Mi primera vez con una mujer fue en casa de Renata
Me llamo Carla y tengo cuarenta y cuatro años. Dicen que una mujer de mi edad está en su mejor momento, y después de los últimos meses no podría estar más de acuerdo. Nunca me imaginé contando algo así, pero hay cosas que una necesita escribir para creérselas.
Todo empezó con una llamada de Renata, mi amiga de toda la vida. Trabajamos juntas hace años en un colegio de un pueblo del interior, y desde entonces nos une algo más fuerte que la rutina: la confianza de poder contarnos cualquier cosa sin que se nos mueva un músculo de la cara.
—Si te vienes el domingo conoces a mi nuevo hombre antes de que se marche el lunes —me dijo—. Y después tenemos toda la semana para nosotras, solas las dos.
Su casa está en una zona de campo, a casi una hora de la ciudad, rodeada de olivos y de un silencio que invita a soltarse. Renata y yo nos parecemos en muchas cosas: las dos cuidamos el cuerpo, las dos tenemos los mismos gustos, sobre todo cuando se trata de hombres. Yo soy morena, de figura de reloj de arena; ella es igual de cuidada que yo.
Llegué a media tarde del domingo con la maleta y mil ganas de ponernos al día.
—¿Te apetece bajar al jacuzzi conmigo y con Tomás? —me preguntó después de una cena ligera—. Desnuda, por supuesto.
Su pequeño spa está en una galería cubierta, con plantas por todas partes y luz tenue. Tomás ya estaba dentro cuando llegamos, completamente desnudo, con un cuerpo firme y una erección a medias que no se molestó en disimular.
—¿Te ayudo a desvestirte? —me dijo en broma.
Yo señalé la cremallera de mi vestido sin decir nada, disfrutando de la tensión, mirando de reojo cómo Renata se quitaba la ropa al mismo tiempo. Me había quitado la ropa interior antes de bajar, así que cuando el vestido cayó al suelo y me quedé solo con los tacones, Tomás se quedó sin aire.
—Estás increíble desnuda con esos tacones —murmuró.
Me solté el pelo, me quité los zapatos y me metí en el agua caliente. De camino, mi mano rozó su erección como sin querer.
—Vamos a follar después de esto —me dijo Renata con una naturalidad que me desarmó—. ¿Te gustaría mirar?
—Sí —respondí, y la palabra me salió más rápida de lo que esperaba.
No era la primera vez. Hacía años que Renata y yo compartíamos esa complicidad: yo la había visto con otros hombres, ella me había visto a mí. La última vez fue en un hotel del centro, con un chico mucho más joven que se nos acercó en la barra. Primero me folló a mí mientras ella miraba; después la montó a ella, y yo no aparté la vista ni un segundo.
***
Cuando salimos del jacuzzi y nos secamos, Renata se apoyó contra la pared con las piernas separadas.
—Lámeme mientras Carla mira —le dijo a Tomás—. Hazme acabar con la lengua y luego me follas.
Él se arrodilló enseguida. Renata gimió, tuvo un orgasmo rapidísimo y, durante todo el rato, me sostuvo la mirada a mí.
—Ahora fóllame de pie —le ordenó—. Despacio. Que vea Carla lo bueno que eres.
Lo vi entrar en ella, vi cómo se le tensaban los músculos mientras embestía, y los dos sin dejar de mirar mi cuerpo desnudo. Qué bien folla este hombre, pensé, más excitada de lo que quería admitir. Esa noche, en la cama de invitados, le di a mi vibrador el trabajo de su vida.
***
El lunes, después de que Tomás se marchara, Renata me llevó a pasear por su jardín mientras nos poníamos al día con los chismes de siempre.
—Tomás nunca me había follado con otra mujer desnuda mirándonos —me confesó—. Lo pusiste a mil. Y a mí también. Me ponía muchísimo saber que tú habías visto a otros conmigo y que yo te había visto a ti.
—Esta tarde podríamos tomar el sol desnudas —le propuse.
—Por supuesto. Tu culo es todavía mejor que el mío. Magnífico.
Nos tumbamos en el césped y empezamos a darnos crema la una a la otra. Fue ella quien lo dijo, mientras me extendía la loción sobre los pechos:
—Tú y yo hemos vivido cosas increíbles juntas estos años. ¿Nunca has tenido una amante mujer?
—No —me sonrojé como una cría.
—Me sorprende. Una mujer tan sexy como tú… —se quedó callada un segundo—. Sabes que soy bisexual, ¿verdad? ¿Quieres que te seduzca?
—Pensé que no me lo ibas a pedir nunca —respondí, complacida conmigo misma.
***
Su cuarto de baño era enorme, con espejos de cuerpo entero en todas las paredes y una bañera lo bastante grande para sentarnos las dos frente a una pantalla. Puso un vídeo de dos mujeres que se besaban con calma, relajadas, una decidida a seducir a la otra. Mientras lo veíamos, nosotras empezamos a tocarnos.
—Mira cómo se compenetran —me susurró Renata, ya muy excitada—. Mira el tamaño de sus pezones cuando se los chupan. ¿Te gustaría que te hiciera lo mismo?
—Sí —respondí—. Mucho.
Nos secamos la una a la otra y pasamos a su habitación, que también estaba forrada de espejos hasta el techo. Me tumbé boca arriba y me vi reflejada sobre mí misma, desnuda, mientras ella me preguntaba por mis fantasías.
—Muchos hombres me han lamido hasta el orgasmo —le dije, acariciándole la piel con las yemas de los dedos—. Nunca una mujer. Y muchas mujeres me han visto a mí mientras un hombre lo hacía.
Me miré en los espejos y los pensamientos se me amontonaron.
—Pienso en dos mujeres dándome placer a la vez —seguí—. Una besándome y la otra entre mis piernas. O de pie, una lamiéndome por delante y otra por detrás. Y quizá alguien mirando.
El placer que me estaba dando era distinto a todo lo anterior. Renata me lamía despacio, primero con un dedo, luego con dos, entrando y saliendo mientras yo me pellizcaba los pezones sin dejar de mirarme en los cinco reflejos a la vez. Empecé a hacer ruidos que no me conocía.
—Tendríamos que haber hecho esto hace años —murmuró entre besos—. Eres una amante estupenda.
Se subió encima de mí, apretó su sexo contra el mío y empezamos a frotarnos en un movimiento de tijera, las dos sin parar de besarnos.
—Hazlo por mí, Carla —me apremió—. Ahora.
Intenté aguantar, pero el orgasmo me venció. Fue, sin discusión, mi primera vez con una mujer, y el grito que se me escapó nos sorprendió a las dos.
—Eso sí que ha sido especial —me dijo en la penumbra, mientras nos secábamos con la toalla.
Después le devolví el favor lo mejor que supe. Con poca confianza al principio, le lamí los labios y le acaricié los pezones, y ella me fue guiando.
—Para no haberlo hecho nunca, eres muy buena —me dijo después, riéndose—. He perdido la cuenta de los orgasmos.
***
—Tienes que conocer a Daniela —me soltó durante una pausa, mientras tomábamos un cóctel—. La llamo ahora y la invito a comer mañana.
La oí hablar por teléfono: que se vistiera elegante, un vestido bonito, tanga pequeña, que había una amiga muy atractiva de su edad a la que quería presentarle. Colgó con una sonrisa.
—Carla, ¿trajiste algún vestido de vestir? Te presto lo que necesites.
—¿Iba en serio lo de que la ropa interior es opcional? —le pregunté mientras decidíamos qué ponernos.
—Completamente —se rió. Eligió para mí un liguero con medias negras y unos tacones altos, y me quitó el sujetador con los dientes—. Tus tetas no lo necesitan.
***
Daniela llegó al mediodía siguiente. Cinco años más joven que nosotras, alta, rubia, delgada, con unas piernas que terminaban en unos tacones imposibles. Una falda ceñida por encima de la rodilla y una blusa de seda negra con apenas dos botones abrochados, sin sujetador, los pezones marcándose bajo la tela.
—Estoy aquí para tu placer y para el mío —dijo nada más entrar, segura de sí misma.
Recordé una de mis reglas para estas cosas: ¿disfrutaría del sexo oral con esta persona durante media hora? La respuesta fue un sí rotundo.
Las tres acabamos sentadas en la cama, todavía vestidas, Daniela a un lado y Renata al otro. Daniela me besó con la lengua mientras yo le respondía y Renata me recorría con las manos.
—Renata me ha hablado muy bien de ti —me dijo Daniela—. Y quiero follarte de todas las formas posibles.
—Espero que sea una promesa —bromeé—. ¿Por qué no me desnudas?
Para mí, una de las mejores partes de una seducción es que sea la otra quien te desnude. Que lo hiciera ella, con Renata mirando, me puso a mil.
—Impresionante, Carla —dijo Daniela mientras me bajaba la falda—. Ese liguero y esas medias se hicieron para ti.
Me tumbó boca arriba con el liguero y las medias puestas, sus manos y sus labios por todo mi cuerpo, mientras Renata me besaba al lado.
—Tus pezones son como balas —me dijo Renata, lamiéndome uno mientras Daniela me lamía el otro.
Sentí a Daniela bajar despacio por mi vientre hasta llegar entre mis piernas. En el instante en que su lengua tocó mi clítoris, Renata me golpeó los pezones con la punta de la lengua. Tener a dos mujeres dándome placer a la vez era exactamente la fantasía que había confesado el día anterior, y ahí estaba, ocurriendo.
***
Tomás volvió dos días antes de lo previsto, aunque ya lo sabíamos. Renata y yo estábamos desnudas en la cama, las dos con un bronceado impecable, acariciándonos como dos adolescentes.
—Hola, cariño. ¿Buen viaje? ¿Me has echado de menos? —le preguntó Renata mientras él se quedaba plantado en la puerta con los ojos muy abiertos, mirándonos a las dos, sobre todo a mí.
—Sí a todo —respondió. Dejó la puerta abierta, se desnudó y se metió a la ducha sin cerrar, para vernos mientras se acariciaba.
—¿De verdad quieres follarme? —lo provocó Renata—. ¿O prefieres verme dar placer a Carla?
Me colocó un cojín bajo las caderas y empezó a lamerme con los brazos rodeándome las piernas. Tomás salió de la ducha, la agarró por las caderas y la penetró por detrás, muy fuerte, mientras ella seguía entre mis piernas. Sentir a una mujer lamiéndome mientras su hombre la follaba con esa intensidad fue una sensación nueva y tremendamente intensa, sobre todo porque ella no me soltó la mirada en ningún momento.
Más tarde, cuando él recuperó las fuerzas, Renata me pidió que me pusiera otra vez el liguero, las medias y los tacones. Él la montó tumbado mientras ella, sentada sobre su erección, me lamía a mí, de pie con un pie apoyado en la cama.
—Me encanta veros juntas —dijo él, con una mano en mi culo y la otra en el de su mujer.
—Córrete conmigo —gritó Renata.
Y los tres acabamos a la vez.
***
Cuando llegué a casa esa noche, mi marido me desnudó en un instante, me tumbó boca arriba y me folló como si llevara un mes sin verme.
—Dime la verdad —jadeó—. ¿Te has acostado con algún hombre mientras yo no estaba?
—No, cariño —respondí, y por una vez no mentía—. Solo quiero tu polla dentro de mí.
No le dije nada de Renata. Ni de Daniela. Esa semana era solo mía, y algunas cosas una se las guarda para volver a vivirlas en la cabeza, una y otra vez, cuando nadie la mira.