La rubia del súper aceptó subir a mi casa
Beatriz volvía de un turno doble en el hospital con las piernas hinchadas y la espalda quemándole. Llevaba treinta y cinco años de enfermera y, a esa altura, el cuerpo ya no le perdonaba las guardias de la mala suerte. Una vecina del piso de arriba había tenido un infarto, otra paciente del séptimo se había escapado descalza por el pasillo, y un médico nuevo le había levantado la voz delante de dos residentes. Lo único que quería era llegar a su departamento, sacarse el ambo y desplomarse en el sillón.
A media cuadra de su edificio, recordó que la heladera estaba vacía. Lo único que le quedaba era media manzana arrugada y un trozo de queso seco. Suspiró y cruzó la calle hacia el supermercado de la esquina. Iba a entrar, agarrar cualquier cosa que se pudiera calentar en cinco minutos y volver a salir. Eso, al menos, era lo que pensaba cuando empujó la puerta automática y el aire frío del local le golpeó la cara.
Recorrió las góndolas con el carrito a desgano. Pasta no, otra vez no. Pollo congelado, quizá. Atún en lata, por si acaso. Al doblar hacia el sector de lácteos, vio en un costado un pequeño mostrador con una promoción. Sobre la mesa había una pirámide de botellas de un líquido azul intenso y vasitos de plástico ordenados en hilera. Detrás del mostrador, una chica de no más de veinte años llenaba los vasitos con una concentración que no se le hubiera exigido a una cirujana.
Beatriz se quedó parada en medio del pasillo. La chica era alta y rubia, con el pelo recogido en una cola alta que dejaba al descubierto el cuello largo y bronceado. Llevaba un uniforme azul eléctrico a juego con el producto, una blusa sin mangas y una pollera tableada que apenas le cubría el medio muslo. Calzaba unas sandalias de taco alto, ridículamente altas para estar parada nueve horas seguidas, y las piernas le subían y subían hasta perderse bajo la tela. Tenía las piernas más largas que Beatriz había visto en mucho tiempo.
—¿Quiere probar el jugo de arándanos, señora? Sin azúcar agregada ni colorantes —recitó la chica con una sonrisa de muestra cuando levantó la vista.
Beatriz parpadeó, agradeció con un gesto y se acercó al mostrador. Aceptó el vasito y bebió un sorbo sin saborearlo realmente. Tenía la garganta seca, pero no por el calor. La chica le sostuvo la mirada un segundo de más, lo justo para que Beatriz entendiera que la había agarrado mirando. No le importó. Se quedó ahí parada, fingiendo interés en el envase, mientras estudiaba cada centímetro del cuerpo que tenía enfrente.
La cara de la promotora era casi infantil: pómulos altos, nariz pequeña, una boca pintada de un rosa pálido que se le ensanchaba cuando sonreía. Tenía las uñas cortas, sin esmalte, y una pulserita de hilo trenzado en la muñeca izquierda. Beatriz reparó en la curva de los hombros, en el modo en que el algodón del uniforme se le pegaba al cuerpo, en la forma en que sus dedos rodeaban la jarra de plástico al servir. Sintió un calor que no había sentido en años, un calor que le subió desde el estómago hasta la cara y la hizo girar la cabeza hacia el suelo.
Camila —se enteraría más tarde de que se llamaba así— se dio cuenta del modo en que la miraba. Era una mirada que ya había visto antes, aunque casi siempre venía de hombres del doble de su edad: choferes de taxi, padres de amigas, vendedores de electrodomésticos. Era la primera vez que la veía en los ojos de una mujer mayor. Le pareció raro al principio, después le pareció gracioso, y al final, cuando volvió a inclinarse para tomar otra botella de debajo del mostrador y sintió que esos ojos le bajaban por la espalda, le pareció algo más.
—¿Quiere otro vaso? —preguntó, y se agachó del todo. La pollera azul, ya corta de por sí, se le subió varios centímetros más. Beatriz, parada frente al mostrador, tuvo una vista plena de los muslos firmes y dorados de la chica antes de obligarse a apartar los ojos.
—Sí, dale —contestó con voz ronca, y agradeció en silencio que el resto del pasillo estuviera vacío—. Estás trabajando hace mucho, ¿no? Debe ser pesado tantas horas parada.
—Desde las nueve de la mañana —dijo Camila—. Pero ya termino. En media hora cierran la tanda y me puedo ir.
—Con esos tacos —Beatriz sonrió—, te tienen que doler los pies.
Camila adelantó una pierna y la giró un poco hacia adentro, como mostrando la sandalia. El gesto, calculado o no, hizo que el músculo de la pantorrilla se le marcara. Beatriz tragó saliva.
—Y encima me tengo que volver así, transpirada —dijo la chica con un mohín—. En el local no hay vestuario ni ducha, nada. Recién cuando llego a casa me puedo bañar, y son cuarenta minutos de tren.
Beatriz dudó dos segundos. Le pareció el momento más largo de su vida.
—Mirá —dijo al fin, intentando que la voz le sonara casual—, yo vivo acá enfrente. Si querés pasar y ducharte, no es ninguna molestia. Viajás más cómoda.
Camila levantó las cejas. Por un instante pareció que iba a reírse o a salir corriendo, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Apoyó las manos en el mostrador, miró la jarra de jugo azul y después miró a Beatriz a los ojos. Ya no había confusión en su cara. Sabía perfectamente lo que la mujer mayor le estaba ofreciendo y lo que no le estaba diciendo.
—Es un atrevimiento de mi parte —dijo despacio—, no la quiero molestar.
—Te lo ofrezco yo —contestó Beatriz—. Vos no pediste nada.
Camila se mordió el labio y, después de un instante eterno, asintió.
—Esperame que junto mis cosas. Cinco minutos.
Beatriz se alejó dos pasos del mostrador, fingió que elegía una caja de cereales y trató de no temblar. No se acordaba de cuándo había sido la última vez. Su marido se había muerto hacía once años. Una compañera de la guardia, una vez, en un viaje a la costa, pero eso había sido borracheras y nada más. Ahora estaba por meter a una chica de veinte años en su departamento con la excusa de un baño, y la chica había dicho que sí.
***
Caminaron las dos cuadras casi sin hablar. Beatriz cargaba la bolsa con dos cosas que había metido al carrito al último momento para no salir con las manos vacías. Camila llevaba una mochila negra colgada de un solo hombro, todavía con el uniforme puesto, las sandalias golpeando la vereda. En el ascensor del edificio, cuando se cerraron las puertas espejadas, Beatriz vio el reflejo de las dos: ella con su ambo arrugado, su pelo gris atado con un elástico, los anteojos colgados del cuello; la chica al lado, casi una cabeza más alta por los tacos, joven, salvaje, fuera de lugar.
—¿Cómo te llamás? —preguntó cuando entraron al departamento.
—Camila. ¿Y usted?
—Beatriz. Y por favor no me trates de usted, que ya bastante vieja me siento.
Camila se rió, y la risa era cristalina y joven, y le calentó a Beatriz la nuca.
—Bueno, Beatriz —dijo—. ¿Dónde está el baño?
Beatriz le pasó una toalla limpia, le señaló la puerta del fondo y le dijo que el cuarto de la izquierda estaba libre por si quería cambiarse ahí. Después se quedó parada en el living, escuchando el agua correr, sin saber dónde poner las manos. Encendió el ventilador. Apagó el ventilador. Acomodó dos cojines. Los desacomodó. Pensó en servir vino y le pareció patético. Pensó en sacarse el ambo y le pareció demasiado evidente. Al final se sacó solo la chomba del uniforme y se quedó con una remera blanca, los pantalones azules y las medias gruesas.
La ducha se cerró. Hubo silencio durante varios minutos. Después oyó la voz de Camila desde el cuarto.
—¿Beatriz?
Cuando entró, la chica estaba sentada al borde de la cama con una minifalda blanca y una musculosa fina del mismo color. Tenía el pelo todavía húmedo y se lo había peinado hacia atrás con los dedos. Estaba descalza. Las piernas, sin las sandalias y sin la pollera azul, parecían incluso más largas. La piel le brillaba de humedad.
—Me duelen mucho los pies —dijo, y el tono era inocente y no lo era—. ¿No me harías un masaje? Vos sabés de eso, ¿no? Sos enfermera.
Beatriz se acercó como en sueños. Se sentó en la cama, a los pies de la chica, y le pidió que estirara las piernas. Camila lo hizo, y le apoyó los talones en las rodillas de Beatriz como si fuera el gesto más natural del mundo. Beatriz tomó el pie derecho con las dos manos y empezó a masajearlo desde el empeine hacia los dedos, con la misma técnica con la que aliviaba a las pacientes después de una operación larga. Solo que esto no era una paciente, y las dos lo sabían.
—Hmm —murmuró Camila, y cerró los ojos—. Qué rico.
Beatriz le presionó el arco del pie con los pulgares, le giró el tobillo despacio, le acarició los dedos uno por uno. La piel era suave, sin callos, sin durezas, una piel de chica que no había trabajado nunca con los pies de verdad. Subió un poco la mano, hasta la pantorrilla. Camila no dijo nada. Subió hasta la rodilla. La chica abrió los ojos apenas, lo justo para mirarla, y volvió a cerrarlos.
Beatriz se inclinó. Llevó el pie de Camila a la boca y le besó el empeine, despacio, y después le chupó el pulgar. La chica suspiró sin abrir los ojos. Beatriz le pasó la lengua por el arco del pie y notó que la chica apretaba los muslos. Subió la boca por la pantorrilla, por la cara interna de la rodilla, por el muslo, con besos largos que dejaban un rastro de saliva tibia sobre la piel todavía húmeda de la ducha.
—Sos hermosa —dijo en un hilo de voz, sin separar los labios de la piel—. No sabés lo hermosa que sos.
—Hmm —contestó Camila, y abrió un poco las piernas.
Beatriz le subió la minifalda hasta la cintura. La chica tenía puesta una tanga blanca, fina como un hilo, ya humedecida en el centro. Beatriz se quedó un segundo mirando, sin tocar, como quien contempla algo que no creía posible. Después bajó la cabeza y pasó la lengua por encima de la tela. Camila ahogó un gemido y le clavó los dedos en el pelo gris.
—Beatriz, por favor —murmuró—. Sacámela.
Beatriz enganchó los dos tirantes de la tanga con los pulgares y se la bajó hasta los tobillos en un solo movimiento. Después le abrió las piernas con las dos manos, la acomodó al borde de la cama y se arrodilló en el piso. Tenía sesenta años, las rodillas malas, y no le importó. Hundió la cara entre los muslos de la chica y empezó a lamerle el sexo con un hambre que no había tenido en décadas.
Camila se arqueó. Apoyó los pies en los hombros de Beatriz, le hundió los talones contra la espalda, le tiró del pelo. Beatriz la chupó largo y despacio al principio, hasta encontrar el ritmo y el ángulo que hacían que la chica respirara entrecortado, y entonces se concentró en ese punto y no se detuvo. Le metió un dedo, después dos, y la sintió cerrarse y abrirse contra su mano mientras le seguía pasando la lengua por el clítoris.
—Ay —dijo Camila, y la voz se le quebró—. Ay, Beatriz, ay…
El orgasmo le llegó largo, en oleadas, y Beatriz no la soltó hasta que la sintió aflojarse del todo. Cuando levantó la cabeza, tenía la cara mojada y el pelo despeinado. Camila la miró desde la almohada con los ojos vidriosos y se rió, una risa baja y sin aire.
—Vení —dijo, y le tendió una mano—. Vení acá arriba.
Beatriz subió a la cama y se acostó encima de la chica. Le subió la musculosa hasta el cuello y le besó los pechos pequeños, le mordió suave los pezones, mientras frotaba su propio sexo, todavía vestido, contra el muslo desnudo y firme de Camila. La chica le agarró las caderas y la guió, y Beatriz se movió encima de ella sin vergüenza, raspando la tela del pantalón contra esa piel hasta que ella también, después de mucho, se desarmó en un orgasmo lento que la dejó temblando.
Se quedaron así un rato largo, Beatriz acostada encima, Camila acariciándole la espalda por debajo de la remera. Por la ventana entraba el ruido lejano de un colectivo. Adentro, solo se oían sus respiraciones.
Después, cuando consiguió incorporarse un poco, Beatriz miró el cuerpo de la chica desparramado en su cama, la cara satisfecha, el pelo enredado, la musculosa todavía arriba de los pechos. Le acomodó un mechón detrás de la oreja y le sonrió con una ternura que a sí misma le pareció ridícula.
—Nena —dijo—, me parece que te vas a tener que bañar de nuevo.
Camila se rió y le apoyó un pie suave en la cadera.
—No tengo apuro —contestó—. ¿Vos?
Beatriz negó con la cabeza. Por primera vez en años, ese turno doble, esa heladera vacía, ese supermercado en el camino, todo le parecía un plan perfectamente trazado por alguien que la quería bien.