanté la sensibilidad y le aparté la cabeza. Me besó de nuevo, dejándome probar mi propio sabor mezclado con el suyo, y me acomodó la ropa con una ternura inesperada.
No pude resistirme: le subí el top y le liberé las tetas. Las tenía enormes, con los pezones oscuros y duros. Me lancé sobre ellas, chupándoselos uno tras otro, mordisqueándolos, sintiéndola gemir bajito con mi lengua encima. Daniela rio y me apartó con dulzura.
—Para, para o te violo aquí mismo —susurró—. No puedo esperar para tenerte a solas y follarte bien, en una cama, sin tener que aguantarme los gritos.
—Pronto, muñeca —respondí mientras la besaba y le pellizcaba un pezón por debajo del top—. Quiero mucho más de esto. Quiero que me comas el coño toda una noche.
Cuando terminó la película salimos como si nada, dos amigas charlando sobre la trama. Nadie nos miró raro. Nadie supo lo que había pasado en la última fila, en la penumbra, mientras la pantalla seguía proyectando una historia que ninguna de las dos llegó a ver. Yo caminaba con las bragas empapadas todavía torcidas y el sabor de su coño en la boca.
Esa noche, de camino a casa, entendí algo: había deseado aquello durante años, y ahora que lo había probado, ya no había vuelta atrás. Cuidado con lo que deseas. A veces se cumple, y resulta mejor de lo que imaginabas.





