Mi vecina de camarote me enseñó lo que me faltaba
Reconozco que después de tantos años junto a Ramón, lo nuestro se había apagado casi sin que nos diéramos cuenta. La rutina fue royendo las ganas hasta dejarlas en nada, y un día comprendí que ya no recordaba la última vez que el deseo me había despertado de verdad. Fue una amiga del gimnasio la que me abrió los ojos: me dijo que había mucha vida más allá de mi cama matrimonial, y que estaba a tiempo de descubrirla.
Así empecé a explorar por mi cuenta. Compré mi primer juguete casi por curiosidad, uno de silicona con forma demasiado realista, y le puse nombre: «Bruno». Con él aprendí a darme placer sin pedir permiso a nadie. Con esa misma amiga tuve, además, mi primera caricia con otra mujer, apenas un roce tímido que me dejó pensando durante semanas. No volvió a repetirse, pero abrió una puerta que ya no supe cerrar.
Las vacaciones en el mar se presentaban un poco aburridas. Ramón las había elegido para desconectar, para olvidarnos de los chicos adolescentes y de las facturas, y poco más. Lo único bueno fue la pareja que nos tocó como compañeros de mesa: Diego y Lucía, jóvenes, curiosos, con unas ganas de comerse la vida que a mí ya me costaba recordar. Desde la primera cena conectamos. Ellos hablaban sin tapujos de sus deseos, de lo que querían probar, y yo me sorprendí a mí misma escuchándolos con algo más que simple cortesía.
Diego era atento y educado, un hombre enamorado de su mujer y dispuesto a darle todo. La tarde anterior, casi sin proponérmelo, me lo había llevado a mi camarote un rato a solas. Una de mis fantasías más viejas era conquistar a un hombre joven, arrebatárselo por un instante a una mujer hermosa y usarlo a mi antojo. Lo conseguí. Salió de allí contento, y yo me quedé con la satisfacción de saberme todavía deseable.
Lucía, en cambio, era harina de otro costal. Delgada, con las curvas justas, una piel de porcelana y una boca siempre roja que se mordía cuando pensaba. Nos separaban casi veinte años, pero algo en su forma de mirarme me revolvía por dentro. Esa mañana, en la cubierta casi vacía, fue ella quien sacó el tema.
—No me has contado nada —dijo, con esa cara de niña traviesa que tan bien sabía poner—. ¿Qué tal lo pasaste con mi marido? ¿Cumplió tus expectativas?
Me pilló con la guardia baja. No supe si responder, ni cómo justificar lo que había pasado en mi camarote.
—¿Qué quieres decir? —me hice la desentendida.
—No te hagas la tonta —se rió—. Diego y yo nos lo contamos todo. Vinimos a este crucero precisamente para cumplir algunas fantasías. Lo tuyo entraba dentro del plan.
Así que lo sabía desde el principio.
—No tengo nada que perder, entonces —admití, y noté que se me aflojaban los hombros—. Me gustó. Después de tantos años de monotonía, sentirlo de nuevo fue como un rayo de luz.
—Me alegro por ti —respondió, y lo dijo de verdad—. A él le encantó. Volvió tan encendido que me hizo el amor durante una hora. No había manera de que se corriera, así que aproveché y tuve tres orgasmos casi seguidos.
Me gustaba cómo hablaba, con qué naturalidad lo contaba todo. Al verla tan joven, con esa lengua tan inquieta asomando entre los dientes, sentí algo que nunca había sentido por una mujer de forma tan clara. Nunca había deseado a otra como deseaba a Lucía en ese momento.
—Tengo curiosidad —siguió ella, con una pizca de malicia—. Cuando Diego se fue, ¿qué hiciste? ¿Te quedaste con las ganas?
—Busqué una solución. No iba a quedarme así. Con Ramón hace tiempo que estos sofocos no encuentran respuesta, pero tengo un buen amigo que siempre está disponible. Se llama Bruno.
—Me lo tendrías que presentar —dijo, y no se escandalizó lo más mínimo—. Nunca se sabe. Siempre viene bien tener a alguien de confianza.
Había entendido perfectamente. Y, por el brillo de sus ojos, parecía dispuesta a algo más que a una simple presentación.
—Si quieres, esta mañana nuestras parejas están en la excursión de pesca y tu cursillo de baile no empieza hasta tarde. Tenemos el camarote para nosotras —ofrecí, tratando de que no se me escapara la risa nerviosa.
—Tenemos toda la mañana —respondió ella, y me cogió de la mano—. Podemos darnos un capricho.
***
Unos minutos después me recibía en su camarote. Yo había pasado por el mío a recoger a Bruno, lo había metido en el bolso, y entré con el corazón golpeándome el pecho. Lucía me abrió enfundada en una bata corta, anudada a la cintura, con una abertura generosa que dejaba entrever sus pechos.
Revoloteó a mi alrededor. En un instante me había quitado el vestido, el sujetador y las bragas. Sentí pudor, un pudor que no esperaba a mi edad. Era, en cierto modo, mi primera vez con una mujer de verdad, y lo único que me daba valor era el juguete que llevaba en la mano. Lo saqué, se lo enseñé, y por gestos le hice entender que íbamos a compartirlo.
Me lo pasé por la cara, dejé que resbalara sobre mis labios, abrí la boca y atrapé la punta. Le di una mamada lenta, como si fuera real. Lucía me observaba con atención, abrió la bata y se apretó un pecho mientras la otra mano se colaba bajo la tela.
—Quiero ver cómo lo haces —pidió, fascinada.
Escupí sobre la punta y me lo metí en la boca hasta que me dieron arcadas. Lo saqué brillante de saliva y lo apreté entre mis tetas, simulando lo que tanto le había gustado a su marido el día anterior.
—A Diego esto le volvió loco —le dije para provocarla.
—Yo quiero ver cómo te lo metes entero. Es grande, no creo que te entre todo —contestó, incrédula.
Me recosté en la cama y empecé a restregar la cabeza del juguete entre mis labios. Estaba mojada, brillante, y en cuanto presioné un poco se hundió en mi carne. Tiré del asidero trasero para que entrara más con cada movimiento.
—Déjame a mí. Quiero hacerlo yo —dijo de pronto, apartándome la mano y tomando el control.
Yo había imaginado a Lucía como una espectadora cohibida, esperando mis indicaciones. Nada de eso. Se acomodó a mi lado, agarró el juguete y se lanzó a follarme con un instinto que me dejó sin aliento. Sabía llevar el ritmo, variar la inclinación, medir la profundidad para llegar justo donde yo lo necesitaba.
—Qué mojada estás —susurró, mirándome a los ojos—. Me encanta ver cómo tus labios se aferran a esto.
—Llevaba demasiado tiempo dormida —jadeé, abriéndome más de piernas—. Necesitaba que alguien como tú me despertara.
Quería sentirme llena, y a ella le brillaban los ojos manejándolo como una experta. Me apreté los pechos, me pellizqué los pezones y moví las caderas deshaciéndome de gusto.
—Te gusta, ¿verdad? —preguntó, sacándolo despacio—. Dilo. Pídeme más.
Pero entonces me dejó a medias. Se levantó, fue hasta el armario y rebuscó en un neceser de tela. Me impacienté, tan cerca del orgasmo, e intenté continuar yo sola con movimientos lentos y profundos.
Cuando se dio la vuelta, me quedé de piedra. Su carita dulce no encajaba con el arnés que se había ajustado a las caderas, ni con el falo que se balanceaba desafiante en el aire.
—Con Diego lo uso a menudo —explicó, haciéndolo cimbrear—. Se lo meto por detrás y se vuelve loco. Date la vuelta. Ponte a cuatro patas. Vas a saber lo que es que otra mujer te folle de verdad.
El asombro me ayudó a obedecer. Me arrodillé, apoyé los codos en la cama y esperé.
—Tú sigue jugando con tu Bruno —dijo, dándome una palmada sonora en la nalga—. Yo me ocupo de este culito tan apretado.
Me separó las nalgas y contempló mi ano con descaro. Sentí su mirada como una caricia.
—Quiero ser la primera en follarte aquí —confesó, impaciente—. Antes incluso que tu marido. Eso me pone muchísimo.
Su dedo mojado empezó a tantear el terreno, y un temblor me recorrió entera. Luego su lengua repasó cada pliegue, se coló entre mis labios y subió hasta donde nunca nadie había llegado. Era algo que jamás había experimentado.
—Despacio —gemí cuando sentí la presión de un dedo—. Es mi primera vez ahí. Tengo miedo.
—Tranquila —murmuró—. Yo te llevo. No voy a hacerte daño.
Sacó un tubo de lubricante. El frío del gel me hizo dar un respingo, pero sus dedos lo repartieron con paciencia, círculo a círculo, hasta que uno se deslizó dentro. Cerré los ojos. No dolía. Era una sensación extraña, incómoda al principio y, sin embargo, cada vez más placentera. Lucía empujaba y se retiraba con una lentitud exquisita, dándome tiempo a acomodarme.
Pronto fueron dos los dedos que me abrían, y se sentía endemoniadamente bien. Yo misma me separé las nalgas para dejarle paso. Cuando me sintió preparada, le pedí que continuara.
Apoyó la punta del falo en la entrada y apretó apenas lo justo para que pasara. Dolió aquel primer contacto. Nos quedamos quietas, yo conteniendo la respiración, ella esperando mi señal. Eché las caderas hacia atrás y el juguete entró un poco más. La quemazón empezó a ceder. Empujé varias veces hasta que sentí sus muslos pegados a mis nalgas: estaba todo dentro.
Una de sus manos buscó mi clítoris; la otra me dio otra palmada que resonó en el camarote. Despacio, muy despacio, comencé a mecerme. No se sentía mal. Extraño, pero nada mal. Mi última virginidad acababa de perderse, y casi no había dolido.
Sus dedos seguían atormentándome por delante mientras me embestía por detrás. Noté su respiración acelerada en mi nuca, sus manos clavándose en mi cadera, y de pronto tiró de mi cabeza para besarme con tanta hambre que sentí su lengua en lo más hondo de mi boca. No se parecía en nada a lo que había imaginado: Lucía me follaba como un macho embravecido, y yo me corrí con una fuerza que me dejó vacía y temblando.
***
Despacio me aparté de ella. Me di la vuelta, le rodeé las caderas con el brazo y empecé a chupar el falo cubierto de mis propios jugos. Lucía, excitadísima, me sostenía la cabeza y movía las caderas con cuidado. Mientras tanto, mis dedos buscaron entre sus nalgas.
Quería devolverle cada cosa. Llevé un poco de su humedad hasta su ano y lo unté con suavidad. La mujer dominante que me había poseído con furia se transformó de golpe en alguien que solo deseaba rendirse. Se quitó el arnés, apoyó un pie en la cama y, bien abierta, me mostró su sexo mojado y sonrosado.
—Ven y cómemelo —susurró—. Sé que te mueres por hacerlo.
Me puso una mano en la cabeza y con la otra se separó los labios, marcándome el camino hasta su clítoris brillante. Acerqué la boca y empecé a lamer de abajo arriba, sin descanso. Le flaquearon las piernas, se tambaleó y cayó de espaldas sobre la cama. Era mi oportunidad. Me colé entre sus muslos, le pasé una rodilla por encima de mi hombro y dejé su sexo completamente expuesto para mí.
Con los dedos de una mano le separé los labios para dejar el clítoris al descubierto. La otra la pasé por debajo de su nalga hasta su ano. Empezó mi festín: la lengua presionando arriba, los dedos jugando abajo, llevando su propia humedad de un sitio a otro hasta que conseguí introducir la primera falange.
—Me matas —gimió, retorciéndose—. Me matas.
Me gustaba tenerla así, hermosa y rendida, esperando el orgasmo que yo le iba a dar. Sus temblores crecían, levantaba la pelvis, arqueaba la espalda buscando más fricción.
—No pares —suplicó—. Por favor, no pares.
Lamí y sorbí, lamí y sorbí, mientras movía el dedo en su interior. No aguantó mucho más.
—Me corro —gritó, descontrolada—. ¡Me corro!
Un chorro tibio escapó de su sexo y me salpicó la cara. Retiré la boca apenas unos centímetros para verla, para no perderme ni una de sus contracciones. Era obra mía y quería disfrutarla entera. Sus caderas se sacudieron una y otra vez hasta que, agotada, me atrajo de nuevo hacia ella.
—Ha estado muy rico —dijo contra mis labios, dándome un beso largo—. Muy rico.
Sonreí, satisfecha. Jamás habría imaginado que una mujer tan joven me iba a follar el culo con tanto placer, ni que a mí me iba a gustar tanto comerle el sexo. Me tumbé a su lado y cruzamos los brazos sobre nuestros cuerpos, sudadas y cómplices.
Fue entonces, cuando la marea de sensaciones empezaba a retirarse, cuando descubrí que no estábamos solas. En la penumbra del rincón había alguien quieto, mirando. La llave de mi camarote la tenía solo Ramón, y Ramón estaba en la excursión con Diego. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
¿Quién nos había estado observando todo este tiempo, en silencio?