La madre de mi mejor amiga me esperaba en la cocina
Esto pasó hace unos años, cuando Mariana y yo todavía estudiábamos en Valladolid. La conocí en primero de carrera. Nuestros padres alquilaron juntos un piso de dos habitaciones cerca del campus, una buhardilla pequeña pero cómoda, y allí pasamos cinco años conviviendo casi como hermanas. Casi, porque hermanas no éramos, y porque desde el primer día yo le confesé que era lesbiana.
—¿Te crees que no me había dado cuenta? —me dijo ella riéndose—. Me miras las tetas a todas horas.
Era verdad. Mariana tenía un pecho enorme, la cara llena de pecas, el pelo castaño claro y un culo redondo que cualquier minifalda convertía en un arma de guerra. Le gustaban los hombres, pero le encantaba saberse mirada. Yo, que soy morena, bajita, de buen pecho y un culazo que es lo que más me gusta de mi cuerpo, viví aquella convivencia consumida. Pasaba horas espiándola por la cerradura del baño cuando se duchaba, me masturbaba con su ropa interior cuando ella no estaba, y aceptaba mi papel de amiga sin tocarla.
Eso cambió una noche de primavera, casi al final de la carrera. Llegamos a casa cansadas, me puse mi tanga de siempre y, al dejarme caer en el sofá, vi reflejada en la televisión apagada la silueta de Mariana detrás de mí, casi desnuda, con un tanga púrpura nuevo y nada más.
—Quería tener un detalle contigo —me dijo, y me pidió que cortara la tela del tanga con unas tijeras.
Cuando lo hice, asomó por entre sus piernas el extremo grueso de un vibrador. Aquella noche follamos como dos animales sobre el sofá. Más tarde, abrazadas en la cama, ella me prometió otro regalo, uno mucho más grande, que no le iba a costar ni un euro y que me iba a encantar.
—No tienes ni idea de lo que es —me susurró—. Pero te va a hacer muy feliz.
***
El regalo llegó aquel verano. Mariana me invitó a pasar julio entero en la casa de veraneo de su familia, un caserón de tres plantas a un kilómetro de un pueblo pequeño en la costa cántabra. Sus padres la habían adoptado de niña; su padre estaba de viaje de negocios por Sudamérica, y en la casa nos esperaba sola su madre, Helena.
—Te va a encantar —me decía Mariana durante las seis horas de coche—. Ella también tiene muchísimas ganas de conocerte.
Yo había hablado mil veces con Helena por teléfono, pero nunca habíamos coincidido en persona. Cuando bajé del coche al final del camino de grava, ella nos esperaba a medio trayecto del portal, y no me lo creí. Helena tenía cuarenta y seis años, casi un metro ochenta, el pelo castaño recogido en una trenza, los ojos marrones y una piel ya morena de quince días de mar. Llevaba un vestido blanco con franjas azules, ajustado, sin sujetador, con dos aberturas laterales que dejaban ver sus caderas y un escote que parecía a punto de estallar. Mariana corrió a abrazarla. Después vino ella hacia mí, me besó las mejillas, me apretó contra su cuello y me llegó el olor de un perfume que no había olido en mi vida y que, desde aquel instante, fue mi favorito.
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que ella lo oía. Subimos el equipaje hasta la tercera planta y Helena me cedió el paso para que la siguiera escaleras arriba. Delante de mis ojos, a centímetros de mi cara, iba el culo más impresionante que había visto en mi vida. Redondo, mullido, las nalgas moviéndose como flanes bajo aquel vestido tan fino que, al cruzar el descansillo, el sol del atardecer lo atravesó y me dejó ver cada milímetro de sus caderas y aquellos muslos firmes, sin un gramo de celulitis. Llegué arriba mareada y solté alguna tontería para que no se notara el estado en el que estaba. Cuando levanté la vista crucé la mirada con Mariana, y su sonrisa pícara me dijo lo de siempre: a mí no me engañas.
***
Los días siguientes fueron una tortura dulce. Helena nos trataba con una mezcla de madre y amiga, bromeando, sirviéndonos vino en la cena, paseándose por la casa en bata corta o con vestidos de tela tan fina que sólo podían existir en mi imaginación. Cada mañana yo bajaba antes que Mariana para encontrarla sola en la cocina, abrazarla y recibir el beso en la mejilla que, poco a poco, fue subiendo hacia la comisura de los labios. Cada tarde subíamos las tres a la azotea, tomábamos el sol en una calma absoluta y yo me escapaba al baño con cualquier excusa para correrme deprisa con la imagen reciente de aquella mujer.
Me dio por hacer la colada todos los días. Mientras tendía la ropa, Helena venía a ayudarme porque el tendedero quedaba alto para mi estatura, y al levantar los brazos su camisón se le pegaba al cuerpo a contraluz. Después yo me llevaba sus tangas a mi habitación y los olía, los lamía, me los metía en la boca. Una noche cogí del baño el que se acababa de quitar y me lo guardé hasta la mañana siguiente. Me lo puse por dentro del coño y se lo devolví al cesto sin que se enterara.
Una tarde Mariana me convenció para que les hiciera una sesión de fotos con la cámara digital que acababa de comprarme. Posó desnuda primero, con la espalda en la pared y aquellos pechos enormes en las manos. Después me obligó a posar a mí. Y cuando Helena apareció en la azotea y nos descubrió, también accedió, primero con una túnica de gasa y después, animada por su hija, completamente desnuda sobre una toalla blanca. Yo le pedí permiso para untarle aceite en la espalda y me pasé veinte minutos amasando aquel culazo, controlándome para no perder la cabeza, mientras Mariana se reía y me miraba con la sonrisa de quien lo tiene todo planeado.
Aquella noche, después de cenar, vimos las fotos en el televisor del salón. Helena me apretaba contra ella debajo de la manta. Cuando Mariana subió a su habitación con mi portátil y cerró la puerta, supe que mi amiga me había dejado un hueco a propósito y no tuve valor para aprovecharlo. Subí derrotada y, ya en la cama, oí cómo Helena seguía despierta abajo. Bajé descalza, me asomé desde la puerta del salón y la vi. Estaba sola en el sofá, desnudándose poco a poco con la mirada fija en mis fotos. Se sacó un pecho, después el otro, se los llevó a la boca con esa facilidad que da tenerlos enormes, y por fin metió la mano debajo de la manta. Tardó casi una hora. Yo me toqué en silencio detrás de la puerta y, justo cuando aparecieron mis fotos en pantalla, ella se corrió en un grito mudo que resonó en el silencio de la casa.
***
El día siguiente amaneció con tormenta. Cuando me desperté ya era casi mediodía. Bajé en bata, helada de frío, y encontré a Helena sola en la cocina, vestida con una falda corta y una chaqueta blanca con un sujetador rosa debajo. Mariana se había marchado al pueblo a primera hora.
—No te preocupes, cariño —me dijo Helena mientras me servía café—. Mariana no va a volver hasta mañana. La conozco.
Algo en su voz me dijo que no estaba improvisando. Pusimos en marcha la vieja caldera y subimos a su habitación a buscarme algo de ropa de abrigo. Volvimos a la cocina y, mientras ella batía huevos para preparar la comida, me pidió con la voz más suave del mundo que me acercara y le subiera los pantis. No había nada que subir. Le levanté la falda, le abracé las caderas desde atrás, le besé la espalda y le metí la mano por debajo de la chaqueta. Ella no me apartó.
—Tranquila, Clara —me susurró—. No tengas prisa. Hoy tenemos toda la tarde.
Se giró y nuestras lenguas se anudaron. La besé como llevaba semanas queriendo besarla, me la comí entera, le abrí la chaqueta y le hundí la cara entre los pechos. Acabamos en la bañera de su habitación con una botella de vino blanco, desnudas las dos, y allí fue donde me lo contó.
—Hace casi un año que me masturbo pensando en ti —me confesó, con las mejillas ya rojas por el agua caliente—. Mariana me hablaba de ti cada vez que nos veíamos, me describía tu pelo, tu culo, cómo te depilabas el coño. Una noche no aguanté más. Desde entonces eres el centro de todas mis fantasías.
—¿Y lo de hoy? ¿Lo sabías?
—Esta mañana, antes de irse, Mariana me ha dicho que tú eras su regalo.
No me sorprendió. Yo también recordaba la promesa que mi amiga me había hecho aquella noche en el sofá de Valladolid, pero no se lo dije a Helena. Me senté sobre sus muslos en la bañera, le agarré una teta con las dos manos y la llevé a su propia boca para que se la chupara, mientras yo me ocupaba de la otra. Después le aparté las piernas debajo del agua y le toqué por primera vez aquella vulva carnosa, perfectamente depilada, que durante semanas había imaginado a oscuras. Me dijo, casi avergonzada, que nunca se había acostado con una mujer. Iba a tener que ser yo su maestra.
***
Salimos del agua sin secarnos del todo, nos lanzamos sobre la cama y la besé hasta perder el aliento. Helena tenía la paciencia de quien lleva años haciéndose el amor sola. No quería ir rápido, no me dejaba ir rápido. Me apartó las manos cuando intenté tocarme y empezó a comerme el coño con una delicadeza que no esperaba de alguien que nunca había probado a otra mujer. Su lengua me entraba lentamente, sus dedos me sujetaban las caderas para que no me adelantara. Cuando creí que iba a perder la cabeza me hizo darme la vuelta y me lamió la espalda hasta llegar a las nalgas.
Yo le devolví el favor como pude. Le abrí los labios con los dedos, hundí la cara en aquel manjar que durante tres semanas había olido en su ropa sucia y la lamí hasta que me pidió parar. Se disculpó con una educación que me hizo reír.
—Clara, cariño, perdona, pero me estoy meando.
—Méate —le dije, y le sujeté los muslos contra mi cara.
El chorro caliente me empapó las mejillas y se le derramó por dentro hasta las nalgas. Helena se volvió loca. Acabamos en un sesenta y nueve sobre la cama, ella debajo y yo encima, y las dos nos corrimos casi a la vez, abrazadas, riéndonos como dos adolescentes que descubren un secreto.
***
Cenamos casi de madrugada, desnudas en el salón, bebiendo vino y hablando de todo lo que no habíamos podido hablar en aquellas semanas. Helena me contó que su matrimonio hacía años que era sólo un pacto, que dormían en habitaciones separadas, que sus únicas fuentes de placer eran sus dedos y su imaginación. Después me confesó que Mariana, antes de marcharse al pueblo, le había dejado una caja en la caja fuerte de la habitación con una sola condición: no abrirla hasta esa noche.
Subimos juntas a por ella. Dentro encontramos dos paquetes. El mío era un conjunto de lencería blanca —tanga, medias y un camisón de gasa transparente— con una nota que decía «el blanco te sienta muy bien». El de Helena era un arnés con un consolador, con su nombre escrito en una etiqueta dorada.
—Esta hija mía lo tenía todo planeado desde el primer día —me dijo Helena, con una mezcla de pudor y admiración.
Yo me puse la lencería, ella se ajustó el arnés con la torpeza de una principiante y, aquella madrugada, mi diosa terminó de aprender a hacer el amor con una mujer. Me la metió primero por delante, despacio, mirándome a los ojos. Después me dio la vuelta y me la metió hasta el fondo mientras me besaba la nuca. Fui yo la que se corrió primero, gritando, y ella la que se derrumbó después sobre mi espalda, jadeando, sin fuerzas siquiera para sacarla.
***
Mariana volvió al día siguiente, ya muy tarde, y nos encontró durmiendo abrazadas en la cama de su madre. Se sentó al pie del colchón y nos miró un buen rato sin decir nada, con aquella sonrisa pícara que yo conocía tan bien. Después se inclinó, me dio un beso largo en la boca y se acostó al otro lado de Helena, como si llevara toda la vida durmiendo así. Nunca le pregunté cómo había sabido que aquello funcionaría. Tampoco era necesario. Mariana siempre supo antes que yo lo que me iba a hacer feliz, y aquel verano, en aquella casa frente al mar, me regaló la mejor versión de mí misma.