El ritual de Saira despertó a una demonio insumisa
La lluvia azotaba los ventanales de la vieja mansión sin tregua. Los pasillos de mármol se mantenían imperturbables y silenciosos, ajenos a la tormenta, salvo por una sola habitación del ala oeste de la que escapaba una luz tenue y un murmullo continuo de palabras que ningún oído humano habría sabido descifrar.
De pronto un relámpago partió la noche y un trueno hizo temblar los cristales. Por un instante, cada rincón de la casa quedó iluminado por una claridad blanca y violenta, como si el cielo entero hubiera bajado a vigilar lo que ocurría dentro.
Saira estaba de rodillas en el centro de un círculo trazado con tiza y sal. Tenía veintitantos años, el pelo negro recogido en un moño deshecho y los labios manchados con el carmín que usaba solo para los rituales importantes. Llevaba semanas preparando aquella invocación. Cuando el humo del incienso se enroscó sobre sí mismo y tomó forma, supo que lo había conseguido.
Frente a ella apareció una mujer enorme. No era el espíritu menor que esperaba: era una demonio de hombros anchos y brazos esculpidos, con la piel del color de la ceniza caliente y dos cuernos cortos asomando entre el cabello rojo. Sus pechos eran pesados, su vientre marcado, y sus ojos amarillos se clavaron en la bruja con un desprecio divertido.
—¡Mocosa arrogante! —rugió, y su voz hizo vibrar el suelo—. ¿Quién te crees para llamarme aquí? Voy a partirte en tantos pedazos que ni tus dioses podrán contarlos.
Saira no se inmutó. Levantó la mano y pronunció una sílaba seca. Del círculo brotaron cadenas que parecían hechas de luz líquida y se enroscaron en las muñecas y los tobillos de la criatura, tirando de ella hasta estrellarla contra el mármol.
—Qué escandalosa eres —dijo la bruja, poniéndose de pie.
—¡Pequeña bastarda! —la demonio forcejeó, y las cadenas chirriaron sin ceder—. ¡Cuando me suelte de esto te voy a…!
No terminó la frase. Saira se había acercado, se había levantado la falda y, con una calma insolente, se sentó a horcajadas sobre la cara de la criatura.
—Hablas demasiado para alguien encadenado en mi suelo —murmuró.
Que aprenda quién manda aquí.
Le dio un golpecito juguetón en la frente y luego acomodó su sexo contra la boca de la demonio. La piel ardiente de la criatura era casi insoportable de tan caliente, y aun así Saira no se apartó. Dejó escapar un gemido leve cuando sintió la respiración furiosa de su prisionera entre los muslos.
—¿Qué te parece si te suelto —propuso, balanceando despacio las caderas— pero a cambio te conviertes en mi esclava?
La demonio respondió como pudo, atrapada bajo el peso de la bruja. Su lengua larga y caliente recorrió la vulva que tenía encima, no para complacer, sino para humillar, para demostrar que aún tenía dientes. Saira apretó los muslos alrededor de aquella cabeza enorme y sintió cómo la lengua se hundía en ella, ancha, insistente, buscando hacerla perder el control antes de tiempo.
Aguantó. Le dejó lamer un rato más, hasta que el placer empezó a nublarle el juicio, y entonces se incorporó lo justo para que la criatura pudiera hablar.
—¡Ja! —escupió la demonio, con la barbilla brillante de saliva—. ¿Crees que una malcriada como tú puede someterme? Cuando rompa estas cadenas voy a hundirte el puño en el culo y voy a sodomizarte hasta que me supliques piedad, perra.
—Como quieras —respondió Saira sin alterarse, y volvió a sentarse sobre su boca—. Puedes ser mi silla todo el tiempo que necesites para entenderlo.
***
Cada lametazo de la demonio era más lento, más estudiado, y la bruja empezó a darse cuenta demasiado tarde de que el juego se le escapaba de las manos. Su rostro se encendió como un tomate y el moño terminó de deshacerse. Cerró los ojos para concentrarse en el conjuro de sometimiento que tenía que recitar, y en ese instante un trueno descomunal sacudió la casa entera.
El susto la dejó pálida. Perdió el ritmo, perdió la palabra que estaba a punto de pronunciar, y eso fue todo lo que la criatura necesitaba.
Las manos enormes de la demonio se cerraron sobre los brazos de Saira. Las cadenas, alimentadas por una concentración que ya no existía, parpadearon y se disolvieron como humo. En menos de un latido las posiciones se invirtieron: ahora era la bruja la que estaba de espaldas contra el mármol frío, y la mole de ceniza y músculo se erguía sobre ella.
—Vaya, perrita —ronroneó la criatura, relamiéndose—. ¿No te lo advertí?
—Suéltame —exigió Saira, y por primera vez su voz tembló.
—Podría conseguir una humana cuando se me antoje —dijo la demonio, ignorándola—. Pero reconozco que fue divertido verte intentar domarme. Así que voy a devolverte el favor.
La tomó por la nuca y la besó. No fue un beso, fue una conquista: la lengua de la criatura llenó la boca de la bruja, caliente y húmeda, jugando con la suya hasta que Saira dejó de resistirse y la siguió a pesar de sí misma. Cuando se separaron, un hilo de saliva quedó tendido entre las dos.
—Sabes muy bien, mocosa —dijo la demonio, satisfecha.
La empujó de nuevo contra el suelo. Sus manos eran tan grandes que habrían podido aplastarla, pero en lugar de eso bajaron despacio por el vientre de la bruja hasta abrirle los muslos.
—¿Nunca te enseñaron a no morder más de lo que puedes tragar? —murmuró.
Dos dedos gruesos como pulgares de hombre encontraron el sexo de Saira y se hundieron en él. La criatura los movía con una lentitud calculada, abriéndola, dilatándola, observando cada estremecimiento de su cara con la curiosidad de quien estudia a un insecto. Sus pechos enormes colgaban sobre los de la bruja, rozándolos, y el calor que despedía su cuerpo lo envolvía todo.
—¡Basta! —jadeó Saira, arqueándose contra su voluntad—. ¡Bestia horrible, suéltame o te voy a destrozar!
La demonio sonrió ante la amenaza.
—Eres una mujer muy orgullosa, ¿verdad? —le pasó la lengua por la mejilla, por el cuello, por la clavícula—. Me encantan las que son como tú. Me encanta romperlas.
Saira mantenía los labios apretados, negándose a darle la satisfacción de un solo gemido. La criatura no se molestó por ello. Le besó el cuello, le lamió los senos pequeños hasta que se endurecieron, mientras los dedos seguían entrando y saliendo de ella con una paciencia cruel.
—Te gustan las demonios grandes, ¿a que sí? —susurró contra su oído—. Si no, habrías invocado a cualquier otra cosa. Y mira nada más: estás completamente empapada.
Era cierto, y las dos lo sabían. Los dedos de la criatura aplastaban y abrían su vulva con una destreza que ninguna amante humana había tenido, y Saira sentía el orgasmo acumularse en la base del vientre como una tormenta a punto de romper. Apretó los dientes. No iba a correrse para esa criatura. No esa noche.
La demonio le lamió la cara, saboreando su resistencia.
—Vamos, déjate ir —canturreó—. Sé que quieres.
***
Fue el orgullo, más que la magia, lo que salvó a la bruja. En el último instante, cuando el placer estaba a punto de vencerla, Saira reunió el aire que le quedaba y gritó la palabra que había estado guardando.
—¡Alto!
Las cadenas de luz volvieron a formarse de la nada y se cerraron sobre la criatura con un latigazo seco, arrancándola de encima de la bruja y arrastrándola hacia atrás.
—¡Oye! —protestó la demonio, retorciéndose—. ¿Ahora qué? ¡Vamos, si lo estábamos pasando tan bien!
Saira se incorporó temblando, con la respiración entrecortada y el cuerpo todavía latiendo de deseo contenido. Se acomodó la falda, se apartó el pelo de la cara y se sentó, despacio, sobre el abdomen de su cautiva, recuperando el terreno perdido.
—Esto no ha terminado —dijo, y aunque le faltaba el aliento, su voz había recuperado el filo—. Antes de que amanezca, serás mi esclava.
La criatura la miró desde abajo y soltó una carcajada que retumbó en las paredes.
—Buena chica. Eres una pequeña perra terca.
Una patada limpia de la bruja en plena mandíbula le cerró la boca de golpe.
—No soy ninguna chica —dijo Saira, limpiándose el sudor del labio—. Soy Saira. Y muy pronto sabré tu nombre.
—Ja —la demonio escupió a un lado, todavía sonriendo—. Está bien, pequeña bruja terca. Tus patéticos intentos por dominarme son adorables. La verdad es que estoy disfrutando este juego.
Saira se puso de pie, dejándola encadenada en el suelo, y caminó hasta el estante que cubría una pared entera de la habitación. Libros de tapas agrietadas, frascos con sustancias que se movían solas, artilugios cuyo uso ningún mortal conocía. Pasó un dedo por los lomos, sintiendo todavía el cosquilleo del deseo entre las piernas y, sobre todo, la determinación de no perder.
La noche era larga. La tormenta no daba señales de amainar. Y aquella demonio, por muy soberbia que fuese, aún no sabía con quién se había metido.
—¿Cuál usaré contigo? —murmuró la bruja, sacando un volumen de cubierta negra.
Detrás de ella, encadenada y empapada, la criatura se relamió los labios. Las dos sabían que aquello no había hecho más que empezar.