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Relatos Ardientes

La mujer del club que me hizo dudar de todo

Todavía me pregunto cómo terminé aceptando trabajar en ese lugar. Al menos era solo por un fin de semana. No sé con qué labia me convenció Mara de sustituirla; la muy maldita podría venderle hielo a un esquimal. «El evento del año», me dijo, como si eso lo explicara todo.

—Dale, no te vas a arrepentir —insistió por teléfono—. Vas a estar unas horas sirviendo bebidas y pagan muy bien.

—No sé, Mara. ¿Y si hacen muchas cochinadas?

—Carolina, ¿dónde crees que te voy a meter? Es un evento privado, una exhibición de juguetes para adultos. El ambiente es de lo más profesional, solo piden discreción. Por eso necesito a alguien de confianza, y la única en la que confío eres tú. Porfa, porfa, porfa.

—Está bien —cedí—. Espero no arrepentirme.

—Te debo una —dijo, y casi pude oír su sonrisa—. Te va a gustar, ya verás. Los compañeros son buena gente. Solo ten cuidado con Dani: es la persona más insoportable que vas a conocer en tu vida.

—Naa, por eso no me preocupo. Esa Dani va a caer rendida a mis pies.

El viernes llegué al club Carmesí con los nervios trepándome por la garganta. No estaba tan lleno como imaginaba, unas treinta personas a lo sumo, todas elegantes y sorprendentemente educadas. Mis compañeros me ayudaron a ubicarme, siempre pendientes de si necesitaba algo. Por lo pronto solo asistía en la barra, y aunque todavía no conocía a la famosa Dani, todo marchaba bien.

La velada arrancó con una charla sobre dispositivos de autoplacer que iban a lanzar al mercado. Me sorprendió la variedad. De pronto me sentí casi anticuada: yo apenas tenía un succionador de clítoris y, cuando lo usaba, me creía la más perversa del mundo. Qué ilusa.

Había pasado más o menos una hora y confieso que ya empezaba a excitarme. Explicaban con detalle los usos, las zonas más sensibles a la vibración, hasta cómo respirar mientras te tocabas. Entonces subieron al escenario tres chicas y comenzaron a desnudarse para hacer una demostración de los vibradores.

Dios. Ahí entendí la dinámica y el porqué de la cláusula de confidencialidad. No podía creer la naturalidad con que todos actuaban, como si no hubiera tres mujeres masturbándose completamente desnudas frente a ellos.

—Uf, llegué justo a tiempo para el show —escuché detrás de mí.

La voz me pareció tan grave y segura que me volteé para ver de quién se trataba.

—Eres la nueva, ¿cierto? Soy Dani, mucho gusto.

—Sí, soy yo —respondí, sin estar muy segura de lo que veía.

Resulta que Dani era mujer, y una mujer muy atractiva. No soy lesbiana, pero reconozco perfectamente cuándo otra mujer es guapa. Y no sé si fue la calentura del momento o su estilo poco femenino —el pelo recogido sin un mechón fuera de lugar, el rostro sin una gota de maquillaje, esa mirada que parecía leerte por dentro—, pero por un instante me pregunté qué se sentiría probar sus labios.

—Menos mal que llegaste tú —siguió—, porque a Mara no la soporto. Esa mujer me saca de mis casillas.

—Ja, creo que el sentimiento es recíproco —respondí, tratando de disipar esos pensamientos absurdos.

Nos interrumpieron unos clientes que pedían bebidas. El resto de la tarde me costó concentrarme: entre los gemidos de las chicas, sus rostros enrojecidos de excitación y la presencia de Dani plantada a mi lado, sentía que no podía más.

—¿A cuál de las tres elegirías? —me preguntó, divertida y coqueta.

—¿Yo? A ninguna. No es lo mío.

—Ay, no seas aburrida. Aunque, pensándolo bien, si me dieran a elegir, te elegiría a ti.

—¿Qué dices? —solté, exaltada.

—Lo escuchaste perfectamente, guapa. Te elegiría a ti.

—Pues qué mal, porque soy heterosexual, querida —respondí, intentando disimular los nervios.

No me cabía en la cabeza semejante descaro. Al menos, pensé, ya había dejado claro que conmigo no tendría ninguna oportunidad. Creo.

Solo necesitaba que la noche terminara. Esas pocas horas me parecieron una eternidad de tortura.

***

Ya en mi cama, fue imposible no aliviarme después de todo lo que había visto. Empecé imaginando a mi ex —sí, lo sé, es patético, todavía no lo supero—. Me rompió el corazón hace un par de meses, pero tenía un cuerpo digno de recordar. En mi cabeza me ponía en cuatro y me tomaba una y otra vez, sin tregua. Estaba tan mojada que me faltaba poquísimo para terminar.

Y entonces mi mente me jugó una mala pasada. Ya no era mi ex quien me embestía: era Dani quien me acariciaba, quien me besaba, quien me sujetaba por el cuello jactándose de lo fácil que había caído en sus garras mientras yo le pedía más.

Llegué al orgasmo más potente que recordaba en mucho tiempo, gritando su nombre. Mi cuerpo entero se estremeció y se quedó sin energía. Esto no podía estar pasando. A mí solo me gustan los hombres, a mí solo me gustan los hombres, me repetí una y otra vez hasta quedarme dormida.

***

Segunda noche. Esta vez llegué mentalizada. Sabía qué esperar y tenía que controlarme sí o sí.

El sábado tocaba el turno de los juguetes para hombres, y eran mucho más que las famosas muñecas inflables. Había de todo: masturbadores eléctricos que imitaban una vagina, muñecas de cuerpo completo, otras de la cintura para abajo. La calidad me dejó atónita; por el material, la textura y hasta la función de regular la temperatura, no tenían nada que envidiarle a lo real.

Me emocioné cuando salieron los chicos. Por fin una demostración que iba a disfrutar al cien por cien.

—Entonces, ¿eso es lo que te gusta? —murmuró una voz a mi espalda.

—Sí, Dani, eso es lo que me encanta —respondí, recalcando la última palabra.

—¿Sabes…? —se colocó detrás de mí, pegando su cuerpo al mío—. Yo te puedo hacer lo mismo que estás viendo. De hecho, te lo puedo hacer mejor.

Fui incapaz de responder. Me quedé congelada. El calor de su cuerpo mezclándose con el mío y el recuerdo de lo que había hecho la noche anterior me nublaron por completo la razón.

—¿Ya te dejé sin palabras? ¿Así de fácil eres? Te siento temblar, guapa. Sé que te gusto. No eres tan hetero como dices. Déjame mostrarte lo que te estás perdiendo.

Sus palabras en mi oído, su cuerpo cada vez más cerca hasta que sentí sus pechos presionando mi espalda, sus manos recorriéndome la cintura de arriba abajo. La humedad entre mis piernas se descontroló, mi sexo empezó a palpitar y hasta noté un cosquilleo en los pezones sin que nadie los tocara.

—Tengo que ir a… tengo que irme. Lo siento.

Logré zafarme de sus manos y corrí al baño a echarme agua fría en la cara y a limpiar el desastre que tenía entre las piernas. Esa mujer me estaba volviendo loca, y lo sabía. El resto de la noche la evité por todos los medios y, al terminar la exhibición, me fui sin despedirme de nadie.

***

Por fin domingo, el último día de mi suplicio. Solo quedaba sobrevivir a esa jornada y no volvería a ver a Dani, ni a cuestionarme nada, ni a trabajar jamás en un evento de este tipo.

Esa noche tocaban los juguetes para parejas, incluido el BDSM. Explicaron las reglas básicas de cada práctica, la importancia de la preparación, del consentimiento y de las palabras de seguridad. La idea era dar placer a la otra persona mientras te dabas placer a ti misma.

Cuando llegó la demostración tuve que tragar saliva. Eran dos parejas. En una, él la penetraba mientras un dildo la tomaba por detrás y ella se estimulaba el clítoris con un vibrador, todo a la vez. La otra pareja estaba en una situación parecida, salvo que la chica tenía las manos y los pies atados y los ojos vendados.

Sobra decir el volcán que sentía dentro, listo para entrar en erupción en cualquier momento.

—Mmm, veo que te gusta lo rudo, ¿eh? —dijo Dani, situándose detrás de mí, esta vez sin pegarse como la noche anterior.

—No puede ser, otra vez tú —respondí, fingiendo fastidio.

—Ya me extrañabas. Reconócelo.

—¿Dónde están los chicos?

—¿No los ves? Mirando todo desde primera fila.

—Esto no es justo. Somos las únicas trabajando.

—Mira a tu alrededor, guapa. Todos están absortos. Créeme que a nadie le apetece un trago ahora mismo.

—Buf —resoplé.

—No te desanimes. Esto me da tiempo para conocerte mejor. Me muero por saber qué tan rudo te gusta de verdad.

Empezó a tocarme la cintura otra vez, a deslizar los dedos hacia arriba por todo mi torso, rozando mis pechos cada vez que subía. Una vez más no tuve fuerzas para decir nada; ni siquiera quería huir. No quería que sus caricias se detuvieran. Eran una mezcla de delicadeza y posesión que no sabría explicar.

Sus dedos se colaron bajo mi blusa, buscando contacto directo. Chillé cuando me pellizcó ambos pezones a la vez.

—¿Demasiado para ti, cielo?

Solo negué con la cabeza. La batalla estaba perdida.

Siguió así unos minutos, regalándole a mis pechos distintos tipos de caricias mientras yo trataba de respirar con normalidad y disimular que me estaban dando el manoseo de mi vida en público. Una de sus manos bajó, se metió bajo mi falda y palpó mi sexo sin rodeos.

—Mmm, sí que te mojas. Tengo curiosidad: ¿estás así por lo que ves o por lo que yo te hago sentir?

No respondí. Mi cerebro aún no se conectaba con mi boca.

—Responde. ¡Responde! —exigió, y sin previo aviso me penetró con dos dedos. Los hundió tan profundo como pudo y empezó a entrar y salir frenéticamente.

—Tú… tú… —respondí en un gemido que no logré contener.

—Así me gusta. Obediente.

Sus dedos hacían maravillas; la sensación estaba a años luz de lo que conseguía yo sola. Con una mano me penetraba, con la otra me sujetaba los pechos. Las piernas me empezaron a temblar, mis gemidos ahogados cada vez se escuchaban más, y mi falda y mis bragas estaban en el suelo sin que supiera en qué momento habían caído.

—Vas a venirte para mí, ¿verdad? ¿Recuerdas lo que te dije? Que te lo podía hacer mejor que cualquier hombre.

—Mm, mm —asentí.

Entonces sentí algo considerablemente grueso intentando entrar en mí. Abrí los ojos como platos y solté un grito ahogado; el corazón se me quería salir del pecho.

—Sí, guapa. Vine preparada para darte lo que necesitas.

Palpé al intruso con mis propias manos: era un arnés con un dildo que ya bombeaba una y otra vez en mi interior.

—¿Y sabes cuál es la mejor parte? Que puedes elegir el tamaño, la forma y el color —me dijo sin dejar de embestirme, besándome el cuello y apartándome el pelo hacia un lado.

Aquel vaivén me transportaba a otro mundo. Sus manos no se quedaban quietas: me estimulaban el clítoris, me apretaban los pechos, me sujetaban con fuerza por las caderas. Mis gemidos se confundían con los de las parejas del escenario. Yo me mordía los labios y me aferraba a la barra para no perder el equilibrio. Ya no aguantaba más.

—Ahhh… ahhh… mmm…

—Sí… así, Dani.

—Eso, guapa. Dámelo todo.

Recosté la cabeza en la barra, tratando de recuperar el aliento, cuando sentí una calidez nueva entre las piernas. Me volteé rápido y la encontré arrodillada, lamiéndome, deleitándose conmigo.

—Perdón, cielo. Es que quería hasta la última gota.

Solo sonreí. Se veía tan endemoniadamente sexy en esa posición que todo volvió a encenderse dentro de mí.

Por desgracia tuvimos que separarnos de golpe al escuchar los aplausos, que como siempre marcaban el final de la demostración. Me recompuse como pude y seguí trabajando, fingiendo que nada había pasado, como si no me hubieran dado el mejor revolcón de mi vida.

Al terminar busqué a Dani por todas partes, pero no la vi. No supe nada más de ella. Pregunté a los compañeros y me dijeron que Daniela —así se llamaba— no acostumbraba a dar su número a nadie.

Quedé decepcionada. Quizás malinterpreté todo, quizás para ella fue solo una vez, quizás estaba acostumbrada y no lo había disfrutado como yo. Mil teorías cruzaban mi cabeza y me empujaban a la locura, pero no tenía forma de encontrarla. Así que solo me quedó atesorar el momento que me regaló y rezar para que nuestros caminos volvieran a cruzarse algún día. Me quedé con tantas preguntas y ni una sola respuesta.

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Comentarios (4)

NocturnaAndrea

increible, me tuvo pegada hasta el final.

Valentina_Rb

Segunda parte por favor!!! me quede con ganas de mas

Lula_Noc

Que historia mas linda. Esa tension inicial es lo mejor, cuando todavia no sabes bien que esta pasando.

Sofi_leer

Me recuerda a algo que viví en un viaje hace un par de años. Hay momentos que te hacen replantear cosas. Buen relato.

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