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Relatos Ardientes

La mujer mayor que me esperaba en su departamento

La conocí un martes cualquiera, en ese bar pequeño de la calle Almagro al que entré solo para huir de la lluvia. Yo tenía veintitrés años, una carrera a medio terminar y la costumbre de mirar demasiado a las mujeres que me sacaban diez o quince años. Ella estaba al final de la barra, sola, con una copa de vino tinto entre los dedos y los ojos puestos en mí desde antes de que me sentara.

No me dijo su nombre. Esa fue la primera regla que entendí sin que nadie la pronunciara: ahí no se trataba de nombres. Se trataba de cómo me miraba.

—Estás empapada —dijo, y deslizó una servilleta por la barra hasta dejarla frente a mí.

—Empezó a llover de golpe —respondí, y noté que mi voz salía más débil de lo que pretendía.

Sonrió de un modo que no era amable. Era una sonrisa que sabía cosas. Tenía el pelo oscuro recogido con descuido, unas líneas finas alrededor de los ojos y un perfume que se quedó conmigo el resto de la noche. Cuando giró el cuerpo hacia mí, su rodilla rozó la mía y no la apartó.

—¿Vives cerca? —preguntó.

—A unas calles.

—Yo también. —Bebió un sorbo sin dejar de mirarme—. Pero mi departamento es más cálido que el tuyo, te lo aseguro.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Y lo peor es que yo también lo sabía, y aun así dejé que pidiera la cuenta por las dos.

***

El edificio era antiguo, de esos con ascensor de reja que cruje al subir. Mientras esperábamos, ella se apoyó en la pared del fondo y me observó de arriba abajo, sin prisa, como si calculara cuánto tardaría en tenerme donde quería. No dije nada. El silencio entre nosotras pesaba más que cualquier conversación.

Su departamento olía a madera y a ese mismo perfume. Encendió solo una lámpara de pie en el rincón, y la mitad de la sala quedó en penumbra. Dejé mi bolso en una silla. Cuando me di la vuelta, ella ya estaba a un paso de distancia.

—¿Estás nerviosa? —preguntó.

—Un poco.

—Bien. —Me apartó un mechón mojado de la cara—. Las que vienen demasiado seguras no me interesan.

Me besó antes de que pudiera responder. No fue un beso suave de tanteo: fue directo, profundo, con una mano cerrándose detrás de mi nuca para que no me alejara. Sentí el sabor del vino en su lengua y un calor que me subió desde el estómago. Cuando por fin me soltó, yo respiraba con la boca abierta.

Caminó hacia mí, y yo retrocedí sin pensarlo hasta que mi espalda chocó contra la pared fría. Ella apoyó las dos manos a los lados de mi cabeza, encerrándome, y bajó la boca hasta mi cuello. Sus labios recorrieron la línea de mi mandíbula, mi garganta, el hueco de la clavícula. Cada beso era lento y deliberado, y yo sentía cómo se me erizaba la piel a su paso.

—Tiemblas —murmuró contra mi oído.

—No puedo evitarlo.

—No quiero que lo evites.

Una de sus manos abandonó la pared y bajó por mi costado, despacio, hasta encontrar el borde de mi camiseta húmeda. La levantó apenas, lo justo para que sus dedos rozaran la piel desnuda de mi vientre. Contuve el aire. Ella sonrió contra mi cuello al sentirlo.

—Mírate —dijo—. Llevas toda la noche esperando esto.

No lo negué. No habría podido.

***

Me llevó hasta el dormitorio sin dejar de besarme, guiándome con las manos en mis caderas, en pasos torpes que ninguna de las dos quería detener. La cama era grande y baja, con sábanas oscuras. Me sentó en el borde y se quedó de pie frente a mí, observándome mientras me quitaba la camiseta empapada por encima de la cabeza.

—Quédate quieta —ordenó—. Quiero mirarte primero.

Lo hice. Dejé que sus ojos me recorrieran enteros, sentada ahí en ropa interior, con el pelo goteando todavía sobre los hombros. Había algo en ser observada de ese modo que me hacía sentir expuesta y deseada al mismo tiempo. Cuando se inclinó por fin, lo hizo para empujarme con suavidad contra el colchón.

Se acomodó sobre mí, todavía vestida, y el contraste de la tela de su blusa contra mi piel desnuda me hizo arquear la espalda. Besó el centro de mi pecho, la curva de un seno, y cuando su boca se cerró sobre mi pezón solté un gemido que ni siquiera intenté tragarme. Lo lamió, lo mordió apenas, y mis dedos se hundieron en su pelo oscuro.

—Eso es —dijo levantando la cabeza—. No te calles. Quiero escucharte.

Su mano descendió por mi cuerpo mientras su boca seguía ocupada. Sentí cómo sus dedos se deslizaban bajo el elástico de mi ropa interior, sin prisa, separándome, encontrando lo mojada que estaba por ella. Un gemido más largo se me escapó cuando empezó a moverlos.

—Estás lista para mí —susurró sobre mi oído—. Lo estuviste desde el bar.

—Por favor —murmuré, y no sabía siquiera qué estaba pidiendo.

—Por favor, ¿qué?

—Sigue.

Sus dedos trazaron círculos lentos, y luego más firmes, hasta que se me clavaron las uñas en sus hombros. Yo movía las caderas buscando más, y ella me lo daba a su ritmo, no al mío. Cada vez que estaba a punto de perderme, reducía la velocidad y me dejaba colgada al borde, respirando entre risas suaves.

—No tan rápido —dijo—. La noche es larga.

***

Cuando ya no aguantaba más, se apartó de golpe, y me quejé como una niña a la que le quitan algo. Ella se rió por lo bajo, se incorporó de rodillas en la cama y empezó a desabotonarse la blusa sin apuro, disfrutando de cómo la miraba yo.

—¿Querías esto? —preguntó dejando caer la prenda al suelo.

—Sí.

—Dilo bien.

—Te quiero a ti —dije, y sentí que las mejillas me ardían al escucharme.

Terminó de desnudarse despacio, y cuando volvió a tenderse sobre mí, piel contra piel, el calor de su cuerpo me hizo cerrar los ojos. Era suave donde yo esperaba dureza, firme donde no lo esperaba. Me besó otra vez, profundo, y luego empezó a bajar.

Recorrió mi vientre con la boca, dejó un rastro húmedo en el interior de mi muslo, y cuando finalmente acomodó la cabeza entre mis piernas creí que iba a desarmarme antes de tiempo. La primera pasada de su lengua me arrancó un grito que apagué con el dorso de la mano. Ella me sujetó las caderas para que no me apartara y siguió, con una paciencia que rozaba la crueldad.

—Quita la mano —ordenó levantando un segundo la vista—. Quiero oírte gritar.

Le obedecí. Le obedecía todo. Sus labios y su lengua trabajaban un ritmo que me tenía retorciéndome contra las sábanas oscuras, y mis gemidos llenaban la habitación sin que me importara ya quién pudiera escucharlos al otro lado de las paredes. Hundí los dedos en su pelo, no para guiarla, sino para sostenerme de algo.

—No pares —supliqué—. Por favor, no pares.

Esta vez no lo hizo. Mantuvo el ritmo firme, constante, sumando dos dedos a lo que ya hacía su boca, y sentí cómo todo dentro de mí se tensaba como una cuerda a punto de romperse. Cuando por fin me dejó caer, lo hice con el cuerpo entero, con la espalda arqueada y un sonido que no reconocí como mío. Ella no se detuvo hasta que terminé de temblar.

***

Después me dejó respirar. Subió de nuevo, se tendió a mi lado y me apartó el pelo de la cara con una ternura que no había mostrado hasta entonces. Yo seguía con el pecho subiendo y bajando, incapaz de hablar.

—¿Estás bien? —preguntó, y por primera vez en toda la noche sonó casi dulce.

—Mejor que bien.

—Todavía no terminamos. —Su mano volvió a deslizarse por mi cintura—. Ahora me toca a mí.

Me giré hacia ella, todavía mareada, y la besé probándome en su boca. Esta vez fui yo quien la empujó contra el colchón, quien bajó por su cuello mordiendo con más valentía de la que me creía capaz. Ella me observaba con los ojos entrecerrados, dejándome hacer, corrigiéndome con un murmullo cuando hacía falta.

—Más despacio ahí —susurraba—. Eso. Justo así.

Aprendí su cuerpo a fuerza de escuchar su respiración. Aprendí dónde apretar y dónde apenas rozar, cuándo subía el sonido de su voz y cuándo se quedaba sin aire del todo. Cuando finalmente se deshizo bajo mis manos, con los dedos cerrados en las sábanas y mi nombre que nunca llegó a preguntarme en la punta de la lengua, sentí un orgullo que no se parecía a nada de lo que había sentido antes.

Nos quedamos así un buen rato, enredadas, con la lámpara del rincón todavía encendida y la lluvia golpeando los cristales. No hablamos. No hacía falta.

***

Me marché antes del amanecer, mientras ella dormía. Recogí mi ropa del suelo en silencio, busqué mi bolso en la silla y la miré una última vez desde la puerta. Seguía sin saber su nombre, y entendí que así debía quedar.

En la calle, la lluvia se había convertido en una llovizna fina. Caminé las pocas cuadras hasta mi casa con el perfume de ella todavía en la piel y la certeza de que algo se había abierto dentro de mí esa noche. Hasta entonces había creído que el deseo por otras mujeres era una curiosidad que podía guardar en un cajón. Una desconocida en un bar de la calle Almagro me había demostrado lo contrario.

Volví a ese bar muchos martes después. A veces solo por la lluvia, me decía a mí misma. Pero siempre miraba primero al final de la barra, por si acaso ella estaba allí otra vez, esperándome.

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Comentarios (5)

Malena_Ro

me encantó esto!! que relato tan intenso, se me puso la piel de gallina leyendolo

SolMarina

por favor seguí publicando cosas asi, quedé con ganas de mas. mucho mas.

LuciaCba22

impresionante como lograste transmitir tanta tension con tan poco. se siente real, no forzado. de lo mejor que lei en esta categoria

Clarita_BsAs

que bueno encontrar algo bien escrito por aca. espero el proximo!

MarisolQ

increible!!!

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