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Relatos Ardientes

Tres mujeres y un vestido sin tirantes

Ilustración del relato erótico: Tres mujeres y un vestido sin tirantes

Mariana colgó el teléfono y se quedó un segundo mirando la pantalla, como si necesitara comprobar que la llamada había sido real. Después soltó un grito ahogado y bajó las escaleras de dos en dos.

—No vas a creer quién acaba de invitarme a la gala de fin de carrera —dijo entrando a la cocina.

Su madre, Carla, levantó la vista de la encimera con una sonrisa paciente.

—Déjame adivinar. ¿Tomás?

—¿Cómo lo supiste? —Mariana se dejó caer en una silla, las mejillas todavía encendidas—. Va a alquilar un coche con otros dos, vamos a llegar como reinas. Solo hay un problema.

—No tienes nada que ponerte —completó Carla, secándose las manos en un paño.

—Nada que esté a la altura.

Carla la observó un momento. Su hija había dejado de ser la cría flacucha de hacía unos años; ahora era una mujer de veintitantos, alta, con el pelo oscuro recogido sin esfuerzo y una manera de moverse que llamaba la atención sin proponérselo.

—Mañana iremos a ver a Renata —dijo al fin—. Tiene una boutique pequeña, pero conozco su trabajo. Es una vieja amiga y nos hará un buen precio.

Mariana le dio un abrazo rápido y volvió a subir corriendo a contarles a sus amigas. Carla se quedó abajo, doblando el paño con una lentitud que no se correspondía con la tarea.

***

La boutique estaba al final de una calle estrecha, con el escaparate cargado de telas que parecían pelearse por el espacio. Dentro olía a tejido nuevo y a un perfume dulce que Mariana no supo identificar. Una campanilla anunció la entrada de las dos mujeres y, por un instante, todo quedó en silencio salvo por el roce de las perchas.

—¡Carla! —Renata salió de detrás de un perchero con los brazos abiertos—. Cuánto tiempo.

—Demasiado. ¿Te acuerdas de Mariana?

Renata se giró hacia la joven y la recorrió de arriba abajo con una mirada que tardó apenas un instante de más en volver a subir.

—La última vez era una niña. Y mírate ahora. —Le tendió la mano—. Necesitas un vestido, me imagino.

—Algo sin tirantes —dijo Mariana—. Que muestre los hombros.

—Tengo justo lo que buscas. —Renata se internó en el laberinto de perchas y volvió con un vestido negro y blanco que cortaba la respiración solo de verlo colgado—. Este. Pruébatelo.

Mariana buscó con la mirada un probador.

—No hace falta —dijo Renata, adelantándose a la pregunta—. Voy a echar el cerrojo de la entrada y te cambias aquí mismo. A esta hora no entra nadie.

La joven miró a su madre, dudando. Carla se limitó a asentir.

—Vamos, no seas tímida. Te he visto en pañales.

***

Mariana se desnudó hasta quedar en ropa interior, las mejillas ardiendo, y empezó a deslizar el vestido por sus piernas. Renata regresó justo entonces, con el pestillo ya echado, y chasqueó la lengua.

—Espera, espera. Con ese sujetador no vas a saber nunca cómo te queda. —Se acercó—. Es sin tirantes, querida. Las costuras del sostén lo arruinan. Quítatelo.

Mariana abrió la boca para protestar, pero su madre se le adelantó.

—Tiene razón. Deberías saber esas cosas. Date prisa.

Con un encogimiento de hombros y la cara como la grana, la joven se desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Sus pechos quedaron libres bajo las dos miradas.

—Vaya —murmuró Renata, sin disimular—. Tu hija tiene un cuerpo precioso, Carla. Y esos pezones… rosados, firmes.

—Es cosa de familia —respondió Carla con una calma que a Mariana le resultó extraña—. Todas las mujeres de mi casa los tenemos así.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —dijo Renata, y sin esperar respuesta posó una mano sobre el pecho de la joven, como si comprobara la caída de la tela que aún no estaba puesta.

Mariana se quedó rígida. Esto no puede estar pasando, y menos delante de mi madre.

—S-supongo —tartamudeó.

—El chico que te lleve a la gala va a querer pasar las manos por debajo de ese vestido en algún momento de la noche. Por los pechos, por las piernas. ¿No crees que deberías llevar la mejor ropa interior posible? —Su pulgar trazó un círculo lento—. Para que disfrute de cada centímetro.

—N-no lo había pensado —admitió Mariana, retorciéndose despacio bajo la caricia.

—Estoy de acuerdo con Renata —dijo Carla, y su voz sonó más ronca de lo habitual—. Tomás no se va a conformar con mirar.

***

Renata soltó el pecho de la joven y, sin previo aviso, deslizó dos dedos en el elástico de sus bragas y las bajó hasta los tobillos. Mariana dio un respingo cuando el aire de la tienda le rozó la piel desnuda.

—No quiero ser dura —dijo Renata, dirigiéndose a Carla pero sin apartar los ojos de la joven—, pero mira esto. Con la lencería tan pequeña que le vamos a poner, esto no puede quedarse así. Habría que dejarlo apenas con una sombra.

—Tienes razón otra vez —respondió Carla, sacudiendo la cabeza despacio—. ¿Cuándo lo hacemos?

—Ahora mismo. Tengo todo en el baño. Me depilo yo misma, así que sé lo que hago.

Condujo a las dos mujeres a la trastienda, desplegó una silla en mitad del cuarto y le indicó a Mariana que se sentara. La joven obedeció, las rodillas juntas, los nudillos blancos sobre los muslos.

—Primero hay que ablandar la piel con agua tibia —dijo Renata, arrodillándose entre sus piernas—. Relájate. Solo será agua y jabón para empezar.

Mariana cerró los ojos con fuerza. Renata acercó la cara y, en un susurro que solo ella pudo oír, comentó:

—Estás mojada. ¿Te has excitado?

—¿No lo estarías tú —respondió la joven con un hilo de voz— si alguien te hubiera estado tocando los pechos delante de tu madre?

—Mariana, ese tono no —cortó Carla desde la puerta, pero había algo en su mirada, fija en el regazo de su hija, que desmentía la reprimenda.

—L-lo siento —murmuró Mariana.

—No pasa nada. —Renata le acarició el interior del muslo—. Pero creo que tu cuerpo está pidiendo algo más urgente que una depilación. ¿O me equivoco?

La joven abrió los ojos. La tensión que llevaba acumulando desde el vestido se le había concentrado entre las piernas, latiendo, imposible de ignorar.

—No… no lo soporto —confesó al fin—. Por favor.

—¿Por favor qué? Dilo.

—Ayúdame.

Renata miró a Carla por encima del hombro, buscando un permiso. La madre asintió sin decir palabra, los labios entreabiertos.

***

Renata bajó la cabeza y posó la boca directamente sobre el clítoris hinchado de la joven. Mariana arqueó la espalda en la silla y soltó un gemido que rebotó en las baldosas.

—Así —jadeó, empujando las caderas hacia adelante—. Justo así.

La lengua de Renata se movía con una destreza que delataba años de práctica, trazando círculos lentos antes de hundirse y volver a subir. Mariana enredó los dedos en el pelo de la mujer mayor y la sostuvo contra ella, perdida ya cualquier vergüenza. Cada caricia le arrancaba un temblor nuevo de las piernas, y el frío de las baldosas bajo los pies descalzos contrastaba con el calor que le subía por el vientre.

Junto a la puerta, Carla no se había quedado quieta. Sin apartar la vista de la escena, había deslizado una mano dentro de sus vaqueros y se acariciaba con movimientos cada vez más erráticos.

—No pares —le ordenó a su amiga, con la respiración entrecortada—. Cómetela entera.

Mariana sintió que algo se rompía dentro de ella. El orgasmo la golpeó de lleno, la sacudió de pies a cabeza y la dejó temblando, agarrada al respaldo de la silla mientras Renata la sostenía por las caderas. A unos metros, su madre ahogó un gemido propio contra el dorso de su mano y se dobló sobre sí misma, arrastrada por su propio clímax.

Durante un rato largo, lo único que se oyó en la trastienda fueron tres respiraciones tratando de calmarse.

***

Renata fue la primera en levantarse, con las piernas todavía inseguras.

—No voy a fingir que soy una santa —dijo, bajándose los pantalones—. Yo también lo necesito.

Se sentó en el borde de la silla y abrió las piernas. Mariana, recuperada apenas, se arrodilló frente a ella sin que nadie se lo pidiera. Miró un segundo a su madre, que asintió de nuevo, y entonces inclinó la cabeza y le devolvió a Renata exactamente lo que acababa de recibir. Lo hizo con una entrega torpe pero feroz, y en cuestión de minutos la dueña de la boutique se aferraba a sus hombros mordiéndose el labio para no gritar.

Cuando Renata terminó de recuperarse, alcanzó por fin las cuchillas y, con una ternura inesperada, completó la depilación que había servido de excusa para todo lo demás.

—¿Sabes qué me gusta de esta tienda, mamá? —dijo Mariana, todavía con la respiración agitada, mientras Renata pasaba la cuchilla con cuidado.

—¿Qué, cariño?

—Que es de servicio completo.

Carla soltó una carcajada baja y se acercó a acariciarle el pelo a su hija.

—Y esto —añadió Renata, levantando la vista con una sonrisa— no tiene por qué quedarse en una sola visita. Puedes venir cuando quieras.

—Cuando quieras —repitió Carla, mirando a su hija de un modo en que nunca la había mirado antes—. En casa o aquí. Ya no hace falta esconder nada entre nosotras.

Mariana se levantó, se miró en el espejo todavía sin el vestido puesto, y por primera vez en toda la tarde no sintió vergüenza alguna. Solo pensó que la gala, de pronto, le importaba mucho menos que el camino de vuelta a casa.

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Comentarios (4)

LuzNocturna22

Increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo, me tuvo enganchada hasta el final.

MaruLectora

Por favor que haya una segunda parte, no puede quedar asi... necesito saber como sigue jeje

CristinaRdl

Muy bien escrito. Ese tipo de situaciones inesperadas son las que mas me gustan de estos relatos, cuando no te ves venir lo que viene.

Rocio_ba

jajaja que situacion mas incomoda para Mariana... o no tanto ;)

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