Vimos a nuestra invitada por la cámara del vestidor
Me llamo Carolina y llevaba ocho años casada con Andrés cuando todo empezó. Nos queríamos, claro que sí, pero la rutina nos había desinflado por dentro. Cenábamos mirando la televisión, dormíamos espalda contra espalda y los domingos pasaban sin que ninguno de los dos tuviera ganas de proponer nada.
Sofía apareció en el gimnasio una mañana de febrero. Compartíamos máquina, después café, después confidencias enteras. Era más joven que yo, quizá unos siete u ocho años, con el cabello castaño hasta los hombros y unas piernas que llamaban la atención de cualquiera. Yo me reía de mis cosas con ella; ella me contaba las suyas. Le hablé de Andrés sin pudor, le confesé que en la cama ya no pasaba nada, y me escuchó sin juzgarme.
Una tarde, mientras nos cambiábamos en los vestuarios, nuestras caras quedaron a un palmo. Hubo un instante raro, como si fuéramos a besarnos. Ninguna de las dos se movió y al final acabamos riéndonos. No me había fijado nunca en una mujer así, pero esa noche pensé en ella mientras me duchaba sola.
Unas semanas después me llamó. Su casero iba a hacer obras en su piso y necesitaba un sitio para dormir durante un par de semanas. No lo dudé. En la planta de arriba teníamos un cuarto de huéspedes con baño propio y un vestidor pequeño, así que le dije que se viniera sin pensarlo dos veces.
Llegó un viernes con dos maletas y un vestido de algodón muy corto. Le presenté a Andrés, cenamos los tres con vino y todo fluyó. Me sorprendió ver a mi marido más conversador de lo habitual. Reía con sus chistes, le rellenaba la copa antes de que terminara. Yo lo miraba de reojo y, lejos de molestarme, me daba algo parecido a curiosidad.
Esa noche, ya en la cama, Andrés dejó el libro a un lado y se acordó de algo.
—Carolina, me olvidé de desconectar la cámara del vestidor de huéspedes. La pusimos cuando vinieron los albañiles, ¿te acuerdas?
—Pues desconéctala mañana —le dije medio dormida—. No quiero que grabe nada de Sofía.
Me lo prometió. Y al día siguiente se le volvió a olvidar.
***
El sábado por la tarde, Sofía subió al vestidor con un par de vestidos colgados del brazo. Yo estaba abajo en el salón con Andrés, mirando la tablet donde llegaba la señal de las cámaras de la casa. Cuando se abrió la imagen del vestidor, los dos nos miramos.
—Andrés, apaga eso. Estamos invadiendo su intimidad.
—Voy, voy. Sólo te enseño lo que estaba mirando del fútbol y la quito.
No la quitó. Y yo, para qué mentir, tampoco insistí. Sofía se quitó el vestido que llevaba puesto y se quedó en ropa interior frente al espejo. Empezó a probarse otro distinto, se hizo un par de selfies con el móvil, lo dejó sobre la cómoda. Le quedaba bien. Cualquier cosa le quedaba bien.
Lo que vino después no me lo esperaba. Se quitó también el sujetador, despacio, como si estuviera sola en el mundo. Sus pechos eran más pequeños que los míos, redondeados, con los pezones muy claros. Me sentí incómoda y atraída al mismo tiempo.
—¿La apago o no? —preguntó Andrés, sin apartar los ojos de la pantalla.
—No traes cara de querer apagarla —contesté, con una sonrisa que ni yo me reconocí—. Mírala si quieres. Hace años que no te veo así.
Sofía se giró y nos dio la espalda, y nosotros vimos la curva entera. Se quitó las braguitas para probarse otras y se entretuvo, sin prisa. Vi sus dedos perderse por delante mientras se ajustaba la tela, y vi también que se demoraban más de lo necesario. Lo hacía sin saber que la estábamos mirando, y eso era justo lo que nos tenía a Andrés y a mí sin respirar.
Andrés me besó. No me besaba así desde hacía mucho. Me empezó a desabrochar la blusa sin dejar de mirar la pantalla y yo me dejé hacer. Le metí la mano por debajo del pantalón y noté lo duro que estaba.
—Te ha puesto, ¿verdad? —le susurré.
—Mucho —admitió.
—A mí también.
Hicimos el amor en el sofá del salón, con la tablet apoyada sobre el respaldo. Yo iba bajando la mirada a la pantalla cada pocos segundos. Sofía se había sentado en el banquito del vestidor con las piernas separadas y se rozaba por encima de la ropa interior, despacio, ensimismada. Cuando Andrés entró en mí por detrás, yo seguía mirándola a ella y todo encajó de una manera muy extraña. Hacía años que no me corría así.
***
Después, tumbados en el sofá, me atreví a preguntarle.
—Mientras lo hacíamos, ¿pensabas en ella?
Tardó en contestar.
—Un poco, sí. Lo siento.
—No te disculpes. Yo también he pensado en ella. Y no es la primera vez.
—¿Qué quieres decir?
—Que me gusta cómo es. Que me gustaría tocarla. Y que prefiero que tú estés con ella delante de mí a que un día lo hagas a escondidas y me mientas.
Andrés se incorporó sobre un codo. Me miraba como si no me reconociera.
—¿Estás hablando en serio?
—Muy en serio. Si ella quiere, claro. Y creo que ella querría.
***
Al día siguiente, después de comer, Sofía dijo que iba a darse una ducha y subió. Andrés y yo nos quedamos en el sofá con la tablet otra vez. En el baño de huéspedes también había una cámara, la habíamos instalado por seguridad cuando vinieron los albañiles. Tampoco esa la habíamos quitado.
Sofía se desnudó delante del espejo y se metió bajo el chorro. Se enjabonó los hombros, el cuello, los pechos. Pero entonces apoyó la espalda contra la pared, se separó de la regadera y bajó la mano. Lo hizo despacio, con los ojos cerrados. La vimos buscarse, ajustar el ritmo. La vimos abrir los labios sin emitir sonido todavía. Después sí, después se le escapó un gemido bajo, apenas un soplo.
—Está cerca —dije en voz baja, sin saber muy bien por qué hablaba bajo.
Andrés tenía la mandíbula tensa. No hablaba. Sofía se sentó en el borde de la bañera, abrió las piernas y siguió. La cámara estaba justo encima del lavabo y la imagen era nítida. Cuando se corrió, lo hizo en silencio, con la cabeza echada hacia atrás y un temblor pequeño en los muslos.
—Sube —le dije a Andrés—. Ahora.
—¿Cómo?
—Sube, desnúdate antes de entrar. Métete con ella. Si te dice que no, te disculpas y sales. Si te dice que sí, hazlo.
No se lo tuve que decir dos veces.
***
Lo que pasó después lo vi entero. Sofía se asustó al principio, hizo el gesto de cubrirse y luego dejó caer las manos. Le miró el cuerpo desnudo. Tendió la mano y le acarició la mejilla. Andrés se acercó al chorro con ella y empezó a besarla en el cuello. Lo demás fue una secuencia que no quité de la pantalla ni un segundo.
Ella se agachó debajo del agua y le hizo sexo oral apoyando una mano en la pared. Él la levantó después, la sentó en el borde y la besó entre las piernas hasta que Sofía se sujetó del cabello para no resbalarse. Cuando entró en ella, mi marido cerró los ojos como si estuviera respirando por primera vez en mucho tiempo. La giró y la tomó por detrás, y yo notaba que cada empuje era también para mí, porque sabía que yo estaba mirando.
Cuando bajó, todavía con el pelo húmedo y la toalla en la cintura, le di un beso largo.
—¿Qué tal?
—Como hace años que no.
—Pues mañana voy yo —le dije.
***
El día siguiente fue raro durante la cena. Sofía estaba avergonzada y Andrés contestaba con monosílabos. Yo, por mi parte, mantenía la conversación como si nada. No quería hablar todavía. Quería que Sofía supiera que no estaba enfadada, pero sin decírselo de frente. Esperé a que ella subiera a su cuarto y me preparé.
Me puse un conjunto de encaje que había comprado meses atrás y nunca había estrenado, un vestido corto encima, tacones bajos. Subí las escaleras despacio. Llamé a la puerta del vestidor con dos golpes y entré sin esperar respuesta. Sofía estaba a medio cambiar, en ropa interior, dándome la espalda. Se giró y me miró con un susto pequeño que se convirtió en otra cosa en cuanto vio cómo iba vestida.
—Carolina, lo de ayer… yo no quería. Él entró y…
—Lo sé, Sofía. Lo vi todo. Por la cámara.
Se le encendieron las mejillas.
—¿Me viste?
—Te vi a ti sola en la ducha. Y después os vi a los dos. No vine a reprocharte nada. Vine a entender qué le viste tú.
Dejé caer el vestido al suelo. Me quedé en encaje delante de ella. Sofía no me apartó la mirada.
—Joder, Carolina.
—Si quieres que me vaya, me voy.
—No te vayas.
Me acerqué y le besé el cuello. Olía a la misma crema de almendras que usaba en el gimnasio y que yo había olido tantas veces sin atreverme a pensar nada. Su boca buscó la mía y, cuando me devolvió el beso, lo hizo como si llevara mucho tiempo esperándolo.
Le quité el sujetador despacio. Sus pechos eran tibios y se le pusieron los pezones duros antes de que los tocara. Nos sentamos en el sofá pequeño del vestidor y le bajé la tanga blanca, que estaba ya algo húmeda. La probé con la lengua despacio, con paciencia, escuchándola. Cuando se corrió en mi boca, me agarró del pelo y dijo mi nombre dos veces.
Después pasamos a la cama. Nos sentamos una frente a la otra, con las piernas entrelazadas, y nos frotamos sin separarnos. Me corrí yo también, contra ella, con la frente apoyada en su frente.
***
Esa misma noche Andrés y yo le propusimos que se quedara con nosotros un poco más. Sofía dijo que no quería complicarnos la vida.
—No nos la complicas —le dije—. Nos has devuelto algo. Y queremos seguir teniéndolo.
Andrés asintió. Le tendió la mano a Sofía y ella le miró las palmas un momento antes de aceptar.
La pusimos al corriente de las cámaras esa misma noche. Le dije que si le incomodaba, las desconectábamos para siempre. Sofía se rió y dijo que las dejáramos donde estaban, que ahora le gustaba pensar que la mirábamos.
Vivió con nosotros casi cuatro meses. Hubo noches de los tres en la misma cama y otras en las que yo me iba al sofá a leer mientras la escuchaba con Andrés a través de la tablet. Otras veces era Andrés quien se quedaba abajo y nosotras subíamos. Nadie llevaba la cuenta. Nadie tenía celos.
Sofía acabó marchándose cuando le salió un trabajo en otra ciudad. Lloramos las tres últimas noches. Cuando se fue, Andrés y yo descubrimos que la llama que ella había encendido seguía ahí incluso después de cerrar la puerta. Tardamos en encontrar a alguien como ella, y todavía no la hemos encontrado del todo. Pero ya no dormimos espalda contra espalda. Y la cámara del vestidor sigue donde estaba.