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Relatos Ardientes

Miré cómo otra mujer sedujo a mi esposa esa noche

Marisol y yo llevábamos doce años casadas. Nos deseábamos seguido, nos reíamos de las mismas cosas y, durante mucho tiempo, eso nos pareció suficiente. Pero el deseo tiene una memoria corta, y poco a poco lo nuestro empezó a enfriarse sin que ninguna de las dos lo dijera en voz alta.

Llegamos a un punto en que el sexo era casi por inercia. Lo hacíamos porque tocaba, no porque ardiéramos por hacerlo. Y eso que Marisol seguía siendo una mujer preciosa a sus cuarenta y tres años: cuerpo firme, espalda de nadadora, una sonrisa que todavía me desarmaba. Las dos íbamos al gimnasio cuatro veces por semana, así que no era una cuestión de pieles cansadas. Era la rutina, esa enemiga silenciosa que se mete en la cama y apaga la luz.

Estábamos en ese cruce de caminos que llega a todas las parejas. El momento en que hay que decidir si una se resigna o se atreve a cambiar de rumbo. Una noche, después de un par de copas de vino, hablamos de aquello con una sinceridad que hacía tiempo no teníamos.

—¿Y si jugamos a no conocernos? —dijo ella, mirándome por encima del borde de la copa.

—¿A qué te refieres?

—A salir cada una por su lado, encontrarnos en un bar y fingir que somos dos desconocidas. Que tengamos que conquistarnos otra vez.

La idea me encendió de inmediato. Acordamos un bar del centro, una fecha, y nada más. Ninguna sabría cómo iba vestida la otra. Tendríamos que reconocernos entre la gente y seducirnos como si fuéramos extrañas.

***

Esa primera noche, Marisol llegó antes y yo me retrasé a propósito. Cuando entré, la vi en la barra con un vestido negro que no le conocía y, a su lado, otra mujer charlando con ella. Lejos de molestarme, aquello avivó mi deseo. Terminamos esa noche metiéndonos tanto en el papel que por un instante sentí celos de verdad, como si de verdad fuera una desconocida coqueteando con mi mujer. Acabamos en el coche, en un rincón oscuro del estacionamiento, devorándonos con un hambre que no recordaba.

A partir de ahí algo se destrabó. Nuestros encuentros, antes silenciosos, se llenaron de gemidos. A Marisol le empezó a gustar que se la escuchara, que los vecinos supieran. El juego nos había devuelto algo que dábamos por perdido.

Pero hubo un detalle que no esperaba. Días después, mientras hacíamos el amor, Marisol me confesó al oído que aquella mujer del bar, una morena de risa fácil llamada Renata, la había atraído de verdad. No solo el juego: ella, su boca, sus manos.

—Me excita imaginarte con ella —le dije sin pensarlo, y noté cómo se le aceleraba la respiración.

Marisol movió las caderas más rápido, jadeando contra mi cuello, y se corrió con una intensidad que no le veía desde los primeros meses. Después, abrazadas en la oscuridad, hablamos de aquello con calma. Y comprendí que yo también quería verlo. Que la idea de mirar a mi mujer entregándose a otra me obsesionaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

***

Acordamos volver al mismo bar el viernes siguiente. Esta vez Renata sabía que iba a estar allí. Salimos de casa por separado, sin contarnos qué llevábamos puesto, fieles a las reglas del juego.

Llegué veinte minutos tarde. Marisol ya estaba sentada en la barra, y por un segundo me quedé quieta en la puerta solo para mirarla. Llevaba una falda gris ceñida, medias color piel y una camisa blanca abierta lo justo. Parecía una ejecutiva que se hubiera escapado de la oficina a tomar una copa. El pelo recogido, las gafas de montura fina, los labios pintados de un rojo profundo que le daba un aire entre intelectual y salvaje. Estaba para comérsela, y la mitad del bar lo sabía.

A su lado, Renata. Vestido verde ajustado, escote generoso, esas curvas que se notaban incluso en la penumbra. Cruzaba las piernas hacia Marisol y le sonreía con una seguridad que me cortó el aliento.

Me senté en el extremo opuesto de la barra, junto a la puerta, donde había poca luz y mucha gente. Desde ahí podía observarlas sin que Renata me reconociera. La idea de compartir a mi mujer me provocaba un nudo de celos y, al mismo tiempo, un morbo que me humedecía sin tocarme.

Renata posó una mano en la cintura de Marisol y ella no la apartó. Se acercó a su oído para decirle algo, y mi mujer rió y siguió hablando como si fueran viejas amigas. Mientras tanto, esa mano había bajado hasta la curva de su cadera, descarada, sin pedir permiso.

Marisol pasó la lengua, despacio, por la punta de los dedos que Renata acercó a su boca. Luego giró la cabeza y me buscó entre la multitud, como pidiendo permiso. Yo le hice un gesto leve, casi imperceptible. Adelante.

Fue todo lo que necesitaba. Marisol acercó su cara a la de Renata, juntaron las narices en un roce tierno, y la mano de la morena ya se aventuraba sin disimulo por el interior de sus muslos. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.

—Parece que le gusta esa madurita —me dijo la camarera, dejándome una cerveza que ni recordaba haber pedido.

—Es muy atractiva —respondí, intentando sonar indiferente.

—Vaya culo tiene. Esta noche se la lleva la del vestido verde, fíjate lo que te digo. —Soltó una risa cómplice y se alejó.

Me quedé perpleja, con la cerveza temblándome un poco en la mano, mientras las veía dejar la barra y caminar hacia la pista.

***

La música era movida al principio, pero pronto pusieron una balada. Renata aprovechó para tomar a Marisol de la cintura y atraerla hacia ella. Bailaban muy juntas, como dos enamoradas que llevaran años juntas. Las manos de Renata bajaron hasta el culo de mi mujer y se quedaron ahí, apretando, mientras sus pechos se rozaban con cada movimiento.

Marisol le rodeó el cuello con los brazos y se miraron fijo, esa clase de mirada que ya no admite vuelta atrás. Yo bebía a sorbos pequeños, incapaz de apartar los ojos. No quería que pararan. Quería ver hasta dónde eran capaces de llegar.

Renata empezó a besarle el cuello, lento, dejando que mi mujer echara la cabeza hacia atrás. Una de sus manos abandonó el baile y se deslizó bajo la falda gris. Se me escapó un gemido que la música tapó por suerte. Insistió en sus labios una y otra vez, hasta que Marisol abrió la boca y dejó que sus lenguas se encontraran. Se besaban hondo, sin prisa, moviendo las caderas una contra la otra en mitad de la pista.

Las dos necesitaban más, era evidente. Al rato se separaron, recogieron sus cosas y salieron del bar. Nuestra casa quedaba cerca, y supe que era allí adonde iban, en el coche rojo de Renata que conocía de la otra noche.

***

Esperé unos minutos, paré un taxi y las seguí. Al llegar reconocí el coche rojo aparcado frente a la puerta. Entré despacio, sin encender luces, y desde el recibidor ya escuchaba los gemidos que venían del dormitorio.

Me acerqué con el corazón golpeándome las costillas. La puerta estaba entreabierta. Por la rendija vi a Renata montada sobre Marisol, frotándose contra ella, las dos desnudas y empapadas de sudor. Empecé a acariciarme por encima de la ropa sin darme cuenta.

—Qué mojada estás —jadeó Renata—. Me encantas.

Marisol abrió más las piernas para que sus sexos se rozaran sin barreras, y un gemido largo le subió desde el pecho. Renata aceleró el balanceo de sus caderas y mi mujer soltó un grito de placer que llenó la habitación. Yo ya tenía la mano dentro de la ropa interior, mordiéndome el labio para no delatarme.

—Así, gime para mí —dijo Renata—. No te calles.

Se tumbaron de costado, frente a frente, y se llevaron los dedos a la boca para humedecerlos. Después se penetraron al mismo tiempo, entrando y saliendo con una sincronía que parecía ensayada. Se besaban entre jadeos, se decían cosas que no alcanzaba a oír, y yo apenas podía sostenerme contra el marco de la puerta.

—No pares —pedía Marisol con la voz rota—. No pares.

Las vi acelerar hasta que las dos se corrieron casi a la vez, abrazadas, temblando. Yo me corrí con ellas, en silencio, sintiendo cómo se me aflojaban las rodillas. Tuve que agarrarme del picaporte para no caer al suelo del pasillo.

***

No terminó ahí. Tras un descanso breve, Marisol se subió encima de Renata, juntó sus pechos, rodaron sobre la cama sin dejar de besarse. Después mi mujer fue hasta el armario y sacó el arnés que guardábamos para nosotras. Se lo ajustó con una naturalidad que me encendió de nuevo, le abrió las piernas a Renata y la penetró despacio, mirándola a los ojos.

—Te deseo desde la primera noche —le dijo Marisol.

—Y yo a ti —respondió la otra, arqueándose.

El ritmo fue subiendo. El cabecero golpeaba contra la pared, los cuerpos chocaban, y Renata pedía más con cada embestida. Se veían reflejadas en el espejo del armario, y supe que esa imagen las excitaba todavía más: contemplarse mientras se daban placer.

—Eres mía esta noche —jadeó Marisol.

—Soy tuya —contestó Renata, clavándole las uñas en la espalda.

Yo había dejado de reprimir mis gemidos, que se mezclaban con los de ellas en aquel cuarto sin aire. Me acariciaba apoyada en la pared, con las piernas temblando, hasta que un nuevo orgasmo me recorrió entera y me dejó sentada en el suelo, mirando cómo seguían, incansables, una sobre la otra.

***

Cuando por fin se calmaron, se acostaron de lado, abrazadas, dándose besos pequeños y lentos. Me retiré sin hacer ruido a la habitación de al lado y me quedé despierta mucho rato, repasando todo lo que había visto.

A la mañana siguiente, Marisol entró en mi cuarto antes de que terminara de despertarme. Me abrazó fuerte, me besó con una ternura nueva y me susurró que había sido una noche preciosa. Le brillaban los ojos. Luego se fue a duchar con Renata, y desde el baño volvieron a escucharse los gemidos, sin pudor, sin culpa.

Yo no sentí celos. Sentí, por primera vez en años, que el deseo había vuelto a casa para quedarse. Cuando salieron de la ducha, radiantes, supe que aquello no era un final, sino el comienzo de algo que íbamos a explorar juntas, sin miedo y sin límites.

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Comentarios (4)

ChicaRosario

Increible!! me quede sin palabras con ese final

CuriosaBA77

Por favor que haya segunda parte! quede con muchas ganas de saber que pasó despues de esa noche

DiegoMa

no sé si envidiar o no al narrador jajaja. situación re intensa, muy bien contado

Romina_BA

Me encanto la perspectiva, eso de mirar desde afuera tiene algo que te mete de lleno en la escena. Sigue escribiendo que tenes talento

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