La madura que me citó en el hotel ocultaba su cara
Era un enigma con nombre falso. Habíamos hablado durante semanas por una app, primero con cautela y después sin ningún freno. Me había mandado fotos de su cuerpo, todas menos una de su cara, como si guardar el rostro fuera la única forma de seguir siendo intocable. Me confesó que me deseaba y que era una madura de verdad, de esas que saben lo que quieren. Tenía cuarenta y cinco años. Mi madre tiene cuarenta y nueve, y esa coincidencia me daba vueltas en la cabeza mientras la esperaba en la puerta del hotel.
Solté el humo del cigarrillo despacio y entonces la vi. La reconocí enseguida, aunque nunca le hubiera visto la cara. Caminaba como si la acera le perteneciera: tacones altos, melena suelta y rebelde, un porte que no se aprende. Sonrió al acercarse.
—¿Vera? —preguntó.
—¿Cora? —contesté antes de que mis labios rozaran su mejilla y los suyos la mía. Un solo beso. Sabía que en Argentina se saluda con uno, no con dos.
Nos miramos unos segundos, sin disimular que nos estábamos midiendo de arriba abajo. Después rompí el momento. Le di una última calada larga al cigarrillo, lo tiré al suelo y lo aplasté con la bota.
—¿Entramos? —dije, señalando con la cabeza la cafetería del hotel donde habíamos quedado.
Cualquiera que nos viera juntas habría hecho cuentas raras. Ella, una mujer madura vestida para un evento de gente importante. Yo, una pendeja que no llegaba ni al listón de lo informal. Cora llevaba un vestido negro que le marcaba cada curva, un collar de perlas y unos pendientes que se notaba que costaban más de lo que yo gastaba en un mes. Yo iba con unos vaqueros rotos hasta decir basta, botas negras de estilo militar y una sudadera bajo la que solo llevaba un sujetador deportivo.
Nos sentamos en una mesa, una frente a la otra. Rompí el hielo, como suele decirse.
—¿Nerviosa?
—¿Se nota mucho? —sonrieron unos labios carnosos. Se removió un poco en la silla.
—Solo soy yo… —respondí, devolviéndole la sonrisa.
El camarero vino a tomar nota. Ella pidió un vino cuyo nombre no entendí, yo una cerveza.
—De eso se trata, justamente —dijo Cora, bajando un poco la mirada—. Todavía no sé qué hago acá.
—Supongo que estás aquí por lo mismo que yo, ¿no?
Llegó la bebida y Cora tomó la copa de vino. Le temblaba la mano.
—Estás espectacular —le dije, mirando el escote generoso que una cadena de oro dividía en dos—. Y no digas que yo también, porque no es verdad. No mientas.
La hice reír, y al reír se aflojó. Su mirada en ese momento no podría describirla de otra manera que como un hambre lenta: los ojos entrecerrados, los dientes jugando con el labio de abajo. La conversación empezó a correr sola. Me encantaba su acento porteño, y a ella parecía gustarle el mío. Las palabras y el alcohol nos fueron acercando, poniendo las condiciones para que la cosa terminara arriba, en la habitación que ella había reservado.
—¿Rompo la magia del momento? Voy al baño… —dije, sin poder aguantar más. Me incliné hacia ella, y la calidez de mi aliento se mezcló con el susurro en su oído, tan cerca que la olí entera—. No te me escapes…
Mi mano se apoyó en la licra negra de su muslo y amagué un beso justo cuando ella giró la cara.
—Vos tampoco —respondió, con tono pícaro.
Cuando salí del baño la observé desde lejos. Estaba de espaldas a mí. Me acerqué sin que me oyera y, en vez de sentarme enfrente, ocupé la silla que quedaba en ángulo recto con la suya.
—No te escapaste… —mi mano volvió a su muslo. Un muslo firme, lleno. Sin dejar de mirarla a los ojos, fui abriéndome paso bajo la falda del vestido—. Vaya… medias con liguero. ¿Qué te pasa?
—Que si seguís así puede pasar cualquier cosa… —susurró.
—¿Como qué? —mi descaro ya no tenía freno. Pasé el borde de encaje de sus medias y mis dedos tocaron su piel cálida—. ¿Qué pasaría?
—Vera… —sus labios buscaron los míos, pero me aparté un poco. Se estremeció cuando mis dedos alcanzaron la tela de sus bragas.
Encaje. Suavidad. Moví los dedos arriba y abajo. Nuestras bocas empezaron a coquetear a milímetros, mientras los ojos hacían el resto.
—Me estás volviendo loca… —murmuró ella.
Permití el primer beso. Fue casi un roce, un piquito, pero cuando nuestros labios volvieron a encontrarse la cosa cambió de intensidad.
—¿Ya te estás mojando? —susurré mientras retomaba el beso. Mis dedos comprobaron su deseo, traducido en humedad—. Y esto recién empieza… ¿cómo vas a terminar?
Me tragué un gemido suyo dentro del beso. Mi lengua buscó la suya, o la suya la mía, ya no sé. Noté que nos observaban desde la mesa de al lado.
—¿Algún problema? —le solté al hombre con pinta de nórdico que nos comía con los ojos. En realidad me daba igual si lo tenía. Rodeé el cuello de Cora con un brazo y la sentí enrojecer.
—Esperá, Vera…
—¿Qué?
—Pago la cuenta y subimos —dijo, haciéndole un gesto al camarero, que no tardó en acercarse con una sonrisa cómplice. Estaba claro que nos había visto.
***
Después de pagar, Cora se excusó para ir al baño. Y cuando se dio la vuelta, decidí portarme mal.
La seguí. Entré en los baños y la encontré frente al espejo, arreglándose el pelo.
—¿No estabas perfecta ya? —pregunté desde la puerta, y la hice dar un respingo.
—Vos dirás…
Me acerqué y la tomé por la cintura. Mis manos subieron por el vestido hasta sus pechos. La oí gemir bajito, la respiración ya entrecortada. Sus mechones me rozaron la cara. Entonces le levanté la falda y le palpé las nalgas.
—Tenía la duda… de si serías de braguita o de tanga.
—Tanga… Dios… no me hagás esto… sos una loquita, Vera.
Mi mano se deslizó sin pudor entre sus piernas. La acaricié, la exploré, sin ninguna compasión. Le arranqué un gemido. Se giró, nos besamos otra vez y nuestras manos se buscaron con urgencia.
Ni el ruido de la puerta del baño al abrirse nos detuvo. Pero sí la voz amarga que nos cortó el aliento.
—Eh, váyanse a una habitación, ¿no les da vergüenza?
Cora se acomodó el vestido. Me tomó de la mano y tiró de mí hacia la salida. Caminamos en silencio, con el deseo ardiéndonos por debajo de la piel.
Antes de subir me miró de reojo, con las mejillas todavía encendidas, y murmuró:
—Subamos ya… antes de que me arrepienta. O antes de morirme de ganas.
—Sos una atrevida tremenda, Vera —rió Cora en el ascensor y se echó sobre mí para besarme—. Me tenés recaliente, pendeja…
Un hilo de saliva mantuvo nuestras bocas unidas un instante cuando nos separamos. Su perfume me envolvía, su cuerpo pegado al mío echaba un calor insoportable. Era deseo puro, sin filtros y sin vergüenza.
La campanilla del ascensor nos sacó del trance. La puerta se abrió y, del otro lado, una pareja nos miró sorprendida. Nosotras ni titubeamos. Pasamos por delante sin esconder la prisa que nos devoraba. Que miraran. Que se imaginaran lo que quisieran.
Pero Cora no iba a ser la que llevara el control.
La sujeté de la muñeca con firmeza y la guié por el pasillo enmoquetado, sintiendo cómo se le aceleraba la respiración, cómo su cuerpo se tensaba bajo mi mano. Le encantaba y la asustaba en la misma medida.
—Vamos, abrí… —murmuró, pero ya no era la voz de una mujer segura. Sonaba como alguien que pedía permiso, como alguien que sabía que su placer dependía de mí.
Sonreí y, en lugar de obedecer, la acorralé contra la puerta. Mis manos viajaron lentas, calculadas, recorriéndola entera mientras mis labios le rozaban la oreja.
—¿Quién te dijo que tenías derecho a apurarme? —susurré, disfrutando de la forma en que temblaba contra mí.
Saqué la tarjeta con calma y la pasé por el lector. La luz verde parpadeó. Empujé la puerta y la hice entrar.
—No, Cora… —dije con una sonrisa torcida, cerrando detrás de nosotras—. Acá la que decide cuándo y cómo soy yo.
***
En ese momento empezaba el asalto.
La besé antes de que pudiera decir nada. Su cuerpo cedió bajo el mío, y con cada paso hacia la cama íbamos deshaciéndonos de cualquier distancia. Sentí su necesidad en la forma en que se aferraba a mi sudadera, en cómo inclinaba el cuello para recibirme.
Caímos sobre el colchón con ella debajo, justo donde la quería. Me acomodé sobre su cuerpo y dejé que mi peso la hiciera sentirse atrapada. No tenía escapatoria, y tampoco la buscaba.
—Me gusta cómo hueles… —susurré contra su piel, bajando los labios por su cuello. Perfume caro, deseo guardado, piel encendida.
La mordí suave, apenas un roce de dientes en la clavícula, lo justo para hacerla suspirar, para que quisiera más.
—Vera…
Su voz ya no era firme. Era una súplica, y yo disfrutaba alargando lo que ella ansiaba. Me deslicé sobre el vestido negro hasta quedar arrodillada entre sus piernas. Le subí la tela despacio, dejando al descubierto la ropa interior empapada. Una mancha oscura marcaba el tejido pegado a su sexo. Su deseo me fascinó.
—¿Qué tienes aquí…? —murmuré, mientras empezaba a bajarle la prenda por las caderas. Su sexo quedó desnudo, húmedo, expuesto. La miré respirar entrecortado. Pasé un dedo por sus pliegues y luego me lo llevé a la boca.
—¿Así sabe una madura argentina con ganas? —pregunté, lamiéndome los labios despacio, disfrutando del sabor y de su reacción.
Ella abrió más las piernas y levantó un poco la pelvis, como una ofrenda. Me estaba rogando sin palabras. Sonreí, y mis dedos volvieron a recorrerla, acariciándola con la punta, recogiendo más de su humedad antes de saborearla de nuevo.
Me quité la sudadera de un tirón y quedé en sujetador. Cora me miró con una mezcla de lujuria y curiosidad, y dejé los pechos al aire al soltarme la prenda.
—Mis tetas son pequeñas —comenté, casi divertida, mientras me inclinaba a besarle la cara interna de los muslos. Su olor me invadía. Calor, deseo, locura contenida. Y una ansiedad que me ardía por dentro.
—Nena… vení… comémela… —susurró con la voz rota.
Mis labios se fundieron con su sexo. Ella gimió, arqueando la espalda al sentir mi lengua recorrerla sin prisa, como si la dibujara con fuego. La crucé entera, del clítoris hacia abajo y de vuelta. La miré desde ahí, con la boca brillante de su sabor, sintiéndome poderosa y deseada.
—¿Esto era lo que querías? —pregunté entre risas suaves—. Decías que eras «inalcanzable»… ¿lo eres? Yo creo que te tengo bastante alcanzada.
—Pendeja tonta… —rió entre jadeos—. Ya sabés lo que quería decir… Ahora sacate los vaqueros.
Me levanté, me quité las botas y, de pie sobre la cama, me bajé los vaqueros junto con las bragas. Hice un ovillo con ellos en los pies y los lancé a un lado. La miré con descaro y avancé hacia ella. Me planté sobre su cuerpo, una pierna a cada lado de su cabeza.
—Ahora tú, Cora… —dije, sujetándole la cara entre mis muslos—. Ahora comes tú.
Y mientras su boca y su nariz se hundían en mí, gemí, sintiendo cómo me abría, cómo me bebía. En ese instante no era más que una boca rendida a mi placer, y yo una mujer caliente que no podía ni quería contenerse.
Mi orgasmo fue ruidoso. Grité. Temblé. Me deshice sobre su boca, donde vacié todo lo que llevaba dentro. Tardé unos segundos en recuperar el aliento y me dejé caer a un costado de la cama.
Cora se incorporó y se quitó el vestido y el sujetador de seda y encaje que llevaba, dejando ver unos pechos generosos, con unos pezones gruesos que me dieron ganas de morderlos. Me miró erguida sobre las rodillas y se acercó a besarme.
—Así sabe el coño de una pendeja de Albacete —reí al notar mis fluidos en su boca.
—Y sabe a gloria —sus manos acariciaron mis pechos, y mis pezones se pusieron duros. Su boca los tomó, primero uno y luego el otro, antes de volver a la mía—. Nena… te deseo…
Nos acomodamos enredando las piernas. Nuestros sexos empapados se buscaron y el movimiento de las pelvis nos fue alimentando de gemidos y jadeos. La fricción se volvió pegajosa, deliciosa, y la intensidad fue subiendo sola.
Cora soltó un gemido lleno de ansiedad. Quería correrse, estaba ardiendo, y yo empujé más fuerte contra ella hasta que explotó. Unas palabras que no entendí se le escaparon entre los labios cuando llegó al final. Sentí cómo se deshacía contra mi pelvis, caliente y líquida, y la acompañé buscando mi segundo orgasmo en el mismo vaivén.
Después de aquella tormenta nos metimos bajo las sábanas. Nos abrazamos, sonreímos y, piel con piel, nos miramos saciadas. Por lo menos durante un rato, porque algo me decía que la noche apenas empezaba y que esta vez sería ella la que pediría más.