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Relatos Ardientes

La esteticista que me reencontré en el sex shop

Ilustración del relato erótico: La esteticista que me reencontré en el sex shop

Aquella tarde había entrado al sex shop del centro buscando algo de lencería y un par de juguetes nuevos para sorprender a Diego. Era una tienda enorme, de esas a las que ya casi nadie va porque todo se compra por internet, pero a mí me gustaba pasear entre los estantes, tocar las cosas, decidir con calma. Llevaba el cesto medio lleno cuando levanté la vista y la reconocí al instante.

Era Noelia.

Más de diez años sin verla. Ella había sido la esteticista que me hacía la depilación en su centro, y digamos que aquellas sesiones nunca terminaban solo con cera. Después se echó novia, cerró el local y desapareció de mi vida con un simple adiós. Y ahí estaba, frente a la estantería de los consoladores, igual de guapa que entonces.

—No me lo puedo creer —dijo, y se rió con esa risa suya que yo recordaba demasiado bien.

Nos pusimos a hablar como si no hubiera pasado el tiempo. Le conté que andaba probando cosas nuevas, que quería renovar mi colección. Ella me confesó que estaba en lo mismo, que hacía siglos que no se compraba nada.

Empezamos a mirar juntas la sección de los XXL. Yo elegí uno de veinticinco centímetros, porque siempre me han gustado grandes, y a ella se le abrieron los ojos como platos.

—¿En serio te entra eso? —preguntó, entre divertida y curiosa.

—Tengo en casa de mucho más —le dije, bajando un poco la voz.

Saqué el móvil y le enseñé un par de fotos de mi galería, solo de los juguetes, presumiendo de colección. Pero al pasar las imágenes se me escapó una donde no se veía únicamente el consolador, sino el consolador metido en mí. Noelia se quedó muda un segundo y luego soltó:

—Quién fuera tu marido.

—Eso ya lo sabías tú en persona —contesté.

Nos echamos a reír las dos, pero había algo en el aire, esa vieja corriente que nunca se había apagado del todo. Antes de despedirnos intercambiamos los números. Ninguna de las dos dijo nada más, pero las dos sabíamos lo que aquello significaba.

***

Pasaron unos días y, cuando ya casi lo daba por olvidado, me llegó un mensaje suyo. Quería ver los juguetes de verdad. Le dije que viniera esa misma tarde: Diego estaba trabajando, mi hija se había quedado con su abuela y yo tenía la casa para mí sola. Antes de que llegara me depilé con calma, por si acaso. Llamémoslo intuición.

Apareció puntual. Le preparé un café y nos sentamos a ponernos al día. Hablamos de los hijos, de las parejas, de lo cansada que estaba una de la rutina y la otra de su trabajo. Poco a poco la charla se fue desviando, como si tuviera vida propia, hasta aterrizar en aquellas tardes de su antiguo centro de estética.

—Lo pasábamos bien —dijo ella, mirándome por encima de la taza.

—Demasiado bien —respondí.

El ambiente se calentó deprisa. Le conté cuántos juguetes había acumulado en todos esos años y ella insistió en verlos. Fuimos al dormitorio y los saqué todos: más de diez, de todas clases. Vibradores, estimuladores, bolas, consoladores de cada forma y tamaño. A Noelia le brillaban los ojos.

Dos llamaron especialmente su atención. Uno negro, muy realista, que yo había comprado precisamente porque me recordaba a una polla de verdad. Y otro blanco, de treinta centímetros, suave, no demasiado grueso, de un tacto que volvía loca a cualquiera.

—Ojalá pudiera probar alguno —soltó, medio en broma, mientras lo sopesaba en la mano.

—Pues pruébalo —le dije, muy en serio.

Ella se hizo la tímida, dijo que no, que qué vergüenza. Pero yo insistí. Le recordé que entre nosotras nunca había hecho falta fingir nada. Fui a buscar un condón y lubricante, y entonces me detuvo con la mano.

—No hace falta —murmuró—. Soy alérgica al látex. Y lubricante tampoco necesito. Estoy más que lista.

Cogió el consolador negro, sacó la lengua y lo recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada, sin dejar de mirarme. Me dejó sin aire. Saber que ese mismo juguete era el que yo usaba casi a diario y verla ahora paseándolo por su boca me encendió de golpe.

Se lo metió entero, de una sola vez, sin titubear. Yo me quedé impresionada. Tenía que estar tan excitada como yo.

—Déjate llevar —le dije, sentándome en el borde de la cama—. No te cortes.

Empezó a moverlo despacio, con la otra mano se acariciaba el clítoris, los pechos. Sus pechos siempre me habían gustado, un poco más grandes que los míos, con los pezones pequeños y duros. Me miraba con una cara de deseo que pocas veces le había visto a nadie.

Yo no aguanté quieta. Todavía con el tanga puesto, empecé a tocarme por encima de la tela, completamente empapada.

—No me dejes sola —dijo entre jadeos—. Métete el blanco.

Cogí el de treinta centímetros, el suave, y me lo introduje sin más. Tampoco me hacía falta lubricante. Noelia abrió la boca, incrédula, viendo cómo desaparecía dentro de mí.

—No sé cómo te cabe eso —susurró.

Estábamos las dos en el sofá del salón, una frente a la otra, cada una con su juguete, mirándonos. Yo solo pensaba en una cosa: en lanzarme sobre ella. Las ganas que tenía de comerle el coño eran insoportables.

Empezamos a hablar entre suspiros, a decirnos guarradas, a fantasear con que ojalá fuera una polla de verdad, la de alguien que nos follara a las dos a la vez. Cuanto más hablábamos, más subía la temperatura.

—No puedo más —dije al fin.

Me saqué el consolador, me arrojé sobre ella y le comí la boca. Noelia me devolvió el beso con desesperación.

—No sabes las ganas que tenía de que lo hicieras —jadeó contra mis labios.

***

Bajé por su cuello, por sus pechos, mordiéndole los pezones con suavidad mientras ella arqueaba la espalda. Seguí bajando hasta abrirle las piernas. Empecé a comerle el coño y a meterle el consolador negro al mismo tiempo, marcando un ritmo lento que la hacía retorcerse.

—No pares —me pedía, agarrándome del pelo—. Más fuerte. Quiero correrme en tu boca.

No tardó mucho. Se corrió con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, y yo bebí cada gota como si llevara años esperándolo. Pero no tuve suficiente. Saqué el juguete, le metí tres dedos y volví a lamerla, sintiendo cómo se contraía a mi alrededor. Me encanta notar un buen coño cerrándose en mis manos. Se corrió otra vez, ahora del todo, y yo gemí casi tanto como ella.

—Ahora me toca a mí —le dije, tumbándome de espaldas—. Métemelo. Y no lo limpies.

Ella sonrió con una mirada que era pura promesa. Cogió el consolador negro, todavía húmedo, y empezó a metérmelo entero. Yo estaba tan excitada que apenas notaba resistencia. Mientras me embestía con el juguete, bajaba la cabeza y me lamía el clítoris de esa manera en que solo otra mujer sabe hacerlo, esa forma exacta que te lleva directa al cielo.

—Dime cosas —le supliqué—. Dímelas todas.

Y me las dijo. Me dijo lo mucho que me gustaban grandes, lo guarra que era, que iba a sentarse sobre mi boca para que me tragara todo lo suyo. No aguanté más. Me corrí con un grito que seguramente se oyó hasta en la calle, con su lengua todavía clavada en mi clítoris.

—Hagamos un sesenta y nueve —propuso, lamiéndose los labios—. Quiero comerte hasta que te corras dos veces más.

Nos colocamos, yo debajo, sintiendo el peso de sus pechos contra los míos. Le llegué a meter cuatro dedos, de lo dilatada que estaba, mientras ella me devoraba sin tregua. Estuvimos así un buen rato, perdiendo la cuenta de las veces que llegamos al borde y volvíamos a caer.

En medio del frenesí, se le escapó una frase que después no quiso repetir. Algo sobre lo que daría por sentir a mi marido en esa misma postura. Yo no contesté, seguí con la boca entre sus piernas, pero por dentro me encendí todavía más.

***

Cuando ya no nos quedaban fuerzas, le propuse hacer la tijera. Quería sentir su coño contra el mío, sin nada de por medio. Pero entonces se me ocurrió algo mejor: tenía por ahí un consolador doble. Lo colocamos entre las dos, cada extremo en cada una, y empezamos a movernos.

El juguete casi ni se veía, de lo pegadas que estábamos. Nos rozábamos una contra la otra, los clítoris encontrándose en cada empujón, y os juro que esa sensación no la da ninguna polla del mundo, ni de carne ni de plástico. Era otra cosa. Era piel, era confianza, era todo aquello que llevábamos diez años sin decirnos.

Íbamos a seguir, podríamos haber pasado allí la tarde entera, pero ella miró el reloj y maldijo entre dientes: tenía que ir a recoger al niño. Nos vestimos a toda prisa, riéndonos como dos adolescentes que acaban de hacer una travesura.

—Esto no se queda así —dijo en la puerta, recolocándose el pelo.

—Claro que no —respondí—. La próxima en tu casa. Quiero ver tus juguetes.

Me dio un último beso, largo, de los que dejan ganas de más, y se marchó. Pero esa ya es otra historia.

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Comentarios (4)

Coqueta_Sur

increible relato!! quede enganchada desde el primer parrafo, no podia parar de leer

Daniela22

Necesito la segunda parte ya!! jajaja termino justo cuando queria saber mas

FlorLect

Me encantó cómo empieza, ese detalle del reencuentro es muy original. Sigue asi!

Luci_Bs

Me hizo recordar un reencuentro que tuve con una chica que no veia hace años... las casualidades de la vida jaja

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