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Relatos Ardientes

La deseé en silencio hasta esa mañana en el cafetal

Ilustración del relato erótico: La deseé en silencio hasta esa mañana en el cafetal

Los gallos cantaban cada cinco minutos, como si tuvieran un reloj metido entre las plumas. Camila los oía desde la cama, con ese frío de montaña que se le metía hasta los huesos. El gallo volvió a cantar y ella se negó a moverse, pero el cielo empezó a aclararse y la luz se coló por la rendija de la ventana. Era inútil seguir acostada.

Se destapó por partes, primero hasta la cintura, peleando contra las ganas de quedarse hecha un ovillo bajo la cobija. Y entonces una sola idea le atravesó la cabeza como un alfiler: Aurora.

A la porra la pereza, a la porra el frío. Se levantó de un salto, abrió la puerta de su cuarto y salió al corredor. La mañana estaba opaca, la neblina todavía no se disipaba y de la cocina subía el humo del fogón. Sus ojos recorrieron el corredor entero y no la encontraron. La puerta del cuarto de Aurora también estaba abierta. Maldición, pensó, dándose cuenta de que se había demorado demasiado y que la otra ya estaba en el baño.

Si había algo que le gustara de las mañanas, era ver a Aurora recién levantada, con esa bata corta que le llegaba a las rodillas y le marcaba cada curva. La tela se le pegaba al pecho y dejaba ver los pezones dibujados contra el algodón, grandes, parados por el frío. El escote en uve apenas insinuaba el nacimiento de los senos, como invitando a la mirada a quedarse ahí. A veces, cuando levantaba los brazos para recogerse el pelo, la manga se abría un segundo y dejaba ver más de la cuenta. Aurora odiaba dormir con sostén, y esa costumbre era la pequeña bendición de Camila.

No tenía un busto enorme, pero sí firme, suficiente para llamar la atención. Y lo que le faltaba arriba lo tenía en las caderas: redondas, anchas, imponentes. La bata se le metía entre las nalgas al caminar y era poco lo que dejaba a la imaginación. El pelo negro y liso le caía por la espalda, los ojos pequeños y achinados le daban un aire dulce, las pestañas largas, la piel clara. Cada detalle de ella era, para Camila, algo magnético, imposible de no mirar.

Aurora, Aurora, Aurora. Qué ser tan irresistible. Lástima no poder quedarse mirándola para siempre. Más de una vez se había embobado tanto que terminaba chocando con la mirada penetrante de la otra, esa mirada de reclamo silencioso al sentirse reparada de arriba abajo. Por todas esas veces, Camila había aprendido a conformarse con vistazos furtivos, fracciones de segundo en las que la recorría entera de pies a cabeza.

Y es que la había deseado desde el primer día. Qué destino tan amargo el suyo: consumirse en silencio, conformarse con miradas de soslayo, masturbarse de noche imaginándola desnuda, fantasear con un beso miserable. A veces lloraba a solas en su cuarto, preguntándose por qué Dios no la había hecho desear a los hombres, que no le provocaban nada. Varios la habían pretendido y de ella solo sacaban un desprecio aburrido. En cambio, con Aurora, le brillaban los ojos, se le atragantaban las palabras.

Y qué más podía hacer, las dos clavadas en lo profundo de la montaña, rodeadas de cafetos, viéndose desde el amanecer hasta la noche. Desayunaban juntas, almorzaban juntas, trabajaban juntas. Camila se deleitaba peinándola, acercando la nariz a su pelo para robarle el olor; le pintaba las uñas para sentir la suavidad de sus dedos; la escuchaba hablar de los muchachos que la cortejaban, tragándose la amargura, mirándole los labios mientras fantaseaba con besarlos. En esa soledad de la finca, a veces deseaba ser uno de esos hombres solo para poder cortejarla como se merecía. Pero no. Ese pensamiento la llenaba de impotencia. Ay, Aurora, si supieras cuánto te deseo.

Esa mañana, después de barrer el corredor con la mirada y darla por perdida en el baño, la vio salir de la cocina. Con la bata ajustada, los pies descalzos, los pezones hinchados por el frío y la piel de gallina, el pelo revuelto. Hermosa. La reparó entera antes de saludarla.

—¿Cómo amaneció, mija? —preguntó Aurora.

—Con un frío de los mil demonios. ¿Y usted?

—En las mismas.

Un abrazo, un pico en la mejilla. Camila se conformaba hasta con esas migajas, y la pequeña dicha de sentir el pecho de Aurora contra el suyo bastaba para reprimir una emoción que le subía por la garganta. Entró a la cocina a tomarse un tinto antes del baño, agradeciendo el calor de la leña después del abrazo.

***

Después de lo de siempre —baño y desayuno—, Camila andaba contenta. Ese día les tocaba a las dos solas la recolección en la parte alta del cafetal, lejos de la casa. El día entero para ellas. Le encantaba porque a ratos podía quedarse embelesada mirándola mientras Aurora llenaba el canasto, con esa fuerza y ese empeño que tenía, trabajando como cualquier hombre pero sin perder ni un gramo de delicadeza.

El sol ya había despuntado, ni una nube en el firmamento, y hacía un calor de los mil demonios. Aurora recogía café bajo ese sol implacable, completamente sudada. Era delicioso ver cómo le corrían las gotas por el cuello, por la cara, cómo se le pegaba la camisa empapada a la espalda. Camila no sabía qué tenía esa mujer, pero se le hacía imposible apartar los ojos, aun a riesgo de que en cualquier momento se volteara y la sorprendiera otra vez.

La escudriñó de pies a cabeza. Y mirándola, mirándola, una idea fue creciendo dentro de ella con una fuerza nueva. Dejó de reprimirla. Soltó el canasto, se puso detrás de Aurora y le pasó la lengua por el cuello mientras le tomaba los senos con las dos manos.

Aurora, tan dueña de sí misma como siempre, se volteó y la miró fijo a los ojos.

—¿Por qué hiciste eso? —dijo—. ¿Estás loca?

—Sí. Loca por ti —respondió Camila.

—¿No ves que eso es pecado, boba?

—Yo por vos ardería contenta en el infierno.

Aurora se quedó impávida, pasmada. Por todo el cariño que le tenía, le era imposible tratarla mal.

—Quiero saber por qué lo hiciste —insistió.

—Porque desde que te conocí te deseo. Es algo que me consume, cada vez que te veo, cada vez que te toco, cada vez que te hablo. De noche te pienso. Es más fuerte que yo, ese deseo me quema, me atormenta sin parar. Y prefiero que me odies a quedarme callada un día más.

Aurora guardó silencio, dándole vueltas a la confesión. Por todo el amor que le tenía, no era capaz de enojarse. Y había algo más: le había gustado lo que sintió. Nunca le habían besado el cuello, y aquello la había hecho sentir algo especial. La idea del pecado la atormentaba, pero no podía negarlo: esa lengua y esas manos la habían excitado. Sentía el sexo latiéndole entre las piernas. Y se sintió halagada; nunca habría imaginado que Camila la deseara así, ni el valor que le había costado decirlo.

Al ver que Aurora no se ponía rabiosa, Camila tomó sus manos y las llevó otra vez a sus propios senos. Aurora las apretó y las soltó enseguida. Le había gustado. Le hervía la sangre, y la verdad era que ella nunca había sido ninguna mojigata: era amante de las emociones fuertes. Pero no quería dejarse dominar por lo que sentía.

Camila hizo un segundo intento. Volvió a apretarle el pecho con suavidad y, al ver que se dejaba, le besó de nuevo el cuello. Esta vez Aurora se aflojó entera, el cuerpo le tembló al sentir esa lengua, y entendió que la otra tenía que desearla mucho para besarle el cuello sudado sin el menor asco.

—Nos vamos a quemar en el infierno —dijo Aurora, pero ya en tono de aceptación.

—Ya te dije que con tal de estar contigo, ardo eternamente.

Camila entendió que se había entregado. Le llevó las manos a los senos otra vez, y esta vez Aurora no las quitó. La tomó de la barbilla y posó los labios sobre los de ella, despacio. Lo repitió, y al segundo beso le mordió el labio inferior. Aurora le correspondió igual, y enseguida se besaron con hambre. A Camila le latía el corazón a mil; no podía creer tanta dicha, pero no quería espantarla. Le metió las manos bajo la camisa, luego bajo el sostén, y empezó a acariciarle los pechos.

Aurora estaba muda, presa de la emoción, solo se le oían las grandes bocanadas de aire que tomaba una y otra vez. Ella, que no se amedrentaba por nada, en ese momento no tenía idea de qué hacer. Lo único claro era que no quería dejar de besarla. Qué suavidad, qué delicadeza, esa lengua mojada recorriéndole los labios, chocando con la suya. Camila estaba en las nubes: su mayor deseo se hacía realidad y tenían todo el día para ellas. En la casa nunca la habría podido tener, pero en el cafetal sí. Nadie iba a molestarlas. Podían entregarse a lo que quisieran, gemir sin que nadie las oyera. Era un sueño hecho realidad.

Camila empezó a desnudarla, insegura, pensando que de un momento a otro Aurora se asustaría y la dejaría a medias. Por eso no paraba de besarla, de recorrerle la espalda con los dedos. Le subió la camiseta despacio; Aurora levantó los brazos y se dejó. Camila se la llevó a la cara y la olió mirándola a los ojos, embriagada de saber que su amada estaba empapada de sudor y que ese sol sin nubes las haría sudar a chorros. Le rodeó la espalda y le desabrochó el sostén. Aurora la miró, y Camila, entendiendo que pisaba terreno desconocido, la besó de nuevo y se quitó ella también la camisa y el sostén, para no ponerle las cosas difíciles.

Era la gloria. Tantas veces mirando esos pechos de reojo, y ahora los tenía ahí, todos para ella. Los pezones rosados, hinchados, invitándola a chuparlos. Camila se armó de paciencia. Volvió a besarla, le recorrió el cuello con la lengua, se lo chupó, se lo lamió, y Aurora solo se retorcía con esas contorsiones tan típicas del placer. Sin despegar la boca, bajó hasta los pechos y al fin pudo chupar esos pezones. Cerró los ojos y se entregó: los lamía, los chupaba, deslizaba la lengua de arriba abajo, en círculos, daba pequeños mordiscos, pasaba de uno al otro, con las manos recorriéndole la espalda. Aurora gemía en pleno éxtasis.

Ella ya ni pensaba. Ningún hombre la había hecho sentir algo así, y los labios de Camila eran tan suaves, sin barbas raspando. De vez en cuando le llegaba el pensamiento del pecado, pero se extinguía con la siguiente caricia. Si esto es lo que se siente al pecar, pensó, que se la lleve el diablo, porque nunca sentí nada tan bueno. Esos corrientazos de placer eran nuevos y maravillosos: el cuello, los pezones, los dedos recorriéndole el cuerpo sudado bajo el sol. Y entre más sudaba, más encantada parecía Camila.

De tanto recibir, Aurora quiso devolver. Como lo que más la desarmaba eran los besos en el cuello, empezó por ahí. Sacó la lengua, y al tocar la piel sintió ese sabor salado del sudor; se dijo que si a Camila no le importaba el suyo, a ella tampoco el ajeno. Y se entregó, imitando todo lo que le habían hecho: lo besaba, lo chupaba, lo lamía. Como en un curso rápido, puso a Camila a pasear por las nubes. Y cuando le empezó a chupar los pechos —generosos, llenos, los de aquella mulata imponente—, más se encendían las dos.

Camila se puso detrás y le pasó la lengua por la espalda, subía al cuello, bajaba otra vez, y Aurora gimiendo sin parar, revolcándose entre los cafetos, todo para ellas dos. Dudó un momento, pero se lanzó: le deslizó la mano por el pantalón y sintió la mano de Aurora que la frenaba en seco.

—No, ahí no —dijo.

—Relájate. Te prometo que te voy a hacer gozar —murmuró Camila, muerta de ganas.

—¿Estás segura? ¿Nos vamos a condenar?

—Ya te dije que con tal de estar contigo me condeno mil veces. Dejá la bobada, que esto va a ser lo más rico que vas a sentir en la vida.

Volvió a meter la mano, le sintió la ropa interior, Aurora tembló. Camila apartó la tela, metió los dedos y cuál no sería su dicha al encontrar ese sexo en un mar de humedad, palpitando. Qué felicidad. Tantas veces lo había imaginado mientras se tocaba pensando en ella, y ahora lo sentía de verdad, tan mojado que se supo capaz de hacer gozar al objeto de su deseo.

Empezó por el principio: le buscó el clítoris, lo tenía duro, lo acarició, bajó un poco, le metió los dedos, volvió a jugar arriba, mientras con la otra mano le sostenía un pecho y le chupaba el cuello. La meta era hacerla terminar antes de bajar más. Con semejante estímulo, Aurora tembló, gimió y, encendida como estaba, en un santiamén se vino en sus brazos con el primer orgasmo de su vida con una mujer.

Camila se paró y se quitó el pantalón y la ropa interior. Lo hizo primero para que Aurora se dejara quitar la suya, todavía espantada. Le sacó las botas, la hizo levantarse, le bajó el pantalón despacio. A Aurora ni se le pasaba por la cabeza lo que venía. Se dejó desnudar, Camila la acostó sobre la camisa tendida y le siguió tocando el sexo mientras le chupaba los pechos. Le separó las piernas, fue bajando la lengua despacio, sin parar de acariciarla, pasó por el ombligo, siguió bajando. Aurora se incorporó, asustada; Camila la empujó con suavidad y la volvió a acostar. Con las dos manos le abrió las piernas, la miró a los ojos, y en esa mirada le dijo todo. Pegó la boca a ese sexo.

Aurora soltó un grito y se incorporó de nuevo, pero esta vez Camila le empujó firme las piernas para que no las cerrara y se deleitó. Movía la lengua de arriba abajo, succionaba, sentía el sudor y el sabor dulce, ponía la nariz y se embriagaba de su olor. Estaba en el paraíso: lo que tanto había soñado, hecho realidad, y ni en sueños había imaginado que esa mañana cualquiera terminaría así. Le metió dos dedos sin dejar de chupar, buscó ese punto interno hasta encontrarlo, y Aurora empujaba la cadera cada vez que lo tocaba, se tensaba entera. También ella estaba en la gloria; jamás se imaginó que se pudiera sentir tanto. Empujaba las caderas en un movimiento involuntario, se le tensó todo el cuerpo, se estiró, se encorvó, se revolcó en manos de Camila y tuvo un orgasmo largo, profundo, que la dejó temblando de pies a cabeza. Camila quiso hacerla venir otra vez, pero al rozarle el clítoris Aurora pegó un grito y le empujó la cabeza: estaba demasiado sensible. Entonces subió y le dio un beso largo para que probara su propio sabor.

Ahora la desesperada era Camila, y lo que siempre había fantaseado mientras se tocaba era revolcarse sobre la boca de Aurora. Sin detenerse a pensar si a ella le gustaría, la acostó y se le montó encima. Para su sorpresa, Aurora la recibió con la lengua estirada, como una alumna aplicada que había puesto atención y ahora lo ponía en práctica. Camila movía las caderas mientras Aurora le pasaba la lengua por el clítoris, lo subía, lo bajaba, lo succionaba con una habilidad que no parecía de primeriza. Con la calentura que traía y sabiendo que era la boca de su amada la que la probaba por primera vez, Camila no aguantó: se vino sin el menor esfuerzo, revolcándose en pleno éxtasis.

Y Aurora, que en su vida había probado el sabor ni olido el sexo de otra mujer, se dio cuenta de que aquel gusto venía de Camila, y en su inocencia no supo qué nombre ponerle, pero no dijo nada por miedo a quedar como una tonta. Le gustó el sabor que le quedó en la boca. Camila se dejó caer sobre ella, le dio un beso pasándole toda la lengua, haciéndole saber que a ella también le encantaba saborear lo que el deseo dejaba.

Después de tanta emoción, Camila se quedó unos minutos recostada encima, besándola y acariciándole el pelo. Fue tan sublime el momento que las palabras sobraban, las dos tendidas entre los cafetos, con el sol cayéndoles encima y el día entero por delante.

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Comentarios (4)

LuzMarinaOk

Hermoso, de los mejores que lei en esta categoria. Mas por favor!!!

Rebe2024

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como sigue

VeroM_baires

Me encanto como describiste esa tension callada del principio, esa espera silenciosa... lo senti muy real, casi que me transporte al lugar. Excelente relato!

ElSilencioso_73

Muy bien escrito, con un ritmo que engancha desde el primer parrafo. Saludos

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