Saltar al contenido
Relatos Ardientes

No sabía que desobedecer a mi ama costaría tanto

Estaba entregada por completo a los deseos de Renata, y lo más extraño era cuánto me gustaba. Pasábamos tardes enteras enredadas en su cama, besándonos hasta que se nos secaba la boca, y cada vez que ella tomaba el control yo sentía que por fin alguien había puesto orden en mi cabeza. Ella era mi ama. Yo era su sumisa. No había nada negociable en esa frase, y precisamente por eso me resultaba tan adictiva.

Renata no levantaba la voz para mandar. Le bastaba una mirada, un chasquido de dedos, una orden dicha en voz baja mientras se servía vino. Yo había aprendido a leer cada gesto como quien lee la hora, y obedecer se había vuelto una forma de placer que jamás imaginé que existiera.

La única regla era simple: yo no decidía sola. Nada. Ni lo que me ponía, ni a quién tocaba, ni cuándo. Todo pasaba por ella.

Una tarde Renata llegó con alguien nuevo. Una mujer joven, de unos veintitantos, recién separada, con esa timidez de quien todavía no sabe cuánto desea lo que apenas empieza a probar. Se llamaba Camila. Renata la había contratado como ayudante en la casa, pero yo conocía bien esa mirada: Camila ya formaba parte de otros planes.

—Quiero que te lleves bien con ella —me dijo Renata esa primera noche, mientras me acariciaba el pelo como a una gata—. Pero recuerda quién manda aquí.

Como si pudiera olvidarlo.

***

Camila y yo nos quedamos solas una mañana en que Renata salió a resolver asuntos del trabajo. No hubo intención al principio. Hablábamos en la cocina, ella me contaba que su matrimonio se había apagado años atrás, que su marido pasaba el día fuera y volvía sin nada que decirle, y que desde la separación se sentía como una mujer que recién descubría su propio cuerpo.

—Nunca he estado con otra mujer —me confesó bajando la voz, aunque no había nadie más—. Pero pienso en eso todo el tiempo.

La besé sin avisar. No fue como besar a Renata; con ella todo es fuego y mando. Con Camila fue lento, casi torpe, dos bocas tanteándose en la penumbra de la cocina como dos adolescentes que se esconden del mundo. Sentí su respiración cambiar, hacerse más corta, y supe que no iba a detenerse.

La fui llevando despacio. Le abrí la blusa botón a botón, le besé el cuello, bajé hasta el borde de su sostén mientras ella se agarraba del filo de la mesada con los nudillos blancos. Cuando deslicé la mano por debajo de su ropa interior y rocé su clítoris por primera vez, Camila soltó un gemido que la sorprendió incluso a ella.

—¿Qué me estás haciendo? —preguntó, entre asustada y muerta de ganas.

—Nada que no quieras —le respondí contra su oído.

La senté sobre la mesa y me arrodillé entre sus piernas. Nunca una mujer la había probado, me lo dijo después, y se notaba: temblaba con cada pasada de mi lengua, me hundía los dedos en el pelo, arqueaba la espalda como si quisiera huir y quedarse al mismo tiempo. Cuando metí un dedo dentro de ella mientras la chupaba, Camila se vino con una fuerza que la dejó sin aire, empapándome la cara, mirándome después con los ojos enormes.

—¿Me oriné? —preguntó, roja de vergüenza.

—No, mi amor —le dije, sonriendo con la cara todavía húmeda—. Eso es otra cosa. Algo bueno.

Pasamos la mañana entera enredadas. Le enseñé a usar la boca, a no tener prisa, a leer cuándo apretar y cuándo soltar. Terminamos en un sesenta y nueve sobre el sofá, riéndonos entre los gemidos, diciéndonos cosas tiernas que no se le dicen a alguien que recién conocés. Por un rato me olvidé por completo de la regla.

***

Fue idea mía salir a comprar lencería. Quería verla estrenarse, quería que se sintiera deseada, y de paso quería darle a Renata una sorpresa. Nos vestimos con minifaldas, medias sostenidas por ligueros y ropa interior fina, y subimos las escaleras del centro comercial sintiendo las miradas de los hombres clavadas en nosotras. Camila caminaba distinta, más segura, como si cada piropo que nos lanzaban le confirmara algo que había tardado años en creer.

—Así que esto era —me dijo en el auto, de vuelta a casa, con las bolsas en el regazo—. Sentirse así.

Yo me reía, encantada conmigo misma. Había despertado a una mujer, la había guiado, la había hecho gozar. Estaba tan orgullosa que ni se me cruzó por la cabeza que había tomado una decisión tras otra sin consultarle a nadie.

Cuando Renata cruzó la puerta y nos encontró a las dos vestidas con los baby dolls nuevos, contándole atropelladas y felices nuestra mañana, supe en el acto que algo no estaba bien. Nos escuchaba con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Se mordía el labio inferior, y yo conocía ese gesto: estaba caliente, sí, pero también furiosa.

—¿No te dije que tú serías mi sumisa? —me cortó de pronto, con voz baja.

Tragué saliva.

—Sí —respondí.

—¿Sí, qué?

—Sí… me lo dijiste —murmuré, sintiendo cómo el cuarto se encogía a mi alrededor.

—¿Y desde cuándo —se acercó un paso— una sumisa decide sola? ¿Desde cuándo sale, compra, enseña y se manda a sí misma como si fuera la dueña de la casa?

Camila, que no entendía nada de lo que pasaba entre nosotras, se cubría como podía con la ropa, encogida en el sofá. Renata la ignoró por completo. Yo le lancé una mirada de niña regañada, y eso pareció encender aún más a mi ama.

—Trae la correa —ordenó.

***

Fui por la correa con las piernas temblando, y no de miedo. Volví con un antifaz puesto y la cabeza gacha. Renata me ciñó un collar al cuello, enganchó la cadena en la argolla y tiró apenas, lo justo para recordarme quién mandaba. Con un chasquido de dedos caí a sus pies, en cuatro patas, la mirada clavada en el suelo.

—Con tu marido te haces la difícil —dijo, caminando a mi alrededor—. Te pones tus prejuicios como una coraza y lo dejas con las ganas. Pero aquí andas de maestra, enseñándole a esta otra a abrirse de piernas. —Se detuvo frente a Camila—. ¿Qué diría tu ex si supiera lo que hiciste esta mañana?

Vi a Camila palidecer. Iba a abrir la boca para hablar, pero el primer latigazo de la correa cayó sobre mis nalgas y giré el cuerpo por instinto, soltando un grito.

—¿A dónde crees que vas? —La voz de Renata tronó—. Quieta.

Volví a la posición, esta vez levantando el trasero, ofreciéndolo. Recibí dos golpes más, ardientes, y entre cada uno le pedía perdón a mi ama con una voz que ni yo reconocía, una voz suplicante que me salía de algún lugar muy hondo. Cada azote me corría por la piel y se me juntaba entre las piernas, hasta que la vergüenza y el deseo se volvieron la misma cosa.

Renata guio la cadena hacia Camila.

—Empieza por sus pies —ordenó.

Obedecí. Le tomé un pie a Camila y empecé a lamerle los dedos, uno por uno, metiéndomelos en la boca mientras ella se retorcía y miraba a Renata sin entender por qué aquello la calentaba tanto.

—Más arriba —dijo mi ama.

Subí con la lengua por las pantorrillas, por la cara de atrás de las rodillas, por la cara interna de los muslos. Camila ya respiraba entrecortado, las manos aferradas al borde del sofá.

—No pares —insistió Renata, la voz ahora más espesa.

Cuando llegué al borde de su ropa interior, Camila exclamó, casi llorando de impaciencia:

—Por favor… ya… háganme algo…

Mi lengua entró en ella y Camila gritó. Renata, que ya no aguantaba el papel de jueza, se arrodilló detrás de la joven y le restregó la barbilla contra el clítoris mientras yo trabajaba más abajo. Camila estalló entre las dos, nos jaló del pelo, nos empujó sobre la cama con las piernas abiertas y se lanzó a devorarnos a una y a otra con un hambre que esa misma mañana no tenía.

***

Renata se ajustó un arnés con un falo grueso y montó a Camila sobre ella, clavándosela despacio, observándole la cara mientras la joven se dejaba caer centímetro a centímetro. A mí me ordenó ponerme otro arnés, uno más pequeño.

—Por detrás —dijo, separando las nalgas de Camila con las dos manos—. Despacio.

Apoyé la punta en su entrada y fui entrando mientras Renata la penetraba por delante. Camila gritaba, loca, atrapada entre las dos, sin saber a quién empujarse. Renata y yo nos movíamos como los pistones de un motor: cuando una entraba, la otra salía. Verla así, abierta entre nosotras dos, era lo más excitante que había sentido nunca.

En cierto momento Renata me ordenó salir. Pensé que iba a tomar el lugar conmigo, pero me chasqueó los dedos y señaló el suelo.

—En cuatro patas —dijo—. Ahora te toca a ti.

—Renata, por favor —murmuré, mirando el arnés que ella misma se acomodaba—. Eso es demasiado…

—¿Demasiado? —Sonrió—. Tú no decides eso. Ya no.

Le ordenó a Camila que me abriera, y mi ama fue empujando el falo dentro de mí con una paciencia cruel, parando cuando yo suplicaba, avanzando cuando le suplicaba que parara. Sentía el ardor, el peso, la presión imposible, y al mismo tiempo una corriente que me subía por la espalda y me nublaba la cabeza. Camila, que aprendía rápido la muy ladina, me azotaba las nalgas enrojecidas con la correa mientras yo recibía a Renata entera.

—¿Vas a volver a mandarte sola? —me preguntó, sin dejar de moverse.

—No —jadeé—. No, te lo juro.

—¿De quién eres?

—Tuya. Soy tuya.

Camila se deslizó por debajo de mí y me atrapó el clítoris con la boca mientras Renata seguía empujando, y yo dejé de pelear. Me solté. El orgasmo me partió en dos, y detrás vino otro, y otro más, mientras las tres quedábamos enredadas en la cama, sudadas y temblando, riéndonos de a poco como quien sale del agua después de aguantar la respiración demasiado tiempo.

Más tarde, ya en calma, Renata me acarició el pelo otra vez, despacio, como al principio.

—La próxima me preguntas —dijo en voz baja.

—La próxima te pregunto —repetí, y lo decía en serio.

Jamás pensé que entregar el control pudiera sentirse tan parecido a la libertad. Pero ahí estaba yo, con la marca de la correa todavía caliente en la piel, pensando que por nada del mundo querría que fuera de otra manera.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

zodape

tremendo!!!

Martu_Pcia

segunda parte por favor, me quede con ganas de saber como sigue todo

BrendaLect_

la tension entre los personajes me atrapo desde el primer parrafo. Muy bueno

paolina_rv

esto me recordo a algo que vivi hace tiempo jaja. Buenisimo el relato

Clara_BA

no es lo que suelo leer pero me engancho igual. Bien escrito y con mucha intensidad.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.