Mi vecina me enseñó lo que mi novio nunca pudo
Me llamo Renata y tengo veintidós años. No voy a fingir modestia: cuido mucho mi cuerpo, paso horas en el gimnasio y sé el efecto que provoco cuando bajo las escaleras del edificio con la ropa ajustada. Los hombres me miran, siempre lo han hecho. Pero la única persona que de verdad me desarmó con una mirada fue una mujer, y por eso quiero contar lo que pasó entre Mariela y yo aquella tarde en su casa.
Mariela se había mudado al apartamento de enfrente hacía unos meses. Tendría unos treinta y tres años, estaba casada y tenía un hijo pequeño. Era alta, de cuerpo lleno, con el pelo corto y oscuro y una boca que parecía hecha para morderse el labio cuando pensaba algo que no decía en voz alta. La primera vez que coincidimos yo salía hacia el gimnasio, con las mallas cortas y el top deportivo, y sentí sus ojos recorrerme de arriba abajo sin disimulo. Nos saludamos apenas, pero algo quedó vibrando en el aire del pasillo.
Tengo que confesar algo. Desde la adolescencia fantaseo con estar con otra mujer. Solo he tenido novios, pero a veces, cuando alguno me toca, cierro los ojos e imagino que son las manos de una mujer las que recorren mi piel. Nunca me había atrevido a dar el paso. Y entonces apareció Mariela, con esa forma de mirarme, y el deseo que llevaba años dormido se encendió de golpe.
Con el tiempo nos hicimos amigas. Me invitaba a tomar café cuando su marido viajaba por trabajo, y yo la ayudaba con el niño mientras ella ordenaba la casa. Me gustaba estar ahí. Me gustaba la forma en que su mano rozaba la mía al pasarme la taza, la manera en que se reía echando la cabeza hacia atrás.
Una tarde, después de acostar al pequeño, salimos a su balcón a tomar algo. El sol caía despacio sobre los edificios de enfrente y un silencio cómodo se instaló entre nosotras. Entonces ella me miró por encima del borde de la taza.
—¿Has estado alguna vez con una mujer, Renata? —preguntó, como si me preguntara la hora.
Sentí que el calor me subía a la cara.
—No —respondí demasiado rápido, a la defensiva—. ¿Por qué lo preguntas?
—No sé. Me das esa sensación. —Hizo una pausa y sus ojos se clavaron en los míos—. Y me gustas.
Mientras lo decía, su mano se posó sobre mi rodilla desnuda. Yo llevaba una falda corta y una blusa de tirantes, sin nada debajo. El roce de sus dedos en mi piel bastó para que mis pezones se endurecieran al instante, tanto que casi dolía. Intenté disimular, pero ella lo notó y sonrió de medio lado.
—Vaya, vaya. Mira cómo te pones, y todavía no he hecho nada.
Estoy perdida, pensé. Las piernas me temblaban como si hubiera dejado de tener control sobre ellas.
Su dedo empezó a subir por mi muslo, despacio, dibujando círculos que me erizaban la piel. Se inclinó hacia mí y acercó sus labios carnosos a los míos. Sentí una corriente recorrerme entera cuando su boca se abrió y su lengua buscó la mía. Por un segundo no supe qué hacer. Después me dejé llevar por esa fantasía que por fin se volvía real: estaba besando a una mujer, y tenía que aprovecharlo, porque no sabía si volvería a pasar.
Llevé mis manos a sus pechos y jugué con sus pezones por encima de la tela. Me encantaba la forma en que respondía, el modo en que su respiración se entrecortaba contra mi boca. Nuestras lenguas se buscaban, se acariciaban, y su mano seguía subiendo por mi muslo hasta rozar el borde de mi ropa interior. Separé las piernas sin pensarlo, dándole permiso, pidiéndole en silencio que siguiera.
—Quítate la blusa —me susurró al oído, justo cuando sus dedos apartaron la tela y me tocaron por primera vez.
Obedecí. Me quité el top y ella enterró la cara entre mis pechos. Los lamía, los chupaba, mordía suavemente mis pezones mientras sus dedos trazaban círculos lentos entre mis piernas. Yo echaba la cabeza hacia atrás, incapaz de contener los suspiros.
—Estás empapada para mí, preciosa —dijo, llevándose los dedos húmedos a la boca y saboreándolos sin apartar la vista de mí.
Se arrodilló frente a la silla y me abrió las piernas. Sentí su aliento cálido acercarse y un escalofrío de anticipación me recorrió la espalda. Por un momento miré alrededor, hacia los balcones vecinos, asustada de que alguien pudiera vernos. Ella levantó la mirada y notó mi inquietud.
—Déjalos que miren —murmuró contra mi piel—. Es más divertido así. Que vean lo rica que estás aquí, toda para mí.
Y al diablo con los vecinos. Hundí mis dedos en su pelo corto y la guié. Su lengua empezó a recorrerme entera, lenta y firme, deteniéndose justo donde yo más lo necesitaba. Me succionaba el clítoris con una delicadeza que me volvía loca. Después deslizó dos dedos dentro de mí, marcando un ritmo pausado, sin soltar mi clítoris de entre sus labios. Me lamía y me penetraba a la vez, y yo ya no podía quedarme callada.
—Así, no pares —gemí, moviendo las caderas en busca de más.
No me importaba quién pudiera oírme. El placer subió como una marea hasta que estallé entre temblores, con las piernas sacudiéndose sin control y un gemido largo que se me escapó del pecho.
—Qué delicia eres —dijo ella, subiendo a besarme para que me probara en su boca.
Por encima de su hombro vi a un hombre asomado al balcón de enfrente, mirándonos sin moverse. En lugar de cubrirme, algo dentro de mí se encendió todavía más. Pues vamos a darle algo bueno que ver.
Mariela solo llevaba puesta una bata fina. La levanté de donde estaba y le pedí que subiera una pierna a la barandilla del balcón.
—Ponte de frente —le dije al oído—. Quiero que mires al vecino mientras te como.
Ella sonrió, divertida.
—Me gusta cómo piensas, diablilla.
Se deshizo de la bata por completo y arqueó la espalda, echando las caderas hacia atrás. Me arrodillé entre sus piernas y ahí estaba ella, abierta y brillante para mí. No pude resistirme. Acerqué la boca y la recorrí con la lengua de abajo arriba, despacio, en círculos. Su sabor me resultó adictivo desde el primer instante; supe que no iba a poder parar aunque quisiera.
Mariela gemía y se acariciaba los pechos, con la mirada fija en el hombre que nos observaba sin pestañear. La idea de que nos estuvieran viendo me tenía al límite. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba y, cuando se vino, lo recibí entero, saboreando cada estremecimiento.
***
Nos dejamos caer sobre el suelo del balcón, todavía agitadas, y nos acomodamos enredadas la una sobre la otra. Yo quedé arriba, con las caderas justo a la altura de su boca y mi cara entre sus piernas. Desde donde estaba, mi vecino tenía vista directa, y eso solo me empujaba a entregarme más.
Empecé a penetrarla con los dedos mientras le succionaba el clítoris, y ella me hacía exactamente lo mismo. Sentir su lengua dentro de mí al tiempo que la mía la recorría era algo que no tenía nombre. Gemíamos las dos, perdidas, sin saber ya dónde terminaba mi placer y empezaba el suyo.
Llegamos al borde casi al mismo tiempo. Después ella me hizo girar, me abrió las piernas y se encajó contra mí, su sexo presionando el mío. Empezó a moverse en un vaivén lento que fue ganando intensidad. La fricción me robaba el aliento; cada empuje suyo me acercaba más a un punto del que sabía que no iba a volver igual. Me incliné a lamerle los pechos sin dejar de mover las caderas, y ella me besó, acariciándome, susurrando lo bien que se sentía.
Noté una presión distinta crecer dentro de mí, algo que nunca había sentido. Intenté contenerlo y no pude. Me vine con una fuerza que me dejó vacía, y por primera vez en mi vida mi cuerpo se desbordó por completo. Ella lo recibió encima, riéndose maravillada, extendiéndolo por su piel hasta que ese mismo gesto la hizo estallar a ella también, con un grito ahogado contra mi cuello.
Quedamos tumbadas en el suelo, débiles, sin fuerzas ni para hablar. Nunca había vivido nada parecido. Años fantaseando, y la realidad había superado cada imagen que mi mente se había atrevido a inventar.
A veces Mariela sube a mi casa cuando mis padres están de visita. Me mira con esa sonrisa traviesa y, con la voz más inocente del mundo, me dice: «¿Cuándo vienes a casa? El vecino te extraña». Mi madre no tiene idea de a qué se refiere. Yo sí, y cada vez que lo escucho siento esa corriente bajarme por la espalda. Amo lo que pasa entre nosotras, y no pienso renunciar a ello.